El consultor (un fragmento). Hola a todos, estoy acabando primer manuscrito; adjunto una parte primer capitulo, es la primera vez; yo no soy capaz de darme opinión sincera. Decirme como lo veis; ritmo, narrativa sencillez, ganas de seguir, etc, gracias

1. El Consultor

Todo empezó un jueves.

El mensaje llegó a las 8:47, por el canal interno, sin asunto. Eso ya era raro. En la firma todo tenía asunto, código de expediente, nivel de prioridad y al menos cuatro personas en copia que no necesitaban estar en copia pero cuya ausencia habría ofendido a alguien. Este mensaje no tenía nada de eso. Decía: Preséntese en la planta de dirección a las diez. Proyecto especial. No lo comente con nadie.

El consultor lo leyó dos veces. Llevaba veinte años en la firma y en veinte años había aprendido que las palabras significaban cosas distintas de lo que decían. “Urgente” significaba que alguien se había olvidado de algo. “Estratégico” significaba caro. “Especial”, en cambio, no significaba nada, porque nadie la usaba nunca. En la firma no había proyectos especiales. Había proyectos con código y proyectos sin código todavía, que era la manera administrativa de decir que aún no existían.

Y luego estaba lo otro: no lo comente con nadie. En la firma no hacía falta pedir eso. Nadie comentaba nada con nadie, no por discreción, sino porque a nadie le interesaba lo de nadie. Pedir silencio era como pedir que el agua mojara. Que alguien lo hubiera escrito, negro sobre blanco, quería decir que el silencio, esta vez, importaba de verdad.

Comprobó que el bolígrafo escribía —lo comprobaba siempre; un consultor sin bolígrafo es un hombre disfrazado— y guardó la libreta en el bolsillo interior de la chaqueta.

Cuando terminó de leer el mensaje por tercera vez estaba aparcando en el nivel menos cuatro.

No porque le correspondiera ese nivel —le correspondía el tres— sino porque hacía un año le habían cambiado la plaza sin avisarle y desde entonces en el tres no encontraba sitio libre. Nadie le había explicado por qué. Era el tipo de decisión que en la firma ocurría sola, como el tiempo. Protestar habría requerido más energía de la que valía el aparcamiento, de modo que bajó un piso, encontró sitio, y al cabo de tres semanas ya no pensaba en ello.

Cualquiera que haya trabajado en una organización de tamaño mediano reconocerá ese mecanismo. No el del aparcamiento específicamente, sino el principio general: la adaptación silenciosa a cosas que nadie ha decidido del todo, que simplemente ocurren, y ante las cuales protestar costaría más de lo que vale la protesta. El aparcamiento. El horario de la reunión que siempre se mueve quince minutos sin explicación. La impresora del fondo que nunca funciona bien pero que nadie manda arreglar porque arreglarla exigiría reconocer que lleva meses sin funcionar bien. Las organizaciones están llenas de pequeñas rendiciones acumuladas que individualmente no significan nada y que en conjunto definen, sin que nadie lo haya decidido, cómo son las cosas allí.

El consultor llevaba veinte años acumulando las suyas. Ya no las contaba.

Pero un mensaje sin asunto, con la palabra “especial” y una petición de silencio por escrito, no era una rendición pequeña. Era otra cosa. Todavía no sabía cuál.


En el ascensor del parking había un cartel plastificado, descolorido hasta lo casi ilegible: ACCESO RESTRINGIDO A PERSONAL AUTORIZADO. Era un cartel en un parking donde cualquiera con tarjeta podía entrar. Había nacido como advertencia legítima décadas atrás y con el tiempo se había convertido en decoración. Nadie lo quitaba porque quitarlo habría obligado a explicar por qué estaba ahí, y explicar eso habría obligado a señalar a alguien, y señalar a alguien era la clase de conversación que las organizaciones llevan siglos aprendiendo a no tener.

En la empresa de un conocido suyo había un formulario de material de oficina que pedía, en el campo número cuatro, la firma del responsable que autorizaba el gasto. El responsable llevaba once años siendo la misma persona, que había muerto hacía tres. Nadie había actualizado el formulario. Cada vez que alguien necesitaba bolígrafos escribía el nombre del muerto en el campo número cuatro y el sistema lo procesaba sin problema. La organización funcionaba. El muerto autorizaba los bolígrafos. Todo el mundo lo sabía. Nadie lo decía.

El consultor no encontraba eso especialmente sorprendente. Lo encontraba familiar.

Subió.


La puerta principal siempre tardaba un poco más de lo necesario en abrirse. Dos segundos. Quizás tres. El tiempo suficiente para que la persona que empujaba notara que la puerta no respondía al instante, recalibrase la expectativa, y llegara al interior con la sensación leve pero precisa de que allí dentro las cosas funcionaban a su propio ritmo.

Existía incluso un informe —el consultor lo había leído completo en sus primeros meses, con la ingenuidad del que todavía cree que leer los documentos fundacionales le dará perspectiva— donde el director del área de comportamiento colectivo defendía que aquella microespera mejoraba la predisposición psicológica a aceptar jerarquías complejas.

Ochenta y siete páginas para justificar una puerta lenta.

Recordaba perfectamente el momento en que comprendió lo que aquel informe significaba en realidad. La firma no conservaba sus errores porque fueran útiles. Los conservaba porque admitir que habían sido errores obligaría a señalar a alguien importante. Y las organizaciones eternas prefieren eternizar el absurdo antes que incomodar una jerarquía antigua.

Hoy la puerta tardó lo de siempre. Al consultor, por primera vez en años, los dos segundos se le hicieron largos.


En el hall había cola.

No una cola incómoda. Una cola resignada. La diferencia era importante. Las colas incómodas generan tensión. Las resignadas generan empresa.

El consultor se puso al final. El hall era gigantesco y ligeramente ridículo, con techos altísimos y columnas de mármol que recordaban a un banco importante de principios del siglo anterior, o a una catedral que hubiera decidido dedicarse a otra cosa. En las paredes, pantallas corporativas emitían mensajes en rotación permanente. «La eternidad también necesita procesos.» «No hay milagro sin equipo.» «Transformar es trascender.» El consultor los había leído tantas veces que ya no los leía.

Detrás de él, dos personas hablaban en voz baja.

—¿Tú sabes algo de lo de arriba?

—Sé lo que sabe todo el mundo. Que llevan tres semanas reuniéndose por las tardes.

—¿Y eso qué es?

—Nada bueno. Cuando es bueno se reúnen por las mañanas y piden catering.

El consultor no se giró. Anotó mentalmente: tres semanas. Un problema de tres semanas, sin asunto, sin código de proyecto, con la palabra “especial” y una petición de silencio por escrito. Los ascensores y las colas eran el único sitio de la firma donde la gente decía la verdad.

Delante, un hombre discutía con el vigilante de control de acceso.

—Te digo que ayer estaba homologada.

—Pues hoy no aparece.

—Pero es la misma espada.

—Pues hoy no aparece en el sistema. Si es flamígera necesita homologación de Gestión de Riesgos, carnet de manipulador de herramienta con llama y permiso de trabajo en caliente. ¿Tienes los documentos?

—Llevo trescientos años con esta espada.

—Ya. Pero el sistema dice que no. Por favor, aparta mientras lo resuelves. Pase el siguiente.

Era un ángel. Esto se notaba en las alas, aunque las llevaba recogidas con la discreción de quien sabe que en una oficina las alas son un tema que nadie ha resuelto del todo. El resto del atuendo era traje oscuro y corbata. Uniforme no escrito, no discutido, no impuesto. Simplemente presente, como el frío del edificio o el cartel del parking: allí desde antes de que nadie recordara haberlo decidido.

El ángel de la espada se apartó a un lado con la expresión de quien sabe que va a pasar la mañana en este problema y ha decidido no perder la compostura porque ya le ha ocurrido antes. Probablemente muchas veces. Con trescientos años de espada encima, casi todo había ocurrido antes.

El consultor avanzó hacia los tornos. El vigilante levantó la vista al reconocerlo.

—¿Otra vez tú?

—De momento sí.

—Pensaba que seguías en Judea.

—Eso fue el año pasado.

—Pues se te ha quedado cara de seguir allí.

El consultor sonrió ligeramente. Judea había sido distinto. Eso era todo lo que sabía decir con precisión. No mejor ni peor. Distinto de una manera que tardó meses en poder nombrar y que tampoco supo nombrar del todo cuando por fin lo intentó. Había luz que no parecía artificial. Ruido que tenía cara. Gente que discutía sobre el precio de las aceitunas con más convicción de la que él había visto en ninguna reunión de dirección.

No supo si tener cara de seguir allí era bueno o malo. Siguió caminando.


Dentro hacía frío.

No el frío de la calle, que en aquella época del año era predecible y manejable. El frío del edificio era otro: constante, artificial, calibrado a una temperatura levemente inferior a la del bienestar humano. Lo suficientemente alerta para trabajar. Lo suficientemente incómoda para no relajarse demasiado. En su primer año había preguntado si podían subir un par de grados. Le explicaron que el sistema estaba centralizado, que la centralización dependía de Facilities, que Facilities coordinaba con el propietario del edificio, y que modificar los parámetros requería un anexo al contrato de mantenimiento con un plazo de tramitación de entre tres y seis meses.

Desde entonces llevaba una americana extra en el cajón. Llevaba diecinueve años llevándola. Ya no la veía.

Hay cosas que empiezan como soluciones provisionales y terminan siendo parte del paisaje. La americana en el cajón. El post-it con la contraseña pegado al monitor. La taza sin lavar que nadie reclama como propia pero que siempre está en el mismo sitio. Las organizaciones acumulan esas capas invisibles hasta que alguien nuevo llega y pregunta por qué, y entonces todos se miran porque hace tanto tiempo que nadie lo ha preguntado que tampoco nadie recuerda la respuesta.

La respuesta, casi siempre, es que un día fue necesario y luego dejó de serlo pero nadie firmó la baja.


Al pasar junto al área de litigios, camino de los ascensores de dirección, recordó lo que pasó durante el encargo de Moisés. Más concretamente, la noche de los primogénitos.

El problema no fue la ejecución en sí. El problema fue que durante aquella noche murió una generación entera de abuelos en varios barrios del sur por un error de identificación en puertas. Alguien había subcontratado el marcaje a un proveedor externo sin certificación para la escala requerida. El proveedor cobró como si la tuviera. No fue sabotaje. No fue negligencia dramática. Fue el tipo de error que ocurre cuando nadie ha validado bien al proveedor porque validarlo habría retrasado el calendario, y el calendario no podía retrasarse porque alguien había prometido una fecha y la fecha era la fecha.

Todavía recordaba aquella sala. Habían pasado tres semanas. Todavía había familias enterrando gente. Y aun así alguien abrió la reunión diciendo:

—Bien. Centrémonos en aprendizaje y mejora de proceso.

Nadie protestó. Incluido él.

Durante dos horas la gente habló de procesos. Al final fue un código QR mal configurado en el sistema del proveedor. Una línea. Una generación de abuelos. El consultor recordaba haber estado sentado al fondo con el bloc sobre las rodillas y el bolígrafo sin destaparlo. Pensó entonces que ninguna de las personas que hablaban parecía mala persona. Solo parecían demasiado acostumbradas a trabajar allí. Y sabía que al salir había escrito media página de notas sobre mejoras de proceso, porque para eso estaba y para eso le pagaban, y luego había ido a cenar solo a un sitio pequeño y había pedido lo primero que vio en la carta sin leerla.

Nunca lo había contado a nadie. No porque fuera un secreto. Sino porque no había forma de contarlo que no sonara a queja. Y en la firma quejarse no tenía mucho futuro.

Lo notó en aquel momento. Lo dejó pasar. Como siempre.


El ascensor de dirección era diferente al del parking. Más silencioso. Más lento. Con ese silencio específico de los ascensores donde la gente sabe que puede encontrarse con alguien importante y por eso ajusta la postura y el gesto antes de que las puertas se abran.

Dentro había tres personas. Ninguna hablaba. Un hombre de Finanzas miraba la pantalla de su teléfono con la concentración de quien no quiere que nadie le pregunte nada. Una mujer con carpetas apiladas hasta el mentón. Y un hombre mayor, de pie en el centro, con las manos en la espalda, que miraba la puerta cerrada como si al otro lado hubiera algo que mereciera atención.

El ascensor se detuvo bruscamente entre plantas. Nadie reaccionó.

—No me cuadran las trompetas devueltas de Jericó con las entregadas —dijo el de Finanzas sin levantar la vista del teléfono—. Hay una diferencia de dieciséis que nadie sabe explicar.

Nadie respondió. No era una pregunta. Era el tipo de comentario que la gente hace en voz alta cuando el problema lleva demasiado tiempo en su cabeza y necesita salir aunque no haya nadie dispuesto a recibirlo.

La mujer de las carpetas suspiró.

—Como vuelvan a mover Apocalipsis a cuarto trimestre me voy.

—Eso dijeron todos el año pasado.

—El año pasado no había integración con Castigos Masivos. Ahora cada vez que mueves una pieza se mueven todas. Ayer intenté mover una reunión de seguimiento de Plagas y me bloqueó tres hitos de Revelaciones. Tres.

El hombre mayor no dijo nada. Siguió mirando la puerta.

El consultor cerró los ojos un momento. El verdadero agotamiento no venía del trabajo. Venía de escuchar constantemente conversaciones que parecían absurdas pero que todo el mundo trataba como perfectamente razonables. Venía de haber llegado él también a ese punto. De no saber ya, con precisión, cuándo había cruzado esa línea. Si es que había habido una línea. O si simplemente una mañana se había levantado siendo otra clase de persona sin que nadie lo hubiera decidido, sin que él lo hubiera decidido, y desde entonces era esa persona y ya no recordaba bien cómo era la anterior.

El ascensor arrancó con un golpe seco. Nadie comentó nada.

Cuando llegaron a la planta de dirección casi todos salieron rápido, como si el silencio del pasillo obligara a caminar distinto. Allí arriba siempre hacía más frío. Lo justo para recordar que la gente importante no sudaba igual que el resto.


Las paredes de la planta de dirección estaban llenas de cuadros enormes.

El Diluvio. Egipto. Babilonia. La Torre. El Mar Rojo.

Siempre le había parecido curioso que en todos los cuadros apareciera épica y jamás reuniones. Nunca barro. Nunca tickets. Nunca gente agotada discutiendo presupuestos a las tres de la mañana. Solo el momento después de que las cosas salieran bien, pintado con colores que no existían en la realidad.

Se detuvo frente al cuadro del Mar Rojo.

Lo había visto cientos de veces. El agua perfectamente abierta bajo un cielo dramático. Dos paredes de mar azul oscuro a los lados, y en el centro un camino seco perdiéndose hacia el horizonte. Siempre había pasado de largo.

Hoy no supo por qué se paró. Quizás porque llevaba desde las 8:47 con una pregunta sin respuesta en el bolsillo, y las preguntas sin respuesta hacen que uno mire las cosas de otra manera.

Pensó en el expediente. No en el cuadro: en el expediente. El bastón con materiales defectuosos facturado a precio de bastón premium. Los primeros ensayos que produjeron nieve en vez de apertura de aguas. Las cuarenta y tres reuniones para decidir quién absorbía el sobrecoste de sandalias perdidas. El Mar Rojo había sido un desastre de coordinación que terminó bien por razones que ningún informe había conseguido explicar completamente. El informe final tenía doscientas páginas.

La palabra milagro no aparecía en ninguna de ellas.

Y pensó también en la gente cruzando. No en el equipo de gestión. No en los proveedores. En la gente. En lo que debió de sentir alguien anónimo, cualquier persona sin nombre en ningún acta, al ver abrirse el agua delante de ella. Al entender, aunque fuera solo un instante y aunque no tuviera palabras para ello, que algo en el mundo había cambiado. Que lo imposible tenía a veces una textura concreta. Que se podía pisar.

Eso no estaba en ningún acta. No había indicador para medirlo. Nadie había propuesto nunca incluirlo en el cuadro de mando.

No supo qué hacer con ese pensamiento. Lo que le sorprendió fue que lo tuviera. Hacía mucho tiempo que había dejado de tener esa clase de pensamientos. Los había tenido de joven, antes de la firma, cuando todavía miraba las cosas como si pudieran sorprenderle. Luego habían ido desapareciendo sin drama, como desaparecen las cosas que no se usan: sin ruido, sin fecha, sin que nadie firme la baja.

Lo dejó estar un segundo más. Luego siguió caminando.

—La épica siempre ocultaba muchísimo Excel —dijo en voz baja, sin dirigirse a nadie.

Un júnior que pasaba a su lado no respondió. Probablemente no entendió. Probablemente en diez años lo entendería demasiado bien.


La secretaria de dirección tecleaba con violencia y hablaba sola al mismo tiempo, que era la forma más eficiente de trabajar que el consultor había observado nunca en aquella planta.

—Si movemos Juicio Final al jueves no cabe el comité de plagas y si no cabe el comité de plagas Riesgos Proféticos va a escalar y si escala Riesgos Proféticos necesito que alguien de Legal esté en la llamada y Legal tiene el jueves bloqueado por la revisión de los Diez Mandamientos que llevan tres años en revisión porque nadie se pone de acuerdo en si el décimo aplica a propiedades intangibles…

La mesa era un territorio ocupado: pergaminos, carpetas, tabletas, tres vasos de café en distintos estados de abandono. El consultor siempre pensaba que las secretarias de dirección eran las únicas personas de la empresa que entendían de verdad cómo funcionaba todo. Y precisamente por eso tenían aquella cara: el conocimiento completo del sistema y ninguna autoridad para cambiarlo.

La mujer levantó la vista al verlo llegar.

—Ya están dentro. Llevan un rato.

—¿Quiénes son “están”?

Ella no contestó a eso. En aquella planta las preguntas funcionaban como los milagros: no había procedimiento. Pero mientras él se estiraba la chaqueta, añadió algo que no venía en ningún manual, en un tono que no era de esa planta:

—Suerte. Dicen que ha nacido usted para esto.

El consultor pensó que nadie nace para nada. Que en la firma la gente no nacía para las cosas: era asignada a ellas, que es distinto, porque de lo que uno nace no puede pedir el traslado.

No lo dijo. Sacó la libreta, la abrió por una página en blanco y escribió, arriba del todo, la fecha. Nada más. Veinte años le habían enseñado que la página en blanco con fecha es la más honesta de todas las herramientas de su oficio. Dice: estoy aquí, no sé nada, estoy dispuesto a que me lo cuenten.

Al fondo del pasillo, el ruido de voces era ya perfectamente audible al otro lado de la puerta. Dentro alguien golpeó la mesa. Una voz respondió elevando el tono. Después todo quedó en silencio.

El consultor respiró lentamente.

Entonces abrió la puerta.