La soledad volvió a mí y pasa sin permiso.
Llega sin avisar, se posa en mi corazón.
A veces se pasea por mi mente, recorre todo mi cuerpo como si fuese dueña de mí.
La odio, pero no puedo sacar a un huésped de mi casa con gritos y golpes… no, no es correcto.
Entonces, ¿cómo saco a ese visitante de mí?
No tengo la fuerza para decirle que se vaya, no me siento capaz.
Odio que toque mis cosas, que lo desordene todo.
Lo que he construido durante años, ella lo deteriora en segundos.
Nunca viene sola.
Siempre llega acompañada de una dama muy tenaz, convincente, mentirosa, manipuladora y egoísta.
Muchos la conocemos. Se llama inseguridad.
Esos son los peores huéspedes que tengo.
Dañan todo en mí.
Me hacen sentir solo, cansado y triste.
“¡Ayuda!”, grita mi alma.
Mi corazón tiene miedo de echarlos,
y mi mente ya está empezando a creer en esa dama llamada inseguridad.