El Molinillo de Café

*Antes que nada, me presento. Soy Olmos, así me llaman mis colegas. Subo esta historia por tenerla en algún lado y porque me apetecía compartirla. Aunque es un relato bastante personal -como todo lo que escribo, puesto que uso la escritura como válvula de escape cuando me abruma algo-, requiere aún unas vueltas de pulido, que no le doy por ser un vago. Si aún así decides leerla, te lo agradezco de antemano.
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“Vivo enganchada al café. Estoy obligada a tomarlo para funcionar. Es una droga chunga: te quita todas las energías para después ofrecerse como la única opción a recuperarlas. Pero es una trampa, como una trampa de dedos de esas, ¿cómo se llaman?”
Le dediqué una mirada vacía a Irati mientras ella le daba un sorbo a su tercera taza de la velada. Irati tomaba el café siempre solo, sin azúcar ni ningún otro añadido. Pedía una taza tras otra y se las acababa mientras aún estaban tan calientes que era imposible notar su sabor.
“Una trampa para dedos china.”
Irati acostumbraba a hacer comentarios de ese estilo, comentarios que en ocasiones no dejaban mucho margen a réplica.

Antes, esa cafetería había sido mi refugio, un lugar al que acudir para encerrarme con mis pensamientos, pero ahora esa mujer lo ocupaba siempre con sus preguntas insidiosas y sus aires de misterio. Jamás terminé de entender por qué insistía tanto en sentarse conmigo.
El Molinillo de Café era un pequeño establecimiento que se encontraba en el bulevar de un conocido barrio de Madrid, a unos cinco minutos andando de mi piso, aunque cuando yo lo conocí aún no me había mudado al centro.
Me llevó un amigo que conocía de nombre al barista, y con el que llevo sin hablar más de dos años y jamás vi pasar de nuevo por allí, ni siquiera después de mudarme.
Durante los primeros meses que estuve en Madrid tampoco le presté mucha atención a aquel local, de estética que hace unos años habríamos calificado como hipster, con plantas colgando del techo y de las paredes, vajilla de cerámica tradicional japonesa o tal vez tailandesa y nombres de tés y cafés exóticos.
Una cosa que a mí me agradaba del local era la presencia de molinillos de viento, que formaban parte de la estética haciendo juego de palabras con el nombre entre un molino de café y uno de viento como los que le gustaban a mi ya difunto abuelo.

La verdad es que el motivo por el que empecé a frecuentar El Molinillo de Café es un poco estúpido: resulta que leí una historia en algún lado sobre una cafetería que sólo abría de noche. La historia se contaba desde el punto de vista del barista, y tenía como personajes a gente extravagante y variada. ¿Qué clase de persona iría a un café que sólo abre de 22:00 a 6:00? Tal vez un detective con turno de noche, una escritora con insomnio o un vampiro que se ha acostumbrado a tomar café en vez de sangre.
La verdad es que me convencí gracias a esa historia de que los cafés son lugares llenos de historias por contar y personajes interesantes, y aunque creo que mis imaginaciones estaban muy por encima de la anodina realidad, de un modo u otro acabé frecuentando el Molinillo de Café, ya que se me hacía un sitio algo extravagante.

Como digo, el sitio tenía todo tipo de cafés, algunos con nombres extraños de famosos que no conocía o nombres asiáticos, así que, sin nada mejor que hacer, consagré mis tardes a probar los diferentes tipos de café que servían, uno cada tarde. Fue en esa época en la que conocí a Irati.
Irati era una mujer de tamaño medio, con el pelo negro de flequillo flagrantemente vasco. Tenía un aire vivaz e inquieto, aunque en sus ojos no pocas veces se hacía difícil saber leer su expresión.
El día que la conocí, ella estaba sola en una mesa aledaña, y por obra de alguna musa decidió girarse en su silla hacia mí.
“Admiro mucho lo que haces.”
Eso fue lo que me dijo. El comentario me pilló de sorpresa y no supe qué responder más allá de un confuso “¿perdona?”.
“Admiro mucho lo que haces” repitió “probando todos los cafés que sirven en un sitio como este. Chapeau.”
Apenas entendí a qué se refería y ella aprovechó la iniciativa que le daba mi expresión de perplejidad para seguir hablando:
“Deberíamos intercambiar nuestros números, para charlar algún día. Las aficionadas al café debemos apoyarnos entre nosotras.”
Yo le respondí que no era ninguna experta en la materia, pero ella me cortó de nuevo:
“Has elegido bien el local. En otros sitios me miran raro cuando pido café negro, pero Rodrigo es un barista de los buenos, de los de verdad. Él me miró y asintió sin decir nada cuando le pedí un café solo y devolví el azúcar.”
Rodrigo, así que ese era el nombre del barista. Al parecer se había ganado una cliente incondicional en Irati con un simple gesto de la cabeza.
“Me llamo Irati” dijo mientras me tendía una servilleta con un número escrito “¿y tú eres?”
“Ana” respondí.
“Ana. Pareces alguien interesante. Llámame si algún día te aburres.”
Por supuesto, yo me aburría todos los días de mi vida, pero nunca la llamé.

No pasó mucho hasta que volví a coincidir con Irati en el Molinillo de Café. La siguiente vez que nos vimos, ella se sentó conmigo según llegó, sin preguntar si me parecía bien, y de algún modo acabé dándole mi número de móvil, que ella usaría repetidamente para hablar conmigo los días que por el motivo que fuera yo no bajaba a la cafetería. No sé por qué se ofuscaba tanto en que fuese, porque a decir verdad a mí nunca me pareció que nuestras tardes allí fueran la gran cosa.

Estaban esas tardes llenas de silencios incómodos. Yo no comprendía cómo podía Irati pasar tanto tiempo a solas con alguien sin sentirse frustrada. Cada vez que había un silencio, yo trataba, desesperada, de llenarlo, aunque fuera con cualquier tema de conversación banal. Irati, sin embargo, simplemente se sentaba ahí, con su taza ardiendo entre las manos, contemplativa.
Su ánimo variaba mucho de un día para otro. A veces no paraba de hablar en toda la tarde de lo que fuera, a menudo dilemas y asuntos que yo pensaba que eran tonterías, del estilo de “¿cómo podemos saber que el tiempo no ha retrocedido? nadie sabe cómo funciona el tiempo”; o bien “me han encargado que pinte un mural para un hospital, pero no sé si el cielo debería ser azul cobalto o azul de Persia”.
Otros días, sin embargo, apenas decía palabra. Esos eran los días más duros para mí, porque sentía que era a mí a quien correspondía llevar el peso fuerte de la conversación. Y no comprendía cómo es que aquella misteriosa mujer insistía en pasar las tardes conmigo, siendo yo alguien a quien no le interesaban el tiempo, ni los tonos de azul, ni las teorías de la conspiración.

Hubo una tarde que Irati entró en el Molinillo de Café y, sin mediar palabra, se sentó enfrente de mí y empezó a hacer un crucigrama. Yo, tras un largo rato tratando de entablar conversación y recibiendo sólo monosílabos, acabé por preguntarle:
“Oye, pero ¿tú no te sientes incómoda con el silencio?”
El tema debió de interesarle algo, pues levantó la vista del crucigrama y se molestó en formular una respuesta de más de una palabra:
“No, el silencio no me incomoda. ¿Por qué?”
No sé por qué me sentí tan irritada. Supongo que fue la decepción de saber que llevaba varios meses tratando de llenar silencios que no merecían el esfuerzo. De algún modo, repliqué:
“No sé, a veces siento que tengo que llenar el silencio con conversación” y añadí, ante un nuevo silencio “¿a ti no te pasa?”
Irati se encogió de hombros.
“Esa necesidad de llenar el silencio es una cosa muy occidental. En Japón, es normal estar callado y a nadie le incomoda. A veces no hay nada que decir, o necesitas tiempo para organizar tus ideas antes de hablar.” Y se me debió de escapar una mueca porque añadió “A veces no sé qué responderte. Pero no me incomoda el silencio.”
A mí eso me irritó más. ¿Acaso no era capaz de ver que estaba saldando una deuda? Debería poner algo de su parte. Yo no comprendía por qué Irati insistía en pasar las tardes en aquel café, no entendía por qué insistía en que fuera a la próxima cuando me ausentaba o qué sacaba de todo aquello.
“Entonces, ¿por qué insistes en pasar tiempo conmigo?” Pregunté.
Irati volvió a levantar la cabeza de su crucigrama formulando un “¿qué?” al que respondí:
“¿Por qué decidiste hablarme en primer lugar? No entiendo qué viste en mí.”
“Tía, ya te lo he dicho. Me pareciste maja, sin más.”
“Pues no me sirve” repliqué “no es justo que yo esté pagando la deuda si no hay un motivo para que nos veamos.”
“De verdad que a veces no entiendo lo que dices.”
Esa respuesta me aplacó un poco, pero decidí entonces que, cualquiera que fuera el motivo por el que estaba decidida a pasar su tiempo conmigo, ese era asunto suyo, y desde ese momento me negué a volver a intentar llenar un silencio con comentarios insulsos.

Desde aquella tarde noté un cambio en la jerarquía de nuestras conversaciones. Ahora era Irati la que, en vano, se chocaba contra un muro en esas tardes cuando yo no estaba receptiva. Yo sentía su frustración y tengo que reconocer que me provocaba una suerte de gusto malsano el verla ahora a ella esforzarse por aligerar el ambiente.
A partir de entonces las tardes también se llenaron de largas miradas silenciosas en las que nadie decía nada. Ninguna de las dos decía nada ni tenía la intención de hacerlo, pero existía una especie de tensión que yo no sabría describir ni romper.

La última conversación que tuve con Irati fue más discusión que conversación. Comenzó como una charla desenfadada sobre los tipos de café, y yo le pregunté a Irati por qué siempre tomaba café solo.
“Naturalmente, uno nunca se cansa de ver el amanecer todos los días” respondió con aire autocomplaciente.
“Pues yo no entiendo cómo no te cansa tomar siempre lo mismo” le respondí yo.
“Tú tomas el café como si fueran chuches. Para ti el café no es nada serio; para mí, sin embargo, es un estilo de vida” y dio un largo sorbo.
“Si le echaras empeño” dije yo tras un silencio momentáneo “lo podrías dejar.”
“Ojalá fuera tan fácil. Además, no estoy dispuesta a dejar nuestras charlas cafeteras.”
“Hablo en serio” respondí “Me preocupa tu salud.”
Irati hizo un gesto con la mano para quitarle importancia, pero parecía molesta.
“Es una cuestión de apego. El café es lo que me ayuda a no dormirme. En realidad la cafeína me necesita igual que yo a ella. No lo entenderías, no sabes nada de lealtad.”
Yo arqueé una ceja sorprendida por el ataque repentino y me defendí:
“¿A qué ha venido eso?”
Irati señaló con aire soberbio mi taza de café.
“Tomas cada día un café diferente, con azúcar y con añadidos varios. Mira, me parece genial que vayas probando cosas nuevas, pero a mí déjame en paz.”
Yo bufé y traté de usar un tono desenfadado para rebajar la tensión que sin yo quererlo se había creado.
“Pero cuando nos conocimos dijiste que te gustaba mucho que hiciera eso.”
Ella sólo se encogió de hombros y musitó “ya, bueno…”
Entonces hubo un momento de silencio, uno que de nuevo sentí que debía llenar. Por algún motivo la cabeza me iba a mil, pero fui incapaz de encontrar nada que decir. Simplemente nos quedamos allí las dos, dando un último sorbo a nuestros cafés, yo soplando a la taza y ella sin soplar. Después dejó su café en la mesa y se levantó con aire molesto diciendo:
“Se me hace tarde, creo que debería de irme yendo ya.”
“Entonces, ¿nos vemos mañana como siempre?” me atreví a preguntar yo.
“Iremos viendo; viene mi hermano de Zarauz y no sé si estaré liada.”

Esa fue la última vez que coincidí con Irati en el Molinillo de Café.

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