Busco lectores beta 🤙🏻

Nota: Este serĂ­a el capĂ­tulo beta de una novela de corte juvenil en la que trabajo. A cambio de opiniones honestas, ofrezco lo mismo: Puedo leer el, o, los primeros capĂ­tulos de tu novela y darte mi opiniĂłn. Gracias.

LA ESTRELLA ANORMAL

La creatura de la ruta 13.

Capitulo 1: Visita inesperada.

Jamás habían visto una “creatura” como esa. Ni el señor, que, durante más de 30 años trabajando como guardián de cargueros, ya había recorrido de arriba a abajo la galaxia y sus exóticos mundos, ni Honno Kodomi, quien a su corta edad ya se desempeñaba como científico: Esa piel pálida, gris y fría; sus enormes y tétricos ojos que encerraban un par de diminutas pupilas rojas, rasgadas como las bestias nocturnas, asimétricas en forma y tamaño; El cabello largo, puntiagudo, andrajoso, seco y quebradizo al tacto, de color verde oscuro; la alargada boca que le recorría el camino de oreja a oreja, dotada de una serie de afilados colmillos sin presencia de molares; las dimensiones de su delgado y frágil cuerpo… No hubieran podido imaginar hasta donde los llevaría aquel primer encuentro con el ser más extraño de todos.

Sucedió en uno de esos días en que, de tan común que era, parecía imposible que fuese a dar comienzo cualquier historia. La Estrella Anormal, un anticuado pero robusto misil espacial que cargaba con una casa entera por el cosmos, se encontraba recorriendo la séptima sección de la peligrosa y solitaria ruta 13. Ruta muy famosa en el pasado y que, por gracia del descubrimiento de mejores caminos, a la fecha en que este relato toma lugar, ya solo servía como refugio de peligrosos vándalos e indeseables monstruos. Quién se atrevía a recorrerla o valoraba muy poco su vida, o valoraba en demasía sus secretos.

En el vestíbulo (porque La Estrella Anormal, como toda nave espacial respetable, tenía uno) el viejo Ron, guardián de abordo, se encontraba limpiando las ventanas cuando se topó con su compañero, Honno Kodomi, quien tenía la cabeza atrapada entre los cojines del sofá café de dos asientos. Aquí había mucho por analizar, pero Ron no era de analizar mucho: Lo tomó del pequeño pie y haló hacia arriba para liberarlo como un cosechador hace con las zanahorias más rebeldes. Una vez a salvo Honno pegó una gran bocanada de aire y respiró hondo y con lentitud en lo que se le pasaba el susto. Parecía traumado. Nada más encontrar la mirada de su compañero sonrió.

—¡Buenos días, señor Ron! —Dijo con enérgica y alegre voz.
—Buenos días a ti también —Contestó con monótono e indiferente tono.
—¡Gracias por salvarme, ya creía que-que-que ese sería mi trágico final! —Agradeció, bastante conmovido por el desinteresado acto de heroísmo. El tartamudeo lo había acompañado toda la vida
—Para eso estamos.

Lo dejĂł gentilmente en el suelo y continuĂł con sus labores sin preguntar, como si nada hubiese pasado. Honno hizo lo mismo.

No podían ser más distintos el uno del otro: Ron ya casi rondaba la tercera edad, Honno no había alcanzado ni siquiera los 10; El viejo era un ser casi de figura absurda e intimidante: de piernas delgadas y alargadas, con el torso y los brazos corpulentos, robustos y musculosos; El niño era bajito, apenas llegaba a los 98 centímetros, un poco panzón, de delgados miembros, y emanaba de él un aura más bien amigable y torpe; Ron, cómo tú y como yo, poseía un cuerpo biológico, de carne y hueso; Honno, en cambio, era una masa ligera y brillante, casi gaseosa, similar al fuego o el plasma, aunque su temperatura apenas sobrepasaba la que era compatible con la vida: El viejo tenía tan solo un maltratado sombrero amarillento, ya varias veces parchado en el lugar donde uno esperaría encontrar una cabeza; Y Honno era más cabeza que cuerpo y piernas.

Fenómenos, desde luego. Quizás por ello, aún siendo tan diferentes, se entendían el uno al otro.

Cuando, poniendo en orden alfabético las revistas, el viejo vio al niño buscando un “quien sabrá qué cosa”, detenidamente, debajo de la alfombra, sintió un ligero cosquilleo de curiosidad. Luego, lo vió rebuscando detrás de los desgastados papeles tapices beige de las paredes, y al rato entre las páginas de los tomos de filosofía que nadie había tocado desde que salieron de la imprenta. “Lo que sea que busque no debe de ser más grande que una tapa ni más grueso que un billete” pensó el del sombrero. Y también terminó por concluir que esta búsqueda fue la que llevó al niño al aprieto de hace un rato.

—¿Se te ha perdido algo? —Preguntó finalmente.
—¡Ajá, ajá! —Confirmó con un bien marcado movimiento de cabeza— Se-señor Ron ¿No habrá visto un agujero, por casualidad?

Se quedĂł pensativo

—¿Un agujero?— Arqueó la ultima ceja que le quedaba
—Sí, se me-me-me escapó y creo que podría estar en problemas si no lo encuentro pronto.
—¿Se te ha escapado un agujero?
—Creo que sí.

Rebuscó entre sus memorias. A lo largo de su vida había visto muchos agujeros. Cierto. Los habían bonitos y bien definidos, como los que solía hacer en la madera con la barrenadora cuando anduvo trabajando de carpintero. También habían otros amorfos y desagradables, como los socavones de las callejuelas de su pueblo natal. Y otros que, por su naturaleza, no podría yo referir en esta novela por temas legales. Incluso rememoró la cima de un imponente volcán de Astalar oriental, cuyo cráter tenía un diámetro de más de 172 kilómetros. Aquello era el agujero más grande en el que podía pensar. Pero ¿Un agujero capaz de perderse, escapar y ser encontrado?

—Lamento no serte útil—Concluyó tras referirle todo lo que sabía
—¡Protones y neutrones! —Masculló el niño— Si-si lo ve, avíseme, por favor. Es como del tamaño de una mo-moneda de 10 centavos.
—Pierde cuidado.
—Prefería no perder ya nada más.

Continuó entonces con sus labores y dejó al chico hacer lo mismo. Había discutido cosas más surreales con Honno y aquello no le parecía motivo suficiente para echarle una llamada al psicólogo. Poco después, el hombreton se topó con lo que, a primera vista, no era más que una simple mancha entre las raíces de los gruesos mechones corintos de la alfombra: Por más que le frotó por encima con un trapo empapado no se iba. Era una cosa pequeña pero muy molesta una vez que se sabía que estaba ahí. Ya estaba por asumir que, aquella mancha de un color negro muy intenso, pasaría a formar parte de la alfombra cuando se le ocurrió frotar el dedo por encima. Aquí descubrió que esto tenía cierta profundidad, como un pequeño bache. Aquello era un agujero, pero en lugar de servir como ventana hacía el suelo desnudo de debajo de la gruesa tela, ese intenso color oscuro era todo lo que se veía de su interior. Ya comenzaba a unir la búsqueda del científico con este descubrimiento cuando, de pronto El “agujero” escapó. Sí, literal. El “agujero” “escapó” de la escena a toda velocidad, deslizándose como una hábil cucaracha por el suelo.

—Lo encontré —Dijo, abalansandose sobre el ente fugitivo. Con sus gigantescas y amarillentas manos trató de aplastarlo, sin embargo, con lo delgado que era, le fue muy fácil colarse entre los espacios que quedan entre los dedos.

Honno era de reflejos mucho menos desarrollados, de modo que, cuando le pasó entre los pies a toda velocidad, intentó detenerlo poniéndole el pie a modo de bloqueo 5 segundos después de haber sido dejado atrás.

El miedo lo había vuelto loco: Trepaba las paredes a toda velocidad, daba vueltas por el suelo y el techo y como no encontraba refugio seguro volvía a corretear por donde ya había pasado. Era una especie de sacabocados automático fuera de control: Cualquier cosa que era más pequeña se la tragaba, y al resto le hacía pequeños bocados equivalentes a su diámetro total sin importarle la dureza del material: Concreto, acero, cristal… Ron trataba de seguirle el ritmo, y con semejante tamaño, no podía evitar tirar todo a su paso. Durante la breve persecución, La Estrella Anormal entera se agitó como una triste choza vieja en el medio de un terremoto.

—¡De-detengase, por favor, señor agujero! —Clamó el chico.

La cosa terminó cuando el diminuto disco consiguió llegar hasta los peldaños de las escaleras que llevaban al segundo piso. Estaban estas hechas de madera curtida. Halló en estas una raja, y en dicha raja un recoveco tan delgado que solo él sería capaz de usarlo a modo de refugio. Una vez dentro, sería imposible sacarlo sin destrozar por entera la escalera.

—¡Más protones y todavía más neutrones! —Maldijo Honno— ¿Qué vamos hacer? Si continua así, creo que le va-va-va a dar mal de estómago.

Ron observó el triste estado en que quedó el vestíbulo al que tanto empeño le había puesto.

—Como le haga esto al motor, a la computadora de mando, a la tobera o a cualquier máquina, que se indigeste será el menor de nuestros problemas.
Además, no me parece posible que le dé mal de estómago si no tiene estómago pars comenzar.

El niño se quedó pensativos

—¿Los agujeros no tienen estómago? —Preguntó Honno de forma legítima, impresionado por tal afirmación.

Ron pensĂł en ello.

—Que yo sepa no— Argumentó un tanto confundido ¿Qué clase de pregunta era esa? — Los agujeros normales no tienen estómagos.
—A-ahí está el detalle, señor Ron —Sonrió el cabezón— Lo-los agujeros “normales” no tienen estómago. Esa es una afirmación que podría a-a-abrir unos cuantos debates. Aquí, en cambio, creo que abriría todos los debates. Po-porque estamos lidiando con una entidad “anormal”: Una que no sigue las reglas y normas convencionales del propio universo—Aclaró el niño.

Kodomi comenzó a barajar unas cuantas teorías acerca del cómo era posible que existiese la entidad E-08. Y de todo lo que decía, todas las fórmulas y ecuaciones que presentaba, todas las hipótesis que salían por su boca para tratar de dar una explicación plausible a lo que acababan de presenciar, de todo eso el viejo Ron no logró entender ni tres pepinos. A él nunca se le dieron bien las ciencias exactas, contrario a Kodomi que parecía haber nacido para ellas. Y si las ciencias exactas ya le eran complicadas, la inexacta ciencia del estudio de lo anormal ya lo veía como algo fuera de su alcance, pero siempre trataba de prestar la mayor atención que podía, a ver si lograba, en una de esas, aprender aunque sea algo. En esta ocasión, se quedó con una frase que el chico solía repetirle, ya cuando dio por concluído su emocionada exposición

—Co-con las entidades anormales, lo ú-único seguro es que nunca hay nada seguro —Asintió el viejo a tal afirmación. Honno continuó— Los teoricos de lo inexplicable, cre-creemos que cualquier idea, por loca y absurda que suene, es una posibilidad real hasta demostrar lo contrario. Y por ello, que este agujero tenga estómago es, hasta no demostrar lo-lo- lo contrario, plausible.

“Lo único seguro es que nunca hay nada seguro”. El del sombrero asomó el ojo a la grieta donde se resguardaba el ente E-08, Una creatura imposible y que, sin embargo, ahí estaba. Sin decir nada, solo con su mera presencia, parecía gritar a los 4 vientos “¡No hay límite alguno, todo es posible!” Ron sabía muy bien cuál era su trabajo, que era lo que debía proteger, pero la mayor parte del tiempo no estaba en contacto con “anomalías”. Del laboratorio se encargaba Honno enteramente.

—Pues ya sea porque se enferme de tanto tragar, o porque nos puede estropear la nave, debemos atraparlo. Lo bueno es que no va a ir a ningún lado mientras estemos aquí.
—¿Qué qui-quiere decir con ello?
—Somos una amenaza. Y uno nunca deja una refugio seguro cuando una amenaza ronda en el exterior. Con tenderle una buena trampa debería de bastar, pero no sé yo si las ratoneras sirvan aquí.

Honno pensĂł un rato. Tuvo entonces una idea.

—¡Claro! La cinta-ta-ta adhesiva. La de doble cara.

El viejo no hizo más preguntas ni observaciones. Tenía un rollo en su cuarto. Fue escaleras arriba para traerlo. Honno se quedó a modo de centinela, poniendo la mueca más amenazante que se sabía y clavando profundamente su mirada en la grieta donde se ocultaba el agujero fugitivo, intentando hacer contacto visual. Sí, visual, porque Kodomi teorizaba que aquella entidad también tenía ojos.

Y apesar de todo, a bordo de La Estrella Anormal, esto no era nada fuera de lugar. En esta nave, casa y laboratorio, lo “normal” era precisamente “lo anormal”.

Pasaron unos cuantos minutos. Honno estaba comenzando a cansarse de no parpadear cuando alguien tocĂł el timbre.

—¡Ya voy! —Dijo y alegremente se dirigió a la puerta frente a las escaleras, la que llevaba al exterior.

Se llevó una grata sorpresa: Una pila de cajas, cargadas con toda clase de suministros, les había sido entregada, dejadas casi a su suerte sobre los largos tablones tostados que hacían de base al porshe frontal. Más halla de los pilares, que sostenían el techillo de laminas, solo se podía apreciar el infinito espacio exterior.

Eso de “tocar” y ni siquiera pasarse a saludar no era extraño. La naturaleza de las investigaciones que se llevaban a cabo en aquel laboratorio exigían la más estricta confidencialidad. Tanto que los mensajeros no tenían permiso de ser vistos. Iban, dejaban todo, llamaban a la puerta y se iban. Así lo exigía el protocolo.

Cuando el viejo regresó al vestíbulo se quedó impactado por el montón de paquetes. Luego comenzó a meter las cajas mientras el niño revisaba su contenido: Alimentos variados, herramientas, repuestos, ropa, uniformes especiales para tareas como mantenimiento…

—¡Qué ge-genial, incluso me han ma-mandado esta bata blanca a medida! —El niño se la puso. Le quedaba igual de grande que la anterior, de modo que tuvo que arremangarse las mangas y conformarse con una especie de cola que arrastraba a cada paso que daba.
—Pensé que estaba hecha a medida —Observó su compañero.
—Lo está. Si se da cuenta, está hecha a medida, solo que no a mi-mi-mi medida —El niño soltó una risa corta.

Como era tan bajito, era muy dĂ­ficil conseguir ropa de cientĂ­fico profesional de su talla.

—Pues esta vez sí que se lucieron “los jefes”. Mandaron de todo y más —Comentó, admirado por tal gesto.
—¡E-eso quiere decir que nos hacemos ma-más y más importantes dentro de la organización, señor Ron! —Dijo el niño con gran orgullo.
—Ya va a hablar del despacho —Se dijo a sí mismo.
—¿Se lo imagina? —Ron iba a responder, pero la emoción le ganó al niño— ¡El despacho! Con aire acondicionado, y vista 360 grados, una silla grande como trono, y una máquina de-de helados gratis y una a-asistente que diga con voz de robot “Ingeniero Kodomi, lo buscan aquí en la recepción ¿Los dejo pasar o los echo a la calle?” Y eso se-se-será so-solo el comienzo. También nos van a dar un presupuesto anual de más de cinco digitos, y un equipo grandote de científicos. Y así no-no volveremos a atra-tra-trasarnos nunca más

Mientras tanto el de los enormes puños repasaba mentalmente todo lo que les faltaba por hacer: Para esa fecha, en su itinerario de viajes, ya deberían de andar por la 12ava sección de la ruta 13. (Recordemos que apenas andaban por la séptima). Les faltaban aún 4 de las denominadas “visitas”, y Honno aún debía de enviar el resultado de 2 experimentos que ni siquiera había comenzado. Ron veía a aquel niño ilusionado, soñando despierto con convertirse en un importante y reconocido científico, y decidió que valía la pena dejarlo en ese estado a pesar de los problemas. “Si los jefes quieren mejores resultados, que nos manden más ayuda” pensó el viejo. Y es que los alimentos, el agua, la ropa, las herramientas, todo eso estaba bien para tener una vida un poco más digna, pero para aliviar la carga de trabajo hacía falta algo más. Lo que se conoce como “mano de obra”. La Estrella Anormal, casi como por obra de un milagro, era operada enteramente solo por Ron y Honno.

—¿Y esta caja? —Preguntó el niño luego de examinarla un rato. Era la ultima y algo raro tenía: Tratabase de un paquete bastante largo, empacado casi a las prisas, a diferencia de los otros que parecían bloques de marmol perfectamente blancos y pulidos de tan bien que los habían forrado con la capa de plástico protector.

Carecía también de etiqueta que indicase origen, destinatario, fecha de salida, contenido. Solo tenía el desgastado logo de una marca poco conocida de cristalería y una advertencia impresa, relevante a su propósito original

—“mAnejE con Precaución” —Leyó el chico naranja luego de ajustar sus gafas.
—¿Que no las mayúsculas solo se usan al inicio de una oración?
—Creo que sí.

Concluyeron que solo se trataba de un detalle sin importancia. Si los jefes la enviaron, por algo debía de ser, y no tuvieron suficiente tiempo de prepararla como al resto. Fue así que, con un cuchillo, se deshicieron de las delgadas bridas plásticas que sostenían las solapas. Echaron un vistazo al interior. Lo que vieron los dejó confundidos, helados y sin palabras. Normal, porque era la primera vez que habitante alguno de la galaxia se topaba, cara a cara, con una creatura tan extraña como esa; Un ser humano.

Así leída rápidamente me he dado cuenta de algunas cosas. Hay faltas ortográficas. Los números en las novelas siempre mucho mejor en letra. Hay un fragmento que aparece 12ava, no se como estará la rae ahora, pero da igual, a mi personalmente me chirria. 12ª, decimosegunda, o en la sección doce. De contenido nunca digo nada porque cada uno tiene su estilo y su forma de escribir.

1 me gusta

Gracias por animarte a comentar. Eso de los números no me la sabía, procuraré tenerlo en cuenta. De igual forma, si tienes ganas de escribir algo respecto al contenido te inspiro a comentarlo sin pena, así creas si simplemente no es para ti o si piensas que es demasiado absurdo. La verdad es que me interesa bastante saber lo que otros piensan para ver si lo estoy transmitiendo correctamente. De nuevo gracias