Nadie vino
Al principio su ayuda apareció como un regalo divino.
No llegó con palabras, sino con una claridad suave: me dirigió, me enfocó.
Y yo me dejé guiar.
Todo parecía ir bien.
Agradecí muchas veces mirando las estrellas, buscándote, esperando que algo se moviera, que algo respondiera.
Sentí la brisa del viento como si fuera un mensaje.
Miré al sol directamente, aguantando la luz, convencido de que si resistía lo suficiente me ibas a responder.
Observé las hojas de los árboles moverse,
cosas caer accidentalmente,
y creí ver señales en lo mínimo.
Tenía tantas ganas de agradecerte, de verte,
que te busqué incluso en internet
y después en mis sueños.
Cerraba los ojos deseando dormir solo para encontrarte.
El tiempo pasó.
Y no hubo respuestas.
Mi vida se normalizó.
Y eso dolió más que el silencio.
El anhelo no desapareció; se volvió más desesperado.
Te busqué en mis errores, cometidos conscientemente,
pensando que quizás ahí aparecerías.
Me fui destruyendo poco a poco, convencido de que el dolor era el precio para merecerte.
No llegaste.
No me encontraste.
Entonces pensé:
quizás no quieres mi agradecimiento.
Quizás solo ayudas… y te vas.
La duda se volvió más oscura:
¿por qué haces eso?
¿Quién soy yo para ti?
¿Qué quieres de mí?
¿Actúas como un dios sobre mí, probándome, empujándome, exigiéndome algo a cambio?
Durante mucho tiempo creí que eras algo externo.
Un ser.
Una fuerza.
Un juez invisible.
Hasta que, cansado de esperar, empecé a prestarme atención a mí mismo.
Y supe —sin señales, sin voces—
que todo estaba ocurriendo dentro de mí.
Ese “ser” no estaba afuera.
Había ocupado un lugar que yo le entregué sin darme cuenta.
Entonces apareció una idea extraña, casi peligrosa:
dar vuelta todo.
Dejar de mirarte hacia arriba
y mirarme de frente.
Pensé en ocupar el lugar que te había dado.
No para dominar,
no para jugar a ser dios,
sino para hacerme cargo.
Al principio dio miedo.
Porque ya no había a quién culpar,
ni a quién agradecer,
ni a quién esperar.
Pero empecé a creer que así las cosas podían ser mejores.
No mágicas.
No perfectas.
Solo reales.
Ese ser en el que me convertí no es perfecto.
Tiene detalles buenos y detalles malos.
Pero es mejor.
Claramente más sabio.
No lo expulso ni lo combato.
Lo dejo habitarme.
Lo dejo dirigirme.
Sus defectos no me asustan,
porque no son los mismos de antes.
Son defectos nuevos.
Territorio desconocido.
Y por primera vez,
no los vivo como condena,
sino como desafío.
Los anhelo conocer.
Resolverlos.
Sanarlos.
Entendí que tu ayuda fue real,
pero no para salvarme,
sino para llevarme hasta el límite
donde ya no podía seguir esperando afuera.
No desapareciste.
Dejaste de hablar porque ya no hacía falta.
Cuando dejé de buscar señales,
no pasó nada extraordinario.
No hubo luz, ni castigo, ni revelación.
Solo apareció algo nuevo:
presencia.
Y así, sin cielos abiertos,
sin pactos ni promesas,
comprendí finalmente:
soy yo
el creador de mi propia existencia.
1 me gusta