El don de la palabra

He conocido a algunas personas tan bellas por dentro que, si hubieran podido, sabido o querido escribir, habrían escrito un libro precioso. Fuera de conceptos mercantiles y sin pensar en “no sé cuántos mil ejemplares vendidos”; tampoco pretendiendo alcanzar “la mejor historia jamás contada” sino sólo por su forma de ser, por hablar a través de su manera de ver el mundo. Personas capaces de conmover sin buscarlo. Personas que llegan a uno avanzando desde un motor desconocido que está más allá de sólo querer entretener. No son los asesinos del tiempo ni los maestros de la evasión, pero terminarían siéndolo.

Pienso que ojalá yo tuviera palabras para esas personas ahora, si tan sólo fuera por hacerles justicia. Muchas de ellas murieron sin más y sin dejar rastro, tal y como su corazón dictaba. El ojo del observador podría ver, en su ausencia, la triste radiografía del mundo.

Pienso también que la justicia y la magia no se llevan bien. La justicia en este caso es sólo un sesgo y, por otro lado, las palabras serían siempre insuficientes para la magia en las personas.

Pero la palabra, a diferencia de los recuerdos, de las posesiones e incluso de los hechos reales, es un Santo Grial incómodo. La palabra de los que no descansan en paz tampoco descansa nunca. No la mata ni la muerte; tal vez por eso se habla de “el don de la palabra”.

Quizá no sólo es importante aquello que contamos en cada testimonio. Es cierto que cada juicio es en realidad una confesión. Por si acaso, no dejes de escribir.

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