Las entrañas del Asfalto

Reemplaza esto por el texto que quieres compartir (relato, fragmento, capítulo, poema, lo que sea). NO —Más te vale que ese refugio tenga buenas cerraduras, Julian —espetó Ayla con un tono áspero, reajustando el cuerpo pétreo del vampiro sobre su hombro con un crujido sordo—. Porque en cuanto pongamos un pie dentro, lo primero que haré será buscar la forma de romper esta maldita piedra que ahoga a Gaspar. Y después… iremos a cazar al viejo.
Julian asintió con sobriedad, apagando el disco holográfico con un chasquido mecánico que devolvió el túnel a la penumbra, y se giró hacia la oscuridad del laberinto subterráneo.
—Sígueme —ordenó el estratega, echando a andar con paso firme a través de las sombras del colector preindustrial—. Conozco el camino.
Mientras el escuadrón se adentraba a ciegas en las entrañas de la ciudad, a kilómetros de distancia y protegido por el falso caparazón de la superficie, el corazón de la Cúpula latía bajo un silencio sepulcral y viciado.
En el ala médica del complejo principal, medio sepultada bajo los paneles de control reventados y con el costado desgarrado por las esquirlas de metralla del ataque, Alexandra yacía inmóvil. Su respiración era un hilo frágil, un silbido ronco y doloroso que apenas lograba rasgar la oscuridad del recinto.
El crujido sutil de una bota contra los cristales rotos congeló el aire.
La pesada puerta blindada cedió con un susurro hidráulico y, de la penumbra del pasillo, emergió la silueta impoluta de Adam Frost. Al verle cruzar el umbral, un destello de furia indomable atravesó los ojos de la cazadora. Pese al dolor desgarrador que le trituraba las costillas, Alexandra se irguió con una terquedad feroz sobre la camilla, intentando interponer su propio cuerpo destrozado entre él y la salida, dispuesta a bloquear su camino con uñas y dientes para evitar que persiguiera a los suyos.
Adam se detuvo a pocos centímetros. Su rostro carecía de fatiga, adornado solo por una sonrisa gélida y analítica. Con una parsimonia deliberada, acortó la distancia y extendió la mano, rozando con la yema de los dedos la mandíbula crispada de la cazadora. Su tacto fue una caricia tan suave como insultante, un deslizamiento lento que recorrió la curva de su mejilla y apartó con fingida delicadeza un mechón de pelo sudoroso pegado a su frente.
—Tan valiente como siempre, querida… y tan inútilmente terca —susurró Adam, inclinando el rostro hasta que su aliento helado rozó el lóbulo de la oreja de Alexandra.
Ella intentó apartarse, lanzar una embestida desesperada hacia su cuello, pero los dedos de Adam capturaron su muñeca con una firmeza inquebrantable. Con una lentitud exasperante, entrelazó sus dedos con los de ella, apretándolos en un simulacro macabro de intimidad mientras su otra mano descendía para rozar, con una frialdad clínica, el borde mismo de su herida abierta.
—¿De verdad crees que voy a perder el tiempo persiguiendo a cinco perros acorralados por el lodo de las alcantarillas? —continuó Adam, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo de terciopelo venenoso—. No voy a seguirlos, Alexandra. Tengo planes infinitamente mejores para ellos… y desde luego, un lugar muy especial reservado para ti.
Alexandra apretó los dientes con tanta fuerza que sus labios sangraron, clavándole una mirada cargada de odio puro mientras él la retenía con esa cercanía asfixiante y perversa.
—Déjalos creer que han encontrado un refugio seguro —concluyó Frost, inclinando la cabeza con una satisfacción absoluta mientras el brillo de sus ojos prometía tormentas peores que la muerte—. Al fin y al cabo, un buen banquete siempre sabe mejor cuando dejas que la presa corra hacia su propia trampa.