El Último Expediente — Capítulo 1: La llamada…
Bautista siempre creyó que nada podía sorprenderlo. A los veinte años ya era uno de los detectives más jóvenes de la ciudad, un chico metódico, brillante, obsesivo. Pero nada de eso lo preparó para la llamada que recibió aquella tarde. Vivía en Argentina, en Buenos Aires, en una casa sorprendentemente grande y costosa para alguien de su edad. Tenía una esposa, Isabella, con quien llevaba años de relación antes de casarse. Su vida parecía encaminada, estable, casi perfecta.
Hasta que recibió una llamada.
Una llamada que no sabía que se convertiría en el último expediente que revisaría.
El número en la pantalla era el de su tío. La voz al otro lado, en cambio, era la de un médico.
Isabella había muerto.
Un disparo. Una bala en la cabeza. Un caso cerrado como “robo fallido”.
El mundo se volvió un ruido blanco.
Bautista pidió licencia por duelo. Sus superiores aceptaron sin dudarlo. Creyeron que necesitaba tiempo para llorar. No sabían que él estaba a punto de romper la primera ley del detective: no mezclar lo personal con lo profesional.
Él no iba a llorar. Él iba a investigar.
La escena del crimen
La policía ya había retirado casi todo cuando Bautista llegó, pero no lo suficiente como para engañarlo. Su mente trabajaba sola, fría, precisa.
El casquillo en el suelo era grande, pesado. Una .357 Magnum. Un arma que no cualquiera usa. Un arma que no cualquiera puede manejar.
Se agachó, midió la trayectoria con la mirada, imaginó la postura del tirador. Dibujó la escena en su cuaderno: la posición de Isabella, la dirección del disparo, la altura estimada del asesino.
El cálculo era claro:
- El tirador medía entre 1.80 y 1.90.
- Tenía postura entrenada.
- Disparó a corta distancia.
- No temía que Isabella lo reconociera.
Ese último punto le heló la sangre.
El primer vendedor
El primer armero revisó sus registros.
—En los últimos diez días solo vendí una Desert Eagle .357 —dijo—. El comprador era alto. Seguro de sí mismo. Sabía exactamente lo que quería.
Bautista le mostró su dibujo. El hombre lo observó unos segundos.
—Coincide —admitió.
Era la primera pieza del rompecabezas.
El segundo vendedor
El segundo armero negó haber vendido nada. Demasiado rápido. Demasiado nervioso.
Pasó una página de su registro con demasiada prisa, como si quisiera ocultarla.
—No vendí ninguna —repitió.
Bautista salió del local con una certeza incómoda: alguien estaba mintiendo. Y no sabía si era por miedo… o por lealtad.
El tercer vendedor
El tercer armero no había vendido nada, pero sí había recibido una visita.
—Un joven —dijo—. Alto, delgado. Vino a preguntarme quién había comprado una Desert Eagle recientemente. Parecía asustado.
La descripción coincidía demasiado con alguien que Bautista conocía.
—Cuando se fue, dejó caer esto —agregó el vendedor.
Era un papel arrugado con un número escrito. Un número que Bautista reconoció al instante.
El número antiguo de Isabella. El que usaba cuando tenía 15 años.
Matías
Bautista visitó a su familia. Matías, su primo de 23 años, lo recibió con una sonrisa tensa.
—¿La policía encontró algo raro? —preguntó, intentando sonar casual.
—¿Por qué lo decís?
—No sé… si fue un robo, capaz el tipo dejó algo tirado.
Bautista lo miró fijo.
Él nunca le había dicho a Matías que la policía había cerrado el caso como un robo.
Matías tragó saliva y cambió de tema. Demasiado rápido. Demasiado nervioso.
Era su primer error. Y no sería el último.
La carta escondida
Esa noche, Bautista volvió a la casa que había compartido con Isabella. Revisó cajones, cajas, estantes… hasta que encontró un compartimento oculto bajo una tabla floja del armario.
Dentro había una caja pequeña. Y dentro de la caja, una carta doblada muchas veces.
La letra era de Isabella. De cuando tenía 15 años.
La leyó.
“Matías… yo te quiero mucho, pero no así. Sos importante para mí, pero no puedo darte lo que sentís por mí. No quiero lastimarte. No quiero que esto arruine la familia.”
Bautista sintió un nudo en la garganta.
Isabella había rechazado a Matías. Él tenía 18 en ese entonces. Ella, 15.
Un enamoramiento adolescente. Un amor no correspondido. Un secreto que Isabella nunca mencionó.
Al final de la carta, una frase subrayada:
“Prometeme que no vas a hacer nada raro.”
Bautista cerró los ojos.
Matías había estado enamorado de Isabella. Nunca lo superó. Y ahora estaba nervioso. Mintiendo. Buscando quién compró una Desert Eagle. Revisando el pasado de Isabella.
La carta no lo convertía en culpable. Pero lo convertía en alguien con un motivo.
Y en ese momento, Bautista entendió que el caso no empezaba con la muerte de Isabella. Empezaba años atrás.
Y que este no sería un expediente más. Sería el último.
