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buenass!! hace un tiempo escribí este microrrelato y necesito criticas, o análisis. ojalá les guste jjj❤️

semillas de la nostalgia

la sal del suelo escama los labios, resquebraja el alma con un dejo metalico, sabor a sangre y buitres.
la tierra se agrieta, pide auxilio y espera un rescate para poder abandonar su propia frontera de crueldad.
un caminante, firme como el sol que quema su espalda, riega un sendero con su sudor. las semillas bajo la arena crecen a causa de la odiosa voluntad del hombre, floreciendo dos hermosas hojas; vivas y verdes contrastan con el clima fatal. socorren a aquel que está sediento: lo refugian.
poco se imagina el desierto que en unos momentos, este hombre cortará las hojas y se embriagará con una espesa savia que lo inmortalizará.
el hombre huye: nunca había tenido intención de permanecer. un lugar como aquel estaba construido para ser dejado.
dentro de unos meses, perderá un zapato cuya suela aun tiene el polvillo colorado de la arena, aquel que dejó una cicatriz abrasadora. ni siquiera lo buscará.
sí, es verdad, abusó de su hospitalidad, pero el desierto habla en el murmullo de la ventisca: comprende y perdona. jamás olvida.

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Hola. Interesante tu escrito. Lo cierto es que el comienzo, y mucho más también, más parece poesía que relato, pero no tanto un relato propiamente dicho porque no me sitúa, como lector, en ningún lugar salvo por la tardía mención de un desierto. Usas bien la percepción sensoria, pero deberías priorizar el situar al lector en el lugar/escena que narras. Podría decir que no olvides la ortografía. Creo que la emoción te ganó y lo olvidaste. Algo subsanable.
Como dije: muy interesante tu escrito que se asemeja a poesía. Puede ser el inicio de algo nuevo. Tal vez.
Saludos.

me gusta el estilo. creo que es prosa de estilo majestuoso, que convierte a cada párrafo del relato en una poesia que sigue un camino para recorrer una trama…, cual es la trama de tu obra?

yo estoy escribiendo una obra que tiene un estilo sobre cargado… te paso el prologo; P R E F A C I O

Hay lugares donde el tiempo no transcurre: se deposita. Se acumula como un sedimento de culpas no resueltas. Junto a un sendero que serpentea a la vera del Canal del Beagle, entre lengas de troncos retorcidos, sobrevive una choza cónica cuyos palos se sostienen unos a otros por mera insistencia. Sobre la turba húmeda, un mo­saico de conchas pálidas tapiza la entrada; en el interior, apenas una lata de tabaco inglés devorada por el óxido y una botella de gres vacía. Más abajo, donde una senda ancestral desciende hacia la playa de guijarros, yace la anán semienterrada, junto a un fragmento de remo carcomido y los huesos blan­quecinos de un esqueleto marino. No hay ruido ni movimiento. Solo el murmullo entre los árboles de lo que alguna vez fue un hogar yagán y hoy es un vestigio que el bosque insiste en resguardar.

Ante esa soledad, ante la canoa abandonada, resulta inevitable pre­gun­tarse adónde están, quienes fueron. Qué fuerza —qué conjuro silen­cioso— pudo arrancar a un pueblo de su propia orilla y disolverlo en la neblina de la historia. No fue una tragedia súbita ni un cataclismo natural, como el Danubio desbordado o el Vesubio sepultando Pompeya. Lo ocu­rrido en estas costas fue más lento y más preciso: una extinción administrada, ejecutada con la parsimonia de la burocracia y la frialdad de una catequesis que confundió la salvación con el despojo.

Este libro narra esa desventura: la de los canoeros fueguinos, atrapa­dos entre dos mundos que nunca llegaron a tocarse del todo. No busca res­tituir una totalidad perdida ni hablar en nombre de quienes ya no pueden hacerlo. Aspira, en cambio, a rescatar del silencio las huellas dispersas de los yaganes: fragmentos, documentos, gestos mínimos que el borramiento no logró cubrir. Esos restos —como la choza, como la anán, como la lata oxi­dada— no explican por sí solos lo ocurrido, pero resisten. Persisten.

Este es el lienzo sobre el que nuestro protagonista Aurelio Zavala, despliega su indagación en el siglo XIX. No como cronista ni como testigo di­recto, sino como un investigador obstinado, atento a los indicios que otros pasaron por alto. El misterio de Wulaia, el destino de Jemmy Button y el eco de los últimos habitantes de los canales fueguinos se entrelazan en una trama donde confluyen fuerzas que exceden largamente la escala humana: la usur­pación de Malvinas, el control de los espacios marítimos del sur, la lógica de un imperio naval que, para entonces, gobernaba un tercio del planeta, y la expansión de las misiones británicas.

En ese escenario vasto y asimétrico, los yaganes —acorralados por la peste, el hambre y la intromisión constante— lucharon por algo elemental: conservar su lengua, sostener una forma de habitar el agua y preservar una memoria milenaria que los invasores se empeñaron en sustituir. Su tragedia no se consumó en un solo acto, sino que fue erosionada día tras día, hasta que incluso el relato de su desaparición quedó en manos ajenas.

Al final, solo queda la canoa. No como símbolo romántico, sino como evidencia material de una ausencia. Abandonada en la playa, ya no sirve para navegar ni para huir. Es apenas un casco vencido por la intemperie, detenido entre la tierra y el agua. Pero en esa inmovilidad persiste una pregunta que el tiempo no ha logrado borrar: qué manos falsearon su destino y quién decidió que ese abandono podía confundirse con el orden natural de las cosas.

Este libro comienza ahí, frente a esa canoa inmóvil. No como quien con­templa un resto del pasado, sino como quien descifra una herida abierta en la costa. Porque lo que nos han enseñado a ver como un destino inevitable es, en realidad, la prueba material de un silencio impuesto.

¿Qué te puedo decir?

Es tan refrescante encontrar algo plasmado de humanidad en este mundo tan virtual. Me gustó mucho. Tu relato es original y cautivador. Sigue escribiendo.

C A P Í T U L O II

Los cuadernos de Eulogio

El cuaderno de Eulogio

Lo primero que extraje de la caja fue un cuaderno de tapas ajadas. La letra de Eulogio —firme, ligeramente inclinada— presentaba un título dis­creto: “Nave­gantes del Canal”.

Lo sostuve un momento, midiendo en la palma la densa materiali­dad de su obsesión. Abrirlo no era leer; era penetrar la intimidad póstuma de su pen­samiento, desenterrar el mecanismo de una conciencia que había deci­dido cavar en la oscuridad hasta dar con la raíz fermentada de la historia. Y, sin em­bargo, no podía detenerme. La caja me había convo­cado. El cuaderno, ahora, me exigía.

Bastó hojearlo para comprender que en él había depositado sus pen­sa­mientos más apremiantes. Eulogio desplegaba su convicción: escribía que el alimento de los pueblos costeros había comenzado a esca­sear desde el instante en que los primeros barcos occidentales aprendieron a descifrar el mapa de esas mareas y, de paso, a reescribir el destino de sus orillas.

Decía que las loberías más accesibles, espacios de abundancia se­cular, fueron devastadas con brutal rapidez. Los mamíferos costeros, convertidos en presa fácil para cuadrillas endurecidas por la faena, eran abatidos a garro­ta­zos y cuereados en cubierta. Sus vísceras y su sangre eran arrojadas al mar en un desorden que las olas terminaban por arrastrar, como si el océano entero hubiera sido condenado a limpiar lo que los depredadores dejaban tras de sí.

En la página siguiente, con trazo sobrio, recogía el testimonio de foqueros anónimos que aseguraban haber sido seguidos mar adentro por ca­chalotes atraídos por el olor de la matanza. Ese detalle, inscrito con la modes­tia de lo inevitable, condensaba sin esfuerzo la lógica entera del desas­tre: no solo los habitantes humanos del extremo austral, sino tam­bién las cria­turas del océano se veían forzadas a reorganizar su existencia alrede­dor de la violen­cia ejercida por los recién llegados.

Como quien busca el origen remoto de un daño aún no pronun­ciado, Eulogio transcribía a continuación un pasaje del libro de James Cook, A Voyage Towards the South Pole, and Round the World , en el que el navegante des­cribía a los habitantes australes como “una pequeña, fea y hambrienta raza imberbe”.

Leí esa frase mentalmente. Luego en voz baja, dejando que cada pala­bra desgarrara el aire de la biblioteca. No era descripción; era despre­cio. En el mismo tono de superioridad que enturbiaba cada una de sus observacio­nes, celebraba luego la abundancia de ballenas y focas y asignaba nombres de desolación a los promontorios que divisaba, como si el paisaje, antes de su lle­gada, hubiera sido un lienzo virgen esperando la rúbrica de su creador.

Después el cuaderno daba un giro hacia el horror. Añadía una refe­rencia tomada de la bitácora del Capitán de Cubierta del HMS Discovery , James Burney, quien relataba con la naturalidad de un trámite naval el “necesario disciplinamiento” de indígenas en la costa norte de la Isla Grande.

La frase, escrita como si se tratara de un procedimiento reglamen­tario, irradiaba una frialdad que solo podía provenir de una crueldad ejer­cida tantas veces que ya no necesitaba justificarse. En el margen izquierdo, con la letra más apretada y oscura, Eulogio había añadido una anotación que parecía con­tener la respiración entera de su indignación: “La violencia siempre se nombra a sí misma como orden.”

Había leído ya varias páginas cuando levanté la mirada, no tanto para descansar la vista como para recuperar la noción del cuarto en el que me en­contraba. La luz de la tarde entraba por la ventana con un sesgo amari­llento, y por un momento me pareció que ese resplandor turbado era el mismo que habría acompañado a Eulogio en sus noches de escri­tura, ilumi­nando no una investigación, sino una autopsia de la conquista

Sentí enton­ces el peso singular de aquellas voces antiguas que hablaban no solo del extremo austral, sino de la maquinaria lingüística y moral con la que un impe­rio pretendía fijar en papel lo que no comprendía, para después poseerlo.

Mientras el aire quieto del despacho se impregnaba de esa intui­ción, tuve la sensación de que cada trazo del cuaderno reclamaba algo más que lec­tura; exigía, en silencio, una restitución imposible.

Respiré hondo y volví la página con la cautela de quien sabe que, en adelante, cualquier frase podría alterar para siempre lo que yo creía saber so­bre esa tierra y sus habitantes.

Al pasar la hoja, el nombre de James Weddell retornaba desde 1823 como una marea persistente. Allí estaba nuevamente, al mando del Jane , de Bennett & Co., describiendo las costas australes con la sobriedad calculada de los na­vegantes ingleses, esa elegancia que es la máscara final de la depre­dación.

Eulogio había copiado un fragmento en el que Weddell consignaba, con frialdad imperturbable, que los loberos del Cabo de Hornos “actúan con violen­cia contra los indios costeros, molestos por su presencia”, describiendo con naturalidad que despojaban a los indíge­nas de cuanto poseían, que no era raro que secuestraran a sus mujeres para forzarlas a bordo, y que dispara­ban “ante la menor sospecha o sin motivo aparente”.

La síntesis final —reproducida con una letra más apretada, como si in­cluso la tinta cargara con la vergüenza— caía sobre la página como un vere­dicto que nadie podía contradecir: “Si estos nativos muestran hosti­lidad, es por experiencia amarga antes que por inclinación.”

El siguiente documento resultaba aún más gélido. No era un relato ni una observación de viaje, sino una nota mínima, casi contable, encabe­zada apenas por dos iniciales —“Alm. R.”— como si la firma misma quisie­ra ocul­tarse detrás de un velo de autoridad impersonal. El documento decía:

“Considerar si una raza tan primitiva, incapaz de competencia y sin no­ción de propiedad, puede ser administrada para mantener puntos de apoyo en un litoral rico en grasa, pieles y rutas hacia el Pacífico.”

Nada más. Ni una justificación, ni una fecha, ni un adverbio que suavi­zara el filo de la proposición. Esa frase, despojada incluso del esfue­rzo por dis­frazar su intención, era quizá la más cruel de todas. Su violen­cia residía no tanto en lo que afirmaba como en su gramática: la vida humana reducida a un problema de tenencia, un cuerpo colectivo evaluado como si fuera apenas un instrumento logístico.

En las últimas páginas, Eulogio intentaba hilar aquellos fragmentos en una reflexión que, más que conclusión, parecía una advertencia diri­gida al porvenir. Su letra se volvía más lenta, como si cada trazo buscara afirmarse contra un horizonte que ya intuía desolado:

“Cook no llegó con el garrote, sino con el sextante. Midió, anotó, cartografió. Y en ese gesto aparentemente neutro, despojó a las islas de su misterio. Fue el más civi­lizado de los conquistadores, y por eso, el más eficaz. Abrió la puerta y detrás suyo entraron, sonrientes y sedientos, todos los depredadores del mundo.”

Cerré el cuaderno con lentitud. No alcan­zaba todavía a comprender la magnitud de los intereses que se ocultaban detrás de esos nombres dispersos —presbíteros, comandantes, armado­res, almiran­tes— pero una sensación inmediata se abría paso. Una indignación que avanzaba como una marea negra iluminada desde el fondo, colmada de fragmentos brillantes, que reve­laban con clari­dad in­quietante que aquella crueldad no era un accidente desafortu­nado, sino un hábito pulido durante siglos por la convicción de que nadie pediría cuentas.

Mientras el viento golpeaba los postigos, me vi atravesado por la certeza de que lo que Eulogio dejaba en esas páginas no era solo un registro: era una brújula moral extraviada en mitad de un océano que otros intentaban con­quistar. Y, sin embargo, allí estaban sus apuntes, ardiendo en silencio entre mis manos, in­tentando señalar algo parecido a un norte en una noche sin estrellas.

La puesta en escena

Al retirar los últimos legajos de la caja, algo se resistió en el fondo. Aso­ma­ba un lomo distinto, aplastado por el peso del tiempo, como un cuerpo enterrado que intenta salir a la luz. Lo extraje con cautela.

Era una carpeta morada, de tono profundo. En la tapa, las letras doradas aún refulgían: The Missionary Register . En el centro, la Cruz de San Jorge ence­rrada en un círculo blanco imponía su geometría rígida. Abajo, la fecha: 1835. Y en caracteres más pequeños, un epígrafe que parecía un con­juro: «Testimonios de fe en los confines del mundo.»

Recorrí el relieve de las letras con la cautela de quien toca un objeto sa­grado. Al abrirla, el cuero crujió y un olor a humedad invadió la penumbra.

El primer fascículo mostraba un título insólito: «King William and Queen Adelaide received the Fuegian Indians.» — El rey Guillermo y la reina Adelaida reciben a los indios de Tierra del Fuego—.

El texto, tomado de The Colonial Church Chronicle y fechado en 1831, for­maba parte de una serie bajo el lema: «Testimonios del vasto alcance de la Providencia y del potencial evangelizador entre los pueblos remotos.»

En la primera hoja, un calotipo desvaído mostraba la sala de recep­ción del palacio de St. James: retratos de monarcas muertos colgaban de los muros, vitrinas repletas de cetros y coronas destilaban solemnidad y poder. En el cen­tro, frente al rey Guillermo y a la reina Adelaida, tres indígenas inclinaban la cabeza. Una niña sostenía un ramo con desgano; el joven, rígido en su cha­quetín, ensayaba obediencia. A los costados, dos lacayos negros custodia­ban la puerta como estatuas vivientes. En el mar­gen inferior, una breve inscrip­ción: Fuegian Indians .

Me quedé contemplando la escena un largo rato. Era perfecta —dema­siado pulcra, como un cadáver bien embalsamado. El encuadre, la luz, la compostura de los cuerpos. Aquel montaje no mostraba un acto piadoso: lo escenificaba. Y en esa perfección impostada se adivinaba la grieta: los fuegui­nos estaban descalzos, y su mirada no se posaba en los monarcas, sino en un punto remoto, como si la isla desde donde fueron traídos aún respirara en ellos.

El cronista exaltaba la ocasión con la pluma untada de almíbar colo­nial:

«Ataviados con trajes confeccionados para la ceremonia, los fue­guinos fueron presentados a Sus Majestades… El joven conocido como Jemmy Button muestra una sorprendente familiaridad con las maneras ci­vilizadas… La reina Adelaida dedicó palabras cordiales a una jovencita que evidenciaba aptitud esperanzadora para el aprendizaje.»

Pero a medida que avanzaba la lectura, la cortesía del cronista se resque­brajaba, y detrás del oropel asomaba el sermón doctrinario: «La creciente convicción de que incluso los más primitivos son suscepti­bles de ser redimi­dos de su barbarie a través de los esfuerzos de la Ilus­tración y la Fe… El noble experimento del Capitán Fitz Roy, al traer a estos savages para instruirlos y de­volverlos luego como misioneros de la luz, es una empresa digna de la más alta alabanza…»

La crónica impostada no era más que un manifiesto de domina­ción, un prospecto de manipulación espiritual donde el producto era el alma de un pueblo. Los jóvenes traídos a presencia de los reyes no eran embajadores cul­turales, sino pruebas vivientes de que en ningún confín, por más remoto que fuera, podía escapar al designio de la Providencia imperial.

No pude evitar que en mi mente se representara la Inglaterra que palpi­taba detrás de esa imagen. Un imperio que se jactaba de que en sus dominios el sol nunca se ocultaba, aunque tras esa luz perpetua se pro­yectaran sombras infinitas.

Por cada amanecer británico —pensé— había un ocaso en otro rincón del planeta: en los feudos de la India, en las sabanas de África, en los cañave­rales del Caribe, o en los canales del sur, donde el viento sil­baba sobre los ca­noeros.

Recordé las palabras de Eulogio en una de nuestras últimas conver­sa­cio­nes: “Desde hace siglos comprendieron que desde una isla no podían edifi­car una nación; por eso se decidieron a levantar un imperio. Y ese desig­nio los volvió crueles y calculado­res” —me dijo—

Tomé conciencia entonces de que a esos fueguinos arrancados no era solo el cuerpo lo que les había sido desgarrado, sino la geografía de sus almas. Sus playas batidas por el viento, sus canales bordeados de árboles milenarios, los dioses que habitaban su entorno. Todo ello había quedado suspendido en un exilio sin regreso.

Mucho más cruel aún que el desarraigo físico fue despojarlos de sus nombres, condenarlos al mandato del olvido de sí mismos y, a cambio, imponerles plegarias ajenas que intentaban explicarles sobre un dios lejano que no los miraba, ni siquiera de soslayo.

La figura de Jemmy Button, inmóvil junto al rey, me devolvía esas pala­bras. Su cuerpo parecía obedecer, pero en sus ojos —en esa mancha oscura y lejana del grabado— ardía la chispa insumisa: el último rescoldo de su isla le­jana, un fuego que ni los reyes de Londres ni los sermones de Fitz Roy podrían apagar.

A su lado, Fuegia Basket —apenas una niña, un pájaro con las alas ya cortadas— sostenía la canasta de flores que ofrecía a la reina. Llevaba enca­jes, pero en su rostro no había gratitud: solo la gravedad muda de quien sabe que ha sido arrebatada, y que su sonrisa, si llegara a florecer, sería la primera trai­ción a todo lo que había sido.

El papel tembló entre mis manos. Sentí la obscenidad de aquella escena que mostraba el dolor de un pueblo, representado por tres niños, intentando sobrevivir del otro lado del mundo.

Me levanté y caminé hacia el ventanal. Afuera, la ciudad seguía su curso impasible, ajeno al descubrimiento que me devoraba. Los vitrales fil­traban una luz oblicua sobre la carpeta morada, como si también ella, después de tanto tiempo, reclamara ser escuchada. Entendí entonces que lo que tenía ante mí también era un espejo. Y que Eulogio me había dejado una verdad que no podía quedarse en la penumbra.

Me quedé largo rato entre ambas orillas, sopesando el peso invisi­ble de la decisión. Por un instante, pensé en cerrar la carpeta y dejarla allí, negando la evidencia y volver a mi apacible vida de observador. Pero supe, al mismo tiempo, que ese gesto cómodo sería una forma de traición.

Aceptar el legado de Eulogio significaba abrir una puerta que no se ce­rraría jamás: interrogar el poder, desandar los relatos oficiales y enfrentar la indiferencia de los que prefieren el mito antes que la verdad. Rehusarlo, en cambio, era convalidar el olvido y aceptar que las injusticias se archiven bajo el polvo de la indolencia.

Fue entonces cuando, sin saber de dónde, emergió la voz de mi padre. La reconocí en la penumbra, con la nitidez de un eco: “Hay momentos en que el silencio también se vuelve culpa” —me dijo—. Podía volver la mirada y seguir mi camino —me recriminé—, o rendirme a la evidencia de que ciertas historias no se eligen: ellas nos eligen a nosotros.

El aire de la biblioteca se cargó de solemnidad. Las cariátides que sos­tenían la lámpara dejaron de ser ornamentos; sus rostros de metal se volvie­ron hacia mí como testigos mudos, exigiendo que al menos uno de los secretos que custodiaban saliera a la luz.

Y lo supe entonces, con la certeza quieta que precede a lo inevitable: a partir de ese instante, no escribiría para recordar. Escribiría para que el olvido no terminara su obra.