Cuento: La recompensa

El siguiente relato forma parte de una pequeña antología que empecé a escribir en noviembre del año pasado.

La recompensa.
I.
Aquella noche, el sargento Ramiro Villegas tenía los pies encima del escritorio, y junto a sus botas impecablemente lustradas, la gorra reglamentaria. En una mano sostenía una botella de gaseosa de naranja que aún tenía la etiqueta con el precio: dos mil quinientos pesos. En la otra, la pantalla del celular mostraba al diez de su equipo regateando al mejor central del torneo antes de asistir a su compañero para el gol. Afuera, el viento apenas soplaba y las hojas de los brachos se mecían sin ganas.

Con la poca pila que quedaba, las manecillas del viejo reloj en la pared hacían un último esfuerzo para marcar la hora cuando, con un estruendo que hizo temblar todo el lugar, la puerta se abrió de par en par. Una ráfaga de polvo caliente entró primero, y detrás, dos hombres. O al menos, lo que quedaba de ellos.

El más alto tenía un bigote desprolijo, un claro en el ojo que destellaba con furia y la columna doblada en un ángulo imposible. El más bajo tenía la cara cubierta por una barba, los brazos magullados y medio cráneo hundido. Los dos llevaban bombachas desgarradas, botas de cuero arrugado, camisas que habían sido blancas y facones oxidados colgando de la cintura. Uno arrastraba al otro con una soga gruesa mientras le gruñía para que se pusiera de pie y camine.

“¡Joven!”, dijo el más alto, con una voz que parecía salida de una tumba recién abierta, “Acá le traigo al ladrón de vacas. Deme el millón de australes que dijeron en la radio”.

Ramiro Villegas bajó los pies del escritorio, guardó el celular en el bolsillo del pantalón y se puso de pie, pero antes de que pudiera abrir la boca, el más bajo habló mientras forcejeaba con la soga: “¡Soltame, hijo de puta! ¡Yo no me robé nada!”.

El único sonido que quedaba en la comisaría, era la voz del relator, que desde el bolsillo del sargento cuestionaba que el VAR le haya pedido al árbitro revisar una posible tarjeta roja. “Usted no se imagina hasta dónde tuve que ir a buscar al cuatrero este, oficial”, remató el más alto mientras tiraba de la soga.

II.
La mañana se perfumaba del mate cocido y el pan casero sobre la mesa de José Bulacio. El frío apenas se sentía junto a la vieja salamandra y el sol colaba unos pocos rayos a través de la ventana. La antena brillaba en lo más alto de la radio mientras la voz del locutor iba y venía. “Vecinos de Paso de los Libertadores, se busca a Ernesto ‘el Ñato’ López, ladrón de vacas, chivos y gallinas. A quien pueda brindar información, se le recompensará con un millón de australes”.

Esa misma noche, José Bulacio, de rostro endurecido, campero ladeado y facón al cinto, apagó todas las luces y se escondió detrás del algarrobo más añoso de la finca, cerca del corral de sus vacas coloradas. El frío se le metía hasta los huesos, tenía las manos entumecidas y el aliento salía de su boca como nubes blancas. Aún así, él sólo esperaba.

Pasadas las dos de la mañana, una sombra asomó por detrás de las retamas y se acercó al corral. Era el Ñato López. Petiso, de espalda ancha, cara de zorro y con un morral raído en la mano. Silbó bajito y una vaca levantó la cabeza.

“¡Quedate quieto, cuatrero!”, gritó Bulacio saliendo de la oscuridad. El Ñato soltó el morral y arrancó la fuga. Cruzaron los viñedos pisoteando hojas de parra que crujían como huesos. Serpentearon entre los árboles de membrillo mientras el frío les golpeaba el rostro. Saltaron el alambrado y galoparon entre yuyos y pasto reseco.

Salieron a la ruta sesenta, pero sólo dieron unas pocas zancadas en el asfalto antes de que un par de luces se les vinieran encima. Un camión Ford 6000 los embistió y arrastró a ambos pegados al radiador antes de frenar en seco. El conductor, un hombre lánguido y de abrigo pesado, no tuvo tiempo ni para tocar la bocina ronca. José y el Ñato quedaron bajo el tren delantero del camión, mientras en el aire flotaba el olor a gasoil y sangre caliente. Después, sólo silencio.

III.
José Bulacio abrió los ojos en un lugar oscuro. No había un cielo estrellado encima de su cabeza, ni tierra ni asfalto bajo sus pies, sólo una espesa niebla que se arrastraba bajo sus rodillas. A lo lejos, la muchacha más bella que hubiera visto jamás se miraba en un espejo. Tenía el cabello azabache, la piel traslúcida, labios carnosos y en sus ojos, la mirada de la resignación. Levantó un brazo, y señalando a la derecha le dijo “se fue por allá”, con una voz que apenas resonaba.

José Bulacio miró esos ojos de zafiro por última vez, sintiendo una pena infinita por aquella hermosura condenada. Armó un lazo con la misma neblina y siguió el rumbo indicado.

Quién sabe cuánto tiempo José caminó por senderos de penumbras y tufo de azufre. Llantos, gritos y lamentos fueron todo lo que escuchó hasta que finalmente la niebla se volvió humo negro y el aire empezó a oler a piel chamuscada y excremento caliente. Ante él, se desplegó un inmenso valle de rocas, polvo gris y fuego bajo un firmamento negruzco, sin luna ni estrellas. Allí era adonde iban a parar los ladrones.

Un millar de almas gritaban mientras escapaban de colosales serpientes con ojos de brasas y colmillos como machetes. Si se dejaban atrapar, los morderían para que sus cuerpos estallen en llamas azules hasta convertirse en cenizas, y una vez hechos cenizas, volverían a formarse para que la serpiente lo persiguiera y mordiera una y otra vez.

José Bulacio miraba boquiabierto y jadeante. Avanzó con el lazo en una mano y el facón en la otra, y tras unos cuantos pasos, encontró al Ñato López. Corría en círculos hasta que una serpiente le inyectó los colmillos en la espalda. Se envolvió en llamas, luego en cenizas, y de aquel montoncito de polvo grisáceo, tembloroso y con la piel humeando, salió el Ñato.

“Te encontré, hijo de puta!”, gritó José mientras el ladrón lo miraba con ojos de animal acorralado. “¡¿Hasta acá me viniste a buscar, infeliz?!”, contestó el Ñato López, y por última vez, intentó correr.

Con la piel roja y echando humo, dio tres zancadas desesperadas encima de montículos de cenizas. Esquivó una serpiente, tropezó con una roca ardiente y cayó de bruces. Bulacio se le vino encima como un ventarrón, le pasó el lazo por las muñecas y lo apretó hasta que la niebla se volvió una soga sólida y empezó a tirar.

“Ahora si, cuatrero, ¡Vos te venís conmigo!”, dijo mientras el Ñato gritaba y se retorcía. Atravesaron ríos de fuego, campos de azufre, pantanos de sangre y ciénagas de cráneos, hasta que el humo negro se aclaró y delante de ellos apareció, una vez más, la fría y densa neblina del purgatorio.

La muchacha de ojos derrotados frente al espejo seguía allí, con su belleza intacta. Los vio pasar, mientras escuchaba los improperios que se decían uno al otro. Esta vez, no levantó la mirada.

IV.
En la comisaría de Santo Tomás de las Sierras, el relator en el celular del sargento Ramiro Villegas se quejaba de la lentitud del árbitro para decidir si tenía que sacar o no tarjeta roja. Al otro lado del escritorio, el Ñato López pataleaba mientras José Bulacio le ordenaba quedarse quieto. “José Bulacio me llamo, oficial. Acá tiene al Ñato, el que anda robando ganado. Deme el millón de australes que en la radio dicen que ofrecen de recompensa”.

Pálido y con un nudo en la garganta, el sargento levantó una mano temblorosa. “Aguarden un momento, por favor”, dijo con voz quebrada antes de perderse por una puerta. Cruzó pasillos poco iluminados con el corazón en la boca y las piernas flaqueando. En su cabeza giraba la historia que su abuelo, ex comisario, le había contado después de un fuerte regaño, para que ni él ni sus amigos volvieran a jugar en la ruta: el gaucho que persiguió al bandido por todo el campo hasta que un camión estanciero se los llevó puestos en plena ruta sesenta.

Llegó hasta el archivo de la comisaría, y después de abrir algunos cajones, encontró un legajo de tapa descolorida y lomo un poco deshilachado. Lo abrió con dedos torpes, dio vuelta algunas páginas amarillentas hasta que llegó al acta N° 102/86. Allí constaba de la declaración de Raúl Cerezo, un chofer de camiones que una noche de junio atropelló y mató a dos hombres de mediana edad que luego fueron identificados como José Martín Bulacio y Ernesto Julio López, alias “el Ñato”.

Ramiro cerró el legajo y un poco de polvo se levantó en el aire. Volvió caminado por aquellos laberínticos pasillos de luces parpadeantes, aún tembloroso pero ensayando una respuesta que pudiera darle a aquel par de espectros. Tendría que explicarles que los australes salieron de circulación hace ya varias décadas y que, por supuesto, ellos fallecieron bajo un Ford 6000 hace casi cuarenta años.

Se persignó y respiró profundamente. Entró en la oficina, aún sin saber qué decirles, pero esta vez, José Bulacio fue quien habló primero. "Joven, ¿en ese aparatito que tiene ahí están dando el mundial de México? ¿A qué hora juega Argentina contra Inglaterra?.

Afuera el viento resopló y las hojas de los brachos se mecieron inquietas. Adentro, el relator se quejaba de una tarjeta roja mal sacada.

FIN.