Cuento de Navidad

Hola!!

Soy nueva aquí, y llego un poco tarde para compartir un cuento de Navidad, pero lo escribí en diciembre y me gustaría compartirlo. Me he quedado con ganas de hacerlo llegar, así que aquí estoy. Agradezco opinión, e ideas sobre qué hacer con ello.

Juanita

Navidad, tiempo de vacaciones y buenos deseos para todo el mundo. No para mí. Ni lo uno, ni lo otro. En dos palabras lo entenderéis: soy teleoperador. Decidme, quién quiere descolgar el móvil, especialmente estos días, para escuchar odiosos argumentarios sobre tarifas. Salir tarifando es lo menos que puede pasarme. Así de desgraciado amanezco esta mañana de Nochebuena que, por otra parte, con la niebla alrededor, se me antoja envolvente y mágica, de haber podido continuar bajo el edredón, claro.
Digo yo, hasta las guerras paran en Nochebuena, pues no hay tregua para la telefonía.
Así que ahí voy, entonando el pobre de mí, sin pregón, ni chupinazo, a una jornada si cabe, aún peor que las demás, pues, nadie contestará hoy a un maldito spam.
Empiezo a marcar. Socorro. Es como despertar un monstruo en cada timbre.
No me digáis porqué, pero es. Los teleoperadores sacamos lo peorcito del ser humano. Para currar en esto, hay que estar hecho de otra pasta, o de otra fibra, nunca mejor dicho. Imaginad cuántos insultos, improperios y cuelgues caben en ocho horas, suponiendo que te cojan la llamada, que ya es. Es mi vida laboral. Lo peor es que la personal, ahora que lo pienso, no es mucho mejor. Vivo con un padre triste. Muy triste todo.

Sin embargo, pese a todo pronóstico, esa mañana fría, una voz amable y cálida, no sólo me responde, sino que me regala la mejor de las conversaciones de mi vida. Es increíble, alguien como tremendamente familiar, que parece conocerme perfectamente. Tanto es así, que paso de la plantilla, de la pantalla, ni grabarla, hala. Me centro sólo en hablar con ella. Esa mujer me sorprende, nada más descolgar.

  • “Buenos días desde la compañía “Échame un cable”. ¿Puedo saber su nombre, para dirigirme a usted?”
  • “Claro, buenos días para ti también. Soy Juanita. ¿Y tú, cómo te llamas, rey?”
  • “Eh”… contesté titubeando: “Juan”
  • “Sin miedo, Juan, nunca mejor dicho. Di que sí…ni Juanito ni don Juan, jaja, suena bien. En cambio Juana, no sé yo, ¿verdad? Pues con diminutivo, a mi edad, igual te parezco cursi.

Seguramente esa llamada mía, la más indeseable de las llamadas para cualquiera, era de las pocas que recibiría aquélla mujer encantadora, deseosa de hablar, en Navidad. Lo que sí tenía claro es que su respuesta era la única que yo me toparía así, así que, esa “mañana buena” se juntaron el hambre con las ganas de comer, y, por qué no, me permito intercambiar mucho, y compartir aún más, durante unos deliciosos minutos de confidencias.

-”Dime Juan ¿qué harás esta noche?”

  • “Poca cosa”, contesto;“desde que falta mi madre, mi padre no tiene ganas de fiestas”.
    -”Entiendo. Y ella, ¿qué hacía tu madre un día como hoy?”
    -”Un pavo asado estupendo” Respondo. “Y cantar villancicos mientras cocinaba”.
    -”Ah. Y, tú o tu padre, ¿no sabéis cocinar ni cantar? Digo yo, Juan, que mejor o peor, todo el mundo sabemos. Si no, seríamos como animales, nada en contra, pero comen, sin más”.

Me da que pensar. Ella continúa:

-”Cuéntame ¿qué le gusta hacer a tu padre?”

  • “Poca cosa”, repito, al otro lado de la línea, en mi línea, completamente desganada. “ Le gusta leer”.
    -”¡ Leer no es poca cosa, calamidad!” Qué curioso, así me llamaba a veces mi madre. Me hizo ilusión escuchar esa palabra, porque pensé que nadie más la usaría jamás. Juanita prosiguió: “Leer es la mejor de las cosas. Mira, nada en contra, pero los animales tampoco lo hacen. Y bien:¿qué lee tu padre? ¿novelas? ¿historia? ¿revistas del corazón?”

Suelto la carcajada. Esa anciana es realmente ingeniosa. Cuánta gente con los años, acaba perdiendo esa chispa. Cuánta gente no la ha tenido nunca. Qué maravilla.

Ahora viene lo mejor. Me propone algo:

“¿Por qué no lees esta noche con tu padre, después de cenar? Podéis parar en cada capítulo y comentarlo, codo con codo, como si fuera un partido de fútbol. Un club de lectura de andar por casa. Venga. Te recomiendo “Crimen y castigo”. Coge dos ejemplares en la biblioteca -esta señora sabe que tengo mal trabajo, acorde a mal sueldo-, y leedlos a la vez. No veas cómo engancha, igual lo acabáis a las mil y monas, incluso para varios días os da. Otra manera de armar la marimorena, hijo. No todo el mundo tiene que hacer lo mismo, y ya me has dejado claro que de cantar y bailar, tu padre y tú, precisamente, no sois”.

Cómo me llena su voz. Cuánto me transmite. Me llega por dentro, atraviesa mi mente, acaricia mi alma. Además, parece saber mucho de mi padre, también. Asombroso.

Así que, arriesgando de nuevo mi puesto (tampoco es que lo tenga muy valorado, como sabéis), al acabar la llamada, siento que quiero conservarla de alguna forma. Me salto esta vez la línea roja y échame del cable entero, la confidencialidad, grabando su número en mi agenda.

Ese número. No, no puede ser.

Me quedo en shock cuando parpadea en pantalla. Exactamente el mismo número fijo de mi casa, de cuando yo era pequeño, y tenía madre, y había fijos, e incluso modales al teléfono.

Pero, ¿con quién he estado hablando?

Decido entonces que no importa quién, el caso es que su mensaje me ha calado hondo, fuera de quien fuese. Siento una energía distinta, inspiradora. Así que hago tal como me dijo. Salgo disparado, de la biblioteca al supermercado. Llego a casa, improviso una receta sabrosa y resultona, mientras tarareo una canción bajita, porque por ahora, no me atrevo a cantar para los dos.

Mi padre agradece el plato, pero continúa triste. Hasta el mismo momento en el que surgen cuales ángeles, sendos mamotretos. Es ahí cuando su mirada se ilumina y os puedo asegurar que en compañía de Dostoievski, formamos un perfecto misterio, sin portal.

Desde entonces, leemos las Nochebuenas, y muchas más. Es nuestro ritual. Gracias Juanita. Feliz Navidad.

Me gustó mucho, porque también he trabajado en ese campo, aunque recibiendo llamadas

¿Idea incompleta?

Me dio un poco de risa que algo te cambió los guiones de diálogo por viñetas. Usa el guión largo (—)

¿Qué te puedo decir? Me gustó. Crimen y Castigo es de mi favoritos y lo leí en un mal momento de mi vida. Asi que de pronto vaya y lo vuelva a leer.

Gracias por compartir. ¿Quieres consejos de cómo mejorar? Puedo ser un maldito a acribillar tu escrito que tiene mucho que se pueda hacer a nivel técnico, pero la idea es genial.

Saludos y hagas lo que hagas, no dejes de leer, ni de escribir.

Qué ilusión, Álex!!

Muchas gracias a tí, por leerlo y “corregirlo”.

Claro, admito todas las sugerencias que quieras hacerme.

Te cuento además que ando ilusionada, recopilando relatos cortos que tengo, éste entre otros, para intentar publicar, así que cualquier recomendación será muy bienvenida.

Un placer. Un abrazo :hugs:

Aquí edité un par de párrafos:

Sin embargo, contra todo pronóstico, aquella mañana fría una voz amable y cálida no solo me responde, sino que me regala la mejor conversación de mi vida. Es increíble: alguien profundamente familiar, como si me conociera de siempre. Tanto es así que me olvido del guion, de la pantalla, de grabar siquiera. Nada. Me centro únicamente en hablar con ella. Esa mujer me sorprende desde el mismo instante en que descuelga.
—Buenos días, le llamo de la compañía Échame un cable. ¿Puedo saber su nombre para dirigirme a usted?
—Claro, buenos días para ti también. Soy Juanita. ¿Y tú, cómo te llamas, rey?
—Eh… —contesté, titubeando—. Juan.
—Sin miedo, Juan, nunca mejor dicho. Di que sí… ni Juanito ni don Juan —jaja—, suena bien. En cambio Juana, no sé yo, ¿verdad? Aunque con diminutivo, a mi edad, igual te parezco cursi.

Notarás que le di un tono más neutro, pues soy de Colombia y se me hizo más común.

Pues esa es la idea que te transmito. Espero se vea mucho mejor. Gracias

Muchas gracias de corazón, Álex.

Que estés muy bien, amigo del papel :kissing_closed_eyes:
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Que más has escrito? Te compartiré algo que escribí yo.

Escio

La lluvia azotaba mis hombros mientras avanzaba del trabajo hacia mi casa en esa tarde gris y nublada. No era un día diferente a los demás, al menos hasta que percibí algo.

Algo me perseguía.

En un principio, creí que era una ilusión provocada por las luces de la calle y la lluvia que caía, pero algo en mí no podía ignorar la sensación de ser seguido. Intenté sacudir la cabeza para despejar mi mente y continué mi camino. Al llegar a casa, no pude evitar dejar la luz de mi habitación encendida.

Esa noche, el sueño se me escapó.

Los días transcurrieron, la lluvia persistía, las noches se volvían insomnes, y mi caminar se volvía cada vez más pesado. A menudo, miraba por encima de mi hombro, pero lo que fuera que me seguía eludía mi mirada con astucia. Mi forma de caminar se convirtió en una rutina, un ritual paranoico del que no podía liberarme. Comencé a cuestionar mi propia cordura, pero la siniestra idea se arraigó en mi mente. Todas las noches de camino a mi casa algo estaba tras de mí, aunque nunca podía explicar qué era. Trabajaba cuidando mis espaldas, pero la sensación se hacía más fuerte en las noches. En otro día de caminar vigilante, como de costumbre, un relámpago desgarró el cielo. El estruendo me hizo saltar, y el rayo había dejado inoperantes las luces del camino a casa. Mis manos temblaban de frío, o tal vez de miedo, no lo sabía. Caminé con sigilo, y la extraña sensación que me había impedido estar calmado desapareció momentáneamente, tal como había llegado.

Esa noche, a oscuras, finalmente pude dormir.

Al amanecer, me levanté de mi cama gritando. No era otra cosa. La sensación de que algo me perseguía se renovó cuando la luz del sol entró por mi ventana. Pensé que al quedarme dormido por fin, me había alcanzado; ahora estaba conmigo en todo momento, había entrado en mí, en mi alma, en mi cabeza. Mis oídos repiqueteaban, como si una cucachara se hubiera metido. Clavaba mis uñas en las mejillas y golpeaba mi cabeza contra la pared tratando de desprenderme de eso que me atormentaba. Mis vecinos alertaron a las autoridades mientras yo gritaba y lloraba en un rincón de mi habitación. Rompieron las puertas de mi casa para llegar hasta mí y me obligaron a levantarme en contra de mi voluntad. Les pateaba y mordía, resistiéndome a salir de mi habitación hasta que mis fuerzas me abandonaron. Yo les explicaba lo que sentía entre gritos y alaridos, tratando de desahogar la intensidad de mi tormento, pero sus risas se mezclaban con sus intentos de calmar la situación, creando un caos que aumentaba mi angustia. Entre risas sólo repetían una frase:

— Solo es tu sombra.

Ah, me ha gustado, está muy bien el ritmo, muy logrado. Igual lo de la sombra un poco visto ¿?

Tengo varios relatos. Te envío el que menos me convence de todos, a ver cómo lo ves. Gracias!!

El ictus

Sólo se sentía mayor cuando alguien se lo recordaba al grito de: “¡señoraaa, el bastón!”. Esa estridente frase la devolvía al mundo, a su edad, a su enfermedad. Y lo cierto es que tenía que oírla a menudo, porque se lo dejaba en todas partes.

Bea -que así se hacía llamar, con cumplidos, aún cumplidos los 80- siempre había sido muy despistada. Y muy presumida, el bastón se lo dejaba, sí, pero amarraba fuerte el bolso, siempre de marca, siempre a mano, al igual que el mismo brillo de labios o las gotitas de su perfume favorito. Claro, sólo tenemos dos manos, y una siempre ocupada con todo esto, lo importante. Lo del bastón era casi una aberración.

Pero nada comparado al ictus.

Tenía que despertar, cada día afrontar, y asumirlo, de nuevo. Se levantaba normal, incluso dormía, y hasta soñaba, pero nada más lavarse la cara, sólo quería volver a taparla. Era tan difícil ya ese primer momento matutino, que el día por delante se le hacía cuesta arriba, una eternidad.

El momento siguiente era enfrentarse a la cuchara, al teléfono, a tantas cosas que se hacen con la boca, a pedir de boca para todo el mundo, pero todo un mundo se le hacía cualquier cosa ahora a ella.

¿Por qué a ella? ¿Por qué? Bea, que siempre había afrontado la vida de cara, tenía que mirarla ahora torcida- Así le había venido la vida, en su cara, y se le habían quedado torcidas, la cara y la vida, para siempre. El espejo del alma, se dice, la suya era un cuadro.

Bea se encontraba desubicada, como su mandíbula, desconcertada y dolorida, sin encontrar su ser anterior, que dejó meses atrás en aquella maldita consulta del especialista.

Pero aún así, a veces, había aprendido a reírse por dentro, y a veces, cada vez más veces, lo conseguía. Ésta, era una de ellas: su nieta Daniela, apresurada del colegio, se dirige, alguna tarde, animosa a ella. Tras la mueca que ambas han aprendido a tomar por beso, va la niña y le suelta: “Abuela, creo que mi profesora Patri tiene un hipo como el tuyo”.

En un primer momento, ella se alarma: “Ah, sí, hija, no me digas- Y eso, ¿qué le ha pasado a esa pobre mujer?” Y tan joven. ¡Ay!. A lo que la niña responde “no sé, pero tampoco se puede reír, seguro” “No, ¡qué horror! Y tú Dani ¿cómo sabes eso?”. “Abuela, la veo todos los días, desde el principio de curso, y no se ha reído nunca. No es que no la haya visto yo, es que no la ha visto nadie- Y mira que somos 25 en clase”.

Entonces ella se abraza fuerte, a la chiquilla, y con ella, a la misma vida, como para contener entre los brazos ese momento gracioso, precioso, salado y dulce a la vez, que le alimenta.

Lo que provocaría en cualquiera una especie de risa floja, en ella es una corriente súbita, contagiosa de energía, y con ella, encuentra la manera de fluir, de unir, de aferrarse.

La opción es siempre seguir, no queda de otra. Aunque el camino no sea recto, incluso tortuoso. A veces, tampoco importa.

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He tenido que buscar que es Ictus, pues no era una palabra de mi diccionario. Primero leí todo una vez, busqué la palabra y luego volví a leer. La primera vez no entendí bien, pero la segunda leída puso todo lo demás en contexto.

La historia me gusta, me parece tierna, pero no sé si el final sea adecuado. No entiendo muy bien el mensaje de la historia, hasta que al final lo dice en palabras textuales. Jejejeje. ¿Te puedo sugerir alargarlo? Preguntarte qué más hace Bea, de qué otras cosas hablará con su nieta. Quizá se encuentre con algún otro viejito y se pongan a hablar, porque los jóvenes, usualmente, no hablan con los viejos. No sé, es tu historia, yo solo doy mi opinión.

Acerca de lo que yo escribo. Empecé con cosas conocidas, cosas que ya se han escrito. Para pulir mi pronunciación mental. Igual no todos han leído todo ¿o sí? Así que de pronto alguien encontrará eso que yo escribí original alguna vez.

Ya que estamos compartiendo minucias, te comparto otra historia que tampoco me gusta mucho.

Trece de enero

En el restaurante, Ariana miró a su amiga y susurró:

—Quisiera probar este platillo llamado Pancit.

Al oírla, Lila abrió sus verdes ojos y contuvo su respiración. A pesar de su vacilación, supo controlarse y señaló, a la vez que forzó una sonrisa:

—Eso pasó hace años. No te traerá buenos recuerdos.

Ariana, quien llevaba un bastón desde aquel día, se dio cuenta de que las palabras de su amiga temblaban.

El mesero hizo un comentario halagando aquel platillo filipino.

La mirada de Ariana se iluminó al oír que la receta consiste de huevo y gambas, y, en el otro extremo de la mesa, su compañera simuló que miraba la carta, Ariana dijo:

—Trece de enero. Lo recuerdo en el alma, Lila.

Lila se quedó como petrificada al escucharla y haciendo un esfuerzo para disimular, balbuceó:

—No… No recuerdo… ¿Qué fue lo que pasó ese día?

Ariana le respondió, a la vez que alegre ordenó al camarero:

—Ese fue el día que nos rescataron de la isla, hoy precisamente hace ocho años. ¿Acaso ya no te acuerdas?.. ¡Mesero, por favor traiga dos!

Lila trató de evitarla, levantándose de la silla:

—¡Espera…! ¡No entiendo por qué insistes en recordar eso…!

La chica del bastón, con un ágil movimiento la sujetó del brazo.

—Porque salvaste mi vida, pero no entiendo tu reacción… ¿Por qué te has molestado? ¿Acaso está mal que te recuerde que hace ocho años, gracias a tí estoy viva?

—No… Lo que pasa es que…

—¿Es por lo sucedido con Eduardo?

Sin fuerzas, Lila se dejó caer en su asiento, y Ariana continuó:

—Sé que hubieras querido salvarnos a los dos y tú misma lo dijiste. Pero él ya estaba muy mal herido, por lo que no es tu culpa lo que pasó. Fue el agua la que se lo llevó.

Le puso las manos en sus hombros a su desfallecida amiga y prosiguió:

—Por siempre te agradeceré que hayas cuidado de mí. Quiero que me mires a los ojos, por favor… ¡Gracias, muchas gracias por cuidar de mí, ya que estaba herida! ¡Si no me hubieras alimentado, no habría sobrevivido hasta que nos rescataron!

Ariana la miró tiernamente y Lila la escuchó en silencio:

—Aún recuerdo lo sorprendida que estaba cuando tú, en medio de esa isla, preparaste el Pancit sin fideos. Para mí fue como maná caído del cielo. Teníamos los huevos, pero… ¿Cómo pescaste las gambas?

Confundida, solo acertó a decir:

—No, la verdad es que no lo recuerdo.

—Sabes que siempre me pareció curioso que lo llamaras de esa manera. No lo he vuelto a probar desde que salimos de la isla.

El mesero llegó con los platos. Ariana, al verlos, exclamó:

—Este no es el olor que recuerdo, pero bien, vamos a probarlo.

Lila se encogió en su asiento mientras Ariana probaba su plato.

—¡No se parece en nada a lo que me preparaste! ¡Oh, disculpa, no tienes que ponerte así! Te aseguro que fue lo mejor que comimos después de varios días sin probar alimento.

Lila no pudo soportar más la tensión que la invadió, y antes de poder expresar algo, sus ojos estallaron de profunda tristeza.

Su amiga se levantó del asiento y la abrazó tiernamente. Juntas, en medio de aquel restaurante, ambas compartieron sus lágrimas. Ariana gimoteó:

—Ahora entiendo por qué estás mal… Piensas que si hubieras podido hacer el Pancit un día antes, Eduardo todavía estuviera aquí…

Entre llantos, Lila respondió:

—¡Ay, tontita! ¿Aún no lo entiendes?… ¡Es que no hubiera podido prepararlo!

Al escucharla, Ariana se alejó de su amiga, negando con la cabeza. Luego miró el plato y vomitó…

Hola Álex!! Qué tal?

Me gusta la idea que has puesto en “Trece de enero” de asociar una receta con un momento. Es tan difícil el recuerdo para Lila, que no puede volver a cocinar, ¿no? Sí, eso está muy bien.
Pero el final, no lo entiendo mucho, ¿Por qué no hubiera podido prepararlo? ¿Qué le falta? ¿Eduardo? Y ¿por qué vomita?.

En cuanto al mío del ictus, sí, lo alargué, antes de que me lo dijeras, incluso., fíjate qué casualidad. Cambié el nombre Bea la mayor/Daniela la niña y lo puse al revés. Son dos amigas mías, es un guiño a ellas.

Y hablando de nombres, el tuyo, perdona el atrevimiento, lo he incluido en esta otra historia “Todo al negro”. No sé si dejar el final así, lo “correcto”, o lo contrario. Ya me dirás, si te apetece decirme.

Aquí van los dos. ¡Muchas gracias de antemano!

El ictus

Sólo se sentía mayor cuando alguien se lo recordaba al grito de: “¡señoraaa, el bastón!”. Esa estridente frase la devolvía al mundo, a su edad, a su enfermedad. Y lo cierto es que tenía que oírla a menudo, porque se lo dejaba en todas partes.

Daniela pero Dani -que así se hacía llamar, con cumplidos, aún cumplidos los 80-, siempre había sido muy despistada. Y muy presumida. El bastón se lo dejaba, sí, pero amarraba fuerte el bolso, siempre de marca, siempre a mano, al igual que su inseparable brillo de labios o las gotitas de su perfume favorito. Claro, sólo tenemos dos manos, y una ocupada de manera permanente con todo esto, lo importante. Lo del bastón le suponía casi una aberración.

Pero nada comparado al ictus.

Tan sencillo como amanecer cada día era para ella tener que despertar. Significaba afrontarlo, asumirlo de nuevo cada nueva mañana. Se levantaba normal, incluso dormía, y hasta soñaba. Pero nada más lavarse la cara, sólo tenía ganas de volver a taparla. Era tan difícil ya ese primer momento matutino, que el día por delante se le hacía cuesta arriba. Una eternidad.

El momento siguiente era enfrentarse a la taza, a la cuchara. Al teléfono. A tantas cosas que se hacen con la boca, a pedir de boca para todo el mundo. Sin embargo a ella todo un mundo le parecía cualquier minucia de la cotidianeidad.

¿Por qué a ella? Se preguntaba. Se atormentaba. ¿Por qué? Daniela, que siempre había afrontado la vida de cara, tenía que mirarla ahora torcida. Así le había venido la vida, en su cara, y se le habían quedado torcidas, la cara y la vida, para siempre. El espejo del alma, dicen. Pues la suya era un verdadero cuadro.

Dani se encontraba tan desubicada como su mandíbula. Desconcertada y dolorida, sin encontrar su ser anterior, que dejó meses atrás en aquella maldita consulta del especialista. Literalmente, le costaba tragar. Metafóricamente, digerirlo.

Pero aún así, a veces, había aprendido a reírse por dentro, y a veces, cada vez más veces, lo conseguía. Ésta, era una de ellas: Su nieta Bea, apresurada del colegio, se dirige, alguna tarde, animosa, al salir del colegio, a verla a ella. Tras la mueca que ambas han aprendido a tomar por beso, va la niña y le suelta:

  • “Abuela, creo que mi profesora Patricia tiene un hipo como el tuyo”.

En un primer momento, Dani se alarma:

  • “Ah, sí, hija, no me digas- Y eso, ¿qué le ha pasado a esa pobre mujer?” Y tan joven. “¡Ay!”. A lo que la niña responde:

-“No sé, abuela, pero tampoco se puede reír, seguro”

-“No, ¡qué horror! Y tú dime, cariño ¿cómo sabes eso?”.

  • “Porque la veo todos los días, desde el principio de curso, y no se ha reído nunca, ni un día. No es que no la haya visto yo, es que no la ha visto nadie, Y siendo veintipico en clase”.

Entonces Daniela, con todas las letras, se abraza fuerte, a la chiquillo, y a la vida, como para contener entre los brazos ese momento gracioso, precioso, que le resulta salado y dulce a la vez. Que parece alimentar su espíritu.

Lo que provocaría en cualquiera una especie de risa floja, en ella es una corriente súbita, contagiosa de energía, y con ella, encuentra la manera de fluir, de unir, de alienarse a la vida, aferrarse a algo como mágico, nuevo. Vamos -se dice para ella misma- poco a poco.

Paso a paso. Aunque el camino no sea recto, incluso tortuoso. A veces, cada vez más veces, tampoco importa. La opción es siempre seguir, no queda de otra.

Así que con el esfuerzo de siempre, pero esa energía renovada, al día siguiente Dani se levanta. Igual, pero distinta. Decidida, se le ha ocurrido ir a buscar a su querida Bea a la escuela, para darle una sorpresa.

Ahí está, ni muy lejos ni muy cerca de la puerta. Ha conseguido obviar por unos instantes las sensaciones de su propia cara. Sólo piensa en la carita que pondrá ella cuando la vea. Sin embargo, ahí se queda. La niña sale rodeada de amiguitos, que perplejos también se paran, en seco, al verla. Acto seguido, a un lado, y de lado, la dejan a Bea. Con la cara más torcida que la suya, en un gesto casi de asco, se oye a algún insensato que indaga a voces, que increpa:

  • “Pero… ¿qué le pasa a tu abuela?”.

Sin embargo, Bea continúa firme, directa, como siempre, hacia ella. En cambio, como si el ictus se pudiera contagiar, los demás niños se alejan. Y como si ya se hubiera contagiado, ya han pasado a mirar raro a su compañera.

-“Cariño -dice Dani sollozando-. Lo siento, no tenía que haber venido. Lo último que quería es que te sintieras mal por mi culpa”.

-”No, qué dices abuela, me alegro de que estés aquí, tengo muchas cosas que contarte”. Y la niña, continúa, divina:

-”No te preocupes por los de mi clase, que son muy inmaduros, especialmente los niños”.

Qué seguridad, qué delicia. De nuevo, Dani recibe lo que necesita, en boca de una niña de ocho años. Una verdadera lección de vida, que no siempre tiene que ir en línea descendente. También se puede dar la vuelta, sorprendente.

Dani y Bea unen sus manos y sus lazos, una preciosa vez más.

-”Ahora me cuentas, querida niña. Vamos a merendar”

Todo al negro

15:15h. Le invade la modorra. En la oficina, Marisa atraviesa esa hora de comer sin comer, de una manera lánguida, caótica.
¿Qué hacer? Su mente se debate cada día, aparte de la jornada de trabajo en sí, en la dualidad siguiente: Por un lado, nos quedamos, ¿nos cundirá? Sí, horario regalamos, pero al menos parar un poco, comer algo, dejarnos alimentar. Luis, su jefe, un obsesionado más del trabajo. Como tantos y tantas otras tardes, seguro que lo hará. De seguir cuatro horas más sin comer, es capaz. Pero por otro, nos vamos, ¡venga ya!. Mañana será otro día. Por más años que lleve en la empresa, esta indecisión le agota a Marisa al final de su jornada cada día. Y cada día, en serio, decida echar horas extras o no, la decisión en sí misma, ya le supone a ella un trabajo extra.

En estas está, cuando le invade el teléfono: ring, ring. Algún cliente, que me lía al final, verás. Tendré que contestar, y ya. Ahora sí que no salgo a mi hora.

En cambio, a Marisa esa llamada le cambia el panorama. Una voz peculiar. Suena muy masculina, extranjera, Alguien tremendamente simpático, que se dirige no sabemos desde dónde, pero sí a quién, directamente a ella.

-“¡Holaaa, ¿Marisa Briones Abellán? Soy Álex. Estoy entero, a tu entera disposición. Puedes aprovecharte de mí”.

¡Dios! ¿Quién es éste?

A lo que él continúa, sin dejarle a ella contestar, ni respirar, casi:

-“Entonces, ¿cuándo dices que quieres que vaya, mañana?? Aaay, me va perfecto. Lo único, que a ver si me dejan dormir los nervios por conocerte. De momento, te mando un beso ahora y te lo doy mañana, princesa”.

Éste sí que ha comido, piensa Marisa para sus adentros, y bebido, diría ella, o fumado algo, qué sé yo. Pero ¿a quién están demonios está fichando la empresa? Flipando está ella, que pensaba que trabajaba en un sitio más serio. Será una nueva política de ésas, tan modernas. Con esto de la inclusión, van y me traen a un morenito zumbón. El caso es que Marisilla se ríe un poquillo. Tiene que reconocer que le ha sacado de su letargo en la letanía de la mañana habitual. Le ha resultado agradable la invasión, en esas horas bajas. De hecho, lo analiza un poquito. Le ha parecido más que agradable, muucho más. Ha sentido algo. Continúa entonces ella su trabajo. Intenta recomponerse. Se concentra.
Al fin y al cabo, -piensa- tendré que acompañar a este personaje mañana, a intentar captar algo por la empresa, que para eso nos pagan.

Al día siguiente, el tal Álex, allí se presenta. Se coloca exactamente enfrente de ella. Como si trajera ensayada la escena, se lleva las manos a los bolsillos de la chaqueta, y la abre, como para entregarse en cuerpo y alma:

  • “¡Te lo advertí, -anuncia- aquí me tienes, para todo lo que puedas necesitar!” Ese todo, suena a lo que quiere sonar.

Marisa, sencillamente, se descoloca, se parte. Qué atrevido, pero qué atractivo también. Y divertido. ¿Cuántos años tendrá este chico? Ella accede a levantarse, claro. Se incorpora a su lado, no tiene elección. Y está claro, ni el mismo Luis hubiera elegido otra cosa. Pero aun así, le sorprende a sí misma la reacción de ése cosquilleo inesperado de su cuerpo.

Es su propia boca, la que está sonriendo como sin querer. “Marisa, controla”, se dice para sí misma.

Álex continúa con su papel de seductor. Él sabrá. El caso es lo acordado. Nos disponemos a salir a captar nuestro negocio. Me dispara con la mirada. A la vez, me miran Luis, y todos los demás. Álex se dirige a mí, con seguridad: “¿Lista, princesa?”

Uff qué confianzas, me saca del brazo. Me saca media cabeza, y yo a él media vida, en su edad. Unos 30, tendrá. Supongo. Pero qué porras. Qué brazo más atlético, qué tez tan oscura, ¡es tan éxotico!. Me siento encantada con su jueguecito. Como una niña impaciente, con algo entre manos para estrenar.

Se sabe guapo. Subimos al coche. No se baja de su papel de conquistador empedernido. Marisa pasa dentro, pero pasa. Se distancia, mira hacia la ventanilla, hace que no escucha nada. Ni siquiera esa música de reggaeton subidísima de tono, y de volumen. Él parece disfrutar con la situación. Para ella también resulta gracioso, en el fondo. ¡Qué chollo! Me lo estoy pasando bomba con este chaval. Y en pleno horario laboral -piensa-.

Llegan a la empresa. Su presa. Hace calor. Ella deja su chaqueta en su Mercedes. Parece que estuviera en una película. Considera a su chaqueta afortunada de estar ahí. Se considera ella misma muy afortunada de estar ahí. Con él.

Álex aporta frescura a la entrevista, Marisa, la experiencia. Él les facilita los accesos online, lo digital. Ella, la mejor opción para las financiaciones. Cambian a inversiones. También lo controla, lo demuestra. Ambos hacen un buen tándem, buena pareja. Los clientes se sienten a gusto, confiados. Sí, sin mucho esfuerzo, a los pocos minutos, firman el ansiado trato.

Ambos salen encantados.

-“¡Bien, los hemos captado!”

-“¿Satisfecha?” le pregunta él a ella. Asiente Marisilla, pero me revuelve algo, está temblando. ¿Satisfecha? ¿Era necesaria esa palabra? ¿Justo ese verbo tenía que emplear? Es que todo en boca de este chico le sabe a lo mismo, le suena igual.

Se sorprende a ella misma. Tras la fructosa visita, lo normal es tomar algo. A ello van. En el café, le cuenta cosas que tenía en mente, pero que no había llegado a verbalizar con nadie.

-“Quizá me cambie de oficina”.

Y él le anima, le mira embelesado. Pero ¿de verdad este pivonazo puede querer tener algo conmigo? -se pregunta ella, para sí misma-. No, sólo será que él acaba de entrar y yo llevo unos cuantos años en mi puesto, por encima, claro. ¿Por encima? Ay, que se le va la mente, otra vez a lo mismo. El caso es que le hace sentir viva, distinta. El mismo bulevar por el que pasaba cada día, ahora es una pasarela para Marisa. Se ha convertido en una modelo que posando, pasa pisando fuerte, junto a él. Le da poder. La erótica del poder, será. Y su mente va más allá. ¿Será verdad el tópico ese del sexo y los negros? Está más cerca que nunca de averiguarlo.

Fin de la jornada. Se acabó el hechizo, princesa, o más bien Cenicienta, se dice para sus adentros. Marisa vuelve a su casa, a su marido, a sus horarios fijos. A sus hijos, a su padre enfermo, a los cuidados de su enfermedad. Sin novedad.

Pero al día siguiente, en la notaría, en plena firma, Álex vuelve a llamar.

  • “Estoy ocupada. Ahora no puedo hablar”, responde ella nada más descolgar.

  • “Ya, y qué hago yo si no puedo dejar de verte, de hablarte, -me dice- sobre todo, de pensarte”.

Y continúa con ese don de humor que me hace estar atenta, alerta, despierta a la próxima frase.

-“No te quedes callada, mujer. ¿Te he asustado? No me vayas a tener miedo ahora. Y si no, ¡haber elegido muerte!”

-“¿Cóooomo? -contesta ella- ¡anda ya, sal de mi vida! “

Eso emite su voz. Pero al mensaje justo contrario, suena su tono, su risa escurridiza. A él también le da risa. Le delata. Ella cuelga. Se hace la fuerte. Inspira fuerte. Tiene que seguir. Es una buena profesional. Empieza a creerse buena en todo, en general, de repente. ¡Pero qué le está pasando!.

Pasadas unas horas, Álex ataca de nuevo.

  • “¿A qué hora sales?”
  • “Hoy martes, a las 19h” -contestó ella, escueta, sin dejar escapar más.
  • “Pues te escapas a una cerveza que te mereces. No se hable más”.

Y para colmo, propone, decidido:

  • “Te recojo, para levantar más sospechas en tu oficina”.

Al llegar, Luis le choca la mano.

  • “La tienes loca, le dice. Qué le das?” A lo que él contesta:

-”Qué va a ser, le atrae la novedad”. ¿En serio? se pregunta Marisa. Una pelea de machitos alrededor de mi corral. Lo nunca visto. Qué les doy yo, se pregunta, si ya estoy hecha una maruja, sin más.

Bueno, no tiene nada de malo. Igual tiene razón. Acabar la tarde distinta. Un poco de emoción. Marisita se conoce a sí misma, sabe que le gusta el tonteo, y piensa que lo puede manejar. Accede a la cerveza, despotrican de la empresa. Lo normal, no les viene mal. Nada que pase de ahí. De ahí no va a pasar. Aunque él le lanza más que directas.

  • “Piensa en mí esta noche cuando estés con tu marido”.

Hala. Ella, preparada, en guardia -como en cada conversación con él- responde, Muy lúcida, pero a la vez, como tan natural:

  • “Pero… ¿tú que te has creído?”.

Él continúa con esa sonrisa irresistible. A Marisa le contagia, le aflora risa floja.

-”Tranquila”. Se acerca, se insinúa. Corta adrede la frase. Y a ella, la respiración, en el mismo instante.

Y continúa: “…que ya me lo pedirás”.

  • “¡Estás desatado!”, le espeta ella.

  • “¿Es que no te rindes nunca, no te vas a cansar?” .

Tiene que cortarlo. Ahora. Mostrándose firme, como cuando le dice a su hijo en el parque, le suelta imperativamente un enérgico escueto:

-“¡Para casa, ya!”.

Sin embargo, de nuevo, sus ojos le lanzan mensajes contrarios a su frase, opuestos están. Su postura, su vestido, elegido cuidadosamente, también. Él lo sabe. Ella, sin querer, o queriendo, también se lo hace notar.

La situación empieza a ser peligrosa. Le da vueltas la cabeza. Como cada mediodía que pensaba en irse a casa o quedarse con Luis, pero con otro cariz, claro. Empieza a debatirse, ¿en serio?. Entre lanzarse a sus brazos, muy cerca, o mandarle pero que muy, muy lejos. A él y a sus mismos pensamientos, que se han vuelto a su favor, en ese juego que cree estar manejando, incluso en sus sueños. ¿De verdad me estoy planteando esto? se atormenta Marisilla. No era perfecta su vida, claro, no lo es la de nadie. Le ha sacado de su sitio en la oficina y de su casa, donde ella estaba a gusto.
Acostumbrada.

Reconoce que lo peor de todo es esa chispa que a veces Álex despierta en ella. Ya no son sólo las conversaciones, en las que parece participar en un concurso de agilidad mental. Es que percibe un sentimiento muy íntimo, algo que parece conectar directamente con su alma, incluso de cuando era pequeña. Sí, se plantea echarle un polvo en un momento dado. Sí, momento en el que echaría a perder toda su vida por los aires. Suena tentador, sí, pero también resulta ridículo. También es verdad que, puestos a caer en la tentación, ahora o nunca. Frases como sólo se vive una vez, o querer es poder, le hacen daño. Le va a estallar la cabeza. Le arde el alma.

En fin. Ya en casa, no sale de dudas. Entra en la cocina.
Se encuentra con su marido, Pablo.
Él es precisamente, como muchas otras veces, quien despejará su mente, calmará su alma, colmará su ser. Mientras le ayuda a poner la mesa, ella le habla de Álex.

-“La verdad” -le dice- Es un galán, y me hace reír, pero no me dejo llevar ¡estaría bueno! Por muy bueno que esté”.
Pablo, en vez de enfadarse, le mira cómplice y le abraza tierno. Le susurra al oído:

-“Ven aquí. Oye, no me extraña que le puedas gustar, princess”.

Entonces, como la mantequilla en la que fríen, ella se derrite. Hacía mucho que no le llamaba así. Es cierto, y aunque suena más lejos, ella se siente más cerca con ese término. Princess le identifica más que princesa, y con esa connotación, ella se queda. Una sola letra. Le hace sentirse mejor. Ya lo tiene todo dentro, no puede querer buscar nada fuera. Le encanta Álex pero ahí lo deja. Quiere ser su amiga. No podría acostarse con él.

Ahora, despierta.