Comentarios para novela de ciencia ficción

Hola, estoy buscando comentarios para la novela de ciencia ficción que estoy escribiendo.
La trama principal es la lucha en contra de una inteligencia artificial general que cobra poder sobre el mundo.

Dejo aquí el primer capítulo, y si alguien está interesado en leer el resto, con gusto le comparto link para continuar leyendo. Al momento voy en el capítulo 45 y continuando.


Había sido una decisión, no una gran decisión, pero su decisión al final de cuentas la que lo condujo a este momento.

Julián leía con asombro el documento de aprobación. Hacía tiempo que presentía que la compañía ocultaba algo grande y ahora, por fin, tenía la certeza. Quitar la incertidumbre fue como quitarse una piedra en el zapato y, al mismo tiempo, como una pedrada en la cabeza.

<<La tercera iteración de pruebas en videojuegos fue superada con gran facilidad. Ya no se tuvieron incidencias en el seguimiento a las reglas ni divergencias en las estrategias para maximizar puntajes>> leyó nuevamente el documento <<De acuerdo con el cronograma, se procederá con las pruebas en el ambiente híbrido con interacción humana básica. Como en todas las fases, la seguridad y el control son el imperativo categórico>>

¿Pero qué probaba en realidad? Todos estaban usando IA, o al menos lo pretendían. Todas las grandes empresas tecnológicas pegaban la frase en sus sitios web y eso era suficiente para incrementar el precio de sus acciones. << Es la burbuja del dot com>> pensaba. Pero no. Esto no era solo usar IA, era desarrollar una IA propietaria. Tendrían miles de inversores ángeles a sus pies si lo quisieran. ¿Por qué usarían a una empresa de hardware de mediano tamaño como fachada para esconder que lo hacían?

Sin saber exactamente qué lo impulsó a actuar tan rápido, comenzó.

Cerró discretamente las persianas y se arrodilló debajo del escritorio. Sacó un pequeño desarmador y abrió la caja de la computadora quitando los tornillos mariposa. Desenchufó el cable de alimentación, el adaptador y extrajo el disco duro.

Era difícil extraer información de la empresa. El uso de USB estaba deshabilitado, los documentos marcados como de uso interno estaban protegidos y no podían enviarse por correo a direcciones externas, las computadoras no podían sacarse de la oficina e incluso estaba deshabilitado el almacenamiento interno de documentos en las computadoras, guardándose todo únicamente en los servidores internos. Eran medidas que exasperaban a muchos empleados, y especialmente la última, estaba por arriba del estándar para una corporación como la suya. O al menos, para lo que aparentaba ser.

QTC era parte de un conglomerado americano que se especializaba en la cadena de suministro de computación cuántica. Era la única empresa del grupo ubicada en México y ahí se hacía la investigación y desarrollo de los sistemas de refrigeración y tecnologías emergentes de hardware. Y, aunque era importante, no lo era lo suficiente para ameritar las visitas casi semanales del grupo de directivos americanos que acudían los últimos meses. Los seis intentaban pasar desapercibidos, pero cualquiera que estuviera prestando atención podía saberlo. Comenzando con que todos eran americanos como él. Uno de esos directores, a quien nunca le habían presentado, ahora sabía que era Osbert Janos. Janos medía casi dos metros y era pálido como un hueso, había que estar ciego para no notarlo al pasar. Todos ellos viajaban en autos con llantas muy anchas y vidrios gruesos, y entraban y salían con sus computadoras.

Por un amigo que trabajaba en el área de ciberseguridad, se había enterado hacía algún tiempo, de pura casualidad, por una broma incluso, que la única computadora que tenía almacenamiento interno habilitado era la computadora de la directora general de QTC, Vivian. La única que se reunía con los otros seis jefes americanos. Ella había sido una compañera suya en un par de clases en la universidad y habían llegado a ser, si no amigos, al menos colegas. Ella escaló muy rápido en la jerarquía de la empresa y le ayudó a Julian a entrar a QTC. Habían mantenido cierta relación amistosa, pero diluida por la brecha que los separaba jerárquicamente.

La vio llegar más temprano de lo habitual, entrar a su oficina, encender la computadora y salir apresurada al recibir una llamada. Entre eso y que vio a uno de los altos mandos llegar al edificio, sabía que Vivian estaría fuera varias horas hasta terminar su reunión semanal.

<<Ahora, ¿dónde rayos esconderé esta cosa?>> pensó mientras cerraba y conectaba nuevamente la computadora.

El disco duro medía unos 15 centímetros de alto y 10 de largo, aunque no muy grueso, quizá de 2 centímetros. No lo podía doblar así que en donde lo pusiera se vería fácilmente. Miró dentro de la oficina, buscando cinta adhesiva. El escritorio de caoba estaba impecable con solo lo esencial, el teclado, un ratón, un cuaderno y un frasco con algunos bolígrafos y lápices. Al otro lado del área había un estante horizontal. Julian lo abrió con la esperanza de encontrar algo útil, pero solo había documentos y manuales. De repente, supo exactamente dónde podía encontrar la cinta.

Era una tradición en la empresa decorar con globos el cubículo de quien cumpliera años, y recordó haber visto globos antes de entrar en la oficina de Vivian.

Decidió probar suerte y salió del lugar, caminó por el pasillo tratando de parecer lo más casual posible hasta ver nuevamente los globos medio desinflados flotando en uno de los cubículos, 2 filas más adelante. “Feliz cumpleaños Elisa” decía la decoración, con múltiples globos sostenidos por hilos de colores y un poco de cinta adhesiva. <<Así que es el cumpleaños de Lisa>>, pensó Julian. La conocía un poco. Le había causado una gran impresión porque, aunque era muy joven, era una experta en mecánica cuántica y se había hecho de renombre por desarrollar Qubits en diamantes, algo que algunos de los investigadores bromeaban podría acabar con el principal mercado de la compañía.

Eran decoraciones del día anterior y aún no llegaba a la oficina nadie de esa zona. Se sintió un poco culpable por destruir sus decoraciones, pero no había tiempo para titubeos. Con cuidado quitó todas las decoraciones, asegurándose de no dañar la cinta en el proceso, regresó al despacho de Vivian y se pegó el disco duro en su espalda baja lo mejor que pudo. Supuso que con su blazer sería invisible, podía sentarse normalmente con él y nadie iba a tocar ese lugar. Se tomó un momento para respirar profundamente pues el golpeteo de su corazón contra su pecho era casi audible y luego se retiró de ahí.

Caminó hasta su cubículo tomando la ruta más larga posible; su cabeza le daba vueltas a todas las alternativas que tenía. Para cuando finalmente se sentó tenía algo claro, ya no podía dar marcha atrás. Solo tenía dos grandes caminos que se bifurcaban, intentar hacerse el tonto, lo cual sería estúpido pues, aunque dentro de la oficina de Vivian no hubiera cámaras, afuera sí que las había y cuando indudablemente se dieran cuenta del robo, lo verían a él pasando un largo rato dentro de su lugar sin ninguna buena razón. La segunda opción era simplemente irse. Podía renunciar en ese mismo instante y huir antes que se dieran cuenta, o simplemente salir y nunca volver.

Tomó sus cosas y se dirigió a la escalera; siempre tomaba las escaleras de servicio para evitar charlas de elevador. Mientras bajaba sopesaba sus opciones sin discernir una mejor opción que la otra. Sin mucha convicción decidió renunciar. Bajó los tres pisos y se dirigió al área de Recursos Humanos. Su jefe era un gran tipo y estaba de vacaciones en su luna de miel. Detestó tener que dejarlo así sin más en ese momento, pero era lo que debía hacer.

—Renuncio —dijo abriendo la puerta de la gerente de reclutamiento y selección. La había conocido hacía dos años cuando comenzó a trabajar en QTC y no la había visto desde entonces.

Gabriela que acababa de llegar y aún ni siquiera dejaba su bolsa abrió los ojos y después de un par de segundos que a Julian le parecieron eternos se levantó de su silla. Pasó al lado de él y cerró la puerta y la persiana. Ahí se dio cuenta que había hablado más fuerte de lo que esperaba y varios analistas lo habían escuchado.

—Lo siento, creo que fui muy dramático —se disculpó Julian—. Es solo que…

—No, no te preocupes —Gabriela sonaba genuinamente preocupada—. Realmente la empresa siempre había sido buena con él. La única queja que había tenido era su política de cero esquemas híbridos, pero fuera de ello, era un gran lugar para trabajar—. Dime por favor qué sucedió, si ha pasado algo estamos para apoyarte.

—No pasó nada, es por temas muy personales que tomo esta decisión, la empresa no ha sido más que excelente conmigo, pero he decidido renunciar y preferiría no ahondar más en los motivos.

Ella lo miró fijamente un par de segundos y luego asintió con la cabeza.

—Toma asiento. Si esa es tu decisión la respetamos, solo quiero hacer hincapié en que incluso si después quieres hablar algo al respecto, ten toda la confianza en llamarme —dijo Gabriela acercándole una tarjeta de presentación.

—Gracias.

Después de una conversación telefónica un tanto incómoda con su recién casado jefe, y unas cuantas firmas, Julian salió del edificio con tan solo una caja de objetos personales que el amable guardia de seguridad revisó a la salida. Solo objetos personales, y un disco duro pegado en la espalda.

Eran las 10:30 cuando Julian se subió a su Prius blanco, pero aún no podía relajarse. Calculaba tener entre 4 y 24 horas antes que Vivian se enterara del robo, pero no podía estar seguro. No quería ni pensar en lo que ella haría cuando se enterara del robo.

Después de conducir sin rumbo unos minutos se aparcó en el estacionamiento de un supermercado. Aunque ya tenía casi dos años viviendo ahí, no tenía muchos amigos en el país… o fuera de él…, mucho menos que fueran de la confianza suficiente para acudir a ellos en ese momento. Pensó en recoger sus cosas y tomar un vuelo de vuelta a California pues de todas formas pronto tendría que hacerlo al ya no tener un trabajo que le concediese su visa.

Sacó su celular instintivamente y vio sus mensajes. Al ver uno de los grupos en los que estaba, miró el nombre de quien envió el último mensaje: Marcus Franco.

Lo había conocido inicialmente por sus publicaciones en redes sociales donde hablaba sobre los riesgos de la Inteligencia Artificial, había interactuado brevemente con él por redes sociales, y finalmente se había unido a un grupo, Resiste—IA en un rol completamente pasivo. Franco era uno de los líderes del grupo Resiste—IA, un grupo que, para sorpresa de Julian, no eran en general tecnófobos, sino personas doctas en el tema, de quienes había aprendido bastante desde que se unió.

Aunque tenían considerables seguidores en redes sociales, los que aportaban realmente de manera activa eran unas veinte personas. Como en cualquier grupo, en Resiste—IA había una variedad de personalidades; algunos miembros eran más radicales en la forma en que veían el funcionamiento del grupo. Iniciado como un grupo de expertos que compartían visiones cautelares respecto al desarrollo de inteligencia artificial, algunos miembros habían presionado para comenzar a tomar medidas y oponerse directamente al desarrollo de la IA, al considerar que las técnicas actuales para asegurar la seguridad y el control no eran lo suficientemente robustas. Franco había sido uno de ellos, y fue, indirectamente, el responsable de sumergir progresivamente a Julian en el movimiento. Era un gran orador cuando lo entrevistaban en algún podcast, y su habilidad para ejemplificar de forma simple cuestiones complejas lo habían convertido en una figura popular, al menos entre los interesados en esos temas.

Su única contribución hasta el momento, pero una que le habían aplaudido mucho, fue corroborar con evidencia fotográfica la teoría que Osbert Janos estaba trabajando en QTC. Janos había sido una persona importante en la compañía líder que desarrolló el primer Modelo de Lenguaje Amplio que se hizo público, IA4ALL, y había dejado la empresa en malos términos. Dentro del grupo, se especulaba si había ido a formar parte de otra empresa, y apenas vio la foto de Janos supo que era uno de los americanos que iban semanalmente a su edificio.

El teléfono sonó por varios segundos hasta que finalmente escuchó un “bueno” al otro lado de la línea.

—Hola Franco, soy Julian, del grupo de Resiste-IA —respondió.

—Cómo estás mi querido Julian —dijo la voz al otro lado del teléfono en un tono amistoso—. Dime en qué te puedo ayudar.

—Es una larga historia —comenzó Julian meditando qué tan directo quería ser—, pero creo que es algo que te resultará de gran interés. Es sobre QTC… conseguí información, digamos, confidencial.

Se hizo una pausa.

—¿Confidencial? Interesante. ¿De qué se trata?

—Aún no estoy seguro —notó que sonaba nervioso— en realidad acabo de salir de la oficina de QTC, donde trabajo, trabajaba, con la información.

—¿QTC? Entonces estás en Monterrey ¿cierto? ¿Te parece si mejor nos reunimos en persona?

—¿Ahora? —preguntó Julian.

—Pensé que así lo querías —respondió Franco.

—No, sí —tartamudeó— ¿dónde nos vemos?

La dirección que envió Franco estaba algo alejada de su ubicación, pero a esta hora no haría mucho tiempo. Era un restaurante elegante en una zona corporativa de San Pedro. El lugar estaba en el primer piso de un edificio de oficinas y departamentos de lujo. Al llegar a recepción se identificó diciendo que iba con Franco y la amable anfitriona lo condujo con una sonrisa al fondo del restaurante, a la sección de eventos privados tras una puerta. Ahí, sentado en una mesa para doce personas estaba Franco con un auricular en una oreja tecleando en una computadora, y al ver a Julian entrar se levantó de la silla de inmediato.

—Qué gusto finalmente conocerte en persona —dijo Franco extendiendo los brazos para abrazarlo.

Franco era un hombre robusto de unos cincuenta años, su perilla grisácea combinaba con su cabello que le llegaba casi hasta los hombros y que llevaba engominado hacia atrás.

—Es un placer conocerte también —saludó Julian, cediendo al abrazo de Franco—. Gracias por recibirme, espero que lo que te muestre sea tan interesante como creo que lo será.

—Sí, por supuesto. ¿Te importa si platicamos mientras comemos? tengo un vuelo que tomar.

—Excelente, ya tengo hambre —mintió Julian.

Franco hizo una seña al mesero y ordenó unos ostiones en salsa verde.

—Disculpa que pida por ti, pero están buenísimos para comenzar —hizo otra señal al hombre que cuidaba la puerta a la sala privada y este se retiró cerrando la puerta tras de sí.

—Aquí tenemos privacidad —comenzó Franco inclinándose hacia el frente en su silla—. Dime, qué es lo que querías platicarme.

Julian instintivamente se palpó los bolsillos buscando el disco duro, hasta recordar que aún lo tenía pegado en la espalda. Se levantó de la silla y le dirigió una pequeña sonrisa a Franco antes de girarse y levantarse la camisa, mostrando el disco duro torpemente encintado a su espalda. Franco bufó extrañado y luego lo retiró de su espalda de un tirón.

—¿Qué rayos? —preguntó— ¿Es un disco duro?

—El disco duro de la directora de QTC —dijo Julian con una sonrisa pícara—. Soy, o bueno, era, coordinador de materiales cuánticos…

—¿Cómo rayos conseguiste esto? —interrumpió Franco, con una sonrisa que no le cabía en la cara.

—Ya sabes cómo es esto, el eslabón más débil siempre es el humano —sentenció con indiferencia—. La verdad que hasta hace poco no me creía todo lo que comentaban en el grupo acerca de QTC. Sólo hasta hace unas semanas empecé a sospechar que QTC hacía más de lo que mostraba. Los procesos de seguridad son atípicos para una empresa de su giro, la ubicación no es propia de una empresa de tecnología, sótanos enteros que son restringidos… en fin, una cosa llevó a otra, y finalmente, vi al mismísimo Osbert Janos entrando al edificio.

—Claro, vi la foto en el grupo —interrumpió brevemente Franco.

—Ya no me queda duda que están trabajando en crear una IA en secreto, libre del escrutinio público —continuó Julian—, lo que, en tus propias palabras, es como jugar a la ouija.

Franco lo miró en silencio mientras jugaba con su perilla. Luego tomó el disco duro entre dos dedos.

—¿Y aquí hay información acerca de esa IA? —preguntó Franco incrédulo.

—Eso creo, sí.

Franco se talló una ceja.

—¿A qué te refieres con “eso creo”? —inquirió.

—Solo alcancé a ver unos pocos archivos antes de decidir robarlo, pero estoy seguro de que habrá mucho más…

—Espera, espera, espera —lo detuvo Franco—. Yo no soy ningún genio de la ciberseguridad, pero ¿no crees que el disco esté encriptado?

—Eh, sí, por supuesto —respondió Julian.

—Ah de acuerdo, entonces sabes la contraseña —sentenció con un tono de duda.

—No exactamente —era algo que había pasado por su cabeza decepcionantemente tarde, hasta que estaba ya firmando su renuncia y desde entonces había decidido ignorar ese pensamiento porque sabía que podía significar que todo lo que había hecho resultara inútil.

El mesero golpeó la puerta antes de entrar con los platos de ostiones. El aroma le habría parecido delicioso hacía diez minutos, pero ahora que no podía ignorar más el problema de la encriptación, solo le provocaron nausea.

El silencio se mantuvo hasta que el mesero salió nuevamente de la sala y Franco sorbió el primer ostión.

—Bueno, estamos mejor que en la mañana, ya solo falta desencriptar el disco —dijo Franco sonriendo y agarrando un segundo ostión—. Un problema a la vez.

Franco cambió el tema y comenzó a hablar de fútbol, tema del que Julian sabía muy poco, pero agradecía el desvío de la conversación. Eso logró relajarlo hasta el punto de que pudo dar su primer bocado.

A los pocos minutos regresó el mesero para tomar su orden, un ribeye para Franco y lo que recomendara el chef para Julian, que ni siquiera había mirado un menú. Al volver a estar solos, Franco regresó al tema del disco duro.

—Y bueno, ¿tienes alguna idea de cómo podemos avanzar con la desencriptación? ¿Usan contraseñas genéricas, sabes información personal de la directora, algo?

Julian negó con la cabeza.

—No, pero… el disco tiene una encriptación AES-128, para todo fin práctico es imposible de crackear, pero recuerdo leer hace un tiempo un artículo que mencionaba que una computadora cuántica podría romper este tipo de encriptación —Julian apretó los ojos como obligándose a continuar hablando—. Creo que conozco a alguien que nos puede dar claridad.

Franco alzó las cejas señalando que continuase.

—Ela Fridman —respondió Julian sin vacilar—. Está haciendo un doctorado en la UCLA, o al menos lo estaba. No he hablado con ella en un par de años, pero le he seguido la pista. Si alguien puede desencriptar este disco es ella.

—¿Qué tan bien la conoces? —lo cuestionó Franco.

—No mucho realmente. Ella comenzó su programa el semestre en que yo me graduaba, era becaria de mi asesor así que convivimos un poco. Sé que estaba trabajando en el descifrado cuántico para su tesis y por lo que he leído puede que ya tenga un modelo funcional.

—UCLA, qué coincidencia —respondió pensativo—. Llámala, dile que tienes un proyecto interesante en el que puede ser de gran ayuda y la invitamos a cenar o a comer mañana. Yo me encargaré de que se sume a la causa —dijo Franco.

—No tengo su número, tendría que buscarla en redes sociales. Además, ella vive en California.

—En ese caso —dijo tomándolo del hombro— nosotros tenemos un vuelo que tomar.