"El color de la venganza" Escena Piloto

El puente, cargado de cuerpos humeantes y quejidos moribundos, separaba a Vann de Galahar, quien acababa de arrancar de su jabalina el cuerpo inerte de un soldado de uniforme verde. Vann apretó con fuerza la empuñadura de su lanza.

Sobre ellos, la tormenta rugía con furia. Los truenos se fundían con el choque del metal en el campo de batalla. Una gota resbaló por su mejilla. Luego, una lluvia de flechas descendió sobre él.

Activó su Runabral. Un siseo.

Un escudo esférico de energía lo envolvió, desviando sin esfuerzo las flechas ardientes. Los discos giraron, aumentando su velocidad. En un destello, cruzó el puente como un rayo y lanzó un estoque infundido con la misma furia de la tormenta contra Galahar.

El impacto sacudió la estructura. La madera crujió. Rayos carmesí chisporrotearon con violencia.

Galahar detuvo el ataque, clavando su jabalina en el suelo. Su arma vibró. Su fuerza aumentó.

También poseía un Runabral.

— ¿Así saludas a tu tío, chico?

— ¡Pedazo de mierda!

Vann giró su lanza y atacó con la empuñadura, pero su tío bloqueó sin esfuerzo. Insistió con estoques rápidos, golpes desde arriba y abajo, una tormenta de ataques veloces, como el impacto de cien rayos al mismo tiempo. Y, sin embargo, Galahar permanecía impasible.

Finalmente logró acertar un roce en el brazo.

Pero su respiración se volvió errática. El agotamiento se acumulaba.

Retrocedió, jadeante.

El puente seguía resquebrajándose.

La lluvia caía con fuerza. Su cabello blanco cubriendo su rostro.

—Vaya —dijo Galahar, sacando la jabalina del suelo—. Supongo que te lo debo, muchacho.

— ¡Hoy tomaré tu vida! —rugió Vann, reincorporándose.

Galahar lanzó un ataque descendente. Vann bloqueó con la empuñadura de su lanza; el disco giró, su fuerza aumentó. Sin embargo, la diferencia seguía siendo abismal.

La presión rompió el puente, haciendo que cayeran al vacío.

Vann giró en el aire, su mente trabajando a toda velocidad. Su disco volvió a activarse. Con un movimiento preciso, lanzó su lanza hacia un soldado de uniforme rojo y usó la energía para impulsarse hacia ella, aterrizando en suelo firme, atravesando el pecho de su objetivo.

Galahar, en cambio, desató una onda de choque antes de tocar tierra. Los soldados enemigos volaron por los aires. Su cuerpo se endureció justo antes del impacto, abriendo un cráter en el suelo.

Vann esquivó el ataque de un soldado, recuperó su arma y, sin dudarlo, la arrojó hacia su tío, proyectándose tras ella.

Galahar atrapó el arma en el aire y, con un movimiento brutal, lo estrelló contra la pared.

El impacto le arrancó el aliento. Un ardor le quemó los pulmones. Se desplomó de rodillas.

A su alrededor, el caos reinaba.

Sus hombres luchaban. Morían.

La vista borrosa.

¿Valía la pena todo esto?

¿Realmente lo hacía?

La certeza que lo había guiado hasta aquí temblaba. Había soñado con este enfrentamiento, con este momento. Había ensayado cada golpe en su mente cientos de veces. Y ahora que estaba cara a cara con Galahar, la realidad se le clavaba en el pecho como una flecha.

Las dudas lo asaltaban mientras su tío avanzaba, decapitando y empalando sin esfuerzo a los soldados enemigos.

Vann bajó la cabeza.

Un sonido metálico.

Miró al suelo. Su lanza.

—Sigue —dijo Galahar, sacudiendo la sangre de su jabalina con un solo movimiento que cortó el aire—. Te ofreceré una muerte digna, a diferencia del cobarde de tu padre —añadió rascándose la barba entrecana.

El corazón de Vann dio un vuelco.

El cansancio, el miedo, la incertidumbre… todo desapareció.

Solo quedó un fuego abrasador.

Tomó la lanza y se puso de pie. Primero una pierna, luego la otra. Se apoyó en el arma y, finalmente, la empuñó con furia.

Galahar sonrió.

—Ja, ja, ja… me gusta esa mirada. Es una lástima que no estemos del mismo lado.

Vann no respondió.

Retrocedió lentamente, con cautela. Deslizó su mano izquierda por la pared de piedra y activó su Runabral.

Nada.

Frunció el ceño. Lo examinó. Estaba roto. Tal vez se había dañado en el impacto contra el muro. Los discos humeaban en su brazo.

Mierda.

No tenía otra opción. Debía seguir luchando.

Si se rendía ahora, la vida de sus hombres se perdería en vano. No podía abandonar la causa por la que había iniciado esta guerra.

Tenía que limpiar el honor de su padre.

Vengarlo.

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