CAPITULO 1.
“Taví Hikari”
El cansancio residual del esfuerzo aún seguía presente cuando Sekyo despertó después de dos horas, su esposo el señor Okeru e hijo del líder del clan Hikari estaba a su lado.
-¿En dónde está el bebé?- Preguntó Sekyo, mirando a su esposo mientras recuperaba por completo la consciencia.
-Lo traerán en un momento querida- Habló el señor Hikari, acariciando el pelo de su esposa.
La enfermera personal de la familia entró en la habitación, en sus brazos sostenía al bebé envuelto en mantas suaves, el pequeño sollozaba mientras agitaba sus bracitos en busca de calor. La joven enfermera miró a los padres y sonrió.
-Es una niña- Dijo mirándolos a ambos.
El mundo pareció detenerse en cuanto ambos padres oyeron la noticia. ¿Una niña?, ¿Cuando había Sido la última vez que habían tenido una niña en la familia?, Nunca, desde generaciones pasadas siempre habían sido hombres, casados con mujeres de otros clanes y ahora nacía … Una niña. El señor Hikari tomó a la pequeña en sus brazos, meciendola con cuidado, “una niña” la palabra no abandonaba su pensamiento, la observó con atención, su cuerpo y cara parecían mas fragiles que todos los hombres y niños del clan, era como ver nacer una rosa blanca en medio de un campo de rosas rojas.
-Una niña …- Repitió el padre, el señor Hikari sintió como sus ojos se humedecian.
Poco a poco las lágrimas fueron cayendo, la bebé empezó a llorar Pero en comparación con los demás niños parecía un suave llanto, dulce y bajo, el señor Hikari besó el rostro de la pequeña.
-Una niña, nuestra niña … Nuestra única y hermosa princesa, bienvenida a la familia, Taví- Dijo, arrullando a la bebé de aquí a allá.
La señora Sekyo, estiró los brazos en busca de su hija, la única, la primera. El señor Hikari se la dió con sumo cuidado, la bebé se acurrucó en los brazos de su madre mientras era amamantada y protegida por todos los hombres del clan.
La sala estaba semi-oscura, la luz se filtraba por las cortinas oscuras de seda, en medio de la sala, sentado sobre un sillón de cuero negro estaba el abuelo de Taví, el señor Toru Hikari, padre de Okeru Hikari.
El señor Toru estaba fumando un Puro mientras leía un libro sobre la historia de sus ancestros, los fundadores del clan, frente a él y sentado de igual manera sobre otro sillon estaba Okeru, reclinado hacia enfrente con los codos aobre las piernas.
-Me disculpo por no poder asistir al nacimiento de mi nieto, mi enfermedad no me lo permite- Dijo el señor Toru, sin mirar a su hijo mientras seguía fumando y leyendo.
-Padre- Llamó Okeru.
El señor Toru levantó la vista y lo vió a los ojos.
-¿Que sucede?- Preguntó.
-… No, no es un niño- Dijo el padre de Taví mientras sostenía la mirada a su padre.
-¿Ah sí? gemelos entonces- Respondió Toru, volviendo a su lectura.
-No- Dijo Okeru, bajando un poco la vista -Es una niña-
Toru cerró su libro de golpe y lo colocó sobre una mesita de vidrio al lado, puso su Puro en una de madera frente a ambos, justo en el cenicero.
-¿Una niña dices?- Preguntó el señor Toru, realmente no era una pregunta.
-Si- Contestó Okeru, mirandolo de nuevo.
-Quiero conocer a mi nieta- Dijo el líder del clan mientras hacia una señal a sus hombres para que trajeran a su nieta.
Un sirviente con traje negro elegante entró en la sala, en sus brazos dormitaba la pequeña Taví de apenas una semana de nacida, el joven se acercó al señor Toru y le entrego con cuidado a la pequeña.
Lo que pareció ser una eternidad el líder observó a la pequeña dormir en su brazos, jamás había visto a una bebé que fuera de su clan, era su distintivo, todo su clan estaba formado solo por hombres, se cazaban con mujeres de otros clanes importantes y sus hijos eran hombres y ahora, una excepción estaba dormitando plácidamente en sus brazos, con la seguridad de quien está en su entorno seguro.
-Es muy linda- Dijo el joven sirviente que estaba al lado del líder.
-Es preciosa, perfecta- Corrigió el señor Toru mientras acomodaba la manta de la pequeña.
Taví pareció sentir el aura abrumadora de estar tan segura en los brazos de su abuelo y la pequeña abrió los ojos, aquellos hermosos ojos turquesas brillantes como perlas del mar. El señor Toru besó su frente y le dió la bebé a su hijo Okeru quien la recibió como si fuera el tesoro del mundo, el más valioso y el más raro, Pero sobre todo, el más amado.
[Años Después]
Las cortinas de seda se abrieron, dando paso a la luz cálida del sol mañanero, las voces melodiosas de las aprendices de Taví llenaban la estancia de la habitación.
-Señorita Hikari- Decía una de las jóvenes mientras abría las ventanas del balcón.
-Es hora de levantarse- Dijo otra, que estaba trayendo una bandeja de plata con una taza de té y cubitos de azúcar.
La predicadora se retorció por última vez en las suaves mantas de algodón, antes de incorporarse y con movimientos que evidenciaba que ya llevaba despierta desde hace un rato, tomo la taza de té y la bebió rápidamente.
Se ató el cabello en una coleta alta, agarrándola con un pinza en forma de alas de abeja y pasando un aguijón de metal sobre la coleta con una elegancia nata. Sus ojos ya completamente despiertos miraron a sus aprendices.
-Buenos días a todas- Saludó la pequeña Predicadora, tomando su uniforme y bata de exorcista.
Las aprendices inclinaron la cabeza ante su mentora, una señal de respeto mientras Taví se dirigía hacia el baño. Se duchó, se alistó y salió rápidamente para ir a la Sede de los exorcistas, dónde seguramente los demás Predicadores ya la esperaban.
-¡Que tenga un buen día!- Gritó otra de las aprendices a la silueta de Taví, desvaneciéndose en medio del bosque.
La pequeña Predicadora caminaba en medio del bosque, su sonrisa dulce y suave se agrandó un poco más al ver la base de los exorcistas después de haber caminado durante una hora. Dos figuras familiares la miraban desde la entrada, Aytaneanea y Murumuru que al parecer también iban llegando y la saludaron. Aytaneanea corrió hacia ella, la Predicadora de la fortuna sonreía alegremente como de costumbre.
-¡Hola, muy buenos días preciosa Taví!- La Saludó Nea, su voz una melodía mañanera mientras la abrazaba.
Murumuru se acercó lentamente, una sonrisa leve pero cariñosa en su rostro, la saludo de mano, un gesto educado y respetuoso para la predicadora de la flor. Entraron a la base, dirigiéndose directamente a la sala de la reunión, dónde los otros ya las esperaban.
Las puertas de madera de roble se abrieron de par en par, anunciando la llegada de Nea quien entró con los brazos abiertos y una gran sonrisa en su cara, detrás de ella, con un aura más reservada estaba Murumuru y a su lado, Taví, con su habitual expresión dulce y frágil, sus ojos turquesas recorriendo a cada uno de sus compañeros en un saludo silencioso.
-¡Muy buenos días a todos, espero que hayan descansado bien!- Saludó Nea, abrazando a cada uno con alegría que resultaba contagiosa.
La reunión matutina para repartir los territorios a vigilar había comenzado, cada Predicador sabía lo que tenían que hacer. Kaelen hablaba tranquilamente, su imponente figura al frente de los demás.
-Antes de comenzar- Dijo, mirando a todos los Predicadores presentes -Quiero anunciar que la iglesia santa ya ha decidido quienes de nosotros, irán a vigilar los pueblos de la capital- Anunció, cruzando sus brazos sobre su pecho amplio.
Todos los demás Predicadores, incluida Taví, asintieron. Sabían que la Iglesia Santa harían una estrategia para proteger a la capital y que habían elegido a tres de ellos para ir a vigilar los pueblos cercanos, pueblos vulnerables que necesitaban de su protección.
-Los tres Predicadores que han sido elegidos, son … Belén, Mochí y Kaito, ustedes se encargarán de los pueblos- Anunció Kaelen, su voz seria y baja en medio de la sala.
Los demás Predicadores asintieron, la mano de Karasu que sostenía la de Kaito, el Predicador del Ocaso apretó ligeramente la mano de su hermano, Nachin miró por un momento a Mochí antes de volver a ver a Kaelen de nuevo, Tsukimaru aferró su agarre alrededor de la cintura de Belén, su ceño frunciendose levemente sin dejar de mirar a Kaelen. Los territorios fueron repartidos como siempre a cada uno se le fue dado el más adecuado en caso de un enfrentamiento.
La junta se dispersó como de costumbre, cada uno de los Predicadores dirigiéndose a su lugar seguro. Tsukimaru y Belén estaban sentados en la barra de la cocina, el Predicador de la sinfonía no parecía muy contento.
-Te irás por tres meses- Dijo, su voz era un murmullo privado solo entre ellos dos.
Belén tomó otro sorbo de su vaso, habló sin mirar a su compañero.
-Te preocupas por nada Tsuki, estaré bien- Le dijo mientras le deslizaba un vaso con jugo a su lado.
Tsukimaru lo tomó y lo bebió sin pensar mucho. En ese momento una voz llegó desde la entrada del cuartel, eran los novatos recién enviados desde el centro del país, uno de ellos parecía perdido.
-¿Buenas Tardes?- Decía el chico, agarrando su Katana contra su pecho, sus ojos mirando a su alrededor -Disculpen, me separé del resto y no sé si este sitio es el dojo del señor Nachin-
El chico (Leo) sintió como unos brazos aparentemente delgados pero con una fuerza brutal lo levantaron del suelo sin agresividad, su rostro se torno de sorpresa, sus ojos topandose con una joven alegre. Era Nea, la predicadora de la fortuna.
-¡Buenas Tardes!- Saludó la dulce Nea, sonriendo -Veo que estás algo perdido, ¡Te ayudo!, te llevaré al dojo- Dijo Aytaneanea, bajando al chico.
Leo quedó paralizado un leve momento, aún sin comprender quien era la dulce señorita frente a él.
-Eh … Disculpe, señorita … ¿Usted es?- Preguntó, aún asimilando la situación.
Nea se llevó una mano a la boca, totalmente sorprendida, a la predicadora se le había olvidado por completo presentarse primero. Se puso derecha e hizo una reverencia teatral ante el chico, estirando su brazo en un gesto de saludo sofisticado. Leo se quedó aún más extrañado.
-Mi nombre es Aytaneanea, exorcista y ocupante del rango de predicadora de la fortuna- Le dijo la predicadora sonriendo -Es un verdadero placer conocerte-
La mente de Leo se activo al instante, no podía creer que aquella chica que tenía enfrente era la mismísima predicadora de la fortuna, según rumores era muy amable pero poseía una fuerza sobrehumana en el campo de batalla, una maravilla destructiva.
-Que amable- Pensó el chico, siguiendo a la exorcista hasta el dojo.
Una vez que entraron al dojo, Nachin ya los estaba esperando con el ceño fruncido del enojo, el predicador de la luna se acercó con su lanza principal sobre su hombro.
-¡Llegas tarde novato, harás cien flexiones por tu impuntualidad!- Le gritó Nachin, su voz era un trueno que resonaba en las paredes.
El chico se sintió pequeño ante la presencia agresiva del predicador.
Aytaneanea le dió una suave palmadita en la espalda a Leo quien la miró preocupado.
-Tranquilo, aunque no lo parezca, Nachin tiene un buen corazón- Nea sonrió dulcemente.
(Modo Chibi)
Leo mirando a la dulce Nea quien le sonrie para calmarlo, un poco al fondo estaba Nachin con la cara oscurecida del enojo y sus ojitos brillando.
-¡Nea, deberías estar con las demás predicadoras!- Le dijo Nachin.
Aytaneanea se sobresaltó, no por el grito si no por qué se le había olvidado por completo el que debía de ir con sus compañeras.
-Uy, es verdad- Nea miró a Leo -Procura no rendirte y tú- dijo volviéndose hacia el predicador de la luna -Tratalo bien!-
Aytaneanea se fue, dejando a Leo y Nachin solos en el dojo. El chico miró al Predicador con cierto miedo.
-¿Que tanto me ves?- Preguntó Nachin sin esperar respuesta -¡Rápido ve a hacer las flexiones!- Ordenó.
Leo obedeció enseguida.
(Modo Normal)
Mientras tanto Taví, Mochí y Murumuru esperaban a Aytaneanea en la sala principal de la sede, las tres predicadoras estaban sentadas. Nea llegó corriendo y se sentó con prisa en el sillón al lado de su hermana.
-Lo siento, tuve un asuntito que atender- Dijo rascándose la cabeza.
Murumuru asintió levemente, poniendo una mano sobre la de su hermana. Taví no necesitó decir nada, Mochí solo miró.
-Bien- Dijo Mochí, su voz era grave pero sin dejar de ser femenina -Como ya saben, yo me iré junto a Belén y Kaito la próxima semana y no sé si pueda seguir comunicándome con ustedes durante ese tiempo- Hizo una pausa, miró a las demás. Continúo -Les deseo suerte, cuando regrese me pondré al corriente con la misión principal y hablaré con Kaelen sobre lo acordado-
Taví, Aytaneanea y Murumuru miraron a Mochí, sus ojos atentos a ella. Las tres asintieron.
-Bien, te estaremos esperando Mochí, cuidate en ese lugar y mantén la guardia alta- Le dijo Murumuru, con genuina preocupación.
Mochí asintió.
-Si, lo haré- Dijo la predicadora de la bendición, levantándose de su asiento -Bien, ya casi es mediodía … Vayamos por las armas-
La luz del sol comenzó a ocultarse lentamente tras las nubes, parecía que iba a llover, el bosque comenzó a oscurecerse levemente, la vigilancia comenzaba y nadie estaba a salvo. Todos lo sabían.
Leo y otros chicos caminaban detrás de Nachin, los aprendices habían ido con su mentor debido a la práctica de vigilancia que se les asignaba a los novatos como ellos. Un ruido en un arbusto moviéndose alteró a los chicos y al ver que era, se toparon con una simple ardilla.
-¡Oigan mocosos, vuelvan acá!- Les dijo el predicador de la luna, sin mirarlos.
Leo y los demás chicos corrieron hacia su mentor, aún temerosos del bosque, pero se detuvo al escuchar algo moverse detrás de él y al querer voltear se topó cara a cara con un angel pero no cualquier angel, era Kyoji, el chico se paralizó al instante. Leo sintió como una mano lo tomaba del cuello de la camisa y lo jalaba hacia atrás, solo para darse cuenta de que en un solo parpadeo la angel había destrozado el lugar donde segundos antes estaba.
-Pareces querer divertirte gatita- Le dijo Nachin, su voz delataba su creciente fastidio.
Kyoji al reconocer al predicador, sonrió, llevándose una mano hecha un puño semi-cerrado a la boca, sus ojos haciéndose pequeños por la ironía.
-Ha, Nachin, mi querida luna- Saludó la angel, señalando al predicador con un dedo -No esperaba encontrarte aquí, que coincidencia- Dijo.
Nachin alzó levemente el mentón, su rostro frunciendose en una mueca de asco y enojo.
-Ladrona fastidiosa- Le dijo el predicador, desenvainando su lanza principal.
-Luna gruñona- Contestó Kyoji, riéndose.
La angel se puso en una posición como si estuviera a punto de salir de una carrera, una que evidenciaba su velocidad. Kyoji se lanzó hacia el predicador, sus uñas largas y afiladas hacia enfrente, listas para cortar. Nachin la esquivó rápidamente mientras lanzaba a Leo hacia el lado contrario, la angel pasó entre en medio de ambos, Nachin tomó de nuevo a Leo y lo mando detrás de un árbol, dónde también estaban los demás aprendices observando mientras temblaban de miedo, uno de ellos cayó al suelo asustado.
-Te enfocas demasiado en proteger a esos niños- Le dijo la angel, burlándose.
Nachin, hizo una mueca de fastidio, poniendo los ojos en blanco y sacando la lengua sin disimulo alguno.
-Entrometida- Dijo gruñendo.
Mientras tanto los demás, aún no tenían problema. Aún.
Tsukimaru caminaba por el sendero de madera que llevaba directo al lago, sus ojos escudriñaban el bosque como un centinela y sus oídos, aquellos mismos que podían oírlo todo, estaban alerta. Un sonido lo hizo detenerse, se quedó quieto un segundo, su mano se posó sobre el mango de su O Katana, en lo que pareció ser un segundo se dió la vuelta bruscamente desenvainando su arma y bloqueando una piedra que le fue lanzada a la cabeza, partiendola en dos.
-Que hábil- Habló una voz masculina, seria y baja.
Al buscar, Tsukimaru lo encontró, un angel de piel morena y cabello blanco que estaba sentado sobre la rama de un árbol. El angel sonreía levemente, sus ojos dorados mirando al predicador con curiosidad.
-¿No hablás?- Preguntó el angel, sin apartar la vista de Tsukimaru.
El predicador se quedó completamente quieto antes de volver a enderezarse y mirar en completo silencio a su enemigo.
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