Hola!!
Soy nueva aquí, y llego un poco tarde para compartir un cuento de Navidad, pero lo escribí en diciembre y me gustaría compartirlo. Me he quedado con ganas de hacerlo llegar, así que aquí estoy. Agradezco opinión, e ideas sobre qué hacer con ello.
Juanita
Navidad, tiempo de vacaciones y buenos deseos para todo el mundo. No para mí. Ni lo uno, ni lo otro. En dos palabras lo entenderéis: soy teleoperador. Decidme, quién quiere descolgar el móvil, especialmente estos días, para escuchar odiosos argumentarios sobre tarifas. Salir tarifando es lo menos que puede pasarme. Así de desgraciado amanezco esta mañana de Nochebuena que, por otra parte, con la niebla alrededor, se me antoja envolvente y mágica, de haber podido continuar bajo el edredón, claro.
Digo yo, hasta las guerras paran en Nochebuena, pues no hay tregua para la telefonía.
Así que ahí voy, entonando el pobre de mí, sin pregón, ni chupinazo, a una jornada si cabe, aún peor que las demás, pues, nadie contestará hoy a un maldito spam.
Empiezo a marcar. Socorro. Es como despertar un monstruo en cada timbre.
No me digáis porqué, pero es. Los teleoperadores sacamos lo peorcito del ser humano. Para currar en esto, hay que estar hecho de otra pasta, o de otra fibra, nunca mejor dicho. Imaginad cuántos insultos, improperios y cuelgues caben en ocho horas, suponiendo que te cojan la llamada, que ya es. Es mi vida laboral. Lo peor es que la personal, ahora que lo pienso, no es mucho mejor. Vivo con un padre triste. Muy triste todo.
Sin embargo, pese a todo pronóstico, esa mañana fría, una voz amable y cálida, no sólo me responde, sino que me regala la mejor de las conversaciones de mi vida. Es increíble, alguien como tremendamente familiar, que parece conocerme perfectamente. Tanto es así, que paso de la plantilla, de la pantalla, ni grabarla, hala. Me centro sólo en hablar con ella. Esa mujer me sorprende, nada más descolgar.
- “Buenos días desde la compañía “Échame un cable”. ¿Puedo saber su nombre, para dirigirme a usted?”
- “Claro, buenos días para ti también. Soy Juanita. ¿Y tú, cómo te llamas, rey?”
- “Eh”… contesté titubeando: “Juan”
- “Sin miedo, Juan, nunca mejor dicho. Di que sí…ni Juanito ni don Juan, jaja, suena bien. En cambio Juana, no sé yo, ¿verdad? Pues con diminutivo, a mi edad, igual te parezco cursi.
Seguramente esa llamada mía, la más indeseable de las llamadas para cualquiera, era de las pocas que recibiría aquélla mujer encantadora, deseosa de hablar, en Navidad. Lo que sí tenía claro es que su respuesta era la única que yo me toparía así, así que, esa “mañana buena” se juntaron el hambre con las ganas de comer, y, por qué no, me permito intercambiar mucho, y compartir aún más, durante unos deliciosos minutos de confidencias.
-”Dime Juan ¿qué harás esta noche?”
- “Poca cosa”, contesto;“desde que falta mi madre, mi padre no tiene ganas de fiestas”.
-”Entiendo. Y ella, ¿qué hacía tu madre un día como hoy?”
-”Un pavo asado estupendo” Respondo. “Y cantar villancicos mientras cocinaba”.
-”Ah. Y, tú o tu padre, ¿no sabéis cocinar ni cantar? Digo yo, Juan, que mejor o peor, todo el mundo sabemos. Si no, seríamos como animales, nada en contra, pero comen, sin más”.
Me da que pensar. Ella continúa:
-”Cuéntame ¿qué le gusta hacer a tu padre?”
- “Poca cosa”, repito, al otro lado de la línea, en mi línea, completamente desganada. “ Le gusta leer”.
-”¡ Leer no es poca cosa, calamidad!” Qué curioso, así me llamaba a veces mi madre. Me hizo ilusión escuchar esa palabra, porque pensé que nadie más la usaría jamás. Juanita prosiguió: “Leer es la mejor de las cosas. Mira, nada en contra, pero los animales tampoco lo hacen. Y bien:¿qué lee tu padre? ¿novelas? ¿historia? ¿revistas del corazón?”
Suelto la carcajada. Esa anciana es realmente ingeniosa. Cuánta gente con los años, acaba perdiendo esa chispa. Cuánta gente no la ha tenido nunca. Qué maravilla.
Ahora viene lo mejor. Me propone algo:
“¿Por qué no lees esta noche con tu padre, después de cenar? Podéis parar en cada capítulo y comentarlo, codo con codo, como si fuera un partido de fútbol. Un club de lectura de andar por casa. Venga. Te recomiendo “Crimen y castigo”. Coge dos ejemplares en la biblioteca -esta señora sabe que tengo mal trabajo, acorde a mal sueldo-, y leedlos a la vez. No veas cómo engancha, igual lo acabáis a las mil y monas, incluso para varios días os da. Otra manera de armar la marimorena, hijo. No todo el mundo tiene que hacer lo mismo, y ya me has dejado claro que de cantar y bailar, tu padre y tú, precisamente, no sois”.
Cómo me llena su voz. Cuánto me transmite. Me llega por dentro, atraviesa mi mente, acaricia mi alma. Además, parece saber mucho de mi padre, también. Asombroso.
Así que, arriesgando de nuevo mi puesto (tampoco es que lo tenga muy valorado, como sabéis), al acabar la llamada, siento que quiero conservarla de alguna forma. Me salto esta vez la línea roja y échame del cable entero, la confidencialidad, grabando su número en mi agenda.
Ese número. No, no puede ser.
Me quedo en shock cuando parpadea en pantalla. Exactamente el mismo número fijo de mi casa, de cuando yo era pequeño, y tenía madre, y había fijos, e incluso modales al teléfono.
Pero, ¿con quién he estado hablando?
Decido entonces que no importa quién, el caso es que su mensaje me ha calado hondo, fuera de quien fuese. Siento una energía distinta, inspiradora. Así que hago tal como me dijo. Salgo disparado, de la biblioteca al supermercado. Llego a casa, improviso una receta sabrosa y resultona, mientras tarareo una canción bajita, porque por ahora, no me atrevo a cantar para los dos.
Mi padre agradece el plato, pero continúa triste. Hasta el mismo momento en el que surgen cuales ángeles, sendos mamotretos. Es ahí cuando su mirada se ilumina y os puedo asegurar que en compañía de Dostoievski, formamos un perfecto misterio, sin portal.
Desde entonces, leemos las Nochebuenas, y muchas más. Es nuestro ritual. Gracias Juanita. Feliz Navidad.

