Hombres y cambios

Otro día más en Puebla. Casi la misma rutina.

Aunque, desde que cambié mi tipo de interés —ya no menores, tampoco tanto, uno o dos años menos como máximo—, me fui por los más grandes. Y, siendo realistas, creo que lo más importante de todo esto no fue exactamente la edad, sino que cambió mi manera de ver las cosas.

Por ejemplo, mi forma de vestir.

Creo que si mi yo de 15 años viera cómo se viste mi yo de 19, sería algo así como: “prohibido”. Bueno… no tanto así. Me refiero más a que tuve que pasar por muchas cosas para cambiar mi estilo sin estilo por algo que realmente me hace sentir diferente. No siempre, pero la mayoría del tiempo.

Y creo que eso pasa con muchas cosas cuando crecemos. Cambiamos nuestros gustos, las personas que nos atraen, nuestra forma de pensar, de vestir e incluso la manera en la que vemos el amor.

Porque sí, también cambiaron mis gustos en los hombres.

A los 15 podía gustarme alguien simplemente porque me hacía reír o porque me prestaba la mini micro cantidad de atención. A esa edad, creo que muchas veces confundimos que alguien nos guste con que nos guste cómo nos hace sentir que nos mire.

Ahora es diferente. O al menos eso quiero creer.

Ya no me fijo solamente en si alguien le intereso. Me importa cómo habla, cómo trata a los demás, cómo se comporta cuando las cosas no salen como quiere, qué tan seguro está de sí mismo y, aunque suene un poco contradictorio, también me atrae esa sensación de que alguien sabe lo que quiere.

Quizá por eso ahora me llaman más la atención los hombres un poco mas grandes.

No necesariamente porque sean mayores, sino porque representan algo que yo todavía estoy intentando encontrar en mí: seguridad, experiencia y una forma diferente de ver la vida (bueno y eso vemos).

Pero también me pregunto si eso es realmente lo que busco o si simplemente estoy idealizando la idea de estar con alguien que parece tener más respuestas que yo.

Porque los hombres también han sido una especie de espejo para mí. A través de ellos he descubierto cosas que quiero, cosas que no quiero y, sobre todo, cosas que antes estaba dispuesta a aceptar solamente porque me gustaba alguien.

He aprendido que que alguien me guste no significa que sea bueno para mí. Que sentir mucho por alguien no significa que tenga que quedarme. Y que, a veces, la persona que más nos emociona no es necesariamente la persona que más nos conviene.

Supongo que crecer también es eso: dejar de preguntarnos solamente “¿le gusto?” y empezar a preguntarnos “¿me gusta cómo me siento cuando estoy con él?”.

Y quizá esa sea una de las cosas que más han cambiado desde los 15 hasta los 19.

Antes quería que alguien me eligiera.

Ahora quiero aprender a elegir yo también.

Y creo que eso no solamente aplica para los hombres. También aplica para mí.

Porque mientras intento descubrir quién soy, también estoy descubriendo qué quiero, a quién quiero y qué cosas ya no estoy dispuesta a aceptar.

Es mentira que alguien te diga que todo el tiempo se siente bien. Aunque sí es verdad que algunas personas “rumian” más que otras. Rumiar, una palabra que me enseñó mi psicóloga, es básicamente sobrepensar: darle vueltas y vueltas a algo que pasó, a algo que dijiste, a algo que pudo haber sido diferente.

A veces sentimos que nos obligan a sonreír siempre. Como si estar triste fuera una especie de fracaso. Como si tener un mal día significara que no sabemos disfrutar la vida.

Pero eso también es falso.

Pasar por momentos difíciles también forma parte del crecimiento de una persona. Así que, si alguna vez alguien te dice que exageras, primero bloquéate de esos comentarios. No literalmente, aunque a veces dan ganas.

Pregúntate tú misma: ¿Qué tanto está afectando esta situación o esta experiencia en mi vida?

Porque tú la estás viviendo.

Y nadie más puede decidir cuánto te duele algo. Nadie puede controlar lo que tú decides sentir, ni cuánto tiempo necesitas para procesarlo.

Es cierto que la vida debe disfrutarse. Es cierto que, incluso en los malos momentos, hay que intentar ponerle buena cara.

Pero no siempre.

También se vale sentir.

Se vale llorar. Se vale estar confundida. Se vale vivir un duelo por algo que quizá para alguien más no parece tan importante. Se vale extrañar una versión de ti que ya no existe. Se vale aceptar que algo te dolió más de lo que querías admitir.

No nos queramos mentir.

No tenemos que estar bien todo el tiempo para demostrar que estamos viviendo bien.

Quizá crecer también sea eso: dejar de intentar aparentar que todo está bien y empezar a preguntarnos, de verdad, si nosotros lo estamos.

Y mientras sigo intentando descubrir quién soy, también sigo descubriendo qué quiero, a quién quiero y qué cosas ya no estoy dispuesta a aceptar.

Entonces me pregunto:

¿Será que realmente esta cambiando mi vida, o simplemente cambié yo?