P R E F A C I O
Hay lugares donde el tiempo no transcurre: se deposita. Se acumula como un sedimento de culpas no resueltas. Junto a un sendero que serpentea a la vera del Canal del Beagle, entre lengas de troncos retorcidos, sobrevive una choza cónica cuyos palos se sostienen unos a otros por mera insistencia. Sobre la turba húmeda, un mosaico de conchas pálidas tapiza la entrada; en el interior, apenas una lata de tabaco inglés devorada por el óxido y una botella de gres vacía. Más abajo, donde una senda ancestral desciende hacia la playa de guijarros, yace la anán semienterrada, junto a un fragmento de remo carcomido y los huesos blanquecinos de un esqueleto marino. No hay ruido ni movimiento. Solo el murmullo entre los árboles de lo que alguna vez fue un hogar yagán y hoy es un vestigio que el bosque insiste en resguardar.
Ante esa soledad, ante la canoa abandonada, resulta inevitable preguntarse adónde están, quienes fueron. Qué fuerza —qué conjuro silencioso— pudo arrancar a un pueblo de su propia orilla y disolverlo en la neblina de la historia. No fue una tragedia súbita ni un cataclismo natural, como el Danubio desbordado o el Vesubio sepultando Pompeya. Lo ocurrido en estas costas fue más lento y más preciso: una extinción administrada, ejecutada con la parsimonia de la burocracia y la frialdad de una catequesis que confundió la salvación con el despojo.
Este libro narra esa desventura: la de los canoeros fueguinos, atrapados entre dos mundos que nunca llegaron a tocarse del todo. No busca restituir una totalidad perdida ni hablar en nombre de quienes ya no pueden hacerlo. Aspira, en cambio, a rescatar del silencio las huellas dispersas de los yaganes: fragmentos, documentos, gestos mínimos que el borramiento no logró cubrir. Esos restos —como la choza, como la anán, como la lata oxidada— no explican por sí solos lo ocurrido, pero resisten. Persisten.
Este es el lienzo sobre el que nuestro protagonista Aurelio Zavala, despliega su indagación en el siglo XIX. No como cronista ni como testigo directo, sino como un investigador obstinado, atento a los indicios que otros pasaron por alto. El misterio de Wulaia, el destino de Jemmy Button y el eco de los últimos habitantes de los canales fueguinos se entrelazan en una trama donde confluyen fuerzas que exceden largamente la escala humana: la usurpación de Malvinas, el control de los espacios marítimos del sur, la lógica de un imperio naval que, para entonces, gobernaba un tercio del planeta, y la expansión de las misiones británicas.
En ese escenario vasto y asimétrico, los yaganes —acorralados por la peste, el hambre y la intromisión constante— lucharon por algo elemental: conservar su lengua, sostener una forma de habitar el agua y preservar una memoria milenaria que los invasores se empeñaron en sustituir. Su tragedia no se consumó en un solo acto, sino que fue erosionada día tras día, hasta que incluso el relato de su desaparición quedó en manos ajenas.
Al final, solo queda la canoa. No como símbolo romántico, sino como evidencia material de una ausencia. Abandonada en la playa, ya no sirve para navegar ni para huir. Es apenas un casco vencido por la intemperie, detenido entre la tierra y el agua. Pero en esa inmovilidad persiste una pregunta que el tiempo no ha logrado borrar: qué manos falsearon su destino y quién decidió que ese abandono podía confundirse con el orden natural de las cosas.
Este libro comienza ahí, frente a esa canoa inmóvil. No como quien contempla un resto del pasado, sino como quien descifra una herida abierta en la costa. Porque lo que nos han enseñado a ver como un destino inevitable es, en realidad, la prueba material de un silencio impuesto.