Nota:Este relato es una obra de ficción. Es mi primera publicación, por lo que es posible que algunas partes todavía no estén completamente desarrolladas, especialmente los últimos cinco párrafos. Agradeceré cualquier crítica o sugerencia que pueda ayudarme a mejorar.
Antes que nada, me gustaría presentarme. Soy Fernando Fernandez, nombres por los que usualmente me hacen chistes, pero eso no es el tema que voy a abordar hoy. En su lugar, voy a hablar de una anécdota que me sucedió hace ya mucho tiempo y de lo que me causó.
Primero, esto me sucedió hace muchos años. Creo que fue cuando tenía 7 u 8 años, por allá de 1998. Continuando con el relato, un día estuve caminando hacia mi escuela; para ser mas precisos, iba corriendo, pues ya estaba tarde. Entonces, escuché gritos. Por la agudeza de la voz y sus lloriqueos, pude suponer que era una mujer no muy mayor, tal vez de unos 23 años. Los gritos provenían de una casa antigua cerca de mi asentamiento, por lo que, curioso, me acerqué al lugar.
La casa estaba cerrada, pero se podían escuchar claramente alaridos y vociferaciones. Guiado por una curiosidad que cada vez crecía más, me acerqué aún más a la puerta; luego aún más, un poco más, demasiado, tanto que mi respiración empañaba la ventanita de vidrio esmerilado que tenía la puerta, por donde entraba la luz, pero no se podía ver ni el exterior ni el interior.
Entonces sonó un estruendo. Uno tan fuerte que rompió el silencio y me hizo retroceder instintivamente. En mi apuro por alejarme, olvidé el pequeño umbral de la entrada,resbalé y terminé tirado en el suelo. En el momento en que intentaba levantarme decidido a irme de una vez por todas a mi escuela, se abrió la puerta. De ella salió una mujer joven, y bastante bien parecida, por cierto. Al parecer, no era tan malo calcular la edad de las personas por sus voces . Detrás de ella salió un hombre mayor, claramente aturdido y con sangre saliendo de un costado de la cabeza, quien la insultaba y maldecía, pero, en el momento en que me vio, cambió de tono.Cabe recalcar que, para ese momento, un pequeño montón de alumnos se había acumulado para ver la escena. El hombre pasó de un tono agresivo y amenazante a uno suplicante. Sin embargo, la joven, quien, con la expectación de los jóvenes y niños, se armó de valentía, lo empujó y lo confrontó.
Bien se acabó el teatro, los espectadores comenzaron a dispersarse, como si ya hubieran obtenido aquello que habían venido a buscar . Pero yo me quedé, no por ser alguien diferente o alguien dispuesto a ayudar, sino por que estaba petrificado del miedo y un poco aturdido ordenando ideas que recién nacían dentro de mi cabeza de niño pequeño,y me hubiera quedado tirado en el suelo hasta que el sol me dejase mas seco una cachanga carretillera y el asfalto del piso dorase mi espalda como si fuesen anticuchos. Eso, claro, si mi madre no se hubiera asomado por la ventana de nuestra casa, la cual estaba en la misma cuadra que la de la pareja, para gritarme que ya me fuera a la escuela . No sé con certeza si ella vio lo sucedido o no, pero eso no fue algo que me preocupase en ese instante, así que simplemente seguí con mi recorrido.
Actualmente, no sé qué fue lo que sucedió con la pareja. Tal vez el señor aprovechó que todos ya se habían ido y la arrastró de vuelta hacia aquel caserón. Tal vez la joven logró escapar y denunciar lo sucedido. Solo sé que, cuando pasaba por el lugar, ya no se escuchaba ni el más mínimo ruido.
Pero cuando volví a mi casa ese día, había mucha gente amontonada en el lugar, curiosa, al igual que yo unas horas antes. Cuando entré a mi casa, mis padres ya me estaban esperando, con una expresión que los mostraba notablemente molestos por tener que hacer esto. Primero , sin el usual buenas tarde y el ‘’que hicieron en la escuela?’’, me preguntaron qué hacía allí, en la calle tirado. Les conté lo que había pasado y, entonces, por una razón que aún no entiendo, se enojaron. Me dijeron que no debía acercarme a esos lugares, que el problema era de ellos, que yo no debía meterme y muchas otras cosas.
Ciertamente, tenían razón en algunas cosas. Pues era un niño y no tenía por qué involucrarme en un conflicto que seguramente en otras condiciones me pondría en peligro. Aunque, hubo algo en aquella conversación, que más parecía un monólogo de ellos, que me hizo pensar ¿cómo actuamos ante los problemas ajenos y cómo decimos que actuaremos si nos encontráramos frente a ellos? ¿Hasta qué punto nuestras ideas sobre lo correcto y lo incorrecto se mantienen cuando debemos llevarlas a la práctica?
Cuando uno piensa sobre la criminalidad, suele decir que las autoridades son el problema, pero ¿qué pasa si la misma sociedad es la que muestra un cierto sadismo ante los asesinatos, delitos, robos, extorsiones, etc.? Entonces, la justicia pasa de ser algo moral y ético a convertirse en una obligación por temor a las reprimendas, las cuales se ven afectadas de igual forma cuando son ejercidas sin ética.
Y lo mismo pasa en el día a día: cuando uno no actúa ante un mal ajeno por temor o simplemente por desinterés; cuando uno deja de preocuparse por la vida externa y solamente se enfoca en las apariencias y en sus propios asuntos.
Pero ¿desde cuándo sucede esto? Fue algo que me pregunté hace mucho tiempo. Y es que el avance del desinterés, el egoísmo y el sadismo ha sido un problema desde el inicio de los tiempos y ha ido ganando terreno desde el comienzo, no por el avance tecnológico, sino por el hecho de desarrollar una conciencia.El problema no sería tener conciencia de uno mismo, sino convertir esa conciencia en el único criterio desde el cual juzgamos el mundo provocando abandonemos valores por razones que han dejado de estar relacionadas con la supervivencia, evolucionando hacia las apariencias, la inclusión y también la exclusión.
Esto hace que una persona ya no se preocupe por cómo vivir y convivir, sino solamente por aparentar, ya sea para pretender pertenecer a un grupo social o para eliminar competencia. Esta competencia ya no representa un peligro, sino una alteración en su círculo social, predeterminado por la apariencia que se decidió tomar.
Todo este remolino de alteraciones en la conciencia humana llega a distorsionar la idea entre el bien y el mal. A lo que quiero llegar con esto es que, cuando uno solamente comienza a disimular y abandona su autonomía, deja de ver el mal como algo que se debe resolver de inmediato.