Os pongo el prólogo y los primeros dos capítulos del primer libro que he escrito. Necesito lectores beta ya que me haría ilusión publicarlo algún día. Es un libro de fantasía y humor. Si os gusta publicaré más capítulos.
Prólogo.
El viento aullaba sobre las ruinas del Templo del Mal Verdadero, un complejo de piedra negra incrustado en la ladera de la montaña como una herida abierta. Ningún ser sensato se acercaría jamás. Por eso, naturalmente, el Grupo Salvaje estaba allí.[1]
Frizzit avanzaba en cabeza, espada en mano. El elfo oscuro, de piel gris violácea y melena blanca imposible de domar, sonreía con esa expresión que solo podía significar problemas. —Hoy habrá pelea, eso seguro —dijo.
A su lado, Leelen la semi elfa caminaba en silencio con el pelo plateado recogido en una trenza apretada. Sus ojos recorrían cada sombra. —La puerta debe de estar cerca —murmuró mientras consultaba un chamuscado mapa.
Detrás de ellos, Wor cargaba su doble hacha sagrada sin esfuerzo. El semiorco era una montaña de músculo verdoso, con barba cuidada y gafas redondas que parecían ridículas en comparación con su tamaño. —Espero que haya un buen tesoro ahí dentro —gruñó con una sonrisa.
El resto del grupo los seguía entre armaduras relucientes y capas ondeantes, convencidos, como siempre, de que nada podía salir mal. Lo cual, históricamente, significaba que todo saldría mal.
Filonius el mago apartó unas ramas con su bastón, ojeroso y envuelto en una túnica azul más quemada que ropa. A su lado, Padelforn avanzaba con elegancia: el pelo rubio perfectamente recogido hacia atrás y las botas tan impecables que parecía imposible que hubieran pisado barro alguna vez. El elfo observaba las estatuas demoníacas como un joyero inspeccionando mercancía. —Esas horribles estatuas quedarían bien en mi salón. Deben de valer una fortuna.
Elvinn ajustaba su sombrero de ala ancha con una reverencia teatral. Sonreía demasiado para alguien entrando voluntariamente en un templo demoníaco.
Grumol, el mediano de metro veinte, manoseaba todo lo que encontraba con la seguridad suicida de quien cree que las trampas son un problema filosófico. Correteaba entre las estatuas con sus pies grandes, peludos y descalzos buscando algo de valor.
Tim el Hechicerdo llevaba su libro rojo, con un cerdito sonriente dibujado en la portada. Pecoso, pelirrojo y eternamente despeinado, desprendía una energía nerviosa y una seguridad en sí mismo completamente injustificada.
Al final del grupo, Cholek murmuraba a las piedras descalzo, cubierto de pieles y hojas de roble mientras Mascá cerraba la marcha con las manos ocultas en las mangas. El monje tenía la espalda recta, la cabeza rapada y la serenidad inquietante de alguien que podía alcanzar la iluminación espiritual o romperte la mandíbula con exactamente la misma calma.
A su lado caminaba Wilhelm, envuelto en la ceremonial armadura negra de Scrumbor. Delgado, impecable y tan pálido que parecía haber vuelto de entre los muertos.
El plan era simple, según Leelen: entrar, matar, destruir el culto, impedir la resurrección del demonio Verat y no morir.
Padelforn pasó una mano por el filo de su alfanje, comprobando la calidad del acero una vez más. —Y saquear —añadió, sin emoción.
La puerta apareció ante ellos: una boca demoníaca tallada en roca viva que resplandecía con un fulgor rojo.
Filonius avanzó un paso. —Permitidme —dijo, y la luz comenzó a formarse en la punta del bastón.
Un haz de luz surgió de la vara y la puerta se abrió.
El interior era un laberinto de azufre y ecos. Avanzaron entre trampas, cuchillas oxidadas y advertencias de Cholek sobre lo que opinaban las montañas. Llegaron a la sala circular justo cuando los cultistas terminaban su cántico.
El cristal rojo del altar palpitaba como un corazón enfermo.
Al grito de «¡Yuga! ¡Scrumbor!», cargaron.
La batalla estalló en un torbellino de acero y magia.
Leelen disparó primero. Sus flechas silbaron en rápida sucesión, derribando a dos cultistas antes de que comprendieran que estaban bajo ataque. Wor irrumpió tras ella como una avalancha verde, su doble hacha trazando arcos mortales que levantaban chispas y huesos por igual.
Desde lo alto de una columna, Mascá se lanzó en picado, girando en el aire como un remolino de tela y violencia precisa. Aterrizó, neutralizó a un enemigo con un golpe seco en la nuca y ya había saltado hacia el siguiente.
Un rayo azul serpenteó entre los combatientes: Filonius, con los ojos brillantes de locura controlada. A su lado, el cerdo espectral de Tim cargó con un chillido agudo, atravesando cuerpos y dejando caras de absoluta confusión.
Padelforn se movía como un bailarín letal: su alfanje cortaba mientras su mano libre robaba anillos, colgantes y dignidad. Elvinn giraba entre los enemigos al ritmo de su propia balada heroica, estoque y voz trabajando al unísono.
En menos de un minuto, el caos se convirtió en silencio.
El Grupo Salvaje permaneció en pie entre el polvo y los cuerpos, respirando al unísono, como si aquello hubiera sido solo un calentamiento.
Pero llegaron tarde.
Una garra gigantesca rasgó el cristal. Un ojo infernal se abrió. Un rugido sacudió las almas.
Verat despertaba.
—¡Filonius, haz algo! —gritó el elfo oscuro.
Filonius, desesperado, lanzó un conjuro de contención arcana que nunca había probado. El cristal brilló con fuerza cegadora… y luego implosionó, absorbiendo al demonio en un remolino de energía.
—¿Está muerto? —preguntó Mascá.
—No —respondió Wilhelm—. Según el manual, esto solo lo retrasa… unos treinta años.
Frizzit sonrió. —Perfecto. Eso cuenta como victoria.
Wor mostró una sonrisa de satisfacción.—Además, dentro de treinta años ya no será problema nuestro.
Como todo templo maligno que se precie, el lugar empezó a colapsar. [2]
Los años pasaron.
El Grupo Salvaje se convirtió en leyenda. Salvaban aldeas, derrotaban o huían de dragones, se enfrentaban a dioses con demasiado tiempo libre y en el camino causaban daños colaterales sin querer que todavía se recuerdan hasta el día de hoy. Pero también envejecieron: llegaron los dolores de espalda, las responsabilidades, los hijos, las resacas que ya no se curaban en un día y las mañanas en las que levantarse de la cama parecía una misión de alto nivel.
Uno a uno colgaron las armas. Juraron no volver a bajar a las mazmorras, no hacer caso a las profecías y, sobre todo, no volver a salvar el mundo.
Y durante muchos años cumplieron su palabra.
Hasta ahora.
Porque treinta años después, en lo más profundo de las ruinas olvidadas, algo despertó.
Verat, el Azote de los Mundos, el caos primordial, descendió furioso buscando un recipiente digno… y encontró uno de quince centímetros de altura.
Un gato munchkin de pelaje gris atigrado, ojos amarillos y patitas ridículamente cortas. —¡Al fin mi venganza se cumplirá! ¡Miau!
Saltó tres centímetros y cayó de morros. —¡¿Qué es esto?! ¿Dónde están mis alas? ¿¡Por qué mis piernas parecen palillos?! ¡MIAU!
El universo, sabio, guardó silencio.
El demonio intentó maldecir, pero solo consiguió un suave mrrrp . Su mente ardía de odio eterno. Su cuerpo, en cambio, exigía leche tibia y calor.
Tres niños del valle lo encontraron entre las piedras. Lo envolvieron en una manta, lo acunaron y lo llamaron Viruta porque parecía una viruta de madera con ojos.
Verat, Destructor de Mundos, fue llevado a casa como un bebé. Lo alimentaron con leche. Lo durmieron en una caja con mantas. Su odio ardía. Su cuerpo, traicionero, ronroneaba.
Era el principio de su reinado de terror… o de su condena.
Mientras el Grupo Salvaje envejecía, otros hombres soñaban con guerras.
En la República, los mapas empezaban a llenarse de flechas rojas apuntando al Reino Alto.
Y en algún lugar del norte, una pequeña criatura gris avanzaba sobre patas ridículamente cortas, ronroneando odio eterno.
[1]Podrían haberse llamado Club de Lectura de los viernes, o Asociación Arqueológica Involuntaria, pero Grupo Salvaje sonaba mucho más épico.
[2]El colapso probablemente fue debido a la aplicación de la Ley de Simetría Inversa Demoníaca, al uso de huesos sin soporte de carga certificado y al coeficiente de derrumbe dramático aplicado al cálculo de estructuras por el gremio de arquitectos malignos.
CAPÍTULO 1. ODIO LOS LUNES
Puerto Fronterizo, la ciudad portuaria más antigua del Reino Alto, despertaba envuelta en salitre, gritos de mercaderes y madera crujiendo contra los muelles. Las murallas, remendadas durante siglos, rodeaban la ciudad y los callejones empedrados brillaban con la humedad del amanecer.
En el corazón del barrio mercante se alzaba la posada más famosa —y más escandalosa— del Reino Alto: el Odre del Kobold .
En su tablón de anuncios, atravesado por una daga que nadie recordaba haber visto usar, colgaba un bando recién clavado:
RECLUTAMIENTO OBLIGATORIO. LEVA DE CAMPESINOS. JÓVENES DESDE LOS CATORCE AÑOS.
Un rumor recorría la ciudad: los reclutadores habían pasado por la pescadería, y no se habían llevado solo pescado.
Dos figuras jóvenes de cabello blanco y orejas ligeramente puntiagudas se detuvieron frente al tablón de anuncios de la posada. El mayor leyó el bando en voz baja; su hermana apretó los puños al escuchar las palabras “leva obligatoria” y “desde los catorce años”. Ninguno de los dos dijo nada, pero el peso de aquella hoja clavada con una daga ya había caído sobre sus hombros.
La posada bullía. Las jarras chocaban sin ritmo y el olor a estofado reciente llenaba el aire.
Frizzit limpiaba una jarra con solemnidad. Su mostacho blanco vibraba con cada movimiento. Ya no era el elfo delgado de antes. El cabello blanco, recogido en un pequeño moño, y su barriga de tonel se habían vuelto tan habituales en la posada como las gaviotas del amanecer.
Margarita, su esposa, pasó a su lado con una bandeja humeante. Su ancha silueta se movía entre las mesas con la precisión de un reloj viejo pero fiable. Evitó mirar el tablón.
—Frizzit, atiende la mesa del fondo.
No levantó la voz. No lo necesitaba.
—Sí, cariño.
Frizzit dirigió la mirada a los aventureros de la sala. Los conocía bien: poco dinero, muchas historias y una alarmante tendencia a romper muebles.
En una mesa apartada lo esperaban tres figuras que conocía mejor que a sí mismo: sus amigos de toda la vida.
Jubilados peligrosos, jugando a las cartas.
—¡Frizzit! —gritó Grumol, levantando una jarra casi tan grande como él—. ¡Pensábamos que te habías quedado dormido!
El mediano sonreía con esa mezcla de picardía y ternura que solo alguien con pasado criminal y presente agrícola podía tener. Su barriga sobresalía con orgullo bajo la camisa, y el sombrero de paja descansaba torcido sobre calva que se afanaba a tapar con una cortinilla gris.
Wor, el semi-orco, lo saludó con un gesto lento. El traje negro parecía estar negociando su rendición ante sus músculos, Las cuentas de hueso de su barba tintineaban al moverse, y sus diminutas gafas le daban aspecto de profesor enfadado. —Llegas tarde. He perdido dos partidas sin ti.
—Eso no es nuevo —respondió Frizzit, tomando asiento.
Wilhelm levantó la vista. Sus ojos azules y hundidos evaluaban la mortalidad de la mesa, de la cerveza y de la conversación. Alto, enjuto, pelo plateado y uniforme negro: parecía recién salido de un funeral… o camino a uno. —La puntualidad es una virtud.
—Dicen que vamos a la guerra —añadió Wor, revisando sus cartas.
Desde otra mesa llegó una voz baja, pero lo bastante clara como para que todos la oyeran:
—A los hijos del pescadero se los han llevado entre dos soldados. El padre ni se ha movido del suelo.
Las manos se detuvieron sobre las cartas.
—He visto el bando —dijo Frizzit—. ¿Quién quiere invadirnos ahora?
—El Reino Medio.
—¿Qué les ha dado? —murmuró Grumol, lanzando una sota de oros.
Wilhelm bebió con la serenidad de quien ha enterrado demasiados muertos.
—Democracia. La gente vota. Y luego pasan estas cosas.
Wor frunció el ceño.—Reclutar campesinos es una pésima estrategia. Los van a masacrar.
Frizzit dejó las cartas boca abajo. —Perfecto. Mis hijos como carne de cañón.
Wor lanzó un caballo de bastos. —Un ejército no necesita niños, sino guerreros preparados, organizados y motivados.
Grumol asintió.—Tiene sentido.
Frizzit soltó un suspiro que llevaba años acumulándose y remató la partida con un as de copas… —Me alegra que todos tengáis ideas tan maravillosas.
No habían terminado la partida cuando la puerta de la posada estalló contra la pared .
Ocho soldados entraron en formación cerrada. Sus botas golpearon la madera como martillos. En el pecho, el escudo azul con el dragón pescador brillaba como una amenaza recién pintada.
El murmullo se apagó al instante.
Margarita se quedó inmóvil con una bandeja en las manos. Frizzit sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
El capitán avanzó un paso. Su sombra cayó sobre las mesas. —Venimos por los gemelos.
James y Amalia, sentados junto al fuego, se quedaron petrificados. Frizzit se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás. —¿Qué…? No. No. Mis hijos no.
Dos soldados se lanzaron hacia los críos. Amalia soltó un grito agudo. James intentó apartarse, pero uno de los hombres le retorció el brazo sin esfuerzo.
El capitán extendió un dedo hacia ellos. —Por orden del rey Esteban IV, quedan inscritos en la milicia.
Frizzit avanzó un paso, el corazón golpeándole el pecho. —¡Soltadlos! ¡Son niños!
Un soldado le plantó la mano en el pecho y lo mandó al suelo.
La mesa salió despedida. Las cartas regaron el suelo.
Wor se incorporó como una muralla de carne.
Grumol apretó los puños hasta hacerse sangre.
Wilhelm enderezó la espalda, la mirada fija en los soldados.
Margarita rompió a llorar. —¡Mis hijos! ¡No os llevéis a mis hijos!
Frizzit se arrastró por el suelo, con los brazos extendidos hacia los soldados. —¡Llevadme a mí! ¡A mí!
El capitán lo observó como si fuera un mueble viejo. —Los viejos no sirven. No necesitamos reliquias.
Frizzit bajó la mirada.
Wor dio un paso. Grumol también. Wilhelm inclinó la cabeza, calculando distancias.
Los soldados enseñaron las mazas.
El capitán levantó la mano. —Ni lo intentéis. Los gemelos vienen con nosotros.
James se volvió hacia su padre. —¡Papá!
Amalia estiró la mano, con los ojos desbordados.
Frizzit intentó levantarse, pero otro soldado lo empujó de nuevo al suelo.— ¡Llevadme a mí!
La posada entera contuvo la respiración.
Los soldados arrastraron a los gemelos hacia la puerta. James gritó su nombre. Amalia seguía extendiendo la mano.
La puerta se cerró con un portazo.
Frizzit quedó de rodillas, temblando, con las manos vacías.
Los tres amigos le observaban. Sabían leerle demasiado bien.
Frizzit se puso en pie sin decir nada. Caminó hacia el tablón, arrancó la daga clavada en el bando y la sostuvo con fuerza. La hoja vibraba. O quizá era su mano.
Wor, Grumol y Wilhelm lo siguieron. No podían dejar que hiciera una locura.
Atravesaron el barrio mercante a toda prisa. La gente apartaba la mirada.
En la casa consistorial, el alcalde Borriquero los recibió con el sudor pegado al cuello. —Frizzit… lo siento… pero no puedo hacer nada. Es un decreto real.
Frizzit apoyó las manos en la mesa del alcalde, con los nudillos blancos. —Son mis hijos.
—Lo sé… pero estamos en guerra. Aunque no me gusta, no está en mis manos.
Wor lo sujetó del hombro antes de que perdiera el control. —Vamos al cuartel.
El acuartelamiento estaba a dos calles. Los guardias vigilaban la entrada con la simpatía de un muro de piedra. El comandante, al que todo el mundo conocía como Ogro los recibió con la misma cara de siempre: la de alguien que disfrutaba teniendo poder sobre quien no podía defenderse. —¿Qué queréis?
—Te has llevado a mis hijos —dijo Frizzit.
Ogro negó con la cabeza sin compasión. —Ahora son milicianos bajo mi mando. Tú aquí no pintas nada.
Frizzit bajó la mirada hacia la daga. La daga giró entre sus dedos con una familiaridad que llevaba años intentando olvidar.
Y cómo lo estaban tratando ahora.
El elfo oscuro le lanzó una mirada desafiante. — Ya veremos.
Wor apretó su hombro. —No aquí.
—Ni ahora —dijo Wilhelm
De vuelta en la posada, el silencio era insoportable.
Frizzit dejó la daga sobre la mesa. La hoja brillaba bajo la luz de las velas.
—No voy a quedarme de brazos cruzados —dijo—. No esta vez.
Wor asintió. —Entonces habrá que hacer lo que juramos no volver a hacer.
Grumol suspiró agotado.—No estarás hablando en serio…
Wilhelm se sentó despacio. —Estamos mayores, pero nuestro amigo nos necesita. No podemos dejar que se lleven a los críos al frente.
Frizzit levantó la mirada — Vamos a reunir al Grupo Salvaje.
CAPÍTULO 2. EL PLAN.
Al día siguiente, la posada permaneció cerrada. El olor a café y preocupación llenaba el aire del comedor. Frizzit no había dormido. Margarita tampoco. Desde la ventana del primer piso habían visto cómo se llevaban a dos muchachos más del barrio.
Grumol se frotaba las rodillas, como si intentara convencerlas de que no huyeran. Sus pies descalzos se balanceaban sin tocar el suelo. Wor permanecía de pié. Wilhelm tenía su expresión habitual, aunque su cuerpo delgado parecía debatirse entre sentarse o escurrirse bajo la mesa.
Frizzit apoyó las manos en la madera. —Se han llevado a mis hijos —dijo, sin levantar la voz.
Nadie contestó. No hacía falta.
Grumol encendió la pipa sin apartar la vista de la mesa. —Vale —dijo al fin—. Di el plan antes de que me arrepienta.
—Reunir al grupo, hacernos con el control de la milicia, y enseñar a los críos a sobrevivir.
—No me gusta —dijo Grumol—. No estamos para heroísmos, estamos para siestas.
Wor habló primero: —Podemos morir.
—Sí.
—Bien. Solo quería asegurarme de que no te habías vuelto loco solo.
Wilhelm levantó una ceja. —Estamos mayores, pero nuestro amigo nos necesita. No vamos a dejar que se lleven a los gemelos al matadero.
Grumol soltó un suspiro largo.
—¿Por dónde empezamos?
—Filonius —dijo Frizzit—. Wilhelm y yo iremos a la torre. Si alguien puede convencer a ese loco paranoico, somos nosotros.
Wor asintió. —Grumol y yo iremos a buscar a Leelen.
Grumol hizo una mueca. —Uff… La última vez no nos separamos precisamente como amigos.
Frizzit lo miró con media sonrisa cansada. —Yo tampoco pensaba volver a empuñar nada más pesado que un cucharón, y aquí estamos.
Wor continuó: —Después iremos a por Padelforn, Mascá, Elvinn y Tim.
Se quedaron un momento en silencio. Ninguno de los cuatro tenía pinta de salvar el reino precisamente.
Frizzit se acercó a la ventana. Afuera, un muchacho de no más de dieciséis años miraba el bando real con los hombros hundidos. —Tenemos poco tiempo —murmuró.
En ese momento, un carretero entró tambaleándose en la posada, cubierto de polvo y con la ropa rasgada. —¡Han saqueado el convoy del oeste! —exclamó—. Mataron a los guardias, se llevaron todo y dejaron los carros ardiendo. Eran del Reino Medio… la bandera de la torre roja y el león negro.
El silencio que siguió fue largo.
Frizzit miró a sus amigos. —Esta vez no vamos a salvar el mundo —dijo con voz baja pero firme—. Vamos a salvar lo nuestro.
Wor sonrió con cansancio. —Genial. Volvemos a ser el problema de alguien. Pensé que ya nos habíamos jubilado de eso.
Al día siguiente, Frizzit y Wilhelm emprendieron el viaje a la torre con el viento del mar golpeándoles la cara y el sendero estrechándose bajo sus botas.
La torre del archimago se alzaba sobre un risco frente al mar. Hermosa, sí… pero solo para quien no supiera lo que vivía dentro.
Alrededor de la base, un caos de andamios, poleas y tablones rodeaba la torre como un nido de araña gigante. Algunos parecían sólidos; otros estaban sostenidos por clavos y pura fe.
El elfo oscuro golpeó la aldaba.
La puerta se abrió sola. El interior olía a pergamino añejo, magia y un fuerte olor acre. La torre parecía doblarse sobre sí misma, como si el espacio allí dentro estuviera mal construido. Había herramientas de construcción tiradas por el suelo, sacos abiertos y ladrillos desperdigados.
Wilhelm arrugó la nariz. —Percibo que no sale mucho de casa.
Subieron por una escalera de caracol abarrotada de trastos. El estudio del mago se abrió ante ellos, sorprendentemente ordenado, lo cual resultaba inquietante por sí mismo.
—¡Filonius! ¡Vístete, que tienes visita! —gritó Frizzit.
El porcentaje de archimagos nudistas era preocupantemente alto.
Filonius estaba sentado en un ataúd en el centro del estudio, con una túnica raída, barba desordenada y ojeras profundas.
Alto, casi esquelético, con la piel marcada por cicatrices y quemaduras. El pelo blanco, siempre en guerra con cualquier intento de orden. La barba, larga y amarillenta, desafiaba varias leyes naturales.
Leía con interés un manual enorme.
—Hola, Filonius —saludó Frizzit.
El mago levantó la vista.
—Oh. Sois vosotros. ¿Habéis venido a matarme?
—No. Necesitamos tu ayuda. Hay una guerra y han reclutado a mis hijos a la fuerza. Queremos reunir al Grupo Salvaje.
Filonius suspiró con dramatismo. —Qué decepción. Yo solo quiero morirme. No me interesa.
—¿Morirte? —preguntó Wilhelm.
El mago levantó un dedo. —Convertirme en un lich —corrigió el mago—. Es un proceso noble y libre de impuestos.
Frizzit cruzó los brazos. —A mí tampoco me gusta pagar impuestos, pero ¿piensas hacerlo aquí, tumbado en tu sarcófago, como un abuelo cansado?
Filonius parpadeó.
Frizzit dio un paso. —¿Sabes cómo se convierten en lich los grandes archimagos?
—¿Cómo?
—Muriendo en batalla. En guerras épicas. En explosiones arcanas que hacen temblar el mundo, no en una torre polvorienta llena de trastos que no sabes ni para qué sirven.
Wilhelm asintió. —Scrumbor confirma que las muertes heroicas tienen prioridad administrativa.
—¿En serio?
—Totalmente —dijo Frizzit—. Si te mueres aquí, serás un lich doméstico, de manual de monstruos barato. Pero si mueres en una guerra… serás un lich supremo con capa y, posiblemente, corona.
Filonius cerró el libro con lentitud. Meditó. —Merezco ser un lich con corona y capa, con dos cojones.
Wilhelm respiró hondo, ya arrepintiéndose de lo que iba a decir. —Filonius, somos amigos. Si nos ayudas, yo mismo te tramitaré la licencia de no muerto.
El mago dejó el libro sobre sus rodillas. —¿Una licencia oficial?
—Así es.
Filonius levantó la barbilla. — Pero si voy… no voy a esperar a que la guerra me mate. Provocaré las condiciones óptimas.
Wilhelm cerró los ojos un instante. —Eso suena peligrosamente a ti.
Filonius esbozó una sonrisa mínima. —Y desde luego no iré por vuestros discursos sentimentales, sino por ambición trascendental.
Frizzit sonrió. —Evidentemente.
Filonius salió del ataúd con una dignidad que no convencía a nadie. —Aplazaré mi transformación inmediata.
Wilhelm ladeó la cabeza. —¿Cuánto?
Filonius se ajustó la túnica. —Hasta encontrar una forma de morir como un héroe. Yo tengo estándares.