Buenas noches
Cómo tantos otros, escribo sin ser leído y eso te deja con una capacidad de crecimiento limitada. Estoy escribiendo una novela sobre la voluntad en un contexto de fantasía urbana. Tengo unas 250 páginas y terminada a los 4/5, pero me gustaría ir conociendo opinión de los primeros capítulos. Paso el número 1 y ojalá alguien tenga algún comentario que me ayude.
"En Duadia de noche, la obra se inicia cuando cae el telón.
– Ciudad aborrecible y aborrecedora. ¿Te odian tus gentes por lo que eres o son tus gentes las que te vuelven odiosa? Que escojan la justificación que mejor se les acomode, yo te veo como lo que eres, que es realmente lo único que importa. Un vientre abierto que rezuma el aroma empalagoso de la casquería putrefacta –aspira–. Ahí está: el tejido de tu olor. Cada hilo que lo enhebra es una esencia de tu esencia, como el sudor que el miedo satura de salitre, o el penetrante hedor de las heces recién vaciadas ante la constatación de la muerte que no se discute pero tampoco se espera. Y ese ácido, claro, regurgitado desde el estómago mientras el testigo se ve candidato a la vacante que se desangra a sus pies, pensando cómo no acabar igual, muy agradecido, dicho sea de paso –aspira–. Ciudad famélica. Vengan las frituras y las recién reventadas frutas, ofrendas abiertas al pagador, y las parrillas sobre las que la carne se encoge con un espasmo que volatiliza sus sustancias al aire, y también la grasa rancia adherida a ellas –aspira–. Aquí estás, Duadia de noche. Y aquí está el yo de noche. ¿Cómo divertirnos?
Sobre el vacío pedestal de una gárgola nunca arribada, la figura baila con pasos menudos bajo el oleaje voluptuoso de su capa bicolor. Tras el serpenteo de las ondas, en la careta que emerge se aprecian los labios estirados en direcciones opuestas, como si alguien hubiera querido dibujar una boca sajándola en forma de S. Y acompañando a sus comisuras, las cejas de cada lado se curvan siguiendo aquella inercia, con una alzada y otra hundida, arrastrando consigo el tejido que las sujeta. Carcajea la figura por el hueco que es su boca, jugando a asomar su careta entre los pliegues que suben y bajan, hasta que en ese descenso la máscara retorcida se descubre planchada. Y él se acuclilla. Y esputa al vacío:
– Mierda.
Toda ciudad tiene cruces notables: por su tamaño, por su forma, por la cinética que los invade o por un momento anecdótico que se volvió la norma. En Duadia de noche, lo son por la luz. Las farolas son en ellos los pilares que soportan la existencia de esa encrucijada y de todo lo que en él acontece y yace. Colosales postes que revientan en una luminaria superlativa o en un ramaje de múltiples frutos brillantes. Es cada una de ellas su propio hito. Así que todo gran cruce irradia de su farol y, bajo este, hay siempre un quiosco.
– ¿A quién le importa que estén entre rejas? Hace tiempo que Par de Justicia estorbaban más que ayudar. Lo único que ha hecho la contralor es sacarnos de encima otro par de chalados.
La voz de Rebeca se alza entre los murmullos del gentío con estridencia. Es lo único que la hace sobresalir entre el resto de figurantes variopintos.
– ¿En serio? ¿No importa? –cuestiona soliviantado un espiralado bigote tras el que se esconde un señor.
– Coja usted “El Faro de Duadia” que lo pone muy claro en la portada: el número de malhechores ha aumentado desde la aparición de esos dizque héroes.
Rebeca golpea con la palma el periódico que corrobora orgulloso sus palabras.
– ¡Qué falacia! –Los vellos bajo su nariz se encrespan cuando el señor clama al cielo–. De toda la vida ha habido villanos y, por suerte, héroes que les persigan. Sin ellos…
– Una Duadia nueva.
– Una Duadia indefensa.
La quiosquera mira al hombre, luego al público que murmulla. Alza el índice un instante, regordete palpita inmóvil, hasta que todos se callan y observan. Expresiones irónicas, algunas burlonas… no le importa. Busca los ojos que ya tiene, y se los lleva.
– “El relator” – apunta primero–, “Heraldo de noche” –señala después–, y los demás –abarca con los brazos inflados–. Todos lo dicen: el crimen sigue e insiste. Los héroes… quizá hayan servido. Ya no lo hacen. La contralor –y golpea con los nudillos una portada con una declaración en mayúsculas– lo dice: “Únanse a las filas o serán borrados”. No quiere eliminarlos sino que sean parte del equipo. De nuestro equipo. Pero prefieren ir por su cuenta. ¿Les parece bien? –Cuestiona hacia el público.
Hay un alzar en las voces. El bigote se alza inquieto, en un subir y bajar indeciso que solo encuentra solaz cuando una señora envuelta en un turbante morado avanza un paso y eleva sobre otras su voz cristalina.
– No todos los periódicos dicen lo mismo –señala dirigiendo el mentón hacia las que penan a ras de suelo.
– La mayoría lo hacen. Por algo son los más leídos.
– ¡Panfletos!
– Ahí tiene también “Urbanidad” –insiste paciente Rebeca con un encogimiento de hombros–. ¿También es un panfleto el de más tirada? ¿Miente acaso el público? ¿Ustedes? Fíjese, que hablando de eso, publicaron hace poco una encuesta de percepción y mostraba claramente que la gente ve esas heroicidades más peligrosas que otra cosa. Sin ellas quizá el crimen…
– ¡El Dodecaheros ha estado desde siempre! –exclama entre perdigones de saliva el del bigote. Con un paso se sitúa al lado de la señora que menea agitada su cabeza.
– Pues probemos entonces sin él –incide Rebeca.
Precedido de un tintineo, un cuarentón se hace un hueco también en el centro. Lleva tras de sí unas cadenas colgando que, a modo de falda larga, ocultan escasamente su trasero. Lanza una pregunta:
– ¿Y por qué cada vez que pillan a Cloaca o Herrumbre acaban soltándolos de nuevo? Yo escuché que lo hacen para luego poder cazarlos otra vez. Como si estuvieran compinchados.
– De noche o de día, la calle es la misma –refranea Rebeca asintiendo.
Pero su sentencia muere en la ola de un murmullo creciente. Más allá de los límites de la farola del cruce, dos chicos corren. A sus espaldas, un mar de siluetas les persiguen. Saltan bordillos y cruzan calles en dirección al quiosco. Una alternancia de penumbra y luz. Salen a un paso los ojos desorbitados; al siguiente, el aliento que se atropella entre músculos agarrotados. El más cercano comienza a dejar al otro atrás, que tañe una súplica. Y el otro acelera, espoleado por las gentes que desde el quiosco le animan a mirarles solo a ellos. Hasta que logra la caricia de esa luz que no es hito sino destino justo en el instante en el que tras él escucha el aullido de un riñón atravesado y la sorda caída de un fardo al suelo. Y enfrente, algunos rehuyen la mirada horadando en su estómago un vacío que le precipita. ¡Salta! Y salta, dejando atrás el hueco que justo ocupa el filo de un cuchillo.
El chico aterriza entre las gentes, apegadas a un par de pasos de la frontera que la luz dibuja, en mutuo observar con quien les sonríe más allá: el cabello pulcramente peinado a un costado, polo impecable y aquel cuchillo insatisfecho que baila en su mano. No deja de mirarles cuando avanza un paso y al cruzar ese límite su puntera refulge. Pero ahí se detiene. Sus ojos descienden un momento a su zapato; luego regresan al público inmóvil; finalmente se da la vuelta hasta ser una silueta que se fusiona con las otras. Y aquella, que se debate entre chillidos histéricos, arrastrado por el suelo, hasta que el callejón engulle la vista. Y el sonido.
Tras unos segundos, es Rebeca quien de nuevo habla primero:
– ¿Ven? Ni un héroe. Solo mi quiosco.
Una parte del grupo se voltea hacia ella; otros acompañan al chico que ahora permanece en el suelo, acuclillado. La cresta verde en su cabeza se balancea al compás de sus pulmones.
– Si Par de Justicia no hubieran sido detenidos… –comienza con el índice enhiesto la señora de la toga púrpura.
– Hubiera sucedido lo mismo –corta Rebeca con una mueca de indiferencia–. ¿Dónde está Téorrex? ¿O Trino Nocturno? ¿Les han visto ustedes? –Pregunta hacia una parte de los presentes para volverse luego a otros–. ¿Y por aquí?
Un chiquillo levanta la mano. Cuando habla, el despegar de sus labios revela unas paletas inmensas.
– A mí Trino Nocturno me salvó de unos ladrones–informa tímido.
Un murmurar toma la anécdota como asidero y en el grupo las cabezas asienten en tímido corporativismo, pero no llega formularse el cuerpo de la defensa antes de que Rebeca lo difumine afirmando:
– Esta noche no lo hubiera hecho.
Alarga una mano hacia la víctima que la acepta para levantarse. Los demás observan aquello, luego a los otros, miradas que escudriñan por chispas donde ya solo hay ceniza. Y el tiempo como excusa para dejar de hacerlo (¡Qué tarde es!, surge desde el bigote ahora hundido), lo que inicia el girar de los engranajes que mueve al gentío a agruparse, buscando mismos destinos como boquerones que se unen a un banco a la espera de que el devorado sea el otro y no ellos, así agarrando el todo una inercia con la que el lugar se vacía de urgencia pues, aunque en Duadia de noche todos son uno, para llegar al cero hay que hacerlo desde el dos.
Rebeca suspira satisfecha con el atenuar de los últimos pasos a los que la oscuridad para seguirles.
– Se van las noches, se van…
Canturrea al tiempo que de detrás del mostrador saca una silla plegable que coloca a un costado para dejarse caer sobre ella, repanchingando su cuerpo sobre la tela plástica, con las monedas de su delantal que tintinean dentro. Las busca en el bolsillo, cogiendo en un puñado la mayoría para luego dejarlas caer sobre su regazo. Las monedas ruedan; a los billetes se los lleva la brisa. Ella está ahora concentrada en extraer un cigarrillo de su cajetilla. Se entretiene unos segundos evaluando el arbusto de humo que acababa de crear. El quiosco aguanta sólido tras el follaje. En sus paredes, el género intacto. Poco se ha vendido, comprueba; sin embargo, en las zonas más expuestas aprecia las hojas manoseadas, ajadas y sucias, de los ejemplares colgados. Luego, desciende la mirada hasta las hileras más inaccesibles, donde penan las publicaciones que decidió condenar. Su estado es casi inmaculado. Sonríe. Aquella fue una buena noche.
– Podría retiraros –habla dirigiéndose hacia las portadas a ras de suelo. Da una calada sin apartar la mirada, con el sudor goteándole por la frente–. Os gustaría que lo hiciera para que luego la gente preguntara qué había ahí, ¿verdad?–. El humo del cigarrillo vuelve a acumularse a su alrededor, aplastado por el ambiente opresivo de la noche canicular. Agita la mano para deshacerlo–. Ahora solo sois relleno –concluye tirando al suelo los restos quemados del filtro para comenzar a canturrear una cancioncilla.
Quizá, de no haberlo hecho, habría escuchado los pasos que se le acercan indisimulados: decididos pero sin efectismo. La figura se le coloca enfrente y apenas ella alza la mirada para observar al nuevo cliente, este abre fuego destrozándole la cara con tres disparos sucesivos. Permanece, tras ellos, unos segundos observando el cuerpo yaciente en un silencio roto al fin por su propia voz:
– ¡No! ¡No así! Así no…
Su voz termina por desvanecerse antes incluso de que su cuerpo lo haga tras la esquina más cercana, que a su paso parece cerrarse tras él. Y allá en el centro, cruzada en el suelo del cruce afarolado, mientras lo negro se vuelve blanco, el rojo en Rebeca no pierde color. "
Buenas, Mike! Me he leído el capítulo y me ha enganchado, que yo también escribo especulativa y esto tiene un nivel que me apetece devolverte con calma. Antes de nada, un aviso por transparencia: para la lectura me apoyo en una herramienta de revisión que estoy construyendo. El criterio y lo que te llegue van con mis palabras, y el capítulo me lo leo yo entero, pero prefiero decírtelo de frente. Si lo prefieres solo a mano, sin la herramienta de por medio, me lo dices y encantado igual. Sin coste ni nada, y al terminar borro tu texto. ¿Cómo lo ves?
Gracias por el esfuerzo! Hazlo como te sientas más cómodo. Me interesa la retroalimentación!
Ya me lo he leído a fondo. Con toda sinceridad: escribes muy por encima de la media, tienes voz propia y cabeza, así que te hablo de tú a tú, más de calibrar que de arreglar.
Lo que te funciona, y funciona alto:
El worldbuilding sin clase de historia. Toda la política de Duadia (la contralor, los periódicos rivales, los héroes caídos en desgracia) sale de una discusión de calle viva y con capas ideológicas reales, no de un párrafo de exposición. El debate entero se sostiene solo.
El concepto, que es tu mejor carta. Rebeca decidiendo qué periódicos ve la gente es una encarnación buenísima del control del relato, y rematar con que la maten justo tras su frase más contundente (“ni un héroe, solo mi quiosco”) dispara la ironía trágica sin que tengas que subrayarla. Ese cierre reordena todo lo que creía que iba a ser el capítulo y me obliga a seguir.
Y la voz. El apóstrofe inicial a la ciudad, olida como un cadáver abierto, es denso y perturbador sin caer en villano de cartón. Y Rebeca queda entera solo por cómo discute y cómo se relame con su censura casera.
Lo que yo, como lector, trabajaría, y casi todo es la otra cara de tu virtud:
Tu maximalismo es tu firma y tu riesgo. Hay frases que se enredan tanto en su sintaxis que tengo que releer para saber quién hace qué, y no es puntual, es un patrón, sobre todo en la acción física (la persecución, la máscara). No te digo que simplifiques, sería matarte la voz. Te digo que modules: mete alguna frase limpia entre las complejas para que el lector respire, y el barroco pega más fuerte cuando lo sueltas. Y justo en la persecución, donde más tensión hay, es donde el estilo compite con la claridad y gana el estilo. Ahí bajaría un punto la ornamentación.
La figura enmascarada del principio y el asesino del final. Asumo que son la misma persona, pero no estoy seguro. Si lo son, dame una señal más clara para que sea un guiño y no una duda; si no lo son, más aún, porque ahora se siente casi como un fallo de continuidad. Y es la figura que me pediría seguir, así que necesito notar el hilo entre su aparición y el cierre, que se me escapa.
Dos apuntes menores. Uno: sueltas muchos nombres del mundo de héroes y villanos (Téorrex, Trino Nocturno, Cloaca, el Dodecaheros) sin anclar ninguno; como densidad de mundo cuela, pero si en los próximos capítulos no le das cuerpo a dos o tres, se sentirá decorado. Y dos: tus verbos inventados tipo “refranea” son firma y me gustan, pero en dosis altas distraen del contenido; raciona el truco.
Y para el final, una pasada de limpieza. No es fondo, es mecánica, pero en un texto tan trabajado como el tuyo es lo que separa “muy bueno” de “impecable”. Tres cosas: el formato de los diálogos, que en todo el capítulo usas guion corto (–) en vez de raya (—) y con la puntuación de las acotaciones algo suelta; es hábito de teclado, pero un corrector te lo marca de arriba abajo, así que dale una pasada entera. Luego, algunas palabras que se te repiten muy cerca y algún término que sobreusas, que en una prosa tan densa como la tuya pesan el doble, porque cuando la misma palabra vuelve dos renglones después canta más. Y ojo también a que no se te repitan gestos y estructuras de frase. Nada de esto baja el nivel, es la última capa, y se caza en una relectura con la lupa puesta solo en eso.
Nada más. Esto tiene un nivel que da gusto leer, y lo que te digo es afinado de relojero, no de escopeta. Con muchas ganas de ver a dónde va Duadia. Un abrazo!
Muchas gracias por tu comentario! Hay mucha tela que cortar en él ^^