La guardiana de recuerdos - segundo capitulo

2.Las castañas y la casa.

Viendo las huertas, me acuerdo de que Clara me dijo que puedo ir a coger castañas si me apetece.

Su padre tiene unos castaños cerca del Juego de los Bolos.

Clara me dio indicaciones para que los encontrara:

No tienen pérdida. Son los castaños que hay después de la última casa del pueblo, la de fachada blanca y ventanas negras.

También me contó que aquella zona se conocía como el Juego de los Bolos porque, antiguamente, los vecinos se reunían allí para jugar a los bolos y a la petanca. Los jóvenes aprovechaban el paseo para cortejarse y conocerse mejor.

Ahora ya nadie pasea por allí. En la aldea apenas viven ocho o diez vecinos y rara vez me cruzo con ellos. Cuando recorro ese camino me gusta imaginar cómo sería años atrás, cuando jóvenes y mayores salían a pasear o se reunían para jugar a los bolos.

Cerca del Juego de los Bolos se encuentra la antigua casa del cura, rodeada por una muralla de piedra. Siempre me da un poco de pena verla. Es una casa preciosa, pero poco a poco se va cayendo.

Según me han contado, el último sacerdote que vivió allí se llamaba don Ramón. Además de párroco, era profesor en un colegio de San Esteban, y los niños le tenían un cariño especial. Con él comenzaron a participar más en la misa, reabrió la biblioteca de la aldea y durante el verano organizaba actividades para los más pequeños.

Cuando era niña, en el pueblo de mis abuelos también había un cura parecido a don Ramón. El día de mi primera comunión me regaló una estampa de Jesús Niño que todavía conservo.

Mientras recuerdo todo esto salgo del atrio de la iglesia. Paso al lado de las huertas, por el camino por donde vi subir a la santa compaña en mi sueño. Al lado de las huertas hay una viña que acaba de ser recolectada; ya no quedan uvas. Solo le quedan los sarmientos en las cepas. Pronto empezará la época de poda.

Con los sarmientos de la poda, en esta zona se hacen atadillos que luego se van quemando en el fuego. He visto a algunos vecinos sentarse a su lado, en banquitos bajos, mientras charlan al calor de las brasas. Hablan de la vendimia, de la fiesta de la Virgen del Rosario, de si empezará a helar pronto o no. Hablan de sus padres y de sus abuelos, de cómo eran las cosas antes.

Alguna vez me han invitado a casa de algún vecino y me quedo escuchando al calor del fuego cómo recuerdan a sus padres y a sus abuelos, cómo hablan de ellos.

Sigo bajando y me encuentro con el edificio de piedra que está al lado del camino. Me fijo en que han puesto un cartel de «Se vende». Creo que este cartel es nuevo; debe de llevar un par de días, porque hasta ahora nunca lo había visto, y no hace tanto que he pasado por aquí.

Es un edificio de dos plantas de piedra gallega. Para mí siempre ha formado parte del paisaje de San Esteban. Las puertas y ventanas son de madera y les falta una mano de pintura, pero siguen conservándose bien. Es probable que sean de castaño, que es una madera dura y abundante en la zona. El edificio no es demasiado grande, pero es perfecto para hacerse una casa de fin de semana y desconectar.

Me fijo en el cartel y veo que el número de teléfono que aparece no es el de la inmobiliaria de la zona, la de María. El cartel no es de inmobiliaria, sino de esos que puedes comprar en una ferretería y escribir el número de teléfono a mano. Sin pensarlo, le hago una foto.

Tengo que llamar a María y preguntarle por este edificio. Reconozco que me pica la curiosidad. Puede que ella sepa algo de él. Seguro que, por lo menos, sabe a quién pertenece porque conoce toda la zona.

Sigo bajando por el camino y subo una pequeña cuesta que me lleva hasta el Juego de los Bolos.

Avanzo por el Juego de los Bolos pensando en aquellos jóvenes, entre ellos Teresa y Guadalupe. Quizá conocieron aquí a quienes serían sus maridos. O tal vez ya se conocían y fue durante estos paseos cuando decidieron compartir la vida.

Dejo atrás la última casa de la aldea, la que me dijo Clara, y al lado veo los castaños de su padre. Son castaños grandes, con troncos muy gruesos. Calculo que tienen por lo menos cien años, o más.

El suelo alrededor de ellos está cubierto de erizos, castañas y hojas secas en tonos marrones y amarillos. Alguna castaña sigue dentro de los erizos, así que debo tener cuidado de no pincharme al cogerla. Menos mal que me he puesto las botas de agua; así puedo pisarlos para intentar abrirlos y sacar las castañas.

No tengo ninguna bolsa para ir guardándolas, pero como los bolsillos del chubasquero son grandes, las iré metiendo allí. Con llenar los dos bolsillos tengo suficiente para un par de días y, cuando se me acaben, siempre puedo volver a coger más.

Me ha contado Clara que antes las castañas las comían los animales, sobre todo los cerdos. La verdad es que, con lo buenas que están, no me extraña. No creo que pudieran darles mejor alimento.

Mientras voy recogiendo las castañas, noto que empieza a llover. La temperatura es agradable y no siento frío. Me doy prisa y termino de llenar los bolsillos con las castañas que voy encontrando en el suelo.

Como llevo el chubasquero y las botas de agua, estoy a gusto. Me tomo con calma el camino de vuelta a casa.

Vuelvo a pasar por el Juego de los Bolos y por delante de la casa en venta. Miro otra vez el cartel. Cuando llego a su altura noto que empieza a llover con más fuerza. Así que acelero el paso y, en vez de subir por el atrio, subo por una carretera que hicieron detrás del cementerio.

Paso por la plaza que hay delante de mi casa y vuelvo a acelerar porque, además de llover, ha empezado a levantarse el viento.

Entro en casa y noto enseguida el calorcito. Me quito en la entrada el chubasquero, que chorrea agua, y las botas. He colocado un banquito junto al zapatero. Reconozco que ha sido una idea genial, sobre todo ahora que comienza la temporada de lluvias.

Me siento en él, me quito las botas y me pongo unas zapatillas calentitas que tengo preparadas. Al ver el chubasquero chorreando, me acuerdo de las castañas que he metido en los bolsillos.

Las castañas me recuerdan a mis abuelos, a los fines de semana de otoño cuando las asábamos en el horno de su cocina. Mi abuela siempre me decía:

Hay que cortarlas porque, si no, explotan.

Entonces cogíamos un cuchillo y les hacíamos un pequeño corte. Después las colocábamos en la bandeja del horno, bien extendidas, y esperábamos observando cómo se iban asando.

Cuando estaban listas, poníamos un trapo sobre la mesa de la cocina y las extendíamos encima. Luego las íbamos comiendo poco a poco, intentando no quemarnos.

Las castañas siempre me recordarán a ellos. Creo que por eso me gusta tanto comerlas. No solo por su sabor, sino por todos los recuerdos que me traen.

Cojo un bol y vacío los bolsillos del chubasquero. Al final he recogido una buena cantidad. Parecía que no eran muchas, pero tendré para tres o cuatro días, casi seguro.

Para asarlas en la chimenea necesitaba una lata o algo parecido. Así que fui a una ferretería de la zona y me vendieron una castañera pequeña, individual.

—Para solteros —me dijo el dependiente.

La verdad es que ya está todo inventado.

Cuando termino de dejar las castañas en el bol, me preparo un café con leche en la cafetera italiana. La cocina se llena del aroma del café recién hecho.

Es agradable sostener la taza caliente entre las manos. Para mí, el olor del café recién hecho siempre ha sido un olor de hogar.

Mientras miro cómo cae la lluvia y me tomo el café, me acuerdo de cuando encontré los papeles de Guadalupe en la casa y de cómo, poco a poco, se fue tejiendo la historia que después escribí.

Es un proceso curioso, el de la escritura. A veces algo sencillo, algo que parece no tener importancia, se convierte en la semilla de una historia completa. A veces encontramos historias escondidas en objetos, en cartas, en arcones o en casas.

Cuando Clara y yo empezamos a investigar aquella carta, lo que no sabíamos era que, además de la historia de Guadalupe y Manuel, escondía también un secreto: el secreto de su familia.

En aquella investigación también encontramos a Teresa, la hermana de Guadalupe, y esta noche he soñado con ella y con la santa compaña.

No entiendo muy bien el motivo de mi sueño. Puede que sea este tiempo lluvioso, que invita a la melancolía. O quizá que ella también guarde una historia.

Quizá no sea una historia como la de su hermana Guadalupe. Quizá sea una historia sencilla, una vida en la aldea, alrededor del horno y de la familia. No lo sé.

En esta aldea, en esta casa, en el cementerio, en la casa en venta y en los castaños hay guardadas historias de la gente que vivió aquí.

Estas historias no se han perdido; simplemente no las conocemos. Siguen aquí, guardadas en las casas, en los caminos y en los recuerdos de quienes aún las conservan. Solo necesitan que alguien las escuche, las recuerde y las escriba para que no desaparezcan.


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