Harrington, el corrector

El Filósofo Barato

Mi nombre es Harrington Junior y me dedico al análisis de textos. Desde pequeño he sentido vocación. Fui a ver un tablao flamenco y en ese momento pensé: la corrección de texto en todas sus variantes es lo mío.

Por ejemplo, el otro día recibí un escrito que decía así:

—Es sencillo: ser libre no es hacer lo que se quiera. Es poder hacer lo que es posible dentro de las circunstancias probables, posibles… Dependiendo, claro está, de las circunstancias políticas y si eres gay o eres hetero, pero dependiendo también de si te gusta la música clásica…

Yo se lo devolví resumido así:

—Haz lo que te salga de los huevos. Para eso no necesitas dos páginas, criatura de Dios.

Me fui a casa a beber cerveza y vino, que se me da mejor que corregir textos. Pero en pleno ejercicio profesional, llega mi mujer y me dice:

—Has recibido este paquete de 500 folios para corregir.

Pensé en quitarme la vida, pero soy corrector, así que lo asumí con profesionalidad y me autolesioné. Luego lo corregí.

La primera página, que fue la única que leí, decía así:

—A lo largo de la historia tenemos varios ejemplos. Por ejemplo, el italiano siempre pensaba que el agua se movía en forma ondulada dependiendo de la dirección del viento y de si era más salubre o menos. Vicario siempre manifestaba diferentes sentimientos al ver el sol al amanecer. Y Hillary se oponía a criticar los estados gaseosos del elemento base.

Después de semejante pastoral, fui a por mi jeringuilla y seguí leyendo. El periódico, que estaba más interesante.

Mi respuesta al escrito fue clara:

—Chaval, en el taller de enfrente necesitan mecánico ocho horas al día y no te tienes que calentar la cabeza con estos pastorales.

Recibí muchas críticas por mi sinceridad al corregir.

Después cambié de trabajo.

No por las críticas.

Porque a este ritmo, a lo mejor cometía una locura.

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