El dueño amaestrado. 1. La adopción

Estoy empezando a escribir mi primera novela. Tengo 2 capítulos hechos ya, voy a poner el primero a ver qué feedback recibo:

1. La adopción

Era la fría mañana del lunes 15 de enero de 2035, Jacinto Borrego iba muy contento hacia la tienda de mascotas de su ciudad, Valdeperros. Esta ciudad es la heredera natural de un antiguo pueblecito del sur de Madrid, de cuyo nombre no quiero acordarme. El cambio de nombre se produjo por un aumento exponencial de los perros en los últimos veinte años.

Jacinto llevaba mucho tiempo, tal vez meses o años, soñando que llegaría este día. Y al fin llegó.

Entró Jacinto en la tienda, una tienda muy grande e imponente llamada “Animales Felices”. Al lado de los accesorios, en el mostrador, se hallaba Judas Lupus, un señor de unos 50 años aproximadamente, pelo blanco, altura mediana, barba un tanto desaliñada y mirada fría e inquietante. Jacinto se puso frente al Sr. Lupus.

  • ¿Nombre? – preguntó el ya mencionado dependiente.

  • Jacinto Borrego.

  • Supongo que viene para la adopción de su perro.

  • Eso es, tenía cita para comprar un perro ahora.

  • Adoptar. Los perros no se compran, en esta tienda estamos muy comprometidos con los derechos de los animales, y ese tipo de comentarios son perrofóbicos.

  • Disculpe – dijo Jacinto con ciertas dudas de que lo hubiera hecho mal. – Pues eso, hoy iba a adoptar un perro de los que tienen ustedes.

  • Con mucho gusto, sígame.

Tras decir eso, el Sr. Lupus comenzó a andar y a avanzar hacia la sección donde estaban los perros. Jacinto, como es lógico, lo siguió. Después de atravesar el pasillo del pienso y la estantería de los juguetes para perros, llegaron al fin al deseado estante.

  • ¿Cuál perro desea adoptar? – preguntó Judas

Tras una larga pausa, y después de examinar las veinticinco razas que había disponibles, al fin respondió:

  • Elijo ese de la esquina superior derecha.

  • ¿El pastor alemán?

  • Sí, ese.

  • Perfecto, ahora mismo se lo saco.

El perro que Jacinto había escogido era un pastor alemán grande, que le llegaba aproximadamente a la altura del ombligo, todo él marrón y con una pequeña mancha negra en su lomo izquierdo. Era el perro perfecto.

Después de pagar y firmar sin mucho detenimiento todos los papeles relativos a la adopción, Jacinto se giró hacia la sección de accesorios donde cogió una correa y un bozal de la medida del perro. Antes de pagarlo, volvió además a la sección en la que previamente había visto juguetes para perros, en donde cogió también un hueso y una pelota. Cuando iba a volver al mostrador, vio que había otro más cerca del lugar donde se hallaba, así que pagó allí. Le atendió Fabián Buharro, un hombre muy corriente y sin nada que destacar, quien le cobró con gusto los productos, sin decir apenas palabras.

Como había una puerta trasera al lado del mostrador, Jacinto salió por allí para acortar, sin despedirse siquiera del Sr. Lupus.

En cuanto salió, ató con la correa al perro y le puso el bozal. A partir de ese momento comenzó su camino a casa. Sin embargo, se dio cuenta de que no había puesto nombre al perro. De este modo, se paró al instante a pensar, mientras el dicho perro orinaba sobre una caja de frutas que había enfrente de un establecimiento. Entonces, se dio cuenta de que en la bolsa transparente de plástico que le había dado el Sr. Buharro había también un papelito doblado, en el que ponía lo siguiente:

“No es usted el que ha elegido al perro, sino el perro el que lo ha elegido a usted. Usted no tiene derecho a ponerle un nombre al perro, sino que el perro deberá elegir su nombre, y en Animales Felices lo interpretaremos. Asimismo, usted ya no llevará más su nombre de pila, sino que este será sustituido por el que elija el perro e interpretemos en Animales Felices”.

Apenas terminó de leer esto cuando empezó a oír unos gritos:

  • ¡Señor, tenga cuidado de dónde mea su perro! Me acaba usted de fastidiar las ventas de hoy – expresó el frutero con cierto enfado.

  • Disculpe, ahora mismo lo limpio. Esto no volverá a pasar, tendré más controlado en dónde orina mi perro.

  • No, no puede usted hacer eso – se oyó una tercera voz, que resultó ser la de su vecino Justiniano Canino. – Estamos ya en una sociedad suficientemente avanzada como para saber que no le puede prohibir a un perro hacer sus necesidades, va en contra de su libertad. Me apuesto lo que quieras a que el perro se ha meado encima de las frutas de Paco porque no tiene un váter propio en casa. Pero es que ya se ve que usted es un liberticida, desde el momento en que le pone esas cadenas y mordazas a su perro. Como lo vuelva a ver así lo denunciaré.

Tras estas palabras, Jacinto se dispuso a limpiar con esmero el cajón de frutas que su perro había estropeado, y le pagó al frutero Paco una cantidad razonable en compensación. Una vez limpio, se marchó y continuó su camino a casa, ignorando la reprimenda que se había llevado por parte de aquel vecino.

Después de hacer veinte minutos de paseo, llegaron a la casa. ¡Qué feliz estaba Jacinto de estar en casa con su perro! Le había preparado además un espacio medianamente grande en el jardín para que pudiera jugar, y una caseta de nueve metros cuadrados para dormir y resguardarse de la lluvia. En la caseta había colocado un cuenco para los excrementos, otro cuenco con comida y un dispensador de agua.

Ya en el jardín, Jacinto quitó el bozal al perro y lo soltó por allí. La idea era tener al perro fuera, salvo a la hora del paseo. De vez en cuando, Jacinto saldría a cambiar los cuencos, a ver el estado del perro, y por supuesto a pasar tiempo con él. ¡Qué bien lo iban a pasar juntos! Y además, Jacinto lo tenía todo bajo control… o al menos eso era lo que él pensaba.

Muy interesante.
Le quita a uno las ganas de adoptar un perro ya en el primer capítulo, pero también, y eso es lo esencial, hace que se desee saber que va a pasar con el pobre dueño. Respecto al perro parece que es seguro que va a pasar a mejor vida (no que se muera, claro).
Animo.
Sigue así.
M.A.G.O.

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