Oakhaven es una pirámide de lodo. En la cúspide, los mercaderes de la Alta Cámara respiran aire filtrado por pañuelos de seda; en la base, los que sostenemos la estructura nos hundimos en el fango para que ellos no se ensucien las botas. Durante años, yo creí que mis asesinatos eran los peldaños que me alejaban del barro. Me equivoqué. Solo era un operario más, encargado de limpiar la sangre de otros, convencido de que mi túnica de seda negra era un uniforme de mando y no un simple disfraz de sirviente de lujo.
Caminé por el muelle principal sintiendo que el aire pesaba más de lo habitual. El olor a brea y vísceras de pescado se me filtraba por la garganta, recordándome de dónde venía. Mis tres últimos contratos habían terminado en silencio, sin cadáveres, solo con sombras escapando entre mis dedos. En mi cabeza, eran fallos tácticos, errores de “variables”. Mi mente, ese mecanismo que siempre me había hecho sentir superior a los brutos del puerto, seguía intentando cuadrar un balance que ya estaba cerrado.
Entré en La Quilla Rota. No hubo el habitual cambio en el murmullo, ni el sutil retroceso de los clientes. Galt, el tabernero, estaba de rodillas restregando una mancha de orina con serrín. Ni siquiera se detuvo.
—Galt. El tinto de la reserva —dije. Mi voz, que solía silenciar la sala, se perdió entre el ruido de los platos sucios.
Galt se levantó, se limpió las manos en un delantal que había visto tiempos mejores y me miró. No vi miedo. Vi esa lástima hiriente que se le reserva a los moribundos.
—La reserva es para los que tienen un nombre, Kael —dijo Galt, señalando con la barbilla mi rincón habitual—. Y el tuyo ha sido tachado.
En mi mesa, sentado en la silla donde yo había decidido el destino de barones, estaba Vane. Tenía diecinueve años y el cuello marcado por cicatrices de peleas de callejón que yo ya no tenía que librar. Estaba terminando un cuenco de gachas frías con una eficiencia mecánica. Al verme, ni siquiera dejó la cuchara.
—Llegas tarde para recoger tus cosas —dijo Vane. Su voz era plana, despojada de la admiración que me tenía cuando era mi aprendiz—. Barlow ya ha repartido tus distritos. Tus llaves de los pisos francos están en mi bolsillo. Tu contacto en la aduana… bueno, él mismo me dio tu ubicación.
El mundo se inclinó. No fue una traición explosiva; fue un desahucio silencioso. Mi inteligencia, esa maldita facultad que me aislaba de la plebe, me mostró la imagen con una nitidez obscena: yo no era un traidor, era un excedente. Un activo que ya no generaba beneficios.
—Soy un especialista, Vane —siseé, intentando que mis manos no buscaran una daga que, de repente, sentía que no me pertenecía—. He servido a la Organización cuando tú aún robabas manzanas.
Vane dejó el cuenco. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi túnica de seda.
—Viniste vestido para una cena con la Cámara y terminaste en un vertedero —Vane sacó un cilindro de cuero sucio con el sello de las Minas de Sal y lo lanzó sobre la mesa. El sonido del cuero contra la madera podrida fue el clavo final—. No vas a las minas para matar a Vexar, Kael. Olvida esa fantasía de héroe. Vas porque las minas necesitan carne para el pico y la Organización necesita dejar de pagar tu aire.
—¿Me envían a picar piedra? —el horror me subió por la garganta.
—Te envían a desaparecer —corrigió Vane, levantándose. Me sacaba media cabeza y le sobraba toda la arrogancia que yo acababa de perder—. Barlow dice que si estás en la barcaza a medianoche, te permitirá conservar la vida. Si te quedas, me ha dado permiso para ver si tu “brillante mente” puede detener un tajo en el cuello.
Vane pasó por mi lado, golpeándome el hombro. La seda de mi capa se enganchó en un clavo de la viga y escuché el desgarrón. Un sonido seco, definitivo. Nadie en la taberna se giró. Galt volvió a su serrín. Yo ya no era el Asesino de los Muelles; era un hombre con ropa cara y el alma rota, estorbando en un rincón que ya no era suyo.
Salí a la noche de Oakhaven. La niebla me envolvió, pero ya no se sentía como un aliado. Se sentía como el sudario de un mindundi que se había creído príncipe. Toqué la seda desgarrada de mi hombro. El frío del mar me recordó que, debajo del disfraz, siempre había sido barro.
Caminé hacia la barcaza de suministros con el paso de un condenado. Pero mientras mis botas pisaban el lodo del muelle bajo, una pequeña chispa de mi antiguo ego se encendió entre las cenizas. Me enviaban a la sal para que me disolviera. Quizá fuera cierto que ya no era un activo. Quizá fuera cierto que era excedente.
Pero si iba a ser sal, me aseguraría de que la herida de la Organización nunca dejara de escocer.
Episodio 1:
El mineral volcó. El estruendo murió en un aire que sabía a cemento y sangre seca. Kargra escupió; el moco gris quedó anclado al borde del carro, balanceándose. El pozo no devolvió eco. Solo un vaho de amoníaco que hinchaba las membranas de la nariz hasta que respirar escocía.
La cadera de Kargra estalló. Un chasquido, luego el incendio trepando por el nervio hasta el cráneo. Rojo pulsante. Los dedos buscaron la reja. El óxido le lijó las palmas, arrancando tiras de callo que se perdieron en la herrumbre. El metal cedió un palmo con un chirrido de dientes rompiéndose. Abajo, el agua era una costra de grasa. El ojo de un pez muerto. Raíces negras reventaban la piedra y colgaban hacia el líquido como lenguas hinchadas.
En el borde inferior, sus uñas se hundieron en algo blando. Un desgarro sordo. El despojo salió: un jirón de músculo gris, tendones blancos goteando sobre su muñeca. Ayer alguien gritó en el conducto contiguo hasta que el metal mellado le partió el cuello para sacarlo. Hoy era una masa viscosa que se enfriaba entre sus dedos.
El suelo vibró.
Hedor a ozono y orina. Los tendones expuestos del cuello del capataz crujieron a centímetros de su oreja; ramas muertas partiéndose bajo presión. Kargra no respiró. Apretó el puño alrededor del trozo de carne y lo hundió contra su propio muslo, bajo la tela. El frío del despojo le succionó el calor de la pierna; una humedad aceitosa fundiéndose con el poro.
El capataz se detuvo. Aliento infecto en la nuca. El cuero de una bota pesada descendió sobre la mano de Kargra, la que sujetaba el hierro del carro. Los nudillos crujieron. El dolor fue un relámpago blanco que le vació los pulmones. Se mordió la lengua; sabor a cobre inundando la boca, pero no gritó. No soltó la presa. Una pátina de moco amarillento le manchó el hombro cuando el mutado siguió su marcha. El látigo volvió a raspar el limo. Siseo-siseo.
Thorne estaba ahí. Sus rodillas chasqueaban. Tenía los ojos clavados en el pozo, dos charcos de humedad vidriosa. Sus dedos desmenuzaban un mendrugo de pan negro. Las migas caían al abismo.
—Kargra… la reja. ¿Lleva al río?
Kargra masticó. La arena del pan le lijó las encías, pero tragó. Miró a Thorne. Miró el manojo de cuerdas tensas de su cuello.
—El Sorra está ahí abajo —la voz le salió como un raspado de lija sobre hueso—. El agua fluye hacia el valle. Solo hay que nadar un trecho.
Thorne tragó saliva. El cuello se aflojó. El pan dejó de desmoronarse entre sus dedos.
A cinco metros, la luz violeta de la runa de Silas palpitaba contra un pilar rezumante. Silas no observaba; Silas esperaba. Su mirada se clavó en la mancha oscura que crecía en la túnica de Kargra, justo donde el líquido del cadáver empapaba la tela. Silas mostró los dientes, una mueca de carnicero reconociendo a su igual. Escupió un coágulo al limo y dio la espalda.
El silbato rasgó el aire. Agudo. Final.
El hierro del collar le mordió la carne viva a Kargra mientras se unía a la fila. Thorne caminaba detrás con un ritmo nuevo, golpeando el suelo con una firmeza que no le pertenecía, impulsado por la mentira que ella llevaba pegada al muslo. El trozo de carne era ahora una piedra de hielo rígida irritándole la piel. El olor a muerto del bolsillo era su propio olor.
Los pies chapoteaban en la grasa. El pozo queda atrás, mudo, lleno de raíces y de hombres que no supieron mentir a tiempo.
El barracón era un pulmón enfermo. Paredes de salitre sudando una humedad gris que sabía a hierro. Quinientos cuerpos apilados en tablones podridos, exhalando un calor ácido que se condensaba en el techo y goteaba sobre la nuca de los vivos. Kargra se sentó. El hueco en su muslo, donde antes pegaba el despojo, palpitaba de frío.
Thorne estaba en el suelo. Tenía la manga subida. La Marca de Traslado —un círculo de quemadura química con el sello del Ojo Ciego— supuraba un líquido amarillento en su antebrazo. El sello de los de Arriba. No había cura. No había soborno. Cuando el silbato de fin de turno sonara, Thorne dejaría de ser un minero para convertirse en tejido de desguace. El tiempo se medía en el goteo de la sal.
—La Marca no se borra —dijo una voz desde el suelo.
Hogar, uno de los enanos del Clan del Sílice, afilaba una esquirla de hierro contra la suela de su bota. Barba raleada por la sarna. Manos estables. Los enanos no sufrían la Sima; la habitaban como moho.
—No se borra —confirmó Kargra. Miró el antebrazo del chico. Thorne dormía. Respiración de papel—. Necesitamos el pasillo despejado.
Hogar escupió una pasta de tabaco y sal.
—La veta de gas del túnel norte. Está saturada. Un golpe seco en el punto de fractura y la presión hará el resto. Los guardias correrán hacia el fuego. Tendrás diez minutos antes de que sellen el sector por asfixia.
—¿Quién pica? —preguntó Kargra.
—Los canteros de la veta este. No saben que el gas ha filtrado. Mandarlos allí es enviarlos al estallido.
Kargra no parpadeó. El dolor de su cadera era una brújula.
—Diles que hay una veta de cristal puro. Que si llenan el cupo antes de la inspección, habrá doble ración de caldo. Irán.
Hogar asintió. Metió la mano bajo el tablón y sacó una barra de hierro envuelta en trapos sebosos. Cuarenta centímetros de metal sólido. El precio de la reja.
—El hierro cuesta, orca —dijo el enano—. Si sales, mi clan necesita que alguien lleve un mensaje a las Forjas de Hierro Negro. Si te quedas, la barra vuelve a mí.
Kargra agarró el metal. Frío. Pesado. Real.
—Llevaré el mensaje.
Cerca del pilar de Silas, un tiefling llamado Malek observaba la runa violeta que palpitaba bajo la arpillera del místico. Malek tenía un cuerno roto y la piel de un rojo ceniciento, gastada por el roce de los grilletes. No miraba a Kargra; miraba la luz que Silas desprendía. Una fascinación sucia.
—Él no camina con nosotros, orca —susurró Malek. Su cola se movía con un tic nervioso sobre el limo—. Silas es el hueco que deja la luz al apagarse. Si lo sigues, acabarás siendo parte de su sombra. Él no busca el río. Él busca el origen de la herida.
Silas no respondió. Sus dientes brillaron en la oscuridad. Una invitación al abismo.
—Ayúdame a levantar a Thorne —ordenó Kargra.
Una chica se interpuso. Elara. Un fardo de huesos envuelto en una túnica tres tallas más grandes. Sus ojos eran demasiado grandes para su cara consumida. Manos temblando con el ritmo de la fiebre de sal.
—Kargra… llévame —rogó Elara. Su voz era un silbido húmedo—. Puedo limpiar las heridas. Puedo ayudar con la reja.
Kargra la miró. Pulmones colapsando. Piernas que no aguantarían cien metros de carrera. Un lastre.
—No —dijo Kargra.
—Por favor…
Kargra la empujó hacia el tablón. Un gesto seco. Una sentencia logística.
—Quédate en la fila. Si te mueves, te verán.
Elara se hundió en las sombras, sollozando sin ruido. Su esperanza murió en el acto, sustituida por el gris del barracón.
El sonido de pasos pesados golpeó el umbral. Garrick entró. No llevaba grilletes. Llevaba una vara de mando y una tabla de registro. Sus ojos recorrieron el barracón como un buitre contando reses muertas. Se detuvo ante el grupo de la veta este.
—Turno suplementario en el sector norte —ladró Garrick. Señaló a los canteros—. Los de Arriba quieren cristal. Hay ración doble de caldo si el carro sale lleno antes de la campana.
Los hombres se levantaron. Sombras hambrientas arrastrando los pies hacia la veta de gas. Nadie cuestionó la orden. Garrick miró a Kargra un segundo más de lo necesario. Sus labios se curvaron en un gesto que no llegó a ser sonrisa. Sabía lo que había en el aire.
—Vosotros —Garrick señaló a Kargra y su grupo—. Mantened el pasillo limpio. No quiero estorbos cuando el relevo baje.
Se dio la vuelta y salió. Garrick ya había cobrado su parte de la administración.
Cerca de la litera de Thorne, un anciano sin lengua llamado Mudo se acercó. Sacó de entre sus harapos una soga hecha de tendones trenzados y fibras de cáñamo. Diez metros de nudos firmes. La dejó sobre las rodillas de Kargra. Detrás de él, otra sombra dejó una bolsa pequeña con grasa de rata y un trozo de cuero seco. Provisiones para el túnel negro. El barracón sabía que alguien iba a intentarlo. Siempre lo saben.
Silas se incorporó. No hubo ruido de metal. De pronto, extendió la mano hacia Thorne y le entregó una daga de obsidiana, negra como el vacío. Luego, mostró dos hachas de mano, cortas, con el filo de un azul antinatural. No estaban allí hace un segundo. No había rastro de dónde las había sacado.
Thorne agarró la daga. El cristal le cortó el pulgar nada más tocarlo.
—Pesa —susurró el chico.
—Corta más de lo que pesas tú —respondió Silas. La runa de su brazo se volvió un punto de luz fría—. Kargra. El aire está cambiando.
Kargra cargó a Thorne al hombro. El chico pesaba menos que un saco de mineral. El olor del cadáver seguía impregnado en su ropa, mezclándose con el sudor del marcado.
—Es el momento.
A lo lejos, el túnel norte vibró. Un sordo boom que sacudió los cimientos de la Sima. Gritos de alarma. El silbato de emergencia rasgó la quietud. Los pasos pesados de los guardias se alejaron del bloque de celdas, corriendo hacia el fuego. Hacia la carne calcinada.
Salieron al pasillo. El humo del gas quemado empezaba a lamer el techo. Silas iba delante, Malek le seguía como un perro hambriento. Atrás, en el barracón, Elara quedó sentada en el suelo, mirando la oscuridad donde antes estaban los que prometían un río.
Kargra apretó la barra de hierro bajo el brazo. Le dolía la cadera. Le dolía la mentira. Pero Thorne caminaba.
Los pies chapoteaban en el agua negra. El pozo de la reja estaba cerca, mudo, esperando a los que habían decidido que el precio de la libertad era el sacrificio de los inocentes.
El aire del pasillo pesaba. Gas amarillo y sudor. Kargra avanzaba con Thorne a la espalda. El chico era una cáscara vacía; el pavor le había succionado el peso de los huesos. Los gritos de la veta norte llegaban amortiguados por la piedra, un eco de carne quemada que mantenía a la patrulla lejos, concentrada en el desastre.
Llegaron al punto de control.
Dos guardias orcos yacían en el suelo. No había sangre en las paredes ni rastro de lucha. Solo dos cuerpos desplomados sobre el limo, con los ojos vueltos, blancos como la sal. Silas se detuvo un segundo sobre ellos. Sus manos, que cargaban las hachas de azul antinatural desde el barracón, no temblaban. No hubo explicación. No hubo gloria. Solo el hecho físico de dos obstáculos eliminados con una limpieza que helaba la sangre.
Malek retrocedió, su cola golpeando la pared. Miró los cadáveres y luego a Silas. El tiefling se había acoplado al grupo en el último segundo, impulsado por una mezcla de terror y devoción hacia el místico, pero sobre todo porque Thorne, en su torpeza febril, había dejado caer su ración de agua al suelo y Malek se la había devuelto. Un gesto inútil que lo condenó a seguirlos.
—¿Cómo? —el siseo de Malek fue un espasmo.
Silas no respondió. Miró la Marca de Traslado en el brazo de Thorne. El tiempo se acababa.
Llegaron a la reja. El óxido la soldaba al marco de piedra. Kargra encajó la barra de hierro. Tiró. El músculo de su espalda se tensó hasta el punto de rotura. La cadera le envió un latido de fuego al cerebro. Rojo. Pulsante. El hierro chirrió, un sonido de dientes rompiéndose, pero no cedió lo suficiente.
—¡Malek! —rugió Kargra—. ¡Tira!
El tiefling se lanzó sobre la barra. Sus manos finas se cerraron sobre el metal. Juntos hicieron palanca, pero el perno superior estaba incrustado en el corazón de la roca. Necesitaban un tercer apoyo, pero Thorne estaba en el suelo, abrazando la daga de obsidiana, mirando el túnel de acceso con los ojos desorbitados.
Un silbido lejano. El Guardia de Élite.
El mutante no venía por el gas. Venía por el rastro del asesinato silencioso de Silas.
—No hay tiempo —dijo Silas. Su voz era un hilo de escarcha.
Miró a Malek. Luego miró a Thorne, que tiritaba de miedo. El tiefling era más fuerte, más rápido, pero no tenía la Marca. No era el objetivo. Silas se acercó a Malek y le puso una mano en el hombro. No fue un gesto de consuelo. Fue una sujeción.
—La reja no abrirá con nosotros aquí —susurró Silas.
—¿Qué? —Malek intentó zafarse, pero sus pies parecieron echar raíces en el limo.
—El mutante necesita carne caliente para detenerse. Si te quedas, nosotros abrimos. Si te vas con nosotros, morimos todos en el pasillo.
Kargra miró a Silas. Entendió la logística sucia. El tiefling era el único excedente real. Thorne era el motivo, Silas era el medio, ella era la fuerza. Malek era el tiempo.
Kargra no dudó. Agarró a Malek por la cintura y lo estampó contra el pilar de sal más cercano al túnel de acceso. El golpe le sacó el aire al tiefling.
—Grita —ordenó Kargra.
—¡No! ¡Kargra, por favor!
Kargra volvió a la barra de hierro. Sin el peso muerto de Malek estorbando en la palanca y con el siseo del guardia ya en el recodo, el último tirón fue pura adrenalina y odio. El perno saltó. La piedra reventó en fragmentos que le cortaron la mejilla.
La reja se inclinó. Abajo, el agua era una costra de grasa negra.
—¡Thorne, abajo! —Kargra lo agarró por el cuello de la túnica y lo lanzó al vacío.
El chico cayó con un chapoteo mudo. Silas se deslizó después, desapareciendo en la negrura sin mirar atrás.
Kargra metió la pierna en el hueco. El hierro le mordió el tobillo. En el pasillo, Malek intentaba levantarse, pero el Guardia de Élite ya asomaba su masa de crestas óseas por la esquina. El tiefling soltó un alarido primario. El sonido de los puños de Malek golpeando inútilmente la piel de cristal del guardia fue lo último que Kargra oyó antes de tirar de su propio cuerpo.
El metal le arrancó la piel de la pantorrilla. Dolor blanco. Sintió el hueso rozar el marco. Tira. Cae.
El agua la envolvió. Frío absoluto. Sopa de aceite y amoníaco. Emergió escupiendo grasa. Thorne chapoteaba a su lado en la oscuridad total, aferrado a su daga.
—Kargra… ¿está cerca el río? —la voz de Thorne era un temblor.
—Nada —dijo ella. El tobillo le latía con un ritmo propio—. Adelante.
Arriba, el alarido de Malek se cortó en seco con un crujido de huesos triturados. Silas ya nadaba delante, una sombra que apenas desplazaba el agua estancada.
Kargra nadó. El olor del cadáver de la reja seguía en su ropa, mezclándose con el agua muerta del conducto. No había río Sorra. Solo un túnel que se estrechaba y el sabor a traición en la garganta.
El agua no corría. Era una masa densa, un caldo de aceites industriales y sedimentos que se amontonaba contra un muro de escombros y raíces negras. Kargra sentía el frío succionándole la médula, pero era el silencio lo que más pesaba. El conducto se estrechaba, obligándolos a avanzar en fila, con el mentón pegado a la superficie aceitosa para capturar los últimos restos de un aire que sabía a azufre y pulmón ajeno. Intentó impulsar su cuerpo, pero su tobillo derecho no respondió. No era solo el dolor; era la ausencia de conexión. El hueso astillado se enganchaba en las paredes del túnel como un ancla de carne inútil. Cada vez que trataba de patear, el muñón chocaba contra la piedra y un calambre eléctrico le recorría la columna, vaciándole la fuerza de los brazos. Se detuvo, jadeando, tragando una bocanada de limo amargo.
Thorne estaba a un metro, atrapado entre ella y el místico. El chico ya no nadaba; flotaba, con la mirada fija en el techo de piedra que descendía centímetro a centímetro. La luz violeta que emanaba de Silas era apenas un rescoldo, pero bastaba para iluminar el antebrazo de Thorne. La Marca de Traslado estaba allí, brillando bajo el agua negra con una intensidad química. Silas se detuvo. El místico hundió la mano en el atasco de grasa sólida y restos orgánicos que sellaba el conducto. Sacó un puñado de pelo humano mezclado con cal y fibras textiles. El túnel no estaba colapsado por accidente; era un tapón de deshechos compactados por años de negligencia y cadáveres.
—No hay río —dijo Thorne. Su voz no tembló. Fue una afirmación plana, despojada de la fiebre que lo había movido hasta ahora—. No hay corriente, Kargra. El agua está muerta.
Kargra no lo miró. Apoyó la espalda contra la pared, sintiendo cómo el frío le adormecía la cadera lisiada. El aire era un recurso escaso. Cada palabra consumía oxígeno que no se renovaba. Silas hundió más el brazo en el muro de inmundicia. Sus dedos rozaron algo que no era piedra ni carne. Un sonido metálico, sordo y antiguo, vibró a través del líquido. El místico apartó una capa de sedimento y la luz violeta reveló una superficie pulida, extraña al entorno de la mina: una placa de latón grabada con glifos que no pertenecían a los lenguajes de la Sima. En el centro, un mecanismo de presión, una rueda de dientes finos que parecía devorar la oscuridad. No era un desagüe. Era un acceso a algo que los constructores de la mina habían preferido ignorar o enterrar bajo toneladas de basura biológica.
—Thorne, ayuda a Silas a empujar el atasco —ordenó Kargra. Su voz era un raspado de metal—. Si la reja de arriba cede, el peso del agua nos aplastará contra este muro.
El chico no se movió. Sus dedos, entumecidos por el frío, jugaban con el mango de la daga de obsidiana. Miró a Kargra, no con odio, sino con una lucidez quirúrgica que ella no le conocía.
—Mentiste —dijo Thorne. No pidió explicaciones. Levantó la mano y señaló la Marca en su brazo, que ahora palpitaba con un ritmo febril—. Me has traído a un nicho. Malek murió para que pudiéramos ahogarnos en un pozo de mierda.
Kargra sintió la barra de hierro en su cinturón pesando como un muerto. Miró el mecanismo de latón. Silas ya estaba manipulando la rueda; cada giro emitía un chasquido de relojería que resonaba en sus pechos. La placa empezó a succionar el agua, creando un remolino débil pero constante. No era una salida al valle. Era una invitación a un vacío diferente.
Kargra comprendió que su fuerza, la única moneda con la que había negociado su supervivencia, ya no servía. Con el tobillo destrozado y el chico negándose a ser su herramienta, el control se le escapaba por las grietas de la piedra. Tomó la barra de hierro y la extendió hacia Thorne, no para golpearlo, sino ofreciéndole el extremo. El chico la miró con sospecha.
—Tira —dijo Kargra. Su tono no admitía réplica, pero ya no era la orden de una líder, sino la de una pieza que reconoce su obsolescencia—. Tira de mí hacia ese mecanismo. Silas va a abrir eso y no voy a poder impulsarme. Si me dejas aquí, te quedarás solo con él en la oscuridad.
Thorne no aceptó el hierro de inmediato. Miró a Silas, cuya figura se fundía con la negrura del nuevo hueco que se abría en el muro de latón. El místico no los esperaba; ya se estaba deslizando hacia el otro lado, hacia un aire que olía a ozono y a polvo de siglos. Thorne agarró la barra. No lo hizo por lealtad, sino por un cálculo logístico de última hora. Tiró de Kargra con una violencia innecesaria, arrastrando su cuerpo lisiado sobre las raíces y la grasa.
Kargra sintió la carne de su pierna desgarrándose contra el marco del mecanismo mientras pasaban. El dolor fue un relámpago que le nubló la vista, pero no emitió sonido. Aceptó el tirón, aceptó la humillación del lastre. Ya no lideraba la huida; ahora era el fardo que Thorne decidía transportar por razones que ella no entendía.
Cruzaron el umbral. El mecanismo se cerró tras ellos con un siseo neumático, sellando el conducto de drenaje y dejando atrás la Sima. El agua negra quedó atrapada al otro lado. Lo que tenían delante no era el río Sorra ni el aire del valle. Era una bóveda inmensa, iluminada por vetas de mineral luminiscente que trazaban patrones geométricos en el suelo de piedra negra. En el centro, una estructura de pilares de hierro retorcido sostenía lo que parecía un motor inerte, una máquina del tamaño de una casa rodeada de esqueletos que no vestían harapos de esclavo, sino armaduras de placas grabadas con el mismo sello de la Marca de Thorne.
Kargra se soltó de la barra y colapsó sobre el suelo seco y frío. El silencio aquí era absoluto, un vacío que le zumbaba en los oídos. Miró a Thorne. El chico se mantenía de pie, con la daga en la mano, observando la inmensidad muerta de la cámara. Ya no había rastro de la admiración febril en sus ojos. La mentira del río había muerto, y con ella, la Kargra que él conocía.
Ella bajó la vista hacia su tobillo. Estaba hinchado, negro, inservible. Levantó la mirada hacia Silas, que caminaba hacia el centro de la estructura sin mirar atrás. La libertad que habían comprado con la carne de Malek y los canteros no era un escape. Era la entrada a una tumba más grande, una maquinaria de la que ahora formaban parte. Kargra apretó el puño sobre el suelo frío, aceptando la nueva aritmética. No importaba el cielo. Solo importaba quién empuñaría el hierro cuando el hambre volviera a despertar.
El precio pagado no era más que la fianza de un cautiverio más profundo.