Fantasia oscura. Escritor en ciernes,

Oakhaven es una pirámide de lodo. En la cúspide, los mercaderes de la Alta Cámara respiran aire filtrado por pañuelos de seda; en la base, los que sostenemos la estructura nos hundimos en el fango para que ellos no se ensucien las botas. Durante años, yo creí que mis asesinatos eran los peldaños que me alejaban del barro. Me equivoqué. Solo era un operario más, encargado de limpiar la sangre de otros, convencido de que mi túnica de seda negra era un uniforme de mando y no un simple disfraz de sirviente de lujo.

Caminé por el muelle principal sintiendo que el aire pesaba más de lo habitual. El olor a brea y vísceras de pescado se me filtraba por la garganta, recordándome de dónde venía. Mis tres últimos contratos habían terminado en silencio, sin cadáveres, solo con sombras escapando entre mis dedos. En mi cabeza, eran fallos tácticos, errores de “variables”. Mi mente, ese mecanismo que siempre me había hecho sentir superior a los brutos del puerto, seguía intentando cuadrar un balance que ya estaba cerrado.

Entré en La Quilla Rota. No hubo el habitual cambio en el murmullo, ni el sutil retroceso de los clientes. Galt, el tabernero, estaba de rodillas restregando una mancha de orina con serrín. Ni siquiera se detuvo.

—Galt. El tinto de la reserva —dije. Mi voz, que solía silenciar la sala, se perdió entre el ruido de los platos sucios.

Galt se levantó, se limpió las manos en un delantal que había visto tiempos mejores y me miró. No vi miedo. Vi esa lástima hiriente que se le reserva a los moribundos.

—La reserva es para los que tienen un nombre, Kael —dijo Galt, señalando con la barbilla mi rincón habitual—. Y el tuyo ha sido tachado.

En mi mesa, sentado en la silla donde yo había decidido el destino de barones, estaba Vane. Tenía diecinueve años y el cuello marcado por cicatrices de peleas de callejón que yo ya no tenía que librar. Estaba terminando un cuenco de gachas frías con una eficiencia mecánica. Al verme, ni siquiera dejó la cuchara.

—Llegas tarde para recoger tus cosas —dijo Vane. Su voz era plana, despojada de la admiración que me tenía cuando era mi aprendiz—. Barlow ya ha repartido tus distritos. Tus llaves de los pisos francos están en mi bolsillo. Tu contacto en la aduana… bueno, él mismo me dio tu ubicación.

El mundo se inclinó. No fue una traición explosiva; fue un desahucio silencioso. Mi inteligencia, esa maldita facultad que me aislaba de la plebe, me mostró la imagen con una nitidez obscena: yo no era un traidor, era un excedente. Un activo que ya no generaba beneficios.

—Soy un especialista, Vane —siseé, intentando que mis manos no buscaran una daga que, de repente, sentía que no me pertenecía—. He servido a la Organización cuando tú aún robabas manzanas.

Vane dejó el cuenco. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi túnica de seda.

—Viniste vestido para una cena con la Cámara y terminaste en un vertedero —Vane sacó un cilindro de cuero sucio con el sello de las Minas de Sal y lo lanzó sobre la mesa. El sonido del cuero contra la madera podrida fue el clavo final—. No vas a las minas para matar a Vexar, Kael. Olvida esa fantasía de héroe. Vas porque las minas necesitan carne para el pico y la Organización necesita dejar de pagar tu aire.

—¿Me envían a picar piedra? —el horror me subió por la garganta.

—Te envían a desaparecer —corrigió Vane, levantándose. Me sacaba media cabeza y le sobraba toda la arrogancia que yo acababa de perder—. Barlow dice que si estás en la barcaza a medianoche, te permitirá conservar la vida. Si te quedas, me ha dado permiso para ver si tu “brillante mente” puede detener un tajo en el cuello.

Vane pasó por mi lado, golpeándome el hombro. La seda de mi capa se enganchó en un clavo de la viga y escuché el desgarrón. Un sonido seco, definitivo. Nadie en la taberna se giró. Galt volvió a su serrín. Yo ya no era el Asesino de los Muelles; era un hombre con ropa cara y el alma rota, estorbando en un rincón que ya no era suyo.

Salí a la noche de Oakhaven. La niebla me envolvió, pero ya no se sentía como un aliado. Se sentía como el sudario de un mindundi que se había creído príncipe. Toqué la seda desgarrada de mi hombro. El frío del mar me recordó que, debajo del disfraz, siempre había sido barro.

Caminé hacia la barcaza de suministros con el paso de un condenado. Pero mientras mis botas pisaban el lodo del muelle bajo, una pequeña chispa de mi antiguo ego se encendió entre las cenizas. Me enviaban a la sal para que me disolviera. Quizá fuera cierto que ya no era un activo. Quizá fuera cierto que era excedente.

Pero si iba a ser sal, me aseguraría de que la herida de la Organización nunca dejara de escocer.

Episodio 1:

El mineral volcó. El estruendo murió en un aire que sabía a cemento y sangre seca. Kargra escupió; el moco gris quedó anclado al borde del carro, balanceándose. El pozo no devolvió eco. Solo un vaho de amoníaco que hinchaba las membranas de la nariz hasta que respirar escocía.

La cadera de Kargra estalló. Un chasquido, luego el incendio trepando por el nervio hasta el cráneo. Rojo pulsante. Los dedos buscaron la reja. El óxido le lijó las palmas, arrancando tiras de callo que se perdieron en la herrumbre. El metal cedió un palmo con un chirrido de dientes rompiéndose. Abajo, el agua era una costra de grasa. El ojo de un pez muerto. Raíces negras reventaban la piedra y colgaban hacia el líquido como lenguas hinchadas.

En el borde inferior, sus uñas se hundieron en algo blando. Un desgarro sordo. El despojo salió: un jirón de músculo gris, tendones blancos goteando sobre su muñeca. Ayer alguien gritó en el conducto contiguo hasta que el metal mellado le partió el cuello para sacarlo. Hoy era una masa viscosa que se enfriaba entre sus dedos.

El suelo vibró.

Hedor a ozono y orina. Los tendones expuestos del cuello del capataz crujieron a centímetros de su oreja; ramas muertas partiéndose bajo presión. Kargra no respiró. Apretó el puño alrededor del trozo de carne y lo hundió contra su propio muslo, bajo la tela. El frío del despojo le succionó el calor de la pierna; una humedad aceitosa fundiéndose con el poro.

El capataz se detuvo. Aliento infecto en la nuca. El cuero de una bota pesada descendió sobre la mano de Kargra, la que sujetaba el hierro del carro. Los nudillos crujieron. El dolor fue un relámpago blanco que le vació los pulmones. Se mordió la lengua; sabor a cobre inundando la boca, pero no gritó. No soltó la presa. Una pátina de moco amarillento le manchó el hombro cuando el mutado siguió su marcha. El látigo volvió a raspar el limo. Siseo-siseo.

Thorne estaba ahí. Sus rodillas chasqueaban. Tenía los ojos clavados en el pozo, dos charcos de humedad vidriosa. Sus dedos desmenuzaban un mendrugo de pan negro. Las migas caían al abismo.

—Kargra… la reja. ¿Lleva al río?

Kargra masticó. La arena del pan le lijó las encías, pero tragó. Miró a Thorne. Miró el manojo de cuerdas tensas de su cuello.

—El Sorra está ahí abajo —la voz le salió como un raspado de lija sobre hueso—. El agua fluye hacia el valle. Solo hay que nadar un trecho.

Thorne tragó saliva. El cuello se aflojó. El pan dejó de desmoronarse entre sus dedos.

A cinco metros, la luz violeta de la runa de Silas palpitaba contra un pilar rezumante. Silas no observaba; Silas esperaba. Su mirada se clavó en la mancha oscura que crecía en la túnica de Kargra, justo donde el líquido del cadáver empapaba la tela. Silas mostró los dientes, una mueca de carnicero reconociendo a su igual. Escupió un coágulo al limo y dio la espalda.

El silbato rasgó el aire. Agudo. Final.

El hierro del collar le mordió la carne viva a Kargra mientras se unía a la fila. Thorne caminaba detrás con un ritmo nuevo, golpeando el suelo con una firmeza que no le pertenecía, impulsado por la mentira que ella llevaba pegada al muslo. El trozo de carne era ahora una piedra de hielo rígida irritándole la piel. El olor a muerto del bolsillo era su propio olor.

Los pies chapoteaban en la grasa. El pozo queda atrás, mudo, lleno de raíces y de hombres que no supieron mentir a tiempo.

El barracón era un pulmón enfermo. Paredes de salitre sudando una humedad gris que sabía a hierro. Quinientos cuerpos apilados en tablones podridos, exhalando un calor ácido que se condensaba en el techo y goteaba sobre la nuca de los vivos. Kargra se sentó. El hueco en su muslo, donde antes pegaba el despojo, palpitaba de frío.

Thorne estaba en el suelo. Tenía la manga subida. La Marca de Traslado —un círculo de quemadura química con el sello del Ojo Ciego— supuraba un líquido amarillento en su antebrazo. El sello de los de Arriba. No había cura. No había soborno. Cuando el silbato de fin de turno sonara, Thorne dejaría de ser un minero para convertirse en tejido de desguace. El tiempo se medía en el goteo de la sal.

—La Marca no se borra —dijo una voz desde el suelo.

Hogar, uno de los enanos del Clan del Sílice, afilaba una esquirla de hierro contra la suela de su bota. Barba raleada por la sarna. Manos estables. Los enanos no sufrían la Sima; la habitaban como moho.

—No se borra —confirmó Kargra. Miró el antebrazo del chico. Thorne dormía. Respiración de papel—. Necesitamos el pasillo despejado.

Hogar escupió una pasta de tabaco y sal.

—La veta de gas del túnel norte. Está saturada. Un golpe seco en el punto de fractura y la presión hará el resto. Los guardias correrán hacia el fuego. Tendrás diez minutos antes de que sellen el sector por asfixia.

—¿Quién pica? —preguntó Kargra.

—Los canteros de la veta este. No saben que el gas ha filtrado. Mandarlos allí es enviarlos al estallido.

Kargra no parpadeó. El dolor de su cadera era una brújula.

—Diles que hay una veta de cristal puro. Que si llenan el cupo antes de la inspección, habrá doble ración de caldo. Irán.

Hogar asintió. Metió la mano bajo el tablón y sacó una barra de hierro envuelta en trapos sebosos. Cuarenta centímetros de metal sólido. El precio de la reja.

—El hierro cuesta, orca —dijo el enano—. Si sales, mi clan necesita que alguien lleve un mensaje a las Forjas de Hierro Negro. Si te quedas, la barra vuelve a mí.

Kargra agarró el metal. Frío. Pesado. Real.

—Llevaré el mensaje.

Cerca del pilar de Silas, un tiefling llamado Malek observaba la runa violeta que palpitaba bajo la arpillera del místico. Malek tenía un cuerno roto y la piel de un rojo ceniciento, gastada por el roce de los grilletes. No miraba a Kargra; miraba la luz que Silas desprendía. Una fascinación sucia.

—Él no camina con nosotros, orca —susurró Malek. Su cola se movía con un tic nervioso sobre el limo—. Silas es el hueco que deja la luz al apagarse. Si lo sigues, acabarás siendo parte de su sombra. Él no busca el río. Él busca el origen de la herida.

Silas no respondió. Sus dientes brillaron en la oscuridad. Una invitación al abismo.

—Ayúdame a levantar a Thorne —ordenó Kargra.

Una chica se interpuso. Elara. Un fardo de huesos envuelto en una túnica tres tallas más grandes. Sus ojos eran demasiado grandes para su cara consumida. Manos temblando con el ritmo de la fiebre de sal.

—Kargra… llévame —rogó Elara. Su voz era un silbido húmedo—. Puedo limpiar las heridas. Puedo ayudar con la reja.

Kargra la miró. Pulmones colapsando. Piernas que no aguantarían cien metros de carrera. Un lastre.

—No —dijo Kargra.

—Por favor…

Kargra la empujó hacia el tablón. Un gesto seco. Una sentencia logística.

—Quédate en la fila. Si te mueves, te verán.

Elara se hundió en las sombras, sollozando sin ruido. Su esperanza murió en el acto, sustituida por el gris del barracón.

El sonido de pasos pesados golpeó el umbral. Garrick entró. No llevaba grilletes. Llevaba una vara de mando y una tabla de registro. Sus ojos recorrieron el barracón como un buitre contando reses muertas. Se detuvo ante el grupo de la veta este.

—Turno suplementario en el sector norte —ladró Garrick. Señaló a los canteros—. Los de Arriba quieren cristal. Hay ración doble de caldo si el carro sale lleno antes de la campana.

Los hombres se levantaron. Sombras hambrientas arrastrando los pies hacia la veta de gas. Nadie cuestionó la orden. Garrick miró a Kargra un segundo más de lo necesario. Sus labios se curvaron en un gesto que no llegó a ser sonrisa. Sabía lo que había en el aire.

—Vosotros —Garrick señaló a Kargra y su grupo—. Mantened el pasillo limpio. No quiero estorbos cuando el relevo baje.

Se dio la vuelta y salió. Garrick ya había cobrado su parte de la administración.

Cerca de la litera de Thorne, un anciano sin lengua llamado Mudo se acercó. Sacó de entre sus harapos una soga hecha de tendones trenzados y fibras de cáñamo. Diez metros de nudos firmes. La dejó sobre las rodillas de Kargra. Detrás de él, otra sombra dejó una bolsa pequeña con grasa de rata y un trozo de cuero seco. Provisiones para el túnel negro. El barracón sabía que alguien iba a intentarlo. Siempre lo saben.

Silas se incorporó. No hubo ruido de metal. De pronto, extendió la mano hacia Thorne y le entregó una daga de obsidiana, negra como el vacío. Luego, mostró dos hachas de mano, cortas, con el filo de un azul antinatural. No estaban allí hace un segundo. No había rastro de dónde las había sacado.

Thorne agarró la daga. El cristal le cortó el pulgar nada más tocarlo.

—Pesa —susurró el chico.

—Corta más de lo que pesas tú —respondió Silas. La runa de su brazo se volvió un punto de luz fría—. Kargra. El aire está cambiando.

Kargra cargó a Thorne al hombro. El chico pesaba menos que un saco de mineral. El olor del cadáver seguía impregnado en su ropa, mezclándose con el sudor del marcado.

—Es el momento.

A lo lejos, el túnel norte vibró. Un sordo boom que sacudió los cimientos de la Sima. Gritos de alarma. El silbato de emergencia rasgó la quietud. Los pasos pesados de los guardias se alejaron del bloque de celdas, corriendo hacia el fuego. Hacia la carne calcinada.

Salieron al pasillo. El humo del gas quemado empezaba a lamer el techo. Silas iba delante, Malek le seguía como un perro hambriento. Atrás, en el barracón, Elara quedó sentada en el suelo, mirando la oscuridad donde antes estaban los que prometían un río.

Kargra apretó la barra de hierro bajo el brazo. Le dolía la cadera. Le dolía la mentira. Pero Thorne caminaba.

Los pies chapoteaban en el agua negra. El pozo de la reja estaba cerca, mudo, esperando a los que habían decidido que el precio de la libertad era el sacrificio de los inocentes.

El aire del pasillo pesaba. Gas amarillo y sudor. Kargra avanzaba con Thorne a la espalda. El chico era una cáscara vacía; el pavor le había succionado el peso de los huesos. Los gritos de la veta norte llegaban amortiguados por la piedra, un eco de carne quemada que mantenía a la patrulla lejos, concentrada en el desastre.

Llegaron al punto de control.

Dos guardias orcos yacían en el suelo. No había sangre en las paredes ni rastro de lucha. Solo dos cuerpos desplomados sobre el limo, con los ojos vueltos, blancos como la sal. Silas se detuvo un segundo sobre ellos. Sus manos, que cargaban las hachas de azul antinatural desde el barracón, no temblaban. No hubo explicación. No hubo gloria. Solo el hecho físico de dos obstáculos eliminados con una limpieza que helaba la sangre.

Malek retrocedió, su cola golpeando la pared. Miró los cadáveres y luego a Silas. El tiefling se había acoplado al grupo en el último segundo, impulsado por una mezcla de terror y devoción hacia el místico, pero sobre todo porque Thorne, en su torpeza febril, había dejado caer su ración de agua al suelo y Malek se la había devuelto. Un gesto inútil que lo condenó a seguirlos.

—¿Cómo? —el siseo de Malek fue un espasmo.

Silas no respondió. Miró la Marca de Traslado en el brazo de Thorne. El tiempo se acababa.

Llegaron a la reja. El óxido la soldaba al marco de piedra. Kargra encajó la barra de hierro. Tiró. El músculo de su espalda se tensó hasta el punto de rotura. La cadera le envió un latido de fuego al cerebro. Rojo. Pulsante. El hierro chirrió, un sonido de dientes rompiéndose, pero no cedió lo suficiente.

—¡Malek! —rugió Kargra—. ¡Tira!

El tiefling se lanzó sobre la barra. Sus manos finas se cerraron sobre el metal. Juntos hicieron palanca, pero el perno superior estaba incrustado en el corazón de la roca. Necesitaban un tercer apoyo, pero Thorne estaba en el suelo, abrazando la daga de obsidiana, mirando el túnel de acceso con los ojos desorbitados.

Un silbido lejano. El Guardia de Élite.

El mutante no venía por el gas. Venía por el rastro del asesinato silencioso de Silas.

—No hay tiempo —dijo Silas. Su voz era un hilo de escarcha.

Miró a Malek. Luego miró a Thorne, que tiritaba de miedo. El tiefling era más fuerte, más rápido, pero no tenía la Marca. No era el objetivo. Silas se acercó a Malek y le puso una mano en el hombro. No fue un gesto de consuelo. Fue una sujeción.

—La reja no abrirá con nosotros aquí —susurró Silas.

—¿Qué? —Malek intentó zafarse, pero sus pies parecieron echar raíces en el limo.

—El mutante necesita carne caliente para detenerse. Si te quedas, nosotros abrimos. Si te vas con nosotros, morimos todos en el pasillo.

Kargra miró a Silas. Entendió la logística sucia. El tiefling era el único excedente real. Thorne era el motivo, Silas era el medio, ella era la fuerza. Malek era el tiempo.

Kargra no dudó. Agarró a Malek por la cintura y lo estampó contra el pilar de sal más cercano al túnel de acceso. El golpe le sacó el aire al tiefling.

—Grita —ordenó Kargra.

—¡No! ¡Kargra, por favor!

Kargra volvió a la barra de hierro. Sin el peso muerto de Malek estorbando en la palanca y con el siseo del guardia ya en el recodo, el último tirón fue pura adrenalina y odio. El perno saltó. La piedra reventó en fragmentos que le cortaron la mejilla.

La reja se inclinó. Abajo, el agua era una costra de grasa negra.

—¡Thorne, abajo! —Kargra lo agarró por el cuello de la túnica y lo lanzó al vacío.

El chico cayó con un chapoteo mudo. Silas se deslizó después, desapareciendo en la negrura sin mirar atrás.

Kargra metió la pierna en el hueco. El hierro le mordió el tobillo. En el pasillo, Malek intentaba levantarse, pero el Guardia de Élite ya asomaba su masa de crestas óseas por la esquina. El tiefling soltó un alarido primario. El sonido de los puños de Malek golpeando inútilmente la piel de cristal del guardia fue lo último que Kargra oyó antes de tirar de su propio cuerpo.

El metal le arrancó la piel de la pantorrilla. Dolor blanco. Sintió el hueso rozar el marco. Tira. Cae.

El agua la envolvió. Frío absoluto. Sopa de aceite y amoníaco. Emergió escupiendo grasa. Thorne chapoteaba a su lado en la oscuridad total, aferrado a su daga.

—Kargra… ¿está cerca el río? —la voz de Thorne era un temblor.

—Nada —dijo ella. El tobillo le latía con un ritmo propio—. Adelante.

Arriba, el alarido de Malek se cortó en seco con un crujido de huesos triturados. Silas ya nadaba delante, una sombra que apenas desplazaba el agua estancada.

Kargra nadó. El olor del cadáver de la reja seguía en su ropa, mezclándose con el agua muerta del conducto. No había río Sorra. Solo un túnel que se estrechaba y el sabor a traición en la garganta.

El agua no corría. Era una masa densa, un caldo de aceites industriales y sedimentos que se amontonaba contra un muro de escombros y raíces negras. Kargra sentía el frío succionándole la médula, pero era el silencio lo que más pesaba. El conducto se estrechaba, obligándolos a avanzar en fila, con el mentón pegado a la superficie aceitosa para capturar los últimos restos de un aire que sabía a azufre y pulmón ajeno. Intentó impulsar su cuerpo, pero su tobillo derecho no respondió. No era solo el dolor; era la ausencia de conexión. El hueso astillado se enganchaba en las paredes del túnel como un ancla de carne inútil. Cada vez que trataba de patear, el muñón chocaba contra la piedra y un calambre eléctrico le recorría la columna, vaciándole la fuerza de los brazos. Se detuvo, jadeando, tragando una bocanada de limo amargo.

Thorne estaba a un metro, atrapado entre ella y el místico. El chico ya no nadaba; flotaba, con la mirada fija en el techo de piedra que descendía centímetro a centímetro. La luz violeta que emanaba de Silas era apenas un rescoldo, pero bastaba para iluminar el antebrazo de Thorne. La Marca de Traslado estaba allí, brillando bajo el agua negra con una intensidad química. Silas se detuvo. El místico hundió la mano en el atasco de grasa sólida y restos orgánicos que sellaba el conducto. Sacó un puñado de pelo humano mezclado con cal y fibras textiles. El túnel no estaba colapsado por accidente; era un tapón de deshechos compactados por años de negligencia y cadáveres.

—No hay río —dijo Thorne. Su voz no tembló. Fue una afirmación plana, despojada de la fiebre que lo había movido hasta ahora—. No hay corriente, Kargra. El agua está muerta.

Kargra no lo miró. Apoyó la espalda contra la pared, sintiendo cómo el frío le adormecía la cadera lisiada. El aire era un recurso escaso. Cada palabra consumía oxígeno que no se renovaba. Silas hundió más el brazo en el muro de inmundicia. Sus dedos rozaron algo que no era piedra ni carne. Un sonido metálico, sordo y antiguo, vibró a través del líquido. El místico apartó una capa de sedimento y la luz violeta reveló una superficie pulida, extraña al entorno de la mina: una placa de latón grabada con glifos que no pertenecían a los lenguajes de la Sima. En el centro, un mecanismo de presión, una rueda de dientes finos que parecía devorar la oscuridad. No era un desagüe. Era un acceso a algo que los constructores de la mina habían preferido ignorar o enterrar bajo toneladas de basura biológica.

—Thorne, ayuda a Silas a empujar el atasco —ordenó Kargra. Su voz era un raspado de metal—. Si la reja de arriba cede, el peso del agua nos aplastará contra este muro.

El chico no se movió. Sus dedos, entumecidos por el frío, jugaban con el mango de la daga de obsidiana. Miró a Kargra, no con odio, sino con una lucidez quirúrgica que ella no le conocía.

—Mentiste —dijo Thorne. No pidió explicaciones. Levantó la mano y señaló la Marca en su brazo, que ahora palpitaba con un ritmo febril—. Me has traído a un nicho. Malek murió para que pudiéramos ahogarnos en un pozo de mierda.

Kargra sintió la barra de hierro en su cinturón pesando como un muerto. Miró el mecanismo de latón. Silas ya estaba manipulando la rueda; cada giro emitía un chasquido de relojería que resonaba en sus pechos. La placa empezó a succionar el agua, creando un remolino débil pero constante. No era una salida al valle. Era una invitación a un vacío diferente.

Kargra comprendió que su fuerza, la única moneda con la que había negociado su supervivencia, ya no servía. Con el tobillo destrozado y el chico negándose a ser su herramienta, el control se le escapaba por las grietas de la piedra. Tomó la barra de hierro y la extendió hacia Thorne, no para golpearlo, sino ofreciéndole el extremo. El chico la miró con sospecha.

—Tira —dijo Kargra. Su tono no admitía réplica, pero ya no era la orden de una líder, sino la de una pieza que reconoce su obsolescencia—. Tira de mí hacia ese mecanismo. Silas va a abrir eso y no voy a poder impulsarme. Si me dejas aquí, te quedarás solo con él en la oscuridad.

Thorne no aceptó el hierro de inmediato. Miró a Silas, cuya figura se fundía con la negrura del nuevo hueco que se abría en el muro de latón. El místico no los esperaba; ya se estaba deslizando hacia el otro lado, hacia un aire que olía a ozono y a polvo de siglos. Thorne agarró la barra. No lo hizo por lealtad, sino por un cálculo logístico de última hora. Tiró de Kargra con una violencia innecesaria, arrastrando su cuerpo lisiado sobre las raíces y la grasa.

Kargra sintió la carne de su pierna desgarrándose contra el marco del mecanismo mientras pasaban. El dolor fue un relámpago que le nubló la vista, pero no emitió sonido. Aceptó el tirón, aceptó la humillación del lastre. Ya no lideraba la huida; ahora era el fardo que Thorne decidía transportar por razones que ella no entendía.

Cruzaron el umbral. El mecanismo se cerró tras ellos con un siseo neumático, sellando el conducto de drenaje y dejando atrás la Sima. El agua negra quedó atrapada al otro lado. Lo que tenían delante no era el río Sorra ni el aire del valle. Era una bóveda inmensa, iluminada por vetas de mineral luminiscente que trazaban patrones geométricos en el suelo de piedra negra. En el centro, una estructura de pilares de hierro retorcido sostenía lo que parecía un motor inerte, una máquina del tamaño de una casa rodeada de esqueletos que no vestían harapos de esclavo, sino armaduras de placas grabadas con el mismo sello de la Marca de Thorne.

Kargra se soltó de la barra y colapsó sobre el suelo seco y frío. El silencio aquí era absoluto, un vacío que le zumbaba en los oídos. Miró a Thorne. El chico se mantenía de pie, con la daga en la mano, observando la inmensidad muerta de la cámara. Ya no había rastro de la admiración febril en sus ojos. La mentira del río había muerto, y con ella, la Kargra que él conocía.

Ella bajó la vista hacia su tobillo. Estaba hinchado, negro, inservible. Levantó la mirada hacia Silas, que caminaba hacia el centro de la estructura sin mirar atrás. La libertad que habían comprado con la carne de Malek y los canteros no era un escape. Era la entrada a una tumba más grande, una maquinaria de la que ahora formaban parte. Kargra apretó el puño sobre el suelo frío, aceptando la nueva aritmética. No importaba el cielo. Solo importaba quién empuñaría el hierro cuando el hambre volviera a despertar.

El precio pagado no era más que la fianza de un cautiverio más profundo.

Tengo mas episodios escritos, a alguien le parece interesante?

Hola,

Gracias por compartir. Lo leí, porque leo todo en estos foros. No ha sido mi favorito, pero ha sido entretenido. Tienes una buena historia entre manos y manejas muy bien la tensión y tiene esa parte de Oscura muy bien pegada a la mente (jajajaja)

Está bien y escribes muy bien para el nivel de ser un novato. O llevas mucho tiempo escribiendo esta historia o has escrito antes. ¿Has compartido en otros lugares? ¿Cómo ha sido el proceso?

Gracias por el feedback.
Pues la historia agrandes rasgos la tengo en la cabeza desde hace mucho tiempo, y alguna vez(2 en concreto), intente escribirla aunque no pase de las 2 paginas. Y nunca he escrito otro tipo de texto.
Tambien dire que ya tengo una edad, algunos mas de 40, y todo este tiempo lo pase leyendo y jugando videojuegos, ademas de lo obvio, relaciones, trabajo… que me llevan a una situacion madura, donde realmente se lo que quiero y como (al menos en este tema).
He adelantado bastante este relato, aunque ahora me empiezo a encontrar con problemas que no habia planificado, supongo que es la consecuencia de ser autodidacta. Pero me esta sirviendo mucho no solo a nivel educativo, tambien a nivel de constancia, de buscar mejorar el texto, de implicacion…
Esta siendo una experiencia mucho mas grata de lo que hubiera imaginado.

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Dejo episodio 2. Se agradece feedback

EPISODIO 2

El suelo no era piedra. Era una superficie negra, lisa y despojada de la porosidad de la sal. Thorne contó treinta y dos respiraciones de Kargra antes de moverse. Al principio, el sonido era un silbido húmedo; después, un roncate seco que vibraba en el aire estancado de la bóveda. El aire aquí no sabía a amoníaco. Sabía a metal viejo y a algo que Thorne no conocía: la ausencia de otros cuerpos.

Thorne deslizó la daga de obsidiana por la piedra. El roce emitió un sonido cristalino que murió sin eco. No había humedad. La Marca de su antebrazo, antes una herida supurante, se había estabilizado en un tono ceniza, pero los bordes del tatuaje químico palpitaban con una luz blanca que seguía el ritmo de la máquina del centro de la cámara.

Se levantó. Sus articulaciones no chasquearon. Se sentía ligero, una sensación peligrosa en la oscuridad. Caminó hacia Kargra.

Ella estaba colapsada junto al mecanismo de latón. La bota derecha estaba reventada, el cuero cedido por una masa que ya no tenía forma de pie. Thorne se puso de cuclillas a un metro de distancia. Observó el tobillo. La inflamación había subido hasta la mitad de la pantorrilla, una protuberancia amoratada que brillaba bajo la luz mortecina de los pilares. El músculo de la pierna de la orca, siempre tenso como una cuerda de arco, se agitaba con espasmos involuntarios.

Thorne extendió la mano hacia la bota. No la tocó. Midió visualmente el ángulo de la rotura. El hueso no había perforado la piel, pero el tobillo estaba desplazado hacia fuera, formando una escuadra antinatural. Calculó el peso de Kargra. Sesenta, quizá setenta kilos de músculo y hueso muerto que no podría subir una rampa ni nadar otra vez.

—Está rota —dijo Thorne. Su propia voz le sonó extraña, más limpia.

Kargra no abrió los ojos, pero su respiración se detuvo un segundo. Una pausa de cálculo.

—Puedo entablillarla —respondió ella. No preguntó dónde estaban ni qué había pasado con Silas.

Thorne no respondió. Miró a su alrededor. Silas se movía entre los pilares de hierro del motor central. El místico no usaba sus manos; recorría las superficies con la punta de los dedos, como si leyera un relieve invisible. Cada vez que Silas tocaba una de las placas de hierro, las vetas del suelo respondían con un parpadeo violeta.

Thorne buscó la barra de hierro que Kargra le había entregado en el conducto. Estaba a unos pasos, olvidada sobre la superficie negra. La recogió. El metal pesaba. Recordó el tirón que había dado para sacar a Kargra del agua; el sonido de la piel de ella desgarrándose contra el marco de latón. No sintió el pinchazo en el estómago que solía sentir cuando ella se hería. Sintió la presión del objeto en su mano. Un activo.

Se acercó a los restos de los esqueletos con armadura. Se agachó junto a uno de ellos. El metal de la coraza estaba frío, pero no tenía rastro de óxido. En el peto, el sello del Ojo Ciego estaba grabado con una precisión que no existía en las forjas de la Sima. Thorne metió un dedo en la cuenca ocular del cráneo. Seco. Polvo. Nada de lo que había aquí pertenecía a la cadena de producción de la mina.

Vio algo en el cinturón del cadáver: una pequeña bolsa de cuero rígido. La abrió. Dentro no había comida ni herramientas de minero. Había tres cilindros de cristal llenos de un líquido azul espeso y una pequeña llave de latón.

Thorne cerró la bolsa y se la guardó en la túnica. No llamó a Silas. No avisó a Kargra.

—Thorne —la voz de la orca era más débil ahora—. Ayúdame a sentarme.

Thorne se giró. Kargra intentaba incorporarse, arrastrando la pierna herida. El rastro de sangre que dejaba en el suelo negro era oscuro, casi negro. Thorne la observó durante cinco respiraciones más. Vio el temblor en sus manos, el sudor frío que le perleaba la frente. Vio la mentira del río Sorra deshaciéndose en cada uno de sus gestos de dolor.

Caminó hacia ella, pero no le ofreció el hombro. Se detuvo a medio camino y clavó la barra de hierro en una grieta del suelo.

—Silas ha encontrado algo —dijo Thorne. Miró hacia la máquina, ignorando la mano extendida de Kargra—. La Marca quema cuando me acerco a los pilares.

Kargra dejó caer el brazo. Sus ojos, antes amarillos y feroces, estaban velados por una capa de fatiga gris.

—¿Qué hay allí?

—No es una salida —respondió Thorne. Su voz no contenía juicio, solo la enumeración de una realidad nueva—. Son ellos, Kargra. Los de Arriba. Estaban aquí antes que nosotros.

Thorne se dio la vuelta y se alejó hacia la luz violeta, dejando a Kargra en la penumbra del mecanismo de cierre. Ella no volvió a pedir ayuda. El silencio volvió a cerrarse sobre la cámara, roto solo por el sonido de Thorne midiendo el espacio con pasos cortos, rítmicos, calculando cuánto tiempo tardaría la Marca en consumirle el brazo antes de que Silas lograra despertar al motor.

Kargra intentó arrastrarse. El sonido del cuero raspando la piedra negra era rítmico, interrumpido por pausas donde su respiración se volvía un silbido irregular. Thorne no se acercó. Se quedó a tres pasos, calculando el desgaste.

La pierna derecha de la orca era ahora una variable muerta. El tobillo había duplicado su grosor, deformando la bota hasta que las costuras empezaron a ceder. Bajo la luz violeta de la cámara, la piel no era roja; era de un tono violáceo, casi negro, que subía por el gemelo como una marea de tejido podrido. El temblor era constante. No era un espasmo de dolor, sino una vibración biomecánica: el músculo intentando sostener una estructura que ya no existía.

—Tengo que abrir la bota —dijo Kargra.

Thorne observó sus manos. Los dedos de la orca, siempre precisos para estrangular o picar, fallaban. Sus uñas arañaban el cuero endurecido por la sal sin lograr desatar los cordones. Thorne no sintió la urgencia de ayudarla. Sintió el peso de la decisión. Una orca lisiada consumía la misma cantidad de aire que una sana, pero reducía la velocidad de desplazamiento a menos de la mitad. En una plataforma de descenso o en un túnel estrecho, Kargra era un tapón.

—Dame la daga —pidió ella.

Thorne desenvainó la hoja de obsidiana. El cristal negro no reflejaba la luz, la absorbía. Dio un paso adelante, se puso de cuclillas y, con un movimiento seco, rajó el cuero de la bota desde el empeine hasta el borde.

La carne liberada se expandió. El olor llegó de golpe: sangre estancada, sudor viejo y el amoníaco que aún supuraba de sus poros. El hueso del maléolo estaba desplazado hacia fuera, presionando la piel tensa hasta volverla translúcida. Thorne analizó la herida como quien analiza una grieta en un pilar de carga.

—No podrás caminar —dijo Thorne. Su voz era plana, desprovista de consuelo.

—Puedo usar la barra como muleta.

—La barra es para la palanca. Si doblas el hierro con tu peso, no abriremos la siguiente puerta.

Kargra levantó la vista. Sus ojos amarillos buscaron una grieta de duda en Thorne, una chispa del chico que lloraba por un mendrugo de pan. No encontró nada. Thorne estaba midiendo el volumen de la hinchazón. Estaba contando las gotas de sudor que caían de la frente de la orca al suelo.

—¿Qué sugieres, Thorne? —la voz de ella era un raspado de lija.

—Silas ha activado la secuencia. Los pilares están vibrando. El suelo no es sólido, Kargra. Son placas concéntricas.

Él miró hacia el centro de la cámara. Silas estaba de pie sobre el eje del motor, con las manos extendidas. El místico no respiraba con esfuerzo; parecía estar alimentándose de la vibración. Thorne volvió a mirar a Kargra. Evaluó el tiempo de reacción. Si la plataforma caía o empezaba a descender, él tendría que arrastrar setenta kilos de músculo inútil hasta el centro para no quedar atrapado en el cierre del anillo exterior.

—Te arrastraré hasta el pilar central —decidió Thorne—. Pero si el suelo se inclina, tendré que soltar la barra.

No era una amenaza. Era una advertencia sobre el consumo de energía.

Kargra apretó los dientes. Un sonido de hueso contra hueso. Agarró el brazo de Thorne para incorporarse. Él sintió la presión de los dedos de la orca; antes esa fuerza lo hacía sentir seguro, ahora solo era un lastre que le hundía los pies en la piedra. La levantó a medias. El olor a carne herida se hizo más fuerte.

—No me sueltes —dijo ella.

Thorne no respondió. Sus ojos estaban fijos en el anillo de luz violeta que empezaba a girar bajo los pies de Silas. La Marca en su brazo derecho ardió, una punzada sincrónica con el zumbido de la máquina. El mecanismo de latón por el que habían entrado emitió un chasquido final. Estaban sellados.

—Pesa más el silencio que tu pierna, Kargra —susurró Thorne mientras empezaba a arrastrarla hacia el eje.

Sus pies marcaban el ritmo sobre la piedra negra. Cada centímetro ganado era un gasto de oxígeno. Thorne ya no miraba a Kargra como su salvadora; la miraba como una deuda que estaba pagando antes de que el interés se volviera insoportable.

Silas se movió con sacudidas. Sus articulaciones emitieron chasquidos secos, similares a madera vieja que quiebra bajo el peso de la nieve. No caminó. Se desplazó por el borde del eje central con una rigidez de insecto, los dedos amarillentos extendidos sobre las placas de hierro. Sus yemas palparon las muescas. Buscó los ángulos rectos. Cada vez que presionó un relieve, un zumbido de metal contra hueso vibró desde el suelo y trepó hasta los molares de Thorne. El sabor a cobre inundó su boca.

Thorne registró la secuencia. Una placa de latón a la izquierda escupió un brillo cenizo. Una vibración a la derecha murió antes de nacer. Silas ignoró a la orca. Ignoró el gemido que escapó de la garganta de Kargra. Sus ojos permanecieron fijos en la conductividad de la máquina. Su cuerpo sirvió de puente.

—No lo toques —dijo Silas. Su voz cortó el aire como un escalpelo.

Thorne no alargó la mano. Su atención recayó en su antebrazo. La Marca no respondió a Silas. La quemadura química en la piel permaneció inerte mientras el místico activaba los glifos. Pero cuando Thorne cargó el peso hacia los pilares de hierro retorcido, la Marca soltó un latido de calor blanco. El entumecimiento le recorrió los dedos. El tatuaje no fue magia; fue un sensor de proximidad. El metal lo reconoció como una pieza compatible, una llave de carne y pus.

—Aclara la luz —gruñó Kargra.

La orca intentó incorporarse. Apoyó la palma en un pilar, pero la superficie aceitosa le negó el agarre. Sus músculos fallaron. Sesenta y cinco kilos de fibra y hueso impactaron contra la piedra negra. El sonido fue sordo, el de un saco de grano que cae desde un segundo piso.

Thorne maldijo. El aire en sus pulmones supo a polvo y grasa rancia. Se acercó a ella. La agarró por la axila. Sus talones se hundieron en el limo del suelo mientras el centro de gravedad de la orca tiraba de él hacia abajo. Los tendones de su hombro se tensaron hasta el punto de rotura. Sintió el crujido del ligamento. Kargra no fue una compañera; fue una variable muerta, un lastre de setenta kilos que redujo su velocidad de desplazamiento a la mitad. El sudor frío de la orca empapó la túnica de Thorne. Le pegó la tela a las costillas.

—Quédate cerca del eje —dijo Thorne. Soltó el cuerpo de la mujer con un desdén biomecánico. El impacto de ella contra el suelo no le provocó lástima, solo el cálculo del desgaste de su propio hombro—. El anillo exterior vibra. Se suelta.

Silas presionó una hendidura profunda en el corazón del motor. Un estruendo de engranajes gigantescos que muelen óxido y calcio resonó bajo las plantas de sus pies. No hubo temblor místico. Hubo un encaje físico. El suelo descendió un centímetro. Las placas concéntricas giraron. El metal chilló contra el metal.

Thorne observó la Marca. El brillo ceniza mutó a un violeta eléctrico. Mil agujas de hielo le perforaron el cúbito. Miró hacia arriba. El techo de la bóveda se alejó. El espacio se expandió.

—El Criadero —susurró Silas.

No hubo revelación. El místico leyó los glifos que se iluminaron en la base según la plataforma ganó velocidad hacia abajo. Thorne registró el término. Criadero. Visualizó las celdas de la Sima. Recordó el olor a orina y el hacinamiento en los tablones. Esto fue distinto. El aire dejó de estar estancado. Se volvió frío. Una carga eléctrica le erizó el vello de la nuca y le resecó la garganta.

La gravedad cambió. La plataforma aceleró. Thorne se agachó y hundió los dedos en el cinturón de cuero de Kargra. Ancló sus pies en las ranuras de la piedra. Sus bíceps se hincharon por el esfuerzo de mantener el cuerpo de la orca pegado al suelo. No lo hizo por piedad. Un cuerpo de setenta kilos a la deriva dañaría las placas de control o rompería la trayectoria de Silas. Kargra fue un objeto que debía ser asegurado para que la máquina no fallara.

—No respires hondo —dijo Thorne. El viento del descenso le golpeó la cara con el hedor de siglos de encierro—. El aire cambia.

Abajo, una luz roja creció. Un círculo inmenso que devoró la oscuridad. El Criadero. Thorne apretó la daga de obsidiana en su mano izquierda. El frío del metal muerto fue el único recordatorio de su propia solidez. Sus costillas se expandieron con dificultad ante la presión atmosférica.

Kargra intentó agarrarle la muñeca. Thorne apartó el brazo. Su mirada se mantuvo fija en el foso rojo. Evaluó el tiempo de llegada. Calculó la resistencia de sus rodillas para el impacto del frenado. La orca era una deuda pendiente, un activo dañado que pronto exigiría un precio mayor al de su propio peso. El silbido del aire en los conductos de ventilación tapó el sonido de la respiración rota de la mujer.

Thorne apretó los dientes. El descenso continuó. El metal crujió. La carne esperó.

La plataforma encajó en el fondo del foso con un crujido de muescas secas. El impacto sacudió el fémur de Kargra; Thorne escuchó el rechinar de sus dientes antes de verla colapsar. No hubo queja, solo el sonido del aire escapando de unos pulmones que ya no mandaban. Thorne no alargó la mano. Se limitó a contar los segundos que ella tardó en enderezar el torso: siete. Demasiado tiempo para lo que dictaba el zumbido de la máquina.

El Criadero olía a ozono y a grasa de matadero. La luz roja procedía de cilindros de cristal de tres metros, alineados como costillas en los muros. Silas avanzó hacia un panel de control incrustado entre dos tanques. Sus dedos, manchados de un aceite negro que no terminaba de secarse, palparon una hendidura de latón pulido.

—El sistema purga el excedente —dijo Silas. Su voz carecía de inflexión.

Silas presionó una placa. El fluido dentro del cilindro más cercano se aclaró un segundo. Thorne vio la masa suspendida: jirones de músculo, tendones expuestos y ganchos de hierro que atravesaban costillas humanas. Reconoció el patrón de una túnica de esclavo disolviéndose: los canteros de la veta este. No estaban muertos; eran materia prima en proceso de remodelación.

Kargra se arrastró por el suelo, usando los codos para nivelar su peso muerto. La fricción del cuero contra la piedra negra generó un chirrido de lija.

—Thorne —su voz era un rastro de ceniza—. ¿Qué dice el místico? ¿Hay salida?

Thorne observó a Silas. Una pantalla de cristal ahumado proyectó ráfagas de luz sobre el antebrazo de Thorne. La Marca respondió al instante; la quemadura se abrió, liberando un calor blanco que le hizo castañear los dientes. En el cristal apareció una ruta: tres nodos de ventilación. Dos estaban marcados con el rojo de la roca colapsada. Solo uno, un conducto vertical de treinta centímetros de diámetro, brillaba en verde.

Silas se giró hacia Thorne. Sus ojos eran dos pozos de indiferencia técnica.

—Un solo camino —susurró Silas, señalando el conducto estrecho—. Cincuenta metros de trepada vertical. Espacio justo para un cuerpo.

Thorne registró la medida. Miró a Kargra. Ella seguía en el suelo, con el tobillo convertido en una masa informe que triplicaba el grosor del hueso. Un conducto de treinta centímetros era una trampa para ella; si intentaba entrar, quedaría encajonada, bloqueando el oxígeno y el paso. Si ella sabía que era la única salida, exigiría ser arrastrada, consumiendo las últimas fuerzas de Thorne.

Kargra levantó la cabeza. El sudor le pegaba mechones de pelo a la frente.

—¿Thorne? ¿Qué ha dicho?

Thorne sintió el peso de la bolsa de cuero que había robado arriba. Los cilindros de líquido azul y la llave de latón pesaban contra su muslo. Miró el panel. Miró el conducto vertical. Luego miró los otros dos nodos sellados, los que Silas había descartado por imposibles.

—Dice que hay tres rutas —mintió Thorne. Su voz no flaqueó; fue la enumeración de una variable inexistente—. Dos son rampas de carga, amplias. Silas comprueba cuál tiene menos vigilancia.

Kargra soltó el aire acumulado. Sus hombros descendieron dos centímetros. El alivio le aflojó la mandíbula, restándole la tensión necesaria para sobrevivir al dolor.

—Bien —murmuró ella—. Podemos movernos por una rampa. Dame el hierro. Ayúdame.

Thorne le alcanzó la barra. Ella la usó como muleta, hundiendo el metal en la piedra con una fuerza desesperada que le hizo temblar el brazo sano. Thorne la observó gastar su reserva de energía basándose en una esperanza falsa. No sintió lástima; sintió que el lastre se volvía más manejable bajo el efecto del engaño.

Silas mantuvo la mirada fija en Thorne. No hubo juicio, solo la constatación de la nueva asimetría. El místico no lo corrigió. Dio media vuelta y empezó a caminar hacia el nodo de treinta centímetros, oculto tras una pestaña de hierro.

Thorne se colocó detrás de Kargra. La agarró por el brazo para estabilizarla, sintiendo el calor de su fiebre a través de la tela sucia. Ella se apoyó en él, confiando el sesenta por ciento de su equilibrio a su hombro. Thorne ajustó la posición de sus pies, guiándola con cuidado.

Sabía exactamente dónde terminaba el camino. Sabía que, al llegar al conducto vertical, ella no pasaría. Pero mientras avanzaban, él tenía el control del tiempo y del esfuerzo de ambos.

—Despacio —dijo Thorne.

Caminaron hacia la oscuridad roja. Kargra golpeaba el suelo con el hierro, avanzando hacia la rampa que no existía. Thorne guardó el código de acceso en su memoria y dejó que la orca quemara sus últimos cartuchos de fuerza hacia un callejón sin salida. Algo en el interior de Thorne, tan frío como el metal del Criadero, se selló para siempre.

¿Alguna vez te han dicho que más es menos? Se vuelve muy repetitivo. A cada momento Thorne piensa que Kargra es peso muerto (lo repite muchas veces) podrías decirlo solo una y dejar el resto implícito.

Me atreveré a editar alguna cosa. Perdona mi atrevimiento

No tengo problema con lo que escribes, considero que es fresco y original. Habiendo dicho eso, te regalaré una posible mejoría:

”Kargra se arrastraba, raspando la piedra al ritmo del silbido irregular de su respiración mientras Thorne calculaba su desgaste.”

Espero haberme hecho entender en mi punto de más es menos. Un saludo!