Ayer vi La bola negra. Lo que más me impresionó fue comprobar, una vez más, que no siempre son las palabras las que cuentan la historia.
Hay formas de mirarse y de tocarse que dicen mucho más que cualquier diálogo.
Hay miradas que te dan vida. Y hay miradas que te la quitan.
A veces, solo con una mirada, sabes cuándo algo está bien y cuándo está mal. No hacen falta las palabras.
En mi casa no se hablaba de lo que pasaba. Tampoco hacía falta.
Mi padre se hace mayor y me cuesta asumirlo. El otro día, al pensarlo, lloré, y mi padre lo notó. Cuando me vio, me preguntó qué me pasaba en los ojos.
No pude decirle que no quiero que se haga mayor, que no quiero que se muera. Que quiero que esté toda la vida conmigo.
Tampoco le dije «te quiero». Quizá porque nunca nos lo hemos dicho.
Con mis hijos sí nos decimos «te quiero». Muchas veces. Cuando nos damos un beso. Cuando nos despedimos. Cuando nos escribimos por teléfono.
En mi casa no nos podíamos decir «te quiero». Solo sufríamos los unos por los otros.
Creo que esa era nuestra forma de querernos.
Yo sufrí por mi madre. Por no poder ayudarla. Por no poder salvarla.
Cuando me fui de casa para trabajar fuera, creo que ella sintió que se quedaba sola.
¿Qué tenía que haber hecho? ¿No haberme ido?
Estaba cansada de sufrir. Ya no podía seguir así.
Tenía que elegir entre quedarme o intentar hacer mi vida, aunque fuera difícil.
Ahora mi padre, después de los dos accidentes de los últimos años, ha vuelto a su casa.
Y siento lo mismo.
Siento vértigo porque está solo. Porque se quedó solo hace dos meses. Porque está más torpe.
Porque se hace más mayor.
Y no lo puedo parar.
¿Por qué sufrimos así? ¿Por qué no somos capaces de quedarnos únicamente con los momentos que vivimos con ellos?
No con el sufrimiento, con el dolor.
¿Por qué nos sentimos culpables por hacer nuestra vida? ¿Por elegir?
Porque el amor nos hace desear lo imposible: que las personas a las que queremos no envejezcan, no sufran y no se vayan nunca.
Y cuando descubrimos que no podemos evitarlo, aparece la culpa. Una culpa que muchas veces es solo la otra cara de la impotencia.
La impotencia de no poder parar el tiempo, de no poder parar las cosas que pasan.
Creo que esto es lo que entendí cuando mi padre tuvo el primer accidente en el que casi muere. Yo no pude evitarlo, ni tampoco pude evitar su sufrimiento.
Muchas veces solo podemos estar. Acompañar.
La última vez que acompañé a mi padre al médico, me dio las gracias. Quizá porque lo que más valoró no fue lo que yo pudiera hacer por él, sino no sentirse solo.
Tal vez eso sea lo único que nos queda cuando quienes queremos se hacen mayores: estar ahí mientras podamos.
Y después, conservar esos momentos para siempre.
¡Hola! Debo decir que me conmovió muchísimo. Me sentí un poco identificada con mi familia, de pronto suele ser complicada la comunicación… hasta que sucede algo grave y piensas que jamás los volverás a ver, comunicamos un poco de lo que sentimos, para bien o para mal.
También tu texto te invita a reflexionar, de lo que sientes y no has dicho, y ¿por qué solo sufrir a solas? Es complicado, supongo que patrones conductuales…
Gracias por compartir. Un abrazo.
Me alegro mucho, que te haya conmovido. Reconozco que cuando lo escribí se me saltaron las lagrimas. Es dificil reconocerlo. La mezcla entre amor y miedo a perderlos. En fin es la vida. Muchas gracias por leerme sobre todo. Muy agradecida
Hola Malaqui. Me ha molado mucho tu relato. Describes los sentimientos de una forma real y entendible. Esos sentimientos buenos que por una razón u otra no lo damos vía libre y se queda ahí a medio camino para la interpretación del otro. Y es una pena. Desgraciadamente si no se pronuncian, en momentos negativos, todos esos sentimientos positivos pueden perder valor y empezamos a malinterpretar al otro y pensar lo opuesto: pues nunca se pronunciaron / “confirmaron” la preocupación y amor que tenemos al otro.
Por otro lado, no dar vía libre a esos sentimientos, tal vez es por reconocer que no vamos a poder estar ahí siempre, en cada momento de sufrimiento que les tocará vivir a nuestros queridos.
Muchas gracias, por leer mi relato. Por entender lo que intento explicar. Muchas veces no nos atrevemos a decirlo. Y luego nos arrepentimos de no haberlo dicho. No lo decimos porque nos da vergüenza, quizás. Quizás lo he escrito porque todavía, tengo la oportunidad de decirle a mi padre que lo quiero, y se lo tengo que decir.