Un breve relato que surgió mientras leía “hongos carmesí”, un cuento que había escrito anteriormente.
Lo que late.
Ella estaba sola, y no quería estar sola. No era fea, pero tampoco bonita. Tenía el rostro de quienes pasan desapercibidos en las fotos: pómulos hundidos, ojos dormilones y labios finos que se perdían en una sonrisa tímida. Era, en definitiva, de aquellas personas que no suelen ser la primera opción.
Había escuchado en algún lugar que colocar rosas rojas en la entrada de casa atraería un amor hasta su puerta. Quiso intentarlo. Pero ningún rosal logró prosperar en su jardín delantero. Ni en macetas con sustrato premium ni en el suelo; jamás vio un solo botón floral asomar por los tallos. Nada más conseguía lastimarse los dedos con las espinas de tanto escudriñar entre las hojas en busca de, aunque sea, una única e incipiente rosa roja.
Recurrió a la poda, pero sólo consiguió tallos leñosos y frondosos. Ni una sola rosa. Siguió con fertilizantes caseros, luego probó los comerciales. Unas cuantas flores asomaron, pero se marchitaron poco después de abrirse, y temerosa de que aquello fuera una metáfora de su vida amorosa, probó con algo distinto.
A principios de primavera, cuando todo alrededor reverdecía, llegó a casa con un rosal blanco en las manos. Se arrodilló al borde del jardín y cavó un hoyo no muy profundo, plantó el rosal y del bolsillo del delantal sacó una aguja, la misma con la que remendaba sus sábanas y manteles. Se pinchó el índice, y de él brotó una gota perfectamente redonda y de un intenso carmesí. Vio aquella única rosa blanca erigirse por encima de las espinas y las hojas y en ella se vio a sí misma, solitaria, pura y deseosa de compañía. Luego vio el potente rojo de la sangre en su dedo, y allí vio lo que tanto anhelaba, un apasionado amor.
Apretó la gota sobre la regadera y el agua se tiñó de un rosado apenas perceptible. Regó y la tierra bebió. El olor a tierra removida y algo metálico invadían el aire, y mientras el sol regalaba su último destello, ella aún miraba la flor depositando allí su última esperanza. “Si esto funciona, voy a patentar este hechizo”, pensó mientras se lamía el dedo que sabía a hierro, pero también a promesa.
Tres días después, en cuanto puso un pie en el jardín, un aroma dulzón reemplazaba la habitual fragancia matinal de los jazmines del vecino. Era la rosa, que ya no era tan blanca, ahora era de un pálido pero elegante color rosado. Sonrió, y segura de que aquel hechizo de su propia autoría había funcionado, lo repitió durante varios días más creyendo que, para cuando la rosa fuera enteramente roja, el amor al fin llegaría.
Pero la rosa demoraba, parecía querer tomarse su tiempo. Una noche de luna llena las gotas de agua parecían centellas entre los pétalos mientras ella miraba las cicatrices en la punta de sus dedos. “Unas pocas gotas no bastan”, pensó, “el amor pide más”.
Cambió la aguja por jeringas, extrajo más sangre, la mezcló con agua y alimentó la planta. Funcionó. Días después, debilitada por las frecuentes sangrías, la rosa le regaló un intenso color rojo que destellaba incluso en la penumbra. Su aroma, cada vez más dulce, era lo único que perfumaba el aire. Ella, en cambio, pálida y con sus venas azules saliendo a relucir, tenía que caminar con pasos lentos y sosteniéndose de las paredes, pero aquel rojo tan brillante era su recompensa, y sintiendo que al fin había logrado conseguir el color que traería el amor a su puerta, empezó a regar la rosa sólo con agua.
Cuando empezaba a recobrar fuerzas, salió al jardín a regar el rosal y aquellas otras flores que, por causa de su hechizo casero, había olvidado cuidar y que ya estaban tan marchitas y ennegrecidas que ni siquiera se las podía distinguir. La regadera ya no pesaba tanto y sus muñecas ya no temblaban al levantarla, los cortes de la aguja en sus dedos habían cicatrizado, y aunque ningún amor se había presentado todavía, ella sólo pensaba en recuperar su jardín.
Terminó de regar sus geranios de triste aspecto y se acercó al rosal con el paso firme de quien se sabe triunfante en la batalla. Las primeras gotas cayeron, la tierra las sorbió con un glu-glu húmedo. Era sólo agua, pura y cristalina, de la que cura y salva. La rosa se estremeció, cerró sus pétalos y enrolló sus hojas dejando a la vista sólo sus espinas, como si de algo quisiera defenderse, y entonces, le habló, pero no con una voz humana, sino, con el crujido de tallos rotos, con un siseo de savia espesa: “eso no” le dijo, “eso no sabe a nada”. Ella retrocedió, la regadera se le escapó de las manos y rodó hasta detenerse debajo de unos girasoles opacos, resecos y doblados.
La rosa se inclinó hacia ella mientras una espina larga, curva y de punta afilada como el colmillo de una bestia hambrienta rozó el aire. “Dame lo de antes. Lo rojo. Lo que late”, le reclamó. Sintió el corazón golpeándole contra el pecho, como si quisiera huir.
Temblorosa y respirando con la boca abierta, miró sus dedos. No había atraído un amor, había estado alimentando un hambre insaciable. La rosa volvió a desplegar sus pétalos y sus hojas con ritmo parsimonioso. De aquel aroma dulzón ya no quedaba ni el rastro, tampoco el de los jazmines. El aire ahora sólo se impregnaba del olor a sangre seca.
Miró una vez más la rosa, aquel brillo escarlata que a veces parecía encandilar ahora era un destello amenazante. ¿Qué pasaría si simplemente ya no le daba más? ¿Se marchitaría? ¿Volvería a ser blanca? ¿Y si la sangre ya no bastaba? ¿Y si ahora quería más?.
Ella respiró hondo, sintió el pulso en sus sienes, en sus muñecas y en su garganta. Se agachó, recogió la regadera casi vacía y la sostuvo contra su pecho como si de un escudo se tratara.
La rosa se balanceó, impaciente.
FIN.