Nota: Este serĂa el capĂtulo beta de una novela de corte juvenil en la que trabajo. A cambio de opiniones honestas, ofrezco lo mismo: Puedo leer el, o, los primeros capĂtulos de tu novela y darte mi opiniĂłn. Gracias.
LA ESTRELLA ANORMAL
La creatura de la ruta 13.
Capitulo 1: Visita inesperada.
Jamás habĂan visto una “creatura” como esa. Ni el señor, que, durante más de 30 años trabajando como guardián de cargueros, ya habĂa recorrido de arriba a abajo la galaxia y sus exĂłticos mundos, ni Honno Kodomi, quien a su corta edad ya se desempeñaba como cientĂfico: Esa piel pálida, gris y frĂa; sus enormes y tĂ©tricos ojos que encerraban un par de diminutas pupilas rojas, rasgadas como las bestias nocturnas, asimĂ©tricas en forma y tamaño; El cabello largo, puntiagudo, andrajoso, seco y quebradizo al tacto, de color verde oscuro; la alargada boca que le recorrĂa el camino de oreja a oreja, dotada de una serie de afilados colmillos sin presencia de molares; las dimensiones de su delgado y frágil cuerpo… No hubieran podido imaginar hasta donde los llevarĂa aquel primer encuentro con el ser más extraño de todos.
SucediĂł en uno de esos dĂas en que, de tan comĂşn que era, parecĂa imposible que fuese a dar comienzo cualquier historia. La Estrella Anormal, un anticuado pero robusto misil espacial que cargaba con una casa entera por el cosmos, se encontraba recorriendo la sĂ©ptima secciĂłn de la peligrosa y solitaria ruta 13. Ruta muy famosa en el pasado y que, por gracia del descubrimiento de mejores caminos, a la fecha en que este relato toma lugar, ya solo servĂa como refugio de peligrosos vándalos e indeseables monstruos. QuiĂ©n se atrevĂa a recorrerla o valoraba muy poco su vida, o valoraba en demasĂa sus secretos.
En el vestĂbulo (porque La Estrella Anormal, como toda nave espacial respetable, tenĂa uno) el viejo Ron, guardián de abordo, se encontraba limpiando las ventanas cuando se topĂł con su compañero, Honno Kodomi, quien tenĂa la cabeza atrapada entre los cojines del sofá cafĂ© de dos asientos. AquĂ habĂa mucho por analizar, pero Ron no era de analizar mucho: Lo tomĂł del pequeño pie y halĂł hacia arriba para liberarlo como un cosechador hace con las zanahorias más rebeldes. Una vez a salvo Honno pegĂł una gran bocanada de aire y respirĂł hondo y con lentitud en lo que se le pasaba el susto. ParecĂa traumado. Nada más encontrar la mirada de su compañero sonriĂł.
—¡Buenos dĂas, señor Ron! —Dijo con enĂ©rgica y alegre voz.
—Buenos dĂas a ti tambiĂ©n —ContestĂł con monĂłtono e indiferente tono.
—¡Gracias por salvarme, ya creĂa que-que-que ese serĂa mi trágico final! —AgradeciĂł, bastante conmovido por el desinteresado acto de heroĂsmo. El tartamudeo lo habĂa acompañado toda la vida
—Para eso estamos.
Lo dejĂł gentilmente en el suelo y continuĂł con sus labores sin preguntar, como si nada hubiese pasado. Honno hizo lo mismo.
No podĂan ser más distintos el uno del otro: Ron ya casi rondaba la tercera edad, Honno no habĂa alcanzado ni siquiera los 10; El viejo era un ser casi de figura absurda e intimidante: de piernas delgadas y alargadas, con el torso y los brazos corpulentos, robustos y musculosos; El niño era bajito, apenas llegaba a los 98 centĂmetros, un poco panzĂłn, de delgados miembros, y emanaba de Ă©l un aura más bien amigable y torpe; Ron, cĂłmo tĂş y como yo, poseĂa un cuerpo biolĂłgico, de carne y hueso; Honno, en cambio, era una masa ligera y brillante, casi gaseosa, similar al fuego o el plasma, aunque su temperatura apenas sobrepasaba la que era compatible con la vida: El viejo tenĂa tan solo un maltratado sombrero amarillento, ya varias veces parchado en el lugar donde uno esperarĂa encontrar una cabeza; Y Honno era más cabeza que cuerpo y piernas.
FenĂłmenos, desde luego. Quizás por ello, aĂşn siendo tan diferentes, se entendĂan el uno al otro.
Cuando, poniendo en orden alfabĂ©tico las revistas, el viejo vio al niño buscando un “quien sabrá quĂ© cosa”, detenidamente, debajo de la alfombra, sintiĂł un ligero cosquilleo de curiosidad. Luego, lo viĂł rebuscando detrás de los desgastados papeles tapices beige de las paredes, y al rato entre las páginas de los tomos de filosofĂa que nadie habĂa tocado desde que salieron de la imprenta. “Lo que sea que busque no debe de ser más grande que una tapa ni más grueso que un billete” pensĂł el del sombrero. Y tambiĂ©n terminĂł por concluir que esta bĂşsqueda fue la que llevĂł al niño al aprieto de hace un rato.
—¿Se te ha perdido algo? —Preguntó finalmente.
—¡Ajá, ajá! —Confirmó con un bien marcado movimiento de cabeza— Se-señor Ron ¿No habrá visto un agujero, por casualidad?
Se quedĂł pensativo
—¿Un agujero?— Arqueó la ultima ceja que le quedaba
—SĂ, se me-me-me escapĂł y creo que podrĂa estar en problemas si no lo encuentro pronto.
—¿Se te ha escapado un agujero?
—Creo que sĂ.
RebuscĂł entre sus memorias. A lo largo de su vida habĂa visto muchos agujeros. Cierto. Los habĂan bonitos y bien definidos, como los que solĂa hacer en la madera con la barrenadora cuando anduvo trabajando de carpintero. TambiĂ©n habĂan otros amorfos y desagradables, como los socavones de las callejuelas de su pueblo natal. Y otros que, por su naturaleza, no podrĂa yo referir en esta novela por temas legales. Incluso rememorĂł la cima de un imponente volcán de Astalar oriental, cuyo cráter tenĂa un diámetro de más de 172 kilĂłmetros. Aquello era el agujero más grande en el que podĂa pensar. Pero ÂżUn agujero capaz de perderse, escapar y ser encontrado?
—Lamento no serte Ăştil—ConcluyĂł tras referirle todo lo que sabĂa
—¡Protones y neutrones! —MascullĂł el niño— Si-si lo ve, avĂseme, por favor. Es como del tamaño de una mo-moneda de 10 centavos.
—Pierde cuidado.
—PreferĂa no perder ya nada más.
ContinuĂł entonces con sus labores y dejĂł al chico hacer lo mismo. HabĂa discutido cosas más surreales con Honno y aquello no le parecĂa motivo suficiente para echarle una llamada al psicĂłlogo. Poco despuĂ©s, el hombreton se topĂł con lo que, a primera vista, no era más que una simple mancha entre las raĂces de los gruesos mechones corintos de la alfombra: Por más que le frotĂł por encima con un trapo empapado no se iba. Era una cosa pequeña pero muy molesta una vez que se sabĂa que estaba ahĂ. Ya estaba por asumir que, aquella mancha de un color negro muy intenso, pasarĂa a formar parte de la alfombra cuando se le ocurriĂł frotar el dedo por encima. AquĂ descubriĂł que esto tenĂa cierta profundidad, como un pequeño bache. Aquello era un agujero, pero en lugar de servir como ventana hacĂa el suelo desnudo de debajo de la gruesa tela, ese intenso color oscuro era todo lo que se veĂa de su interior. Ya comenzaba a unir la bĂşsqueda del cientĂfico con este descubrimiento cuando, de pronto El “agujero” escapĂł. SĂ, literal. El “agujero” “escapó” de la escena a toda velocidad, deslizándose como una hábil cucaracha por el suelo.
—Lo encontré —Dijo, abalansandose sobre el ente fugitivo. Con sus gigantescas y amarillentas manos trató de aplastarlo, sin embargo, con lo delgado que era, le fue muy fácil colarse entre los espacios que quedan entre los dedos.
Honno era de reflejos mucho menos desarrollados, de modo que, cuando le pasó entre los pies a toda velocidad, intentó detenerlo poniéndole el pie a modo de bloqueo 5 segundos después de haber sido dejado atrás.
El miedo lo habĂa vuelto loco: Trepaba las paredes a toda velocidad, daba vueltas por el suelo y el techo y como no encontraba refugio seguro volvĂa a corretear por donde ya habĂa pasado. Era una especie de sacabocados automático fuera de control: Cualquier cosa que era más pequeña se la tragaba, y al resto le hacĂa pequeños bocados equivalentes a su diámetro total sin importarle la dureza del material: Concreto, acero, cristal… Ron trataba de seguirle el ritmo, y con semejante tamaño, no podĂa evitar tirar todo a su paso. Durante la breve persecuciĂłn, La Estrella Anormal entera se agitĂł como una triste choza vieja en el medio de un terremoto.
—¡De-detengase, por favor, señor agujero! —Clamó el chico.
La cosa terminĂł cuando el diminuto disco consiguiĂł llegar hasta los peldaños de las escaleras que llevaban al segundo piso. Estaban estas hechas de madera curtida. HallĂł en estas una raja, y en dicha raja un recoveco tan delgado que solo Ă©l serĂa capaz de usarlo a modo de refugio. Una vez dentro, serĂa imposible sacarlo sin destrozar por entera la escalera.
—¡Más protones y todavĂa más neutrones! —Maldijo Honno— ÂżQuĂ© vamos hacer? Si continua asĂ, creo que le va-va-va a dar mal de estĂłmago.
Ron observĂł el triste estado en que quedĂł el vestĂbulo al que tanto empeño le habĂa puesto.
—Como le haga esto al motor, a la computadora de mando, a la tobera o a cualquier máquina, que se indigeste será el menor de nuestros problemas.
Además, no me parece posible que le dé mal de estómago si no tiene estómago pars comenzar.
El niño se quedó pensativos
—¿Los agujeros no tienen estĂłmago? —PreguntĂł Honno de forma legĂtima, impresionado por tal afirmaciĂłn.
Ron pensĂł en ello.
—Que yo sepa no— Argumentó un tanto confundido ¿Qué clase de pregunta era esa? — Los agujeros normales no tienen estómagos.
—A-ahĂ está el detalle, señor Ron —SonriĂł el cabezĂłn— Lo-los agujeros “normales” no tienen estĂłmago. Esa es una afirmaciĂłn que podrĂa a-a-abrir unos cuantos debates. AquĂ, en cambio, creo que abrirĂa todos los debates. Po-porque estamos lidiando con una entidad “anormal”: Una que no sigue las reglas y normas convencionales del propio universo—AclarĂł el niño.
Kodomi comenzĂł a barajar unas cuantas teorĂas acerca del cĂłmo era posible que existiese la entidad E-08. Y de todo lo que decĂa, todas las fĂłrmulas y ecuaciones que presentaba, todas las hipĂłtesis que salĂan por su boca para tratar de dar una explicaciĂłn plausible a lo que acababan de presenciar, de todo eso el viejo Ron no logrĂł entender ni tres pepinos. A Ă©l nunca se le dieron bien las ciencias exactas, contrario a Kodomi que parecĂa haber nacido para ellas. Y si las ciencias exactas ya le eran complicadas, la inexacta ciencia del estudio de lo anormal ya lo veĂa como algo fuera de su alcance, pero siempre trataba de prestar la mayor atenciĂłn que podĂa, a ver si lograba, en una de esas, aprender aunque sea algo. En esta ocasiĂłn, se quedĂł con una frase que el chico solĂa repetirle, ya cuando dio por concluĂdo su emocionada exposiciĂłn
—Co-con las entidades anormales, lo ú-único seguro es que nunca hay nada seguro —Asintió el viejo a tal afirmación. Honno continuó— Los teoricos de lo inexplicable, cre-creemos que cualquier idea, por loca y absurda que suene, es una posibilidad real hasta demostrar lo contrario. Y por ello, que este agujero tenga estómago es, hasta no demostrar lo-lo- lo contrario, plausible.
“Lo Ăşnico seguro es que nunca hay nada seguro”. El del sombrero asomĂł el ojo a la grieta donde se resguardaba el ente E-08, Una creatura imposible y que, sin embargo, ahĂ estaba. Sin decir nada, solo con su mera presencia, parecĂa gritar a los 4 vientos “¡No hay lĂmite alguno, todo es posible!” Ron sabĂa muy bien cuál era su trabajo, que era lo que debĂa proteger, pero la mayor parte del tiempo no estaba en contacto con “anomalĂas”. Del laboratorio se encargaba Honno enteramente.
—Pues ya sea porque se enferme de tanto tragar, o porque nos puede estropear la nave, debemos atraparlo. Lo bueno es que no va a ir a ningĂşn lado mientras estemos aquĂ.
—¿Qué qui-quiere decir con ello?
—Somos una amenaza. Y uno nunca deja una refugio seguro cuando una amenaza ronda en el exterior. Con tenderle una buena trampa deberĂa de bastar, pero no sĂ© yo si las ratoneras sirvan aquĂ.
Honno pensĂł un rato. Tuvo entonces una idea.
—¡Claro! La cinta-ta-ta adhesiva. La de doble cara.
El viejo no hizo más preguntas ni observaciones. TenĂa un rollo en su cuarto. Fue escaleras arriba para traerlo. Honno se quedĂł a modo de centinela, poniendo la mueca más amenazante que se sabĂa y clavando profundamente su mirada en la grieta donde se ocultaba el agujero fugitivo, intentando hacer contacto visual. SĂ, visual, porque Kodomi teorizaba que aquella entidad tambiĂ©n tenĂa ojos.
Y apesar de todo, a bordo de La Estrella Anormal, esto no era nada fuera de lugar. En esta nave, casa y laboratorio, lo “normal” era precisamente “lo anormal”.
Pasaron unos cuantos minutos. Honno estaba comenzando a cansarse de no parpadear cuando alguien tocĂł el timbre.
—¡Ya voy! —Dijo y alegremente se dirigió a la puerta frente a las escaleras, la que llevaba al exterior.
Se llevĂł una grata sorpresa: Una pila de cajas, cargadas con toda clase de suministros, les habĂa sido entregada, dejadas casi a su suerte sobre los largos tablones tostados que hacĂan de base al porshe frontal. Más halla de los pilares, que sostenĂan el techillo de laminas, solo se podĂa apreciar el infinito espacio exterior.
Eso de “tocar” y ni siquiera pasarse a saludar no era extraño. La naturaleza de las investigaciones que se llevaban a cabo en aquel laboratorio exigĂan la más estricta confidencialidad. Tanto que los mensajeros no tenĂan permiso de ser vistos. Iban, dejaban todo, llamaban a la puerta y se iban. AsĂ lo exigĂa el protocolo.
Cuando el viejo regresĂł al vestĂbulo se quedĂł impactado por el montĂłn de paquetes. Luego comenzĂł a meter las cajas mientras el niño revisaba su contenido: Alimentos variados, herramientas, repuestos, ropa, uniformes especiales para tareas como mantenimiento…
—¡Qué ge-genial, incluso me han ma-mandado esta bata blanca a medida! —El niño se la puso. Le quedaba igual de grande que la anterior, de modo que tuvo que arremangarse las mangas y conformarse con una especie de cola que arrastraba a cada paso que daba.
—Pensé que estaba hecha a medida —Observó su compañero.
—Lo está. Si se da cuenta, está hecha a medida, solo que no a mi-mi-mi medida —El niño soltó una risa corta.
Como era tan bajito, era muy dĂficil conseguir ropa de cientĂfico profesional de su talla.
—Pues esta vez sà que se lucieron “los jefes”. Mandaron de todo y más —Comentó, admirado por tal gesto.
—¡E-eso quiere decir que nos hacemos ma-más y más importantes dentro de la organización, señor Ron! —Dijo el niño con gran orgullo.
—Ya va a hablar del despacho —Se dijo a sà mismo.
—¿Se lo imagina? —Ron iba a responder, pero la emociĂłn le ganĂł al niño— ¡El despacho! Con aire acondicionado, y vista 360 grados, una silla grande como trono, y una máquina de-de helados gratis y una a-asistente que diga con voz de robot “Ingeniero Kodomi, lo buscan aquĂ en la recepciĂłn ÂżLos dejo pasar o los echo a la calle?” Y eso se-se-será so-solo el comienzo. TambiĂ©n nos van a dar un presupuesto anual de más de cinco digitos, y un equipo grandote de cientĂficos. Y asĂ no-no volveremos a atra-tra-trasarnos nunca más
Mientras tanto el de los enormes puños repasaba mentalmente todo lo que les faltaba por hacer: Para esa fecha, en su itinerario de viajes, ya deberĂan de andar por la 12ava secciĂłn de la ruta 13. (Recordemos que apenas andaban por la sĂ©ptima). Les faltaban aĂşn 4 de las denominadas “visitas”, y Honno aĂşn debĂa de enviar el resultado de 2 experimentos que ni siquiera habĂa comenzado. Ron veĂa a aquel niño ilusionado, soñando despierto con convertirse en un importante y reconocido cientĂfico, y decidiĂł que valĂa la pena dejarlo en ese estado a pesar de los problemas. “Si los jefes quieren mejores resultados, que nos manden más ayuda” pensĂł el viejo. Y es que los alimentos, el agua, la ropa, las herramientas, todo eso estaba bien para tener una vida un poco más digna, pero para aliviar la carga de trabajo hacĂa falta algo más. Lo que se conoce como “mano de obra”. La Estrella Anormal, casi como por obra de un milagro, era operada enteramente solo por Ron y Honno.
—¿Y esta caja? —PreguntĂł el niño luego de examinarla un rato. Era la ultima y algo raro tenĂa: Tratabase de un paquete bastante largo, empacado casi a las prisas, a diferencia de los otros que parecĂan bloques de marmol perfectamente blancos y pulidos de tan bien que los habĂan forrado con la capa de plástico protector.
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—“mAnejE con Precaución” —Leyó el chico naranja luego de ajustar sus gafas.
—¿Que no las mayúsculas solo se usan al inicio de una oración?
—Creo que sĂ.
Concluyeron que solo se trataba de un detalle sin importancia. Si los jefes la enviaron, por algo debĂa de ser, y no tuvieron suficiente tiempo de prepararla como al resto. Fue asĂ que, con un cuchillo, se deshicieron de las delgadas bridas plásticas que sostenĂan las solapas. Echaron un vistazo al interior. Lo que vieron los dejĂł confundidos, helados y sin palabras. Normal, porque era la primera vez que habitante alguno de la galaxia se topaba, cara a cara, con una creatura tan extraña como esa; Un ser humano.