Soy nuevo y agradecería críticas a este inicio de una novela:
Imagina 53 primaveras. Imagina más poder del que puedas imaginar. Imagina pasar del todo a la nada.
Imagina no imaginar durante ningún tiempo.
Imagina escupir sobre una doctrina sagrada.
Imagina una luz cegadora que dibuja en tu cabeza sombras del pasado. Recuerdos que se desvanecen con la misma velocidad que aparecieron.
Imagina una habitación de un blanco marchito. 4 personas cubiertas de cabeza a pies en torno una camilla. 4 personas y una aberración. 4 almas y una masa biológica.
Por desgracia o por fortuna, para Franz Mueller no era necesario hacer uso de la imaginación. En un cubículo impropio hasta para un centro penitenciario, su cabeza funcionaba a un ritmo que le provocaba un dolor inconcebible. La amarillenta luz que apenas coloreaba la habitación provenía desde el exterior, fuera del guardián de hierro que custodiaba la libertad. Le resultaba tan desagradable como las paredes del gris cemento que componían el resto de su zulo. Grietas y manchas alquitranadas peleaban por un lugar en ella y rendían homenaje a siluetas macabras. El inconstante goteo de una tubería desde el exterior le carcomía. Se reía de él. Impulsos incontrolables le exhortaban a morder las barras para acceder a ella y detenerlo. O abrir un hueco en la pared a cabezazos. Cuando se incorporó de un salto, guiado por una euforia paranoica, el dolor se volvió mudo y se desplomó contra el suelo.
Cuando sus ojos volvieron a probar el amarillo purulento de la luz se encontraba en una nueva estancia, sentado y atado con correas a una silla. Su cabeza había desistido por fin en sus esfuerzos por volverle demente y en su lugar, reflejos de su vida pasada flotaban como sueños febriles. Con la nostalgia de quien recuerda una noche de verano rememoraba momentos de agonía que se mostraban tan escurridizos como su propia identidad.
Un chillido metálico anunció la apertura de la puerta. Deslizándose con aura fantasmagórica, un hombre empujaba, encorvado y con desgana, un carrito bronceado por el óxido. Ni siquiera la oscuridad ocultaba la palidez de su rostro, que chocaba con la negrura de su uniforme. Sobre el carrito, un anticuado televisor zumbaba. Con el hastío de un hombre que ha hecho lo mismo cientos de veces, presionó un botón del mando a distancia y abandonó la habitación.
La pantalla se iluminó con las palabras “TÚ ERES LA CLAVE”. Una melodía que emulaba patéticamente música esperanzadora sonaba ahora, estridente, desde el interior de aquel cachivache y una voz monótona comenzó:
“Un fulgor en la infinita oscuridad, el amanecer de la esperanza, una Nación global nacida en los escombros.
En el año 2089, el investigador Alfred Roth logró descifrar el enigma de la mente. Transfirió la consciencia de un individuo al cuerpo de un hombre que había fallecido hacía pocas horas. Un dispositivo no más grande que una nuez con el poder de un Dios.
En 2098 la guerra llegó a su fin. Unos 12 millones de personas quedaron para contar sus atrocidades. Sin embargo, los efectos de la radiación fueron devastadores: más de 11 millones fallecieron durante los siguientes 5 años y el 60% de la población quedó estéril.
La reconstrucción de la civilización era un sueño.”
Ahora, la pantalla, que tenía un tinte casi verdoso, mostraba diferentes planos de las ruinas de una ciudad.
“Sangre y sudor fueron derramadas por ella. Pero cuando la presión era insostenible, el pasado nos tendió la mano. Gracias al descubrimiento de Roth, un desafío que parecía bailar con la imposibilidad es ahora más posible que nunca.
Mas aún queda mucho camino por recorrer. Y no debéis rechazar el sudor sino abrazarlo, pues una voluntad inquebrantable os dará la gloria. ¿Qué hay sino honor en la lucha apasionada por una causa común? ¿Qué hay sino el triunfo detrás de todo dolor?
Por eso necesitamos gente como tú. Gente cuya determinación sea más fuerte que su motivación, cuya noción del ser vaya más allá del individualismo.
Nosotros somos herederos de una civilización cuya ambición fue más fuerte que la amenaza de la extinción. Vosotros las herramientas para un futuro esperanzador. Enorgulleceos, porque la gloria que os espera es la de haber salvado a la humanidad.”
Y dejando a Franz con más preguntas que respuestas, el televisor se apagó con un chasquido. Pese a suponerle pensar un esfuerzo sobrehumano trató de hilar esta nueva información entre sí, de buscar alguna relación con los pocos recuerdos que le asolaban. Aun así le pareció que la propaganda era casi desganada. Un trámite más que un esfuerzo real por manipularle.
Con aire amenazante, la puerta se abrió con violencia y un hombre de baja estatura se hizo paso. Portaba una bata que antaño fuera blanca, un estetoscopio y unas enormes gafas que exacerbaban el ridículo de su ser. Sin perder tiempo, comenzó a examinar las pupilas de Franz con una linterna. Inmediatamente, auscultó su tórax y parte del abdomen y exploró algunos reflejos usando un pequeño martillo. Se movía con rapidez y parecía detestar el mero hecho de estar dedicando tiempo a dicha labor. Finalmente, abrió un pequeño maletín que cargaba consigo y, con una pequeña aguja, le extrajo sangre. Durante unos segundos, pareció anonadado mirando la sangre en su recipiente, para luego colocarla en el maletín y cerrarlo con velocidad mientras salía de la habitación.
Quizás por el incansable olor a humedad de la habitación, Franz comenzó a experimentar un ligero mareo. Poco a poco este fue degenerando en una sensación extraña. Visiones irreconocibles inundaron su mente durante milésimas, pero logró percibir una que le resultó especialmente inquietante: un pasillo de tierra iluminado con el mismo amarillo que ahora bañaba la estancia parecía interminable. Avanzaba por él rápidamente y su entorno se veía borroso. Percibía vagamente un olor desagradable, pero no de humedad. Cuando pareció haber llegado al final, un ascensor arcaico le recibía con las puertas abiertas. A pesar de ser una sensación extremadamente vaga, a Franz le pareció tan familiar como desconocida.
A los pocos segundos, un segundo hombre entró a la sala y, cubriendo los ojos de Franz con una venda, aflojó las correas que lo sujetaban con fuerza. Aun sintiendo sus articulaciones chirriar como engranajes oxidados logró incorporarse y notó que las piernas le temblaban. Cuando parecía al borde de colapsar, sintió una mano gélida y huesuda agarrarlo del brazo y, tirando de él, comenzó a andar sin importarle a dónde.