Este es el primer cuento que publico aquí. Lo escribí hace unos cinco días.
No soy escritora. Para mí imaginar una historia y escribirla es un pasatiempo (y a veces una terapia) aún así, cualquier crítica será bienvenida.
Hasta la última gota.
Lloró hasta que sus lágrimas llenaron la taza. En el fondo, un aro rojizo y reseco enturbiaba las primeras gotas hasta que se fundió tanto con las lágrimas, que la taza parecía inundada de agua dulce. Bebió.
El sabor, salado al principio, se tornó dulce y luego empalagoso, como si las lágrimas hubieran lavado una colmena. Los últimos tragos, insoportablemente melosos, le retorcían la nariz y le fruncían el ceño.
Cuando ya no quedó nada, tomó la aguja que siempre estaba junto a la taza. Reposaba fina y oxidada, pero eternamente afilada. Pinchó la yema de su índice izquierdo, y empujó. La primer gota tardó en salir. Gruesa y oscura, cayó con un “ploc” contra el fondo de taza, resonando en una penumbra infinita. Luego la segunda y después la tercera. Cada gota se unió a la anterior hasta llenar la taza de un líquido carmesí, espeso y tibio. En la superficie brillaba el reflejo del único rayo de luz que parecía venir de ninguna parte.
De nuevo bebió.
Esta vez el sabor era metálico, vivo y palpitante. Bajó por su garganta más lento y pesado que las lágrimas, e impregnada su lengua de una viscosidad caliente. Tragó hasta que en el fondo quedaron unas pocas gotas, y entonces, una vez más, llegó el momento de derramar lágrimas hasta llenar la taza.
La oscuridad le envolvía como una mortaja viva, espesa y absoluta, mientras el silencio pesaba sobre él como tierra recién removida. Sintió una fría y húmeda bruma serpentear entre sus pies desnudos, mientras un resoplido glaciar le rozaba la nuca y le susurraba sin descanso la misma sentencia: “bebe cada gota de tu propia sangre. Bebe cada lágrima que derrames. Bebe aunque no tengas sed, y sólo cuando hayas bebido hasta la última gota, habrás purgado tu pena”.
No sabía cuánto había bebido, pero cada trago traía de vuelta las estepas donde la hierba, antes verde y ondulante, se había vuelto roja y pegajosa bajo los cascos de sus caballos, donde los cuerpos de hombres, mujeres y niños se apilaban como montañas de muerte y se ofrecían a un dios hambriento. Evocaba el olor de la carne chamuscada mezclándose con las lágrimas que se derramaban ante sus pies, rogando por una misericordia que él nunca conoció.
Veía el viento llevándose las cenizas de las ciudades que ordenaba ser devoradas por las llamas. Escuchaba los gritos desesperados, los recordaba como la más dulce de las melodías y al choque de espadas como un coro roto que celebraba su nombre. Rememoraba el crujido de los cráneos bajo sus botas y la polvareda que sus huestes dejaban detrás como un sudario que se extendía hasta el horizonte.
Cada recuerdo llegaba con un sabor metálico en la boca y un escalofrío en la espina. No podía hacer más que sólo recordar, y al hacerlo, comprendió lo mucho que aún le faltaba por beber.
Lloró. Después bebió.
FIN.