Hola Álex!! Qué tal?
Me gusta la idea que has puesto en “Trece de enero” de asociar una receta con un momento. Es tan difícil el recuerdo para Lila, que no puede volver a cocinar, ¿no? Sí, eso está muy bien.
Pero el final, no lo entiendo mucho, ¿Por qué no hubiera podido prepararlo? ¿Qué le falta? ¿Eduardo? Y ¿por qué vomita?.
En cuanto al mío del ictus, sí, lo alargué, antes de que me lo dijeras, incluso., fíjate qué casualidad. Cambié el nombre Bea la mayor/Daniela la niña y lo puse al revés. Son dos amigas mías, es un guiño a ellas.
Y hablando de nombres, el tuyo, perdona el atrevimiento, lo he incluido en esta otra historia “Todo al negro”. No sé si dejar el final así, lo “correcto”, o lo contrario. Ya me dirás, si te apetece decirme.
Aquí van los dos. ¡Muchas gracias de antemano!
El ictus
Sólo se sentía mayor cuando alguien se lo recordaba al grito de: “¡señoraaa, el bastón!”. Esa estridente frase la devolvía al mundo, a su edad, a su enfermedad. Y lo cierto es que tenía que oírla a menudo, porque se lo dejaba en todas partes.
Daniela pero Dani -que así se hacía llamar, con cumplidos, aún cumplidos los 80-, siempre había sido muy despistada. Y muy presumida. El bastón se lo dejaba, sí, pero amarraba fuerte el bolso, siempre de marca, siempre a mano, al igual que su inseparable brillo de labios o las gotitas de su perfume favorito. Claro, sólo tenemos dos manos, y una ocupada de manera permanente con todo esto, lo importante. Lo del bastón le suponía casi una aberración.
Pero nada comparado al ictus.
Tan sencillo como amanecer cada día era para ella tener que despertar. Significaba afrontarlo, asumirlo de nuevo cada nueva mañana. Se levantaba normal, incluso dormía, y hasta soñaba. Pero nada más lavarse la cara, sólo tenía ganas de volver a taparla. Era tan difícil ya ese primer momento matutino, que el día por delante se le hacía cuesta arriba. Una eternidad.
El momento siguiente era enfrentarse a la taza, a la cuchara. Al teléfono. A tantas cosas que se hacen con la boca, a pedir de boca para todo el mundo. Sin embargo a ella todo un mundo le parecía cualquier minucia de la cotidianeidad.
¿Por qué a ella? Se preguntaba. Se atormentaba. ¿Por qué? Daniela, que siempre había afrontado la vida de cara, tenía que mirarla ahora torcida. Así le había venido la vida, en su cara, y se le habían quedado torcidas, la cara y la vida, para siempre. El espejo del alma, dicen. Pues la suya era un verdadero cuadro.
Dani se encontraba tan desubicada como su mandíbula. Desconcertada y dolorida, sin encontrar su ser anterior, que dejó meses atrás en aquella maldita consulta del especialista. Literalmente, le costaba tragar. Metafóricamente, digerirlo.
Pero aún así, a veces, había aprendido a reírse por dentro, y a veces, cada vez más veces, lo conseguía. Ésta, era una de ellas: Su nieta Bea, apresurada del colegio, se dirige, alguna tarde, animosa, al salir del colegio, a verla a ella. Tras la mueca que ambas han aprendido a tomar por beso, va la niña y le suelta:
- “Abuela, creo que mi profesora Patricia tiene un hipo como el tuyo”.
En un primer momento, Dani se alarma:
- “Ah, sí, hija, no me digas- Y eso, ¿qué le ha pasado a esa pobre mujer?” Y tan joven. “¡Ay!”. A lo que la niña responde:
-“No sé, abuela, pero tampoco se puede reír, seguro”
-“No, ¡qué horror! Y tú dime, cariño ¿cómo sabes eso?”.
- “Porque la veo todos los días, desde el principio de curso, y no se ha reído nunca, ni un día. No es que no la haya visto yo, es que no la ha visto nadie, Y siendo veintipico en clase”.
Entonces Daniela, con todas las letras, se abraza fuerte, a la chiquillo, y a la vida, como para contener entre los brazos ese momento gracioso, precioso, que le resulta salado y dulce a la vez. Que parece alimentar su espíritu.
Lo que provocaría en cualquiera una especie de risa floja, en ella es una corriente súbita, contagiosa de energía, y con ella, encuentra la manera de fluir, de unir, de alienarse a la vida, aferrarse a algo como mágico, nuevo. Vamos -se dice para ella misma- poco a poco.
Paso a paso. Aunque el camino no sea recto, incluso tortuoso. A veces, cada vez más veces, tampoco importa. La opción es siempre seguir, no queda de otra.
Así que con el esfuerzo de siempre, pero esa energía renovada, al día siguiente Dani se levanta. Igual, pero distinta. Decidida, se le ha ocurrido ir a buscar a su querida Bea a la escuela, para darle una sorpresa.
Ahí está, ni muy lejos ni muy cerca de la puerta. Ha conseguido obviar por unos instantes las sensaciones de su propia cara. Sólo piensa en la carita que pondrá ella cuando la vea. Sin embargo, ahí se queda. La niña sale rodeada de amiguitos, que perplejos también se paran, en seco, al verla. Acto seguido, a un lado, y de lado, la dejan a Bea. Con la cara más torcida que la suya, en un gesto casi de asco, se oye a algún insensato que indaga a voces, que increpa:
- “Pero… ¿qué le pasa a tu abuela?”.
Sin embargo, Bea continúa firme, directa, como siempre, hacia ella. En cambio, como si el ictus se pudiera contagiar, los demás niños se alejan. Y como si ya se hubiera contagiado, ya han pasado a mirar raro a su compañera.
-“Cariño -dice Dani sollozando-. Lo siento, no tenía que haber venido. Lo último que quería es que te sintieras mal por mi culpa”.
-”No, qué dices abuela, me alegro de que estés aquí, tengo muchas cosas que contarte”. Y la niña, continúa, divina:
-”No te preocupes por los de mi clase, que son muy inmaduros, especialmente los niños”.
Qué seguridad, qué delicia. De nuevo, Dani recibe lo que necesita, en boca de una niña de ocho años. Una verdadera lección de vida, que no siempre tiene que ir en línea descendente. También se puede dar la vuelta, sorprendente.
Dani y Bea unen sus manos y sus lazos, una preciosa vez más.
-”Ahora me cuentas, querida niña. Vamos a merendar”
Todo al negro
15:15h. Le invade la modorra. En la oficina, Marisa atraviesa esa hora de comer sin comer, de una manera lánguida, caótica.
¿Qué hacer? Su mente se debate cada día, aparte de la jornada de trabajo en sí, en la dualidad siguiente: Por un lado, nos quedamos, ¿nos cundirá? Sí, horario regalamos, pero al menos parar un poco, comer algo, dejarnos alimentar. Luis, su jefe, un obsesionado más del trabajo. Como tantos y tantas otras tardes, seguro que lo hará. De seguir cuatro horas más sin comer, es capaz. Pero por otro, nos vamos, ¡venga ya!. Mañana será otro día. Por más años que lleve en la empresa, esta indecisión le agota a Marisa al final de su jornada cada día. Y cada día, en serio, decida echar horas extras o no, la decisión en sí misma, ya le supone a ella un trabajo extra.
En estas está, cuando le invade el teléfono: ring, ring. Algún cliente, que me lía al final, verás. Tendré que contestar, y ya. Ahora sí que no salgo a mi hora.
En cambio, a Marisa esa llamada le cambia el panorama. Una voz peculiar. Suena muy masculina, extranjera, Alguien tremendamente simpático, que se dirige no sabemos desde dónde, pero sí a quién, directamente a ella.
-“¡Holaaa, ¿Marisa Briones Abellán? Soy Álex. Estoy entero, a tu entera disposición. Puedes aprovecharte de mí”.
¡Dios! ¿Quién es éste?
A lo que él continúa, sin dejarle a ella contestar, ni respirar, casi:
-“Entonces, ¿cuándo dices que quieres que vaya, mañana?? Aaay, me va perfecto. Lo único, que a ver si me dejan dormir los nervios por conocerte. De momento, te mando un beso ahora y te lo doy mañana, princesa”.
Éste sí que ha comido, piensa Marisa para sus adentros, y bebido, diría ella, o fumado algo, qué sé yo. Pero ¿a quién están demonios está fichando la empresa? Flipando está ella, que pensaba que trabajaba en un sitio más serio. Será una nueva política de ésas, tan modernas. Con esto de la inclusión, van y me traen a un morenito zumbón. El caso es que Marisilla se ríe un poquillo. Tiene que reconocer que le ha sacado de su letargo en la letanía de la mañana habitual. Le ha resultado agradable la invasión, en esas horas bajas. De hecho, lo analiza un poquito. Le ha parecido más que agradable, muucho más. Ha sentido algo. Continúa entonces ella su trabajo. Intenta recomponerse. Se concentra.
Al fin y al cabo, -piensa- tendré que acompañar a este personaje mañana, a intentar captar algo por la empresa, que para eso nos pagan.
Al día siguiente, el tal Álex, allí se presenta. Se coloca exactamente enfrente de ella. Como si trajera ensayada la escena, se lleva las manos a los bolsillos de la chaqueta, y la abre, como para entregarse en cuerpo y alma:
- “¡Te lo advertí, -anuncia- aquí me tienes, para todo lo que puedas necesitar!” Ese todo, suena a lo que quiere sonar.
Marisa, sencillamente, se descoloca, se parte. Qué atrevido, pero qué atractivo también. Y divertido. ¿Cuántos años tendrá este chico? Ella accede a levantarse, claro. Se incorpora a su lado, no tiene elección. Y está claro, ni el mismo Luis hubiera elegido otra cosa. Pero aun así, le sorprende a sí misma la reacción de ése cosquilleo inesperado de su cuerpo.
Es su propia boca, la que está sonriendo como sin querer. “Marisa, controla”, se dice para sí misma.
Álex continúa con su papel de seductor. Él sabrá. El caso es lo acordado. Nos disponemos a salir a captar nuestro negocio. Me dispara con la mirada. A la vez, me miran Luis, y todos los demás. Álex se dirige a mí, con seguridad: “¿Lista, princesa?”
Uff qué confianzas, me saca del brazo. Me saca media cabeza, y yo a él media vida, en su edad. Unos 30, tendrá. Supongo. Pero qué porras. Qué brazo más atlético, qué tez tan oscura, ¡es tan éxotico!. Me siento encantada con su jueguecito. Como una niña impaciente, con algo entre manos para estrenar.
Se sabe guapo. Subimos al coche. No se baja de su papel de conquistador empedernido. Marisa pasa dentro, pero pasa. Se distancia, mira hacia la ventanilla, hace que no escucha nada. Ni siquiera esa música de reggaeton subidísima de tono, y de volumen. Él parece disfrutar con la situación. Para ella también resulta gracioso, en el fondo. ¡Qué chollo! Me lo estoy pasando bomba con este chaval. Y en pleno horario laboral -piensa-.
Llegan a la empresa. Su presa. Hace calor. Ella deja su chaqueta en su Mercedes. Parece que estuviera en una película. Considera a su chaqueta afortunada de estar ahí. Se considera ella misma muy afortunada de estar ahí. Con él.
Álex aporta frescura a la entrevista, Marisa, la experiencia. Él les facilita los accesos online, lo digital. Ella, la mejor opción para las financiaciones. Cambian a inversiones. También lo controla, lo demuestra. Ambos hacen un buen tándem, buena pareja. Los clientes se sienten a gusto, confiados. Sí, sin mucho esfuerzo, a los pocos minutos, firman el ansiado trato.
Ambos salen encantados.
-“¡Bien, los hemos captado!”
-“¿Satisfecha?” le pregunta él a ella. Asiente Marisilla, pero me revuelve algo, está temblando. ¿Satisfecha? ¿Era necesaria esa palabra? ¿Justo ese verbo tenía que emplear? Es que todo en boca de este chico le sabe a lo mismo, le suena igual.
Se sorprende a ella misma. Tras la fructosa visita, lo normal es tomar algo. A ello van. En el café, le cuenta cosas que tenía en mente, pero que no había llegado a verbalizar con nadie.
-“Quizá me cambie de oficina”.
Y él le anima, le mira embelesado. Pero ¿de verdad este pivonazo puede querer tener algo conmigo? -se pregunta ella, para sí misma-. No, sólo será que él acaba de entrar y yo llevo unos cuantos años en mi puesto, por encima, claro. ¿Por encima? Ay, que se le va la mente, otra vez a lo mismo. El caso es que le hace sentir viva, distinta. El mismo bulevar por el que pasaba cada día, ahora es una pasarela para Marisa. Se ha convertido en una modelo que posando, pasa pisando fuerte, junto a él. Le da poder. La erótica del poder, será. Y su mente va más allá. ¿Será verdad el tópico ese del sexo y los negros? Está más cerca que nunca de averiguarlo.
Fin de la jornada. Se acabó el hechizo, princesa, o más bien Cenicienta, se dice para sus adentros. Marisa vuelve a su casa, a su marido, a sus horarios fijos. A sus hijos, a su padre enfermo, a los cuidados de su enfermedad. Sin novedad.
Pero al día siguiente, en la notaría, en plena firma, Álex vuelve a llamar.
-
“Estoy ocupada. Ahora no puedo hablar”, responde ella nada más descolgar.
-
“Ya, y qué hago yo si no puedo dejar de verte, de hablarte, -me dice- sobre todo, de pensarte”.
Y continúa con ese don de humor que me hace estar atenta, alerta, despierta a la próxima frase.
-“No te quedes callada, mujer. ¿Te he asustado? No me vayas a tener miedo ahora. Y si no, ¡haber elegido muerte!”
-“¿Cóooomo? -contesta ella- ¡anda ya, sal de mi vida! “
Eso emite su voz. Pero al mensaje justo contrario, suena su tono, su risa escurridiza. A él también le da risa. Le delata. Ella cuelga. Se hace la fuerte. Inspira fuerte. Tiene que seguir. Es una buena profesional. Empieza a creerse buena en todo, en general, de repente. ¡Pero qué le está pasando!.
Pasadas unas horas, Álex ataca de nuevo.
- “¿A qué hora sales?”
- “Hoy martes, a las 19h” -contestó ella, escueta, sin dejar escapar más.
- “Pues te escapas a una cerveza que te mereces. No se hable más”.
Y para colmo, propone, decidido:
- “Te recojo, para levantar más sospechas en tu oficina”.
Al llegar, Luis le choca la mano.
- “La tienes loca, le dice. Qué le das?” A lo que él contesta:
-”Qué va a ser, le atrae la novedad”. ¿En serio? se pregunta Marisa. Una pelea de machitos alrededor de mi corral. Lo nunca visto. Qué les doy yo, se pregunta, si ya estoy hecha una maruja, sin más.
Bueno, no tiene nada de malo. Igual tiene razón. Acabar la tarde distinta. Un poco de emoción. Marisita se conoce a sí misma, sabe que le gusta el tonteo, y piensa que lo puede manejar. Accede a la cerveza, despotrican de la empresa. Lo normal, no les viene mal. Nada que pase de ahí. De ahí no va a pasar. Aunque él le lanza más que directas.
- “Piensa en mí esta noche cuando estés con tu marido”.
Hala. Ella, preparada, en guardia -como en cada conversación con él- responde, Muy lúcida, pero a la vez, como tan natural:
- “Pero… ¿tú que te has creído?”.
Él continúa con esa sonrisa irresistible. A Marisa le contagia, le aflora risa floja.
-”Tranquila”. Se acerca, se insinúa. Corta adrede la frase. Y a ella, la respiración, en el mismo instante.
Y continúa: “…que ya me lo pedirás”.
-
“¡Estás desatado!”, le espeta ella.
-
“¿Es que no te rindes nunca, no te vas a cansar?” .
Tiene que cortarlo. Ahora. Mostrándose firme, como cuando le dice a su hijo en el parque, le suelta imperativamente un enérgico escueto:
-“¡Para casa, ya!”.
Sin embargo, de nuevo, sus ojos le lanzan mensajes contrarios a su frase, opuestos están. Su postura, su vestido, elegido cuidadosamente, también. Él lo sabe. Ella, sin querer, o queriendo, también se lo hace notar.
La situación empieza a ser peligrosa. Le da vueltas la cabeza. Como cada mediodía que pensaba en irse a casa o quedarse con Luis, pero con otro cariz, claro. Empieza a debatirse, ¿en serio?. Entre lanzarse a sus brazos, muy cerca, o mandarle pero que muy, muy lejos. A él y a sus mismos pensamientos, que se han vuelto a su favor, en ese juego que cree estar manejando, incluso en sus sueños. ¿De verdad me estoy planteando esto? se atormenta Marisilla. No era perfecta su vida, claro, no lo es la de nadie. Le ha sacado de su sitio en la oficina y de su casa, donde ella estaba a gusto.
Acostumbrada.
Reconoce que lo peor de todo es esa chispa que a veces Álex despierta en ella. Ya no son sólo las conversaciones, en las que parece participar en un concurso de agilidad mental. Es que percibe un sentimiento muy íntimo, algo que parece conectar directamente con su alma, incluso de cuando era pequeña. Sí, se plantea echarle un polvo en un momento dado. Sí, momento en el que echaría a perder toda su vida por los aires. Suena tentador, sí, pero también resulta ridículo. También es verdad que, puestos a caer en la tentación, ahora o nunca. Frases como sólo se vive una vez, o querer es poder, le hacen daño. Le va a estallar la cabeza. Le arde el alma.
En fin. Ya en casa, no sale de dudas. Entra en la cocina.
Se encuentra con su marido, Pablo.
Él es precisamente, como muchas otras veces, quien despejará su mente, calmará su alma, colmará su ser. Mientras le ayuda a poner la mesa, ella le habla de Álex.
-“La verdad” -le dice- Es un galán, y me hace reír, pero no me dejo llevar ¡estaría bueno! Por muy bueno que esté”.
Pablo, en vez de enfadarse, le mira cómplice y le abraza tierno. Le susurra al oído:
-“Ven aquí. Oye, no me extraña que le puedas gustar, princess”.
Entonces, como la mantequilla en la que fríen, ella se derrite. Hacía mucho que no le llamaba así. Es cierto, y aunque suena más lejos, ella se siente más cerca con ese término. Princess le identifica más que princesa, y con esa connotación, ella se queda. Una sola letra. Le hace sentirse mejor. Ya lo tiene todo dentro, no puede querer buscar nada fuera. Le encanta Álex pero ahí lo deja. Quiere ser su amiga. No podría acostarse con él.
Ahora, despierta.