Primer relato de mi próximo libro:
“QUINCE RELATOS DE AMOR Y UN ENSAYO INESPERADO”.
Eduardo N. Cordoví Hernández
“¡AH! ¡QUÉ TÚ ESCAPES!”
Fue pasada ya la una en la tarde de un verano casi a las puertas de los años noventa del ya comenzando a ser lejano siglo veinte.
Yo venía de mi centro laboral, que estaba en la Calzada del Cerro, cerca del Asilo de Santovenia. Iba para El Vedado con el fin de entregar unos documentos en la delegación provincial Habana, del Ministerio de la Construcción, a la cual pertenecía la empresa que me empleaba.
Como disponía de toda la tarde para tal gestión, me había desviado por alguna causa, que no viene al caso…
Por eso, ya bajaba por la Avenida Salvador Allende –llamada así, poco tiempo después del año 1973, en que Pinochet perpetrara el golpe de estado al presidente chileno; pero a la cual, después de pasados más de veinte años, todavía se le sigue llamando Carlos III–.
Iba yo rumbo a la parada de ómnibus en el Hospital General Freire de Andrade, popularmente conocido como «Hospital de Emergencias», allí abordaría cualquier ruta que fuera hacia El Vedado. Tuve que correr para tomar una que llegaba a la parada con pocas personas de pie.
Apenas subí hice una rápida inspección en busca de alguna presunta «presa» femenina; algo que, para mí, que luchaba contra mi timidez escénica, era como entrenamiento deportivo; y ya, casi curado, recreación –¡Nada, cosas de juventud!–.
Allí de pie, mirando hacia la calle a través de las ventanillas panorámicas, estaba una chica de pelo castaño por los hombros, no muy alta, y con una silueta de muy buen ver.
Estaba de perfil y no le veía bien la cara, pero me dirigí hacia ella dispuesto a hacernos pasar el rato de viaje lo más agradable posible.
Ya a su lado, me incliné un poco hacia su oído y le dije, sin más ni más: ¿Sabías que toda la historia de la conquista de América está llena de hechos increíbles y sorprendentes? ¡Casi fantásticos!
Ella dejó de mirar afuera, y me miró de soslayo con sorpresa y me examinó de arriba abajo. Me pareció bonita. Al parecer concluyó que no era un loco, porque no sé, si interesada o burlona, preguntó: ¿De veras? A ver. Y se quedó mirándome.
Ahí fue donde me acerqué más, no para buscar complicidad ni ser más íntimo, sino para evitar que otras personas estuvieran en la truculencia de mi discurso –ya dije que era algo tímido–. Sí, –le dije, adoptando un aire de relajada autoridad–…cuando Hernán Cortez llega a México procedente de Cuba, ya una vieja profecía anunciaba por ese tiempo, que el dios Quetzalcóatl, conocido como «la serpiente emplumada» por el significado de su nombre en lengua náhuatl, regresaría desde el este; sería blanco, barbado y tendría el pelo largo, tal como el jefe español…
Hice una pausa y me acerqué unos centímetros más, porque iba a hablar algo más bajo, aunque también más despacio, para añadir una pizca de intriga: Pero, hay… mucho más. Y volví a hacer otra pausa, para mirar por la ventanilla, aunque enseguida volví a buscar sus ojos. Ella ladeó la cabeza, levantó la ceja izquierda e hizo un leve movimiento con la mano derecha, como diciendo: ¿Y…? Y: yo continué a mi paso. Hernán Cortez llegó en el año 1519 y ¡Ese año! Y volví a hacer un pequeño silencio… para decirle luego, con tono de misterio, mientras me le volvía a acercar, abriendo mucho los ojos y moviendo la cabeza como quien niega: Ese año pasaron muchas cosas raras en Tenochitlán… E hice otra pausa, para continuar mucho menos solemne y echándome un tanto hacia atrás:
Tenochitlán era como se llamaba la capital de los aztecas, quienes dominaban a las cuatrocientas setenta y una tribus que vivían dispersas por todo México… ¡Pero…! ¿Qué pasó? Dijo con exigencia.
Al fin, le dije retomando la atmosfera de intriga: Ese año, cuatro extraños sucesos conmovieron la sociedad azteca: ¡Nevó! en México, Nació un niño con dos cabezas, entró en erupción el volcán Popocatepelt y… el cacique de una de las tribus sometidas y pariente del gran tlatoani de los aztecas, Moctezuma II, le presagió a éste, que perdería su imperio… ¡Ahí! me interrumpió: ¡Oye, eres profesor de Historia! ¿No? ¡No, no! Negué con rotundez y tuve que reírme. ¡No te lo creo! Y ¿en qué trabajas, si se puede saber? Preguntó ella. Estuve a punto de decirle que trabajaba en Nueva York limpiando escaleras en las Naciones Unidas o que me dedicaba a asaltar bancos en Mesopotamia, pero no quise «pasarme de rosca» y le dije que trabajaba en El Cerro en una empresa constructora. Y ¿te pones Paco Rabanne para trabajar en la construcción? En realidad, no entendí de qué hablaba, y ahí me enteré de que aquellos pomitos sin etiqueta; que le trajo a mi ex esposa una prima quien vivía a la sazón en Miami, como muestras de los perfumes que allá se dedicaba a vender; eran de esa marca.
Bueno, a ver, trabajo en una oficina; no directamente en la construcción. Le expliqué, y para cambiar el foco de atención inquirí: Y tú ¿Dónde trabajas? A lo que me respondió: Soy estudiante. Supuse que universitaria y volví a preguntarle: Y ¿Qué estudias? Licenciatura en lengua rusa. Dijo ella.
Iba a decirle que el idioma ruso me caía re-mal como sonaba, pero recordé que, si uno no va a decir algo agradable a los demás, debía callar y, callar, no estaba en mis planes; así como tampoco mentir; de modo que le dije algo cierto y que me daría mucho gusto decirle y, sin pensar, dije: ¡Qué interesante! Es un idioma con una amplia contribución a la literatura universal. Me he leído a casi todos los grandes novelistas y cuentistas rusos, también algunos poetas, pero solo a los más importantes… ¡Sabes! Conmigo trabaja Mercedes, una arquitecta que recién se ha graduado en una escuela de idiomas en lengua rusa y dice que es tan suave y musical como el francés, algo que yo no sabía, y le creo, porque ella conoce también esa lengua… En ese punto me interrumpió asombrada… ¡Eres la primera persona que «no pone el grito en el cielo» porque estudio ruso! En realidad, la segunda, lo que pasa es que a la primera no la cuento, porque es mi hermano mayor. Luego añadió: Ya está casado, lee mucho y te le pareces en eso, ya lo conocerás… A ver, a ver… ¡Mira! ya me quedo en dos paradas, no sé ni cómo te llamas, y dices que ya conoceré a tu hermano… Sí, espera… y me dijo su nombre mientras escribía rápidamente en una hoja de libreta su dirección manteniendo el equilibrio a duras penas… Es cerca del Jalisco Park, vivo frente al parque ¡No al del Jalico! Sino a otro, ahí está la dirección. ¿Podrás ir mañana a eso de las siete u ocho? Hoy ya quedé para estudiar con unas compañeras ¿Sí? Solo dije: Y yo me llamo Eduardo. Allí nos vemos, si no llueve; y si no, al día que siga… Ella rió. Y yo te esperaré afuera hasta el día que sea, por si te enredas con la dirección ¿Ok?… Yo también reí. De acuerdo. ¡Uy, me quedo en esta! Todo un gusto conocerte. ¡Y no te pongas triste! que mañana nos vemos… ¡También igual!
Al día siguiente, salí temprano de mi casa, como para estar en el lugar indicado sobrado de tiempo en el horario mínimo.
Ya en El Vedado, fue fácil dar con la dirección.
Pensé demorarme al menos unos quince minutos más, para crear una expectativa ansiosa, una tensión emotiva en ella. Pero me había parecido una chica muy espontánea y natural y no quise forzar las cosas con quien había mostrado una conducta preciosa de sincera ingenuidad.
A las siete en punto ya me acercaba al parque frente a su casa. A una distancia de media cuadra nos reconocimos.
Ella estaba sentada en un banco y se puso de pie para que la viera, y yo, no pude evitar apurar el paso. A unos diez metros y unos despreciables ciento cincuenta milímetros de distancia más o menos, me detuve en seco y abrí los brazos en cruz, como invitándola a un abrazo. Ella sonrió. Lo del abrazo me pareció un poco prematuro y eché a andar de prisa con la diestra extendida.
También me brindó su mano, y al tomarla no pude evitar seguir siendo exagerado al hincar una rodilla en la acera para besarle el dorso, como si fuera un caballero español. Le hizo gracia, y al sonreír dijo: ¡Ay que loco! A lo que respondí: Y yo con el apuro olvidé las flores.
Después de breves risas por otras payasadas mías, me dijo: Yo vivo con mi abuelo. Ven para presentarte. Y, con la misma, me agarró una mano y tiró de mí, para cruzar la calle sin tráfico. Mientras, yo comenzaba a inquietarme por el rumbo que tomaba el encuentro.
Cruzamos un amplio jardín. Este es el jardín. Luego me iba diciendo: Este es el portal… Esta la sala… Se detuvo detrás de un sillón de alto respaldar frente al aparato de TV: ¡Y, éste! es mi abuelo. Ya frente al abuelo, le dijo: Pam parán ¡Pam! ¡Y este es Eduardo! El profesor de Historia que te conté ayer, abuelo. Y echó una risita.
El anciano, vigoroso, se puso de pie y nos estrechamos las manos sonriendo y nos dijimos las palabras de cortesía del protocolo… etcétera. Y al cabo: Ahorita regreso, Abu… Y tú no vengas muy tarde…
Comenzaba a oscurecer. Estuvimos un rato sentados en otro lugar del parque y, con el norte a las espaldas, el sol a la derecha se desangraba entre los árboles.
Luego ella me invitó a caminar un poco y terminamos yendo a sentarnos en la escalinata de acceso a un edificio. La noche era fresca y me habló sobre su hermano: que ya tenía un hijo, que ella estaba loca con su sobrinito, que vivían en casa de la madre del niño en El Wajay y que teníamos que ir a conocerlos. Hablaba mucho, como una locuela, con deseos de comunicar muchas cosas.
Recordando eso, hoy me doy cuenta que ella era consciente de su hablar atropellado y pienso que ¡quizás! no quería perderme o se esforzaba en deslumbrarme, porque en varias ocasiones me dijo: ¡Oye! Tú, no me hagas caso… Y ¡estúpido de mí! fue lo que hice.
En aquel entonces ¡Digo! en aquella misma noche, algo con ínfulas de inteligencia, dijo en mí: que ella no se valoraba… y la juzgó dispersa, errática, aburrida…
Por increíble que parezca, no recuerdo su nombre; sin embargo, tampoco haber estado en un lugar más cerca de todo lo que pudiera considerarse como una maravillosa suerte, que cuando estuve a su lado; pero eso lo supe ya muchos años después. Algo antes de cuando decidí volver por el lugar, para tratar de reencontrarla.
Ya no tenía la dirección escrita, pero sabía ir o eso creía. El parque era inolvidable; sin embargo, no logré identificar la casa. Ya habían pasado cerca de treinta años. Pensé preguntar… pero no lo hice.
Hoy siento en mí, con doloroso pesar, aquella repentina decisión de desencuentro; esta consecuencia de pérdida irreversible, que tan magistralmente captó Lezama en tan breves versos que ahora yo reescribo para hacerlos mío:
«¡Ah! ¡Qué tú escapes!
En el instante en que ya habías alcanzado
Tu definición mejor…»