1 SOBRE LA TRAMPA DE LAS PALABRAS
Eduardo N. Cordoví Hernández
Muchas personas me tienen por persona inteligente No simplemente inteligente en el sentido de inteligencia media, común a cualquier individuo que puede vestirse solo y anudarse los zapatos sin ayuda, jugar al dominó o leer de corrido, sino un tanto más. Quizás lo crean porque dibujo algo, pinto cuadros al óleo, realizo tallas en madera, modelo figurillas de barro, escribo libros, leo tal vez un poco más de lo que leen algunos, fui a la universidad (aunque no terminé una carrera) o porque haya tenido suerte en tener buenos trabajos (en el sentido de haber trabajado en oficinas casi toda mi vida laboral) etcétera; el caso es que me suponen ser lo que se llama: un tipo inteligente. No es que lo sospeche o me lo crea ¡Me lo han dicho! De frente, durante una conversación seria y hasta con testigos. No creo haya sido con ironía; uno sabe eso. De igual forma, tampoco fue dicho por halarme la leva o acariciar mi ego. Nunca he sido importante ni influyente. No digo esto con petulancia ni intención de establecer juicio a mi favor.
Más bien, pretendo hacer notar que, la mayoría, llega a criterios desacertados, erróneos y ¡Con exactitud! lejos de la realidad porque ¡Sencillamente! desconocen el valor de las palabras que utilizan. Dicho diferente, no saben siquiera de qué hablan ¡Pero hablan! Cómo si supieran. Y esto no es algo que sucede sólo entre personas soeces, también ocurre entre las cultas.
No es que, estas personas, sean buenas o malas o haya algo peyorativo con esta otra realidad aparte de la real. Esta realidad de la irrealidad, este espejismo o ensoñación, que no tiene nada que ver con lo que está pasando; en otra realidad más estricta, es lo llamado: mundo normal, donde las personas viven vidas tristes o airadas, por cosas que ocurrieron o no ocurrieron en el pasado o donde viven vidas ansiosas y crueles, por cosas que ocurrirán o no, en el futuro.
Muchas veces, hasta usando las palabras correctas, ya sea porque las conozcan o porque las usaron por casualidad continúan, sin contacto con lo que ¡De veras! Es, porque no se dan cuenta que las palabras son imágenes de la realidad. No la realidad. Son símbolos de las cosas y de las ideas, son meras representaciones referenciales, pero no son las unas ni las otras. Las palabras son recursos, vehículos para llegar a ciertos sitios, pero no son tales lugares; para entrar en contacto con el lugar o el sitio a donde se va, hay que abandonar los carruajes. Usted, si tiene coche, no entra con él al teatro, lo deja en el parqueo; y esa experiencia del espectáculo teatral no tiene nada que ver con ninguna de las cosas que puedan relacionarse con un auto.
Apreciar un atardecer no tiene que ver con la palabra tarde, ni con ninguna otra que entre con ella en sinonimia, ni puede recoger la generalización de lo que todos los atardeceres venidos y por venir puedan tener. Para lograr tal cosa, tiene uno que abandonar las palabras, porque no son más que etiquetas cuya única importancia y utilidad es la de volvernos lo suficientemente inteligentes como para darnos cuenta que sólo sirvieron para llegar hasta y quedarse ¡En el parqueo!
Todo este teque es para darnos cuenta, –a quiénes nos interesa darnos cuenta de algo–, de la paradójica innecesaridad de querer ser escritores en el sentido de una realización, de un llegar a ser algo, de un tener algo real que comunicar, porque la única realidad real no puede explicarse, sólo puede ser vivida. La palabra es el estrecho recipiente de un concepto, sólo es el dedo que señala a la luna, pero mucha, mucha, mucha gente, se queda mirando al dedo.
Está bien escribir, para irte dando cuenta de lo que comprendes y de lo que no. de lo que sabes y de lo que no. Mientras sólo manejes palabras y conceptos, mientras cuentas historias o estados emotivos, sólo usas símbolos que cada cual entiende a su manera y, tal, sólo sirve para mantener, para continuar el estado de hipnosis colectiva que constituyen la civilización y la cultura.
¿Te parece que estoy contra la civilización y la cultura? Bueno: Sí y No. Sí, porque conspira contra los intereses de una parte importante de la humanidad a la que quisiera yo pertenecer; y No, porque esta otra realidad fantasmagórica, onírica e irreal en que vivimos en aparente normalidad, tiene un sentido de complementariedad, como telón de fondo para que la verdaderamente real sea factible de verse con tanta facilidad, como para que no haya excusa en no advertirla.
Este mundo en que vivimos es de aparente normalidad, porque no puede ser normal que vivamos matándonos unos a otros por defender diferencias y apariencias convencionales; tales como son las fronteras, los sistemas políticos o las religiones ¡y ya! para no ser exhaustivos. En este mundo los escritores usan las palabras para apuntalar diferencias y apariencias mudables que posibilitan, entre otras truculencias, que la gente no sólo apruebe ir a las guerras, sino que piense cuán honorable puede ser morir en ellas o que vaya a ellas para matar a otros y, si logran regresar vivos, volver alienados por haber descubierto lo absurdo del contexto.
Esa imagen que los escritores y artistas plasman en sus obras es la que suponen sea, la realidad ¡Pero no! Es un reflejo. Por si fuera poco, distorsionado por sus criterios, sesgado por sus apegos, contaminado con sus empecinamientos y creencias; corrompido con probables intereses mezquinos propios o ajenos de los cuales, incluso, ni siquiera tienen plena conciencia, pues se encuentran enraizados en el imaginario popular y en la hipnosis colectiva de las tradiciones religiosas y culturales, que en muchos casos, pueden tener tangenciales contactos con la realidad, pero no por eso dejan de ser alucinaciones que pueden llegar a hacerse socialmente trascendentes; estoy hablando de conceptos tales como el honor, la necesidad de pertenencia, el patriotismo, creer que las modas sea evolución o que la civilización mejore a la humanidad, que la humanidad progresa o que de veras somos inteligentes, por sólo nombrar unos cuantos simples estados de hipnosis que se convierten en tendencias, en corrientes, en creencias multitudinarias o elitistas ¡Da igual! Estoy hablando del honor, de ser decente, tener vergüenza, en fin… Dejémoslo hasta aquí de momento, porque deslindar la densidad de contenido de este parrafito merece una meditación independiente. Y digo que es necesario, porque es muy fuerte que venga yo a decirte que todo lo que sabes ¡porque te lo han dicho desde la infancia o porque te lo han dicho las figuras de autoridad! Sean verdades a medias, no verdades todavía y hasta mentiras. No se trata de que sea yo conspirador o que pretenda arreglar el mundo; cosa que, me parece una exageración. Sólo puedes arreglar tu mundo, no el ajeno. ¡Qué empeño! de querer ser importantes. El cielo no se toma por asalto. Pero ¿Y qué es el cielo?
¿A dónde voy, escritores, con todo esto? A decir que no hay mucho que decir, como no sea ordenar ideas para uno mismo, para darnos cuenta: qué comprendemos, qué entendimos ¡Para darnos cuenta! Digo ¡Nosotros! no para que otros se den cuenta. Si en el proceso alguien encuentra que le sirve y se descubre a sí mismo ¡Felicidades! Pero no hemos sido más que el dedo que apuntó a la luna. A veces lo que realmente uno cree que comenzó siendo una cruzada, termina siendo una vuelta a la manzana.
A quien le gusta escribir, ya tiene un don para darse gusto, no necesita a otros para eso, al menos no tanto. Si le gusta escribir tiene un medio para organizar sus ideas, tiene un recurso para tamizar ideas y diferenciarlas de otras, para descubrir por sí mismo verdades que nadie va a decirle, porque nadie puede, por sí propio, encontrar un camino para andar la vida y que ¡Si es mejor que otro! es sólo porque es el suyo, pero donde otros viajan con distintos rumbos. Puedes viajar con ellos, pero no dirigirlos ni creer que viajar juntos signifique, aunque lo parezca, que van al mismo sitio y ¡Si acaso! no van a tener ¡Por eso! las mismas experiencias.
Pero me agrada abundar unos detalles más, sobre este asunto de la trampa de las palabras, por lo menos, para intentar demostrarlo, te invito a que leas mi artículo siguiente. También, puedes dejar un comentario, aunque no es obligatorio.