Dúngalo Bill y el traje del destino (fantasía y humor absurdo)

Os comparto el prólogo y los dos primeros capítulos de mi novela Dúngalo Bill y el traje del destino, porque no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Cualquier feedback es bien recibido.

Prólogo.

Dúngalo Bill empezó como un simple cocinero.

En los descansos, cosía. No remendaba. Creaba. Trajes imposibles, vestidos de fantasía pura. Pronto, todo el mundo conocido los quería.

No solo los cosía: se los probaba. Romper la rutina de pelar patatas. Fantasear con otra vida.

La fama trajo dinero. Mucho dinero. Vida disoluta. Vacía. La gente lo reconocía en la calle. Lo odiaba.

Se disfrazó. Primero pelucas elegantes. Luego máscaras de mujer.

Sus talleres crecieron. Cosía para cortes enteras. Diseños imposibles de copiar. Sedas del Este, algodones del sur, materiales exóticos.

Pero tenía una obsesión: el material perfecto. Aquel que revelara la verdadera naturaleza de quien lo llevara.

Probó todo. Pieles de monstruos. Tejidos que susurraban. Nada bastaba.

Entonces, un místico de tierras lejanas se lo dijo:el hilo del destino. Hilado por las Moiras. Prohibido para mortales.

Dúngalo urdió un plan. Robó un ovillo. Contra todo pronóstico, funcionó.

No previó la persecución. El dios del destino. Las hilanderas furiosas.

Encerrado en la Penitenciaría del Destino por siglos.

Hasta que escapó.

Ahora, en su taller secreto, el carrete de hilo vivo temblaba sobre la mesa. El Hilo de Tiamat.
La aguja robada a las Moiras brillaba letal entre sus dedos.

—Este será el traje definitivo —susurró—. No vestiré personas. Vestiré destinos.

Clavó la primera puntada.

En algún lugar del universo, Tiamat sintió un tirón en el pecho.

CAPÍTULO 1. ALGUIEN MUEVE LOS HILOS.

En las oficinas del dios de la muerte, en el Velo, el ambiente distaba de ser tranquilo.

Scrumbor presidía la sala con la rigidez de quien lleva demasiado tiempo siendo imprescindible. Su traje negro, impecable y funerario, recordaba más a un uniforme administrativo que a un símbolo divino.

A su lado, las Moiras, tejedoras del telar del destino:

Cloto, Laquesis y Atropo.

Wilhelm permanecía de pie frente a ellas, con la incómoda certeza de que una reunión interdepartamental siempre anunciaba problemas.

—La situación es grave —dijo Laquesis.

Hizo una pausa.

—Muy grave.

Wilhelm guardó silencio.

—Dúngalo Bill ha escapado de la prisión del destino.

La frase cayó con peso propio.

—Ha robado uno de nuestros ovillos —continuó Laquesis—. Ha descosido su celda y alterado el tapiz de la existencia.

Scrumbor tomó la palabra.

—Esa manipulación ha generado una inestabilidad.

Atropo alzó ligeramente las tijeras.

—Podría crecer —dijo—. Podría devorar mundos.

Wilhelm tragó saliva.

—Debemos actuar —concluyó Scrumbor—. Y rápido.

Su mirada se fijó en él.

—Wilhelm. Tú, Elvinn y Gloria quedáis asignados al caso.

La decisión resultaba inapelable.

—Investigad. Encontradlo. Detenedlo.

Una breve pausa.

—Antes de que el destino deje de serlo.

—Y se convierta en otra cosa —añadió Atropo, casi en un susurro.

Lejos de allí, Dúngalo Bill sonreía.

La prisión del destino había quedado atrás.

En su mano, un carrete de hilo temblaba suavemente. La vibración tenía intención, un pulso propio.

Ignoraba su origen.
Carecía de importancia.

Ahora le pertenecía.

En la otra mano sostenía una aguja. Pequeña. Discreta.
Capaz de abrir la realidad como si fuera tela.

—Con esto… —susurró— todo encaja.

El almacén del antiguo Cabaret del Velo lo envolvía en sombras y polvo. Telas imposibles colgaban como espectros. Materiales prohibidos dormían en estanterías torcidas. Herramientas indebidas aguardaban en silencio.

Todo seguía allí.

Esperándolo.

—Perfecto…

Colocó el carrete sobre la mesa. La aguja, a su lado.

Sus dedos temblaban.

De anticipación.

—Este será el traje.

Su voz apenas rozó el aire.

—Vestirá lo inevitable.

El hilo vibró.

Con más fuerza.

Como si entendiera.
Como si respondiera.

Y entonces—

Un susurro.

Surgido de ninguna parte.

—Ese hilo te excede.

Bill permaneció inmóvil.

Sus ojos recorrieron el espacio.

Sombras. Telas. Reflejos.

Y en el cristal—

Un desfase.
Una presencia que no encajaba.

Entonces sonrió.

Más amplio.
Más peligroso.

—Perfecto —murmuró—. Así es más divertido.

Se acercó al maniquí.

Su máscara.
Su peluca.
Su otra vida.

Rozó la superficie con una delicadeza casi reverente.

—Vamos a hacer historia.

En algún rincón del almacén, algo observaba.

Silencioso.

Paciente.

Cómplice.

El juego había comenzado.

Y esta vez…

Dúngalo Bill compartía la partida.

CAPÍTULO 2. MAMÁ.

La tarde caía pesada sobre Puerto Fronterizo.

Agosto apretaba sin piedad, y el calor había vaciado las calles con una eficacia comparable a la peste en sus mejores años. La posada del Odre del Kobold, habitualmente bulliciosa, descansaba en un silencio casi sagrado, roto por el zumbido lejano de las cigarras y el ocasional crujido de la madera dilatándose bajo el sol.

Era, en esencia, una tarde perfecta para la inactividad absoluta.

Y en eso, Viruta era un profesional.

El gato gris de quince centímetros —ex demonio primordial, entidad cósmica y especialista en siestas de alto rendimiento— reposaba sobre su cojín favorito con la solemnidad de quien ejerce un oficio importante.

Había comido bien.

Sardinas, cortesía de Margarita.

Tenía sombra.

Tenía silencio.

Tenía tiempo.

Todo estaba dispuesto para batir su récord personal.

Viruta cerró los ojos y se acomodó con precisión milimétrica.

Entonces—

Una voz.

Un grito de ayuda.

Desesperación pura.

Alguien perdido.

Viruta abrió los ojos de golpe.

—Mamá.

Sin duda. Sin vacilación.

La primera madre.

La anterior a todo.

La que jamás debería estar aquí.

Una taza en un estante cercano comenzó a vibrar.

—¿Has oído eso, Viruta? —dijo ESO.

Viruta ya estaba en pie, girando sobre sí mismo, con el pelaje erizado y la cola en tensión.

—¡Es mi mamá! —exclamó—. Está perdida… y está en el mundo de los mortales.

La taza cayó al suelo.

Se transformó antes de tocarlo.

Sus bordes se abrieron en ángulos imposibles. La superficie se fragmentó en patrones ajenos a cualquier geometría conocida. En cuestión de segundos, dejó de ser un objeto y se convirtió en un fractal palpitante, suspendido a pocos centímetros del suelo.

—Interesante —dijo ESO—. Pensaba que los demonios primordiales simplemente… surgían.

Viruta se detuvo.

Parpadeó.

Y su voz perdió toda ligereza.

—Todos venimos de algo —dijo—. A ti te hizo el dios creador… pero antes del dios creador…

Miró hacia un punto inexistente.

—…estaba mamá.

El fractal vibró suavemente, procesando algo que excedía su propia estructura.

—Entonces —concluyó— tenemos una misión.

El patrón se contrajo y se reorganizó con rapidez hasta adoptar la forma de un pequeño collar que cayó con suavidad frente a Viruta.

—Encontrar a tu madre.

Viruta asintió.

Y por primera vez en mucho tiempo…

la siesta dejó de ser importarle.

Tiamat, la Primera Madre —origen de demonios primordiales, dioses y linajes divinos que se extenderían hasta el presente— estaba desconcertada.

Durante eones había permanecido en el Abzû, el mar primigenio de agua dulce sobre el que se alzó la realidad.

Hasta un instante atrás.

Sin transición, quedó atrapada en la red que separa ese mar del resto de la existencia y fue expulsada hacia una tierra seca y sólida.

Un mundo extraño.

Desconcertante.

—¿Dónde está el agua? —susurró, con una voz arrastrada por siglos.

Alzó la vista: un cielo azul.

Separado.

Definido.

Miró la tierra: firme, rígida. La sensación resultaba nueva, casi dolorosa.

El sonido de las olas la atrajo. Avanzó hacia la orilla y empujó la arena con cuidado, casi reverente.

—No deberías detenerte aquí —murmuró al mar—. Antes fluías sin límites.

El agua obedecía a una frontera.

Tiamat permaneció quieta largo rato.

—Alguien te enseñó a obedecer…

Pausa.

—No recuerdo quién.

Su mirada se perdió en el horizonte.

—¿Quién trazó este límite?

Sonrió. Un gesto antiguo.

—Ah… esto lo hice yo.

Frunció el ceño.

—…¿o no?

Todo resultaba ajeno.

Todo parecía fragmentado.

La luz, la tierra, el agua, el viento… cada elemento ocupaba su lugar sin mezclarse.

Ella, nacida en un océano donde todo se fundía, percibía el mundo como una jaula.

—Tendré que moverme —dijo—. Tendré que elegir una forma. Aquí todo tiene límites.

Una idea cruzó su mente.

—Seguramente es cosa de Deivid…

El entorno comenzó a cobrar sentido.

Hierba meciéndose al viento. Gaviotas cortando el aire. Y una diminuta tortuga que avanzaba con esfuerzo hacia el mar.

Entonces comprendió.

Su forma empezó a cambiar, lenta y deliberadamente, hasta convertirse en la pequeña criatura que observaba. Frágil en apariencia. Antigua en esencia.

—¿Y mis hijitos… dónde están? —clamó, con un grito que atravesó el tiempo y el espacio—. ¡Hijitos! ¡Venid! ¡Estoy aquí!

La onda de aquel grito se expandió más allá de los planos, vibrando a través de mundos y realidades, alcanzando incluso regiones donde el tiempo aún no existía.

Y en algún lugar, un gato de quince centímetros había oído la llamada.

Hostia! Me gusta mucho tu estilo, sin adornos raros ni cosas de relleno. Es el texto que más me ha gustado desde que estoy leyendo el foro. Muy bien.

gracias, es que intento que sea todo muy claro, supongo que es deformación profesional.

Mi estilo es un poco como el tuyo, pero el mio es mucho mas bestia y seco para escribir relatos cortos. Si quieres mandarme más y que lo vea, me ofrezco.

El Poeta Chino

Florentino había nacido en Tzu Tenshian. Provincia de China, al noroeste de Taiwán. Sus padres, como buenos chinos, le dieron una educación exquisita. Si Florentino suspendía un examen le cortaban un dedo. Increíblemente, los aprobó todos. Si se subía a un árbol, su padre le sacaba un ojo. Misteriosamente, nunca hubo que hacerlo. Era un niño modelo. Por obligación.

El caso es que Florentino se fue a vivir al monte. Decía que no tenía libertad de expresión en su casa. Se acostó una noche sobre la rama de una encina y por la mañana pensó:

—¿A qué podría dedicarme? Ya sé. Seré el poeta chino que recita en andaluz.

Era poeta en todas sus variedades.

Oh, mi jovencilla zagala, te vi junto a la fuente que brilla y er corasón se me salía como una tortiya en la parrilla.

Luego se hizo el silencio, puesto que Florentino Filipino tenía un arte digno de la época barroca y, si me apuras, de la neandertal. La gente, cuando comprendió aquel poema en andaluz, empezó a chillar como loca. El poderío de la poesía de Florentino era superior a todo. Hasta el micrófono, que estaba apagado, se había encendido y estaba bailando. Con una simple poesía. Pero en andaluz. En mitad de Tzu Tenshian.

Meses más tarde lo contrataron para cuidar una cuadra de caballos, porque como poeta no ganaba una mierda, y se fue en silencio a su primer día de trabajo.

Cuando llegó a la finca, de marcado estilo western, estética y subcultura inspirada en la indumentaria y el modo de vida de los vaqueros, tuvo otro brillante momento de inspiración:

Tu ojo es como una aceituna, tu boca, un trozo de melón, y yo, nasío en Tzu Tenshian, me he enamorao sin intención.

De repente, todos los fans que no estaban dos segundos antes aparecieron solo para aplaudir. Luego se fueron.

Después de aquellos sucesos, Florentino se convirtió en un folclore de la mística andaluza. De la China, menos, pero también.

me parece muy original y creativo

Pego los dos siguientes capítulos, a ver si te gustan.

CAPÍTULO 3. LA SEÑORA QUE SURGIÓ DEL MAR.

Tiamat flotaba en el agua.

El movimiento de las olas la mecía con suavidad y, por primera vez desde su llegada a aquel mundo, algo en su interior se relajaba.

El agua.

Eso resultaba familiar.

Distinto.

Pero cercano.

La vida la rodeaba.

Plantas ondulantes. Peces en armonía. Corrientes guiadas por un orden invisible.

Todo permanecía separado.

Y aun así funcionaba.

No lo comprendía.

Pero tampoco la hería.

No sé dónde estoy…

Ni por qué he llegado aquí.

Se dejó llevar.

Sin rumbo.

Hasta que—

Algo cambió.

Primero, una sombra.

Luego, una tensión.

Y de pronto—

La red.

Se cerró a su alrededor con violencia.

Los peces estallaron en pánico.

El agua dejó de acogerla.

Se volvió trampa.

Tiamat intentó comprender.

El sentido se le escapaba.

Y entonces—

La arrastraron.

El pescador tiró de la red con esfuerzo.

—Vamos… vamos…

La subió a bordo con un último tirón.

Los peces se agitaban, brillando bajo la luz.

Y entonces la vio.

Una pequeña tortuga.

Pero…

Algo en ella resultaba distinto.

Demasiado quieta.

Demasiado presente.

La tomó entre sus manos.

—Vaya cosita…

Los ojos de la tortuga se abrieron.

Lentos.

Profundos.

—¿Hijito…?

El pescador se quedó inmóvil.

—¿…eh?

Miró alrededor.

Volvió a la tortuga.

—¿Has… sido tú?

—¿Dónde estoy? —preguntó la voz—. No encuentro a mis hijitos…

El pescador retrocedió.

—¡La tortuga habla!

Tiamat respiraba con dificultad.

El aire quemaba.

Todo resultaba seco.

Separado.

—El agua… —susurró—. Necesito volver…

El pescador tragó saliva.

—Estabas en el mar… te he sacado con la red…

Tiamat miró el horizonte.

Y negó.

—Ese no es mi hogar…

Su cuerpo tembló.

Y entonces—

Cambió.

Una luz suave emergió desde su interior.

El caparazón se deformó.

Las extremidades se alargaron.

El pescador cayó hacia atrás.

—¡No, no…!

Cuando la luz se disipó, una mujer ocupaba su lugar.

Empapada.

Temblorosa.

Perdida.

—Por favor… —dijo—. Ayúdame…

El pescador la miró, pálido.

—Tú no eres… normal…

Se santiguó.

—¿Eres una sirena? ¿Un espíritu?

Ella negó con lentitud.

—No lo sé…

El hombre respiró hondo.

Necesitaba una explicación.

—Eres una ninfa —decidió—. Una ninfa del mar.

Ella guardó silencio.

La idea le resultaba ajena.

El pescador se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros.

—Toma… cúbrete.

—Gracias…

—Te llevaré al Templo del Mar. Allí sabrán qué hacer.

Ella alzó la mirada.

—¿Podré volver a casa?

El pescador dudó.

—Lo intentaremos.

Silencio.

—¿Cómo te llamas?

Ella cerró los ojos.

Buscó.

Profundamente.

Y entonces—

—Tiamat… creo.

Los abrió.

Insegura.

—Así me llamaban mis hijos…

El pescador asintió con lentitud.

—Entonces, Tiamat… averiguaremos quién eres.

Levantó el ancla.

La barca comenzó a moverse.

El mar, en calma, los dejó partir.

Pero bajo la superficie…

algo había cambiado.

Dúngalo Bill llevaba horas encerrado en su taller secreto, iluminado por velas de llama azul y lámparas de aceite que proyectaban sombras imposibles sobre las paredes.

El patrón estaba terminado.

El diseño definitivo.

Su obra maestra.

Ahora venía la parte más delicada: los materiales.

Extendió sobre la mesa una colección de tesoros dignos de un rey:

plumas de ángel, blancas como la primera luz del alba,

lino de los jardines suspendidos de Yuga, tejido por monjes ciegos,

sedas del Este, teñidas con pigmentos imposibles,

nácar de conchas milenarias, pulido como lunas diminutas,

cuero de salamandra ígnea, resistente al fuego y al tiempo,

gemas que contenían tormentas atrapadas.

Cada material tenía una historia.

Cada historia, un precio.

Bill los había pagado todos.

—Perfecto…

Acarició las telas.

—Todo perfecto.

El tiempo apremiaba.

Las Moiras ya habrían detectado el robo.

Scrumbor reaccionaría.

Y los Rectificadores…

Ellos siempre llegaban.

Preparó las telas base, cortó los patrones, organizó cada pieza. Sus manos se movían con precisión quirúrgica y pulso artístico.

En el centro de la mesa reposaba lo esencial.

El ovillo.

El hilo del destino.

Grueso.

Vivo.

Latía como un corazón diminuto.

Cada hebra vibraba con poder antiguo.

Bill lo observó con reverencia.

—Ni una hebra desperdiciada…

El hilo resultaba demasiado poderoso para una base.

Pero perfecto para bordar.

Tomó la aguja robada a las Moiras.

La aguja capaz de descoser la realidad.

—Con esto… —susurró— haré historia.

Pasó el hilo por la aguja.

La hebra chisporroteó.

—Shhh… te usaré bien.

Clavó la aguja en la tela.

Y en algún lugar—

Tiamat sintió un tirón en el pecho.

Como si alguien tocara su esencia.

Bill sonrió.

—Vamos… muéstrame de qué estás hecho.

Y siguió cosiendo.

Viruta permanecía sobre su cojín.

Por fuera, igual que siempre.

Pequeño.

Gris.

Perfectamente acomodado.

Pero el collar —ESO— latía con una luz tenue.

Y Viruta…

vibraba.

—¡Tenemos que ir! —exclamó, saltando en círculos—. ¡Rápido! ¡Provisiones! ¡Una mochila! ¡Sardinas! Muchas sardinas. ¡Puede que a mamá le gusten!

Se detuvo en seco.

—¡Mi armadura! ¿Dónde está mi armadura?

Su cola se erizó como un pincel eléctrico.

La puerta se abrió.

James y Amalia entraron con la cena.

—¡Hora de cenar! —dijo James.

Amalia dejó el guiso.

—Viruta… otra vez con la siesta—

Viruta giró como un resorte.

—¡No hay tiempo! ¡Mi mamá está perdida! ¡Tengo que irme!

Amalia parpadeó.

—¿Tu mamá?

—¡Necesito protección! ¡Mi armadura!

Los gemelos intercambiaron una mirada.

Esta vez, sin bromas.

Fueron al cofre.

La armadura aguardaba.

La colocaron pieza a pieza.

Cuando terminaron, Viruta se irguió.

Más firme.

Más decidido.

—Gracias.

Corrió hacia la ventana.

Saltó.

—¡Volveré!

Desapareció en la luz del atardecer.

Silencio.

James suspiró.

—Se ha ido sin cenar…

Amalia miró la ventana.

—Eso sí es preocupante.

CAPÍTULO 4. EL HILO QUE FALTA.

El Departamento de Destino era un caos organizado: un laberinto interminable de pasillos, plataformas y puentes suspendidos sobre hilos vibrantes que cruzaban el aire como ríos de luz. Miles de operarios corrían con carretes luminosos, mientras las Moiras trabajaban en el Gran Telar, un coloso de madera y metal donde millones de hilos se entrelazaban al mismo tiempo.

Wilhelm y Elvinn avanzaban con cuidado, esquivando asistentes que transportaban fardos de destinos recién hilados. Cada paso hacía resonar los tablones bajo sus pies. El zumbido de los hilos tensándose y el tac-tac del telar marcaban un ritmo hipnótico, atravesado por susurros de futuros posibles.

—Esto es peor que la oficina de Scrumbor en fin de mes —murmuró Elvinn, mientras un operario pasaba cargando un carrete del tamaño de un barril.

Wilhelm no respondió. Encendió un cigarrillo.

Cloto apareció a su espalda.

—Aquí no se fuma. ¿Quieres incendiar el destino de millones de personas?

Wilhelm lo apagó en su propia mano.

Elvinn chasqueó la lengua.

—Siempre tan simpática, Cloto.

La Moira lo ignoró y señaló un cesto sobre un pedestal de mármol, lleno de ovillos que vibraban con energía propia. Sin etiquetas. Sin orden. Vidas encapsuladas.

—De ahí —dijo—. Los hilos que no se mezclan con mortales.

Láquesis apareció a su lado.

—Divinidades. Entidades primordiales.

Wilhelm frunció el ceño. Elvinn silbó.

Desde una plataforma cercana, los Rectificadores observaban. Thalesius, su líder, ya estaba tenso.

—Esto es nuestra jurisdicción —gruñó uno.

—El destino incluye la muerte —respondió Wilhelm—. Y la muerte incluye papeleo.

Cloto alzó la mano.

—Basta. Es un esfuerzo interdepartamental. Recuperaremos el hilo robado.

Thalesius y Eupronia intercambiaron una mirada.

—Falta algo más —dijo ella—. Una aguja de las Moiras.

Silencio.

—Con eso —añadió— alguien puede descoser la realidad.

Un murmullo recorrió a los Rectificadores.

—No entró desde fuera —continuó—. Alguien lo dejó pasar.

Wilhelm anotó en su libreta.

—¿Qué ocurre si se corta el hilo de una divinidad?

El Gran Telar pareció contener la respiración.

Átropos respondió:

—No lo sabemos.

Pausa.

—Pero sería catastrófico.

Un hilo vibró con tensión anómala.

Cloto se acercó al cesto. Lo examinó con precisión quirúrgica.

Se detuvo.

—Falta uno.

Láquesis no dudó:

—Tiamat.

El silencio se volvió absoluto.

Incluso los Rectificadores dejaron de moverse.

Madre de los mares. Anterior al tiempo.

Un hilo que nadie debería tocar.

Elvinn parpadeó. Wilhelm cerró la libreta con un golpe seco.

—Será mejor que encontremos a Dúngalo Bill antes de que termine su obra.

—O antes de que el universo acabe siendo un jersey mal tejido —añadió Elvinn.

Los hilos vibraron.

Y uno de ellos… estaba en manos equivocadas.

Dúngalo Bill llevaba horas encerrado en su taller secreto, iluminado por velas de llama azul y lámparas de aceite que proyectaban sombras imposibles sobre las paredes.

El patrón estaba terminado.

El diseño definitivo.

La obra maestra que había perseguido durante años.

Ahora venía la parte delicada: los materiales.

Extendió sobre la mesa una colección de tesoros que cualquier rey habría matado por poseer.

Cada material tenía una historia.

Y un precio.

Bill los había pagado todos.

—Perfecto… —susurró, rozando las telas—. Todo encaja.

Tenía poco tiempo.

Las Moiras ya sabían.

Scrumbor estaría furioso.

Y los Rectificadores…

Sonrió.

Peores que los dioses.

Se puso a trabajar.

Preparó las telas base, cortó los patrones, ordenó cada pieza con precisión quirúrgica. Sus manos se movían sin vacilar.

Pero lo esencial estaba en el centro de la mesa.

El ovillo.

El hilo del destino.

Grueso. Vivo. Palpitante.

Cada hebra vibraba con un poder antiguo.

Bill lo observó en silencio.

—Ni una sola hebra… —murmuró.

Demasiado grueso para telas finas.

Demasiado poderoso para estructura.

Pero para bordado…

Perfecto.

Tomó la aguja robada de las Moiras.

La aguja que descose la realidad.

Su sonrisa se tensó.

—Con esto… haré historia.

Enhebró.

El hilo chisporroteó.

Se resistía.

—Shhh… —susurró—. Sé lo que hago.

Clavó la aguja.

Y en algún lugar—

Tiamat sintió el tirón.

Directo al pecho.

Como si alguien hubiera tocado su alma.

Bill no lo notó.

Sonrió.

—Vamos… —murmuró—. Muéstrame.

Y siguió cosiendo.