Estoy escribiendo una historia! quiero saber que les parece la llevo escribiendo hace bastante y es la primera vez que la muestro a alguien

Capítulo I

Charles estaba encerrado en su habitación como si fuera el único lugar que todavía le pertenecía. No porque se sintiera realmente suyo, sino porque era el único espacio que podía cerrar con llave. Las paredes eran nuevas, demasiado limpias, sin marcas ni recuerdos, y eso le resultaba incómodo. No había fotos colgadas ni objetos acomodados con intención; solo cajas apiladas unas sobre otras, una cama a medio armar y una ventana por la que entraba una luz gris, apagada, de esas que no prometen nada.

Le molestaba esa limpieza forzada, esa sensación de lugar prestado. Cada casa nueva tenía algo de hotel: se dormía, se comía, se pasaba el tiempo, pero no se la habitaba. Nada parecía decir acá estuviste.

En menos de veinticuatro horas iba a empezar la escuela otra vez y solo pensarlo le generaba un peso sordo en el pecho, como una presión constante que no se iba. Empezar de nuevo siempre le había parecido algo feo, casi injusto. Para otros era una oportunidad, una página en blanco; para él era repetir lo mismo de siempre: caras nuevas, nombres que olvidar rápido, conversaciones que no sabía sostener.

Nunca había sido bueno comunicándose, mucho menos expresándose. Todo lo que sentía parecía quedarse atrapado adentro, como si al intentar decirlo perdiera forma o valor. Las palabras siempre llegaban tarde, o no llegaban. Se quedó sentado en la cama mirando el piso, dejando que los pensamientos se amontonaran sin orden, uno encima del otro, como ropa que nadie dobla.

Otra escuela significaba otra versión de sí mismo que no sabía cómo mostrar. Otra vez fingir normalidad. Le molestaba no poder ser simple, no poder hablar sin medir cada palabra como si fuera definitiva, como si cada frase pudiera condenarlo.

Después de un rato se levantó casi por reflejo, no por decisión, y fue hasta las cajas apiladas contra la pared. Las abrió una por una, revolviendo entre ropa, cuadernos viejos con hojas dobladas, cables enredados, mientras la misma idea volvía una y otra vez: empezar de nuevo era feo porque lo obligaba a exponerse antes de sentirse listo, antes de entender siquiera quién era.

Encontró los auriculares en el fondo de una caja abollada y luego la notebook. La apoyó sobre el escritorio vacío y la prendió; el sonido suave del arranque rompió el silencio del cuarto como un suspiro.

Abrió el reproductor sin pensarlo demasiado, como si supiera exactamente lo que necesitaba escuchar.

Puso Let Down, de Radiohead.

La guitarra apareció lenta, frágil, y la voz entró después, cansada, hablando de sentirse pequeño, de estar perdido en medio de todo, de no encajar del todo en ningún lugar. Cerró los ojos y dejó que la canción llenara la habitación. No era solo música: era la sensación de que alguien había puesto en palabras lo que él nunca lograba decir. La nostalgia, el miedo, esa idea constante de estar siempre un poco corrido del mundo.

Let Down sonaba como si hubiese sido escrita para ese momento exacto, para esa habitación todavía ajena. Mientras la canción avanzaba, pensó que tal vez empezar de nuevo no era solo perder lo que había quedado atrás, sino también la mínima posibilidad de que alguien, en algún lugar, escuchara lo mismo y sintiera algo parecido.

Por primera vez desde la mudanza, respiró un poco más tranquilo.

La canción terminó y el silencio volvió a ocupar el cuarto, pero ya no era tan pesado.

Dejó la notebook abierta, se sacó los auriculares y los apoyó con cuidado sobre el escritorio, como si incluso eso pudiera hacer ruido. Se cambió sin prender la luz, acomodó la cama lo mejor que pudo y se acostó mirando el techo, que en la oscuridad parecía todavía más alto. Pensó en el día siguiente, en el aula, en las caras desconocidas, y sintió esa mezcla de cansancio y nervios que no lo dejaba dormir del todo.

Escuchó pasos en el pasillo y, unos segundos después, un golpe suave en la puerta.

—¿Puedo pasar? —dijo la voz de su padre.

Respondió que sí sin levantar la cabeza. La puerta se abrió apenas y la luz del pasillo entró en la habitación. Su padre se quedó parado un momento, como si no supiera bien dónde ubicarse entre las cajas, y después se acercó a la cama.

—Quería hablar un poco con vos antes de que te duermas —dijo—. Sé que todo esto es difícil.

Asintió, aunque sabía que no podía verlo.

—Perdón por cambiar tanto de casa —continuó—. Sabés que es por el trabajo. No es fácil para mí tampoco, pero lo hago por nosotros.

Mientras lo escuchaba, pensó que ya conocía ese discurso de memoria. Las mismas palabras, el mismo tono, el mismo pedido de perdón envuelto en una explicación. Pensó que su padre siempre decía no es fácil como si eso alcanzara para que dejara de doler.

—Ya sé —dijo en voz baja.

Su padre suspiró, se sentó un momento al borde de la cama y le apoyó la mano en el hombro.

—Mañana va a estar bien —dijo—. Siempre terminás adaptándote.

Pensó que adaptarse no era lo mismo que sentirse en casa, pero no lo dijo.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

La puerta se cerró despacio. Charles se dio vuelta, abrazó la almohada y cerró los ojos. Pensó que tal vez algún día esas palabras le volverían a significar algo, pero esa noche solo eran ruido conocido, como una canción que ya no se escucha aunque siga sonando.

Con esa idea dando vueltas, se quedó dormido.

Capítulo II

La mañana llegó sin pedir permiso. Charles abrió los ojos antes de que sonara el despertador, como si el cuerpo supiera que no había margen para postergar nada. La habitación seguía siendo ajena, demasiado ordenada en su desorden de cajas, y por un segundo no recordó dónde estaba. Después volvió todo junto: la mudanza, la escuela nueva, el día que empezaba.

En la cocina reinaba un silencio espeso. Su padre ya se había ido a trabajar. Se sirvió un café rápido y una tostada apenas untada, sin hambre real, más por costumbre que por ganas. Apoyó el celular contra la pared y puso música.
Sonó “How to Disappear Completely”, de Radiohead.
La voz flotó suave, casi resignada, como si entendiera exactamente esa sensación de estar ahí sin estar del todo, de querer pasar desapercibido. Mientras masticaba, pensó que empezar de nuevo siempre tenía algo de eso: aparecer en un lugar donde nadie te conoce y desear, al mismo tiempo, que alguien lo haga.

Terminó el desayuno sin mirar la hora, se puso la mochila al hombro y salió. El aire de la mañana estaba frío, limpio, indiferente. Sacó la bici del garage, se acomodó los auriculares y, apenas empezó a pedalear, cambió la canción.
“Chamber of Reflection”, de Mac DeMarco.

La melodía lo acompañó durante todo el trayecto. Las casas pasaban una tras otra, iguales y distintas, y la escuela apareció al fondo como una estructura enorme, demasiado real. Pedaleó más despacio al acercarse, sintiendo ese nudo familiar en el estómago. La canción seguía sonando, hablándole de estar solo con uno mismo, de pensar demasiado, de sentirse afuera incluso cuando se está adentro.

Ató la bici, entró al edificio y dejó que los pasillos lo tragaran. Risas, voces, saludos cruzados. Nadie lo miraba, nadie lo esperaba. Caminó con los auriculares puestos, como si fueran una barrera invisible. Observó a los grupos: algunos parecían conocerse de toda la vida; otros, tal vez, se habían encontrado ahí mismo y aun así hablaban con una naturalidad que le resultaba imposible.
Envidió esa facilidad. Envidió la forma en que las personas podían hablar de cualquier cosa, reírse, tocarse el hombro, compartir silencios sin que dolieran.

Estaba tan metido en sus pensamientos que no escuchó cuando alguien le habló. Sintió apenas un gesto frente a él y levantó la mirada. Un chico de pelo largo y rizado, tatuajes asomando por las mangas del buzo, y unos aros plateados que brillaban demasiado bajo las luces del pasillo, lo miraba con curiosidad.

—Eh, ¿sos nuevo acá? —preguntó, sonriendo.

Charles se sacó un auricular, tardando un segundo de más en reaccionar.

—Sí… hoy empiezo —respondió.

—Me imaginé. No tenés cara de perdido profesional todavía —dijo el chico, riéndose—. Soy Liam.

—Charles.

—Bueno, Charles, seguime. Seguro vamos al mismo salón.

Caminaron juntos hasta el aula. Charles volvió a guardarse los auriculares en el bolsillo. Al entrar, sintió todas las miradas caerle encima por un instante y después irse, como si no hubiera pasado nada. El profesor tomó la palabra, empezó la clase y, antes de avanzar, pasó lista.

—Charles… —dijo, levantando la vista—. Bienvenido.

Algunos murmullos, nada hostil, pero el calor en la cara fue inmediato. Respondió con un “presente” bajo y se sentó. A su lado había un banco vacío.

—¿Molly faltó de nuevo? —preguntó el profesor, mirando alrededor—. ¿Liam, sabés algo de tu hermana?

Liam se tensó. No respondió. Bajó la mirada y apretó la mandíbula. El silencio duró apenas unos segundos, pero fue suficiente para que Charles lo notara. El profesor siguió con la clase como si nada.

Las horas pasaron lentas. Cuando sonó el timbre final, Charles sintió un alivio inesperado. Guardó sus cosas y Liam lo esperó en la puerta.

—¿Querés recorrer un poco la escuela? —le dijo—. Es grande, pero te acostumbrás.

Aceptó. Caminaron sin apuro, hablando de música casi sin darse cuenta. Liam le contó que su banda favorita era Oasis.

—¿En serio? —dijo Charles, sorprendido—. La mía también.

Eso bastó. Empezaron a hablar de canciones, de discos, de letras que parecían decir más de lo que uno podía explicar. Por primera vez desde que había llegado, Charles no sentía que estaba midiendo cada palabra.

Iban riéndose de algo que Liam decía sobre Don’t Look Back in Anger cuando todo pasó de golpe. Una mano apareció desde atrás y agarró a Liam del cuello, tirándolo hacia atrás con fuerza.

—¿Así que falté de nuevo? —dijo una voz femenina, cargada de bronca.

Charles se quedó paralizado. Frente a ellos, con la mirada encendida y el gesto duro, estaba Molly.

Capítulo III

Molly soltó a Liam casi de inmediato, sin brusquedad, como si el gesto hubiera sido más una costumbre que una queja. Él sonrió, acostumbrado.

—Llegué tarde, ¿no? —dijo ella.

—Un poco —respondió Liam—, pero ya sabés cómo es.

Ella asintió, sin dramatizar, y recién entonces miró a Charles con atención. No fue una mirada rápida ni curiosa de más; fue tranquila, como si quisiera entenderlo antes de decir algo. Charles sintió esa observación como una pausa necesaria.

—Vos sos nuevo —dijo ella, más afirmación que pregunta.

—Sí… Charles.

—Molly.

Su voz era baja, serena. Tenía algo que invitaba a hablar despacio.

Vestía una campera gastada, de esas que parecen venir de otra década, jeans claros y zapatillas simples. Todo en ella tenía un aire vintage, natural, sin esfuerzo. El pelo largo, de un castaño oscuro profundo, le caía suelto sobre los hombros. Sus pestañas largas enmarcaban unos ojos marrones cálidos, atentos, y cuando sonreía lo hacía primero con los ojos. Esa sonrisa, suave y sincera, le provocó a Charles una sensación extraña, como un pequeño ruido interno, bueno, difícil de explicar.

La charla volvió sola a la música. Oasis, Radiohead, canciones que parecían entender silencios.

—¿Qué escuchás cuando no sabés qué escuchar? —preguntó ella de pronto.

Charles pensó un segundo.

—Radiohead —dijo—. Siempre termino ahí.

Molly sonrió.

—Yo también. Cuando quiero bajar un cambio.

—¿Cuál? —preguntó él.

—How to Disappear Completely —respondió sin dudar—. Me calma.

Charles la miró, sorprendido.

—La escuché hoy a la mañana.

Ella soltó una risa leve.

—Entonces arrancamos bien.

Siguieron caminando sin apuro. Charles hablaba, pero cada tanto se detenía, no por falta de palabras, sino porque se perdía mirándola escuchar. Molly no hablaba mucho, pero cuando lo hacía parecía decir justo lo necesario.

—¿Y Oasis? —preguntó ella—. ¿Tema favorito?

—Don’t Look Back in Anger —dijo—. Me hace sentir que todo puede estar mal… pero no tanto.

—Sí —respondió—. Tiene algo esperanzador sin ser cursi.

Coincidieron en eso y en otras cosas pequeñas: que les gustaban los días nublados más que el sol fuerte, que el azul era su color favorito —el de los cielos apagados, no el brillante—, que preferían escuchar música con auriculares y caminar sin rumbo antes que hablar por hablar.

—¿Siempre sos tan callado? —preguntó Molly, sin incomodarlo.

—No —dijo él—. Solo cuando me siento cómodo.

Ella sonrió, bajando la mirada.

—Me gusta eso.

Liam los miró un segundo y entendió que ya no hacía falta estar ahí.

—Los dejo —dijo—. Después nos vemos.

Cuando se quedaron solos, el silencio no pesó. Fue suave. Molly se balanceó apenas sobre los pies, pensativa.

—Si querés —dijo—, algún día podemos juntarnos. Escuchar música, hablar con más tiempo.

Charles sonrió, un poco sorprendido, un poco agradecido.

—Sí. Me gustaría.

Ella asintió, tranquila.

—Me pareciste gracioso —agregó—. De una forma tranquila.

Mientras se despedían, Charles pensó que tal vez empezar de nuevo no siempre era una pérdida. A veces, muy pocas veces, podía ser encontrar a alguien con quien el silencio también valía la pena.

Capítulo IV

La salida de la escuela tuvo algo distinto. No fue alivio puro ni cansancio total, sino una especie de ligereza rara, como si el cuerpo pesara un poco menos. Charles sacó la bici, se acomodó la mochila y, antes de empezar a pedalear, eligió música.

Sonó “This Must Be the Place”, de Talking Heads.

No era eufórica ni completamente feliz, pero tenía ese ritmo cálido, casi torpe, que daba ganas de moverse sin pensar demasiado. Pedaleó por las calles con la melodía marcándole el paso, dejando que el aire frío le despejara la cabeza. O al menos eso intentó.

Porque Molly volvía una y otra vez.

Su voz tranquila. La forma en que lo miraba cuando hablaba, como si realmente estuviera escuchando. La risa leve cuando coincidieron en la canción. Pensó en cómo había dicho “me gusta eso” sin darle importancia, y en lo importante que había sido para él. No podía evitar sonreír solo, dándose cuenta tarde, bajando la mirada como si alguien pudiera verlo.

No podía esperar a volver a verla.
No porque necesitara algo concreto, ni porque imaginara escenas grandes, sino por algo más simple: seguir hablando. Seguir compartiendo canciones. Confirmar que lo que había sentido no era solo una ilusión pasajera del primer día.

Llegó a su casa casi sin darse cuenta. Guardó la bici y subió directo al cuarto, sin pasar por ningún otro lado. Cerró la puerta y dejó la mochila en el piso. Prendió la notebook y, esta vez, no buscó los auriculares.

Dejó que la música llenara la habitación.

Puso “There She Goes”, de The La’s. Después “Sunday Morning”, de The Velvet Underground. Canciones que no pedían demasiada atención, pero que acompañaban bien esa sensación tibia en el pecho. Se tiró en la cama mirando el techo, con la luz de la tarde entrando de costado, y pensó que hacía mucho no se sentía así: inquieto, pero de una manera linda.

Más tarde escuchó la puerta de entrada. Pasos conocidos. La voz de su padre desde el pasillo.

—Charles, ¿venís a cenar?

—Sí —respondió—. Ya voy.

Antes de salir, se miró un segundo en el reflejo apagado de la pantalla. No se reconocía del todo, pero tampoco le molestaba.

En la mesa, la charla fue corta. Lo de siempre. El clima, el trabajo, silencios cómodos.

—¿Qué tal el primer día de clases? —preguntó su padre, como si preguntara algo que ya conocía de memoria.

—Bien —dijo Charles, simple.

No agregó nada más. No hizo falta. Mientras bajaba la mirada al plato, una sonrisa mínima se le escapó sin darse cuenta, apenas visible, pero real.

Su padre la vio.

No dijo nada enseguida. Se quedó observándolo un segundo más de lo normal, como confirmando algo. Luego estiró la mano y, con un gesto lento, le acarició la cabeza suavemente, como cuando era más chico.

—Me alegra —dijo—. De verdad.

Charles no respondió. No hacía falta.
Por primera vez en mucho tiempo, pensó que tal vez su padre también lo había notado: que esta vez podía ser distinto.

Después de la cena, Charles volvió a subir a su cuarto. Cerró la puerta con cuidado, como si el día todavía pudiera romperse si hacía demasiado ruido. La casa estaba en silencio; solo se escuchaba, a lo lejos, el murmullo apagado del televisor en el living.

Prendió la notebook otra vez y dejó que la música sonara libre, sin auriculares, llenando el espacio. Esta vez eligió “She’s Electric”, de Oasis. No sabía bien por qué, pero le resultaba imposible no pensar en ella. Se sentó en el borde de la cama y, casi sin darse cuenta, empezó a cantar en voz baja, siguiendo la melodía de manera torpe, imperfecta, pero sincera.

No cantaba para hacerlo bien. Cantaba porque no podía quedarse quieto.

Mientras lo hacía, Molly ocupaba todo. Su forma de hablar despacio. La calma que transmitía. La manera en que parecía entender sin pedir explicaciones. Pensó que le gustaría conocerla de verdad, no solo en pasillos o conversaciones cortas. Conocer lo que le gustaba además de la música, lo que le molestaba, lo que la hacía reír cuando estaba cansada.
Me gustaría conocerla a fondo, pensó, sin vergüenza, sin intentar suavizar la idea.

La canción terminó y dejó que el silencio volviera. Se recostó en la cama, mirando el techo, con la sensación de que algo había cambiado aunque no pudiera señalar exactamente qué. No era felicidad plena, pero tampoco esa soledad pesada a la que estaba acostumbrado. Era otra cosa. Algo nuevo.

Antes de dormirse, repasó el día entero, como si fuera una película lenta: el pasillo lleno de gente, la voz de Liam presentándose, el gesto tenso cuando el profesor nombró a su hermana, la risa compartida hablando de música, la sorpresa al escuchar la misma canción en boca de Molly. Pensó en cada detalle, en cada palabra dicha y en las que no habían hecho falta.

Cerró los ojos.

Entre todos esos recuerdos, uno se quedó quieto, más fuerte que los demás.
El último pensamiento antes de dormirse fue ella.

Molly.

Capitulo V

Charles la vio apenas entró al aula.
Molly estaba sentada cerca de la ventana, apoyando el mentón en la mano mientras miraba hacia afuera, como si el mundo del otro lado del vidrio fuera más interesante que el de adentro. Por un segundo pensó en acercarse, en decir algo más que un saludo, en aprovechar ese pequeño instante antes de que el día empezara de verdad. Pensó muchas frases posibles, todas mal.

Se sentó en su lugar.

Unos minutos después, Molly giró la cabeza y lo vio. Le sonrió, simple, sin expectativas. Charles le devolvió la sonrisa, un poco torpe.

—Buen día —dijo ella, acercándose con su mochila.

—Buen día.

Nada más.

Eso fue todo.

Y, aun así, sintió que había dicho demasiado… y al mismo tiempo, nada.

El día avanzó con esa normalidad engañosa que parece tranquila pero pesa. En el recreo, Liam apareció con la energía de siempre, hablando antes incluso de estar del todo cerca.

—¿Escucharon que Black Rouge va a tocar el mes que viene? —dijo, casi sin respirar.

Charles levantó la vista.

—¿Black Rouge?

—Sí, son del pueblo —respondió Molly—. Empezaron hace poco, pero están llamando la atención.

—¿Qué tipo de música hacen? —preguntó Charles, genuinamente interesado.

Liam sonrió, como si estuviera esperando esa pregunta.

—Rock oscuro, medio alternativo. Mucho bajo, guitarras sucias. No es pesado pesado, pero tampoco alegre. Tiene algo… denso.

—Sí —agregó Molly—, es música para escuchar de noche. De esas que te dejan pensando después.

Charles asintió en silencio.

Música para escuchar de noche.
La frase se le quedó pegada.

Hablaron un poco más, nada extraordinario. Comentarios sueltos, risas cortas, opiniones simples. Nadie dijo nada importante y, sin embargo, Charles sentía que cada palabra que no decía se acumulaba en algún lugar del pecho.

Quiso invitarla.
Quiso decir “¿querés ir?”, “podríamos ir juntos”, “me gustaría que vengas conmigo”.
Pero la lengua no le respondió.

El día terminó como había empezado: normal.
Demasiado normal.

Esa noche, al llegar a casa, Charles dejó la mochila en el piso y fue directo a la cocina a buscar agua. Noah estaba apoyado contra la mesada, en silencio, como si estuviera esperando algo sin saber bien qué.

—¿Todo bien? —preguntó su padre, con una voz más cansada que curiosa.

—Sí… —respondió Charles—. Normal.

Noah asintió, pero no se movió. Hubo un silencio breve, incómodo, distinto a los otros. No era vacío: era contenido.

—A veces lo normal pesa más que lo difícil —dijo Noah, de pronto—. ¿Sabías eso?

Charles lo miró, sorprendido. Noah bajó la vista, como si hablarle al piso fuera más fácil.

—Cuando murió tu mamá… Addi… —continuó—, hubo un momento en el que me sentí completamente vacío. Como si todo lo que hacía fuera una actuación. Ir a trabajar, hacer la cena, preguntarte cómo estabas… —hizo una pausa—. Fingía que estaba bien porque pensé que era lo que necesitabas.

Charles no dijo nada. Sentía un nudo en la garganta, pero no quería romperlo.

—La verdad es que estaba derrumbado —admitió Noah—. Y me costó mucho estar para vos cuando apenas podía estar para mí.

Levantó la mirada y, por primera vez en mucho tiempo, no parecía seguro de nada.

—No supe cómo hacerlo mejor —dijo—. Todavía no sé.

Charles apretó el vaso entre las manos.

—Yo tampoco sé muchas cosas —dijo, en voz baja.

Noah sonrió apenas, con tristeza, y asintió.

—Supongo que vamos aprendiendo —respondió.

No hubo abrazo. No hizo falta. Ese intercambio mínimo fue suficiente para que algo se acomodara, aunque fuera apenas, entre los dos.

—Buenas noches, hijo.

—Buenas noches.

Esa noche, su habitación estaba en silencio. Solo la luz del escritorio iluminaba un pequeño caos de hojas blancas y papeles arrugados en el piso. Charles estaba sentado, encorvado, con una lapicera entre los dedos y los auriculares puestos.

Sonaba Fade Into You, de Mazzy Star.

La canción llenaba el cuarto con una tristeza suave, casi amable, como si no juzgara. Charles respiró hondo y miró la hoja frente a él.

Había decidido escribirle una carta.
No un mensaje. Una carta, como antes.
Algo que pudiera pensar, borrar, corregir… algo que no tuviera que decir en voz alta.

Miró alrededor.

Había varias hojas hechas un bollo.

En una se alcanzaba a leer:

Hola Molly, quería decirte que me caés muy bien y que…

Arrugada. Tirada al piso.

En otra:

No soy bueno diciendo estas cosas, pero me preguntaba si te gustaría…

Ni siquiera había terminado la frase.

Otra más:

Capaz esto es raro, pero pensé que estaría bien escribirte porque cuando hablamos me siento…

La palabra siento estaba tachada tantas veces que casi rompía el papel.

Charles apoyó la frente contra la mano. La música seguía sonando, lenta, insistente, como acompañando cada intento fallido. Volvió a empezar en una hoja nueva.

Molly:

Nada más.

La lapicera tembló apenas. Sintió calor en la cara, una presión en el pecho. La vergüenza empezó a subirle como una marea, lenta pero inevitable. Pensó en ella leyendo la carta, pensó en la posibilidad de que se riera, pensó en que tal vez no sintiera lo mismo, pensó en todo lo que podía salir mal.

Y entonces se quebró.

Apretó el papel con fuerza hasta arrugarlo, lo dejó caer sobre el escritorio y se tapó la cara con las manos. La música se mezcló con su respiración irregular. No lloró fuerte; fue peor. Lloró en silencio, con el cuerpo tenso, como si incluso eso le diera vergüenza.

Por primera vez desde que había llegado, se sintió completamente expuesto. No frente a alguien más, sino frente a sí mismo. La timidez no era solo una incomodidad: era una jaula. Y adentro de esa jaula estaba todo lo que sentía por ella.

Pensó que quería invitarla.
Pensó que quería conocerla de verdad.
Pensó que no podía.

La canción terminó y el silencio volvió a ocupar el cuarto.

Charles se quedó quieto, rodeado de papeles arrugados, con la lapicera todavía en la mano, sintiéndose pequeño, torpe, humano.

Apagó la luz del escritorio y se recostó en la cama sin ordenar nada. Miró el techo, dejando que el día se repitiera en su cabeza, escena por escena.

El último pensamiento, inevitable, fue Molly.
Y, muy cerca de eso, la sensación nueva de que tal vez no estaba tan solo como creía.

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