Jesulín de Alambrique.
Jesulín había nacido en el seno de una familia trabajadora y muy humilde.
Su día a día era lo típico: romper cristales, arrancar señales, atravesarse un ojo… cosas del día a día.
Estando un día en la guardería, dijo:
—Quiero ser torero. Como mi ídolo Jesulín de Ubrique. ¡Viva ese gran hombre!
Cinco segundos después ingresó en la Escuela Municipal del Arte del Toreo en todas sus variedades. A los 6 años ya había cogido la alternativa después de retirarse tres veces.
Su padre, de 35 años y con el peso del trabajo durante tres meses en una oficina con calefacción, le dijo:
—Hijo, ha pasado un año y he visto tres carreras tuyas como torero. Te felicito. Serás como tu ídolo.
El hombre, el pobre, falleció unos días después.
Jesulín, superentristecido por la muerte de su padre cinco segundos antes, se fue directo a la plaza y le dijo a su comandante de cuadrilla:
—Hoy voy a cortar treinta y seis orejas y un par de rabos. Para el cocido, que es un guiso y experiencia culinaria sin igual.
Hizo su faena con la experiencia que aportan diez días como torero a tus espaldas. ¡Qué faena tan elegante!
Efectivamente, Jesulín no saltó: lo lanzaron por la puerta grande. Era la máxima figura toreril del momento. Del pasado. Y del futuro.
Un par de horas después toreaba en la plaza mayor de Guacamala. Agarró un puñado de banderillas y, cuando estaba justo encima del animal con su mejor postura de banderillero y sus piernas separadas y firmes, como mandan los cánones del toreo, Faustino, el toro, hizo un quiebro y le clavó el asta en la oreja. Por suerte no hubo que lamentar muertos.
Pero otra mañana la suerte vino mal dada y la montera cayó boca abajo. Jesulín se repuso de tamaño golpe y sonrió al público. Se abrió la compuerta. Salió el animal.
Un toro de lidia, también denominado toro bravo, que procede de las razas autóctonas de la península ibérica, salió con una fuerza infinita y arrolló al pobre Jesulín de Alambrique.
Todo el mundo creyó lo peor. Y sí. Jesulín…
Quedó como leyenda. Aunque ya lo era.
Así termina la trágica historia de Jesulín.
Toa, toa, toa, te necesito toa.