Sabía, desde mucho antes de que el reloj se lo dijera, que en los últimos años de vida de su madre Carmen algo se le estaba pudriendo por dentro, un cambio profundo y terco que no solo le carcomía las venas a ella, sino que empezaba a pudrir la casa entera. Una noche de un 6 de abril, el mundo fue embestido por una especie de niebla espesa, y una lluvia fina de ceniza cubrió todo a su paso. El mundo pareció ignorar aquel suceso, pues no hubo ninguna noticia sobre el evento. María Remedios tampoco le dio importancia y se dispuso a desempolvar el banquete que reposaba sobre la mesa vacía del patio. Comió uno o dos muslos de pollo.
—Es como comerme un cigarrillo —les decía carcajeando a los rescoldos de fuego que brillaban con tal intensidad que parecían reír con ella.
De pronto, la loca calma de María se vio interrumpida por una inusual y amarga certeza: la vida se le escapaba entre los dedos como humo de cigarrillo barato. Ya no había cenas que duraran hasta que las velas se consumieran solas, ni esas tardes en que el mundo cabía entre platos y una compañía que solo se experimenta una vez. Poco a poco, aquellas tardes se volvieron tan lejanas que parecían pertenecer a otra mujer, hasta que las únicas visitas que recibía María Remedios eran las suyas propias: solitarias, rotas, cargadas de ese olor añejado de nostalgia mezclada con tabaco rancio y un trago de chapil.
Aquella noche, mientras se disponía a amasar la harina como lo hacía todas las noches, sintió una presión feroz en el pecho. Se sentó apresuradamente en la silla de madera, que crujió con el mismo lamento de siempre. Entonces una mujer con vestido amarillo y cabellos adornados con toda clase de flores silvestres atravesó la cocina con una calma desesperante. María quedó atónita ante la llegada de la mujer. Cierto aire familiar la acompañaba y una serenidad atravesó el pecho de María. Pasó sin previo aviso, tocó cada silla, cada olla, cada ropa, mientras estas caían inservibles al piso. Recorrió cada salón de la casa y se marchó sin decir una sola palabra. Supo entonces, después de ver cómo aquella mujer se llevaba el alma de los objetos obsequiados por su madre el día de su matrimonio, que esa noche infernal de cenizas su madre Carmen había muerto.
Entre flores marchitas y mortajas perfumadas con jazmín viejo, María Remedios recibió la visita de la muerte. Tomó el teléfono apresurada y llamó a su hermana, quien con descaro le confirmó lo que ella ya sabía.
—Sí, murió hoy a las 12.
Habían pasado casi 10 horas desde la muerte repentina de Carmen. Con las manos temblorosas y la cara destruida por la infernal noticia, María corrió desesperada hacia la casa de su cuñado, donde su madre había pasado los últimos 3 meses. Cuando llegó, a eso de las 9 de la noche, el salón principal —el que solo se utilizaba para los bailes— esta vez estaba adornado con cortinas blancas, ramos absurdos y encajes. Sobre una mesa con un mantel violeta, igualito a los hábitos de los curas, reposaba su madre, con la piel pálida casi amarilla. María se echó a llorar sobre el cuerpo inerte mientras le acariciaba la cara helada y repetía desesperadamente:
—¿Dónde está mi mamita?
La gente se levantaba a observar la escena con curiosidad
—Es su hija. Se ve muy acabada —murmuraban algunos, incapaces siquiera de darle el pésame.
No fue hasta la madrugada siguiente cuando por fin llegó la funeraria.
—Nos tomó casi dos días llegar hasta aquí —decían los señores de trajes apretados y elegantes, a quienes poco les importaba la muerta y mucho los casi cinco millones que costaría el arreglo fúnebre.
—Y son 130 mil más por la mortaja —le decían entre carcajadas a Ermindo.
María observaba la escena cabizbaja, inmersa en una desesperación brutal. A eso de las 7 de la mañana, las campanas de la iglesia por fin repicaron, dando así a conocer la noticia a toda la vereda. El canto triste de las campanas hizo que las carcajadas estridentes de los hombres trajeados se callaran de golpe, dejando al salón en un silencio inquietante. No fue sino hasta la quinta campanada cuando una María Remedios, totalmente destruida, cayó al piso a llorar inconteniblemente. Parecían de sus ojos brotar manantiales de agua salada. Las primeras flores invertidas y mustias empezaron a brotarle del cabello canoso: pequeñas rosas silvestres con los pétalos hacia abajo, que la acompañaron desde entonces. Los gritos estridentes y la pérdida de control en los nervios de María hicieron que su cuñado y su sobrino la amarraran con fuerza a los barrotes de una cama con colchón duro.
Carmen, en cambio, partió luminosa todavía. Se había marchado de la mano de esa figura materna pero monstruosa que la noche de martes hubo también de visitar la casa de María. Así, la noticia de una mujer misteriosa vestida de amarillo se regó por toda la vereda, y hubieron de encontrarla por todas partes: en las calles, en la tienda de doña Esperanza, en los cultivos y hasta en la propia iglesia. Las personas no tardaron en especular y se llegó a la conclusión de que aquella no podía ser más que la mismísima muerteandando y recogiendo los pasos de una Carmen ya muerta.
María Remedios entró en una crisis que le arrebató la cordura por completo. El dolor, por fin, la había hecho suya. Poco a poco la piel se le agrietó y su cabello se convirtió en un campo sin vida, lleno de cucarachas y hormigas que le caminaban por el cuerpo, por la frente, y por la espalda y desde el cuello hasta los dedos de los pies. Ya no era la madre joven, ni la adolescente enamorada y vanidosa que se pasaba horas buscando matorrales de zancía para pintarse los labios con su jugo. El paso inquietante de la vida la había convertido en una mujer hecha de una ternura resquebrajada, que se dejó consumir por placeres etéreos y efímeros para escapar de sus horrorosas emociones.
Se pasaba horas cantándole a las paredes y hablando con las ollas y los platos inertes con una naturalidad que espantaba. Hablaba también con los santos sobre asuntos económicos y de política, mientras fumaba un cigarrillo tras otro. Fue una época sin hambre, pues la hornilla de la casa no volvió a oler a fuego sino casi cuarenta días después, cuando Ramona Montenegro —a quien María Remedios acostumbraba llamar Tita— llegó de pronto un inusual mediodía, cuando el sol ardiente vomitó lava sobre el volcán Galeras. Hubo mucho pánico y horror en las calles; incluso el gobierno de desastres decidió evacuar a la gran mayoría de los habitantes de San Andrés de las Cumbres. Pero volvieron cinco días después, ya que el suceso no pasó a mayores y se borró de la memoria de los hombres para siempre.
Ramona traía consigo una pequeña mochila llena de cartas: una de su padre, de su abuelo, de su hijo, de su esposo, y hasta había una de su profesor Manuel, quien le había enseñado, hacía muchos años, lo que era la lectura, la escritura y la filosofía a una niña llamada María Remedios.
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