Narracion historica sobre los yaganes de mi autoria . primeros capitulos

P R E F A C I O

Hay lugares donde el tiempo no transcurre: se deposita; se acumula como un sedimento de culpas no resueltas. Junto a un sendero furtivo que serpentea a la vera del Canal del Beagle, entre lengas de troncos retorcidos, sobrevive una choza cónica cuyos palos se sostienen unos a otros por mera insistencia. Sobre la turba húmeda, un mosaico de conchas pálidas tapiza la entrada; en el interior, apenas una lata de tabaco inglés devorada por el óxido y una botella de gres vacía. Más abajo, donde una senda ancestral desciende hacia la playa de guijarros, yace la anán semienterrada, junto a un fragmento de remo carcomido y los huesos blanquecinos de un esqueleto marino. No hay ruido ni movimiento. Solo el murmullo entre los árboles de lo que alguna vez fue un hogar yagán y hoy es un vestigio que el bosque insiste en resguardar.

Ante esa soledad, ante la canoa abandonada, resulta inevitable preguntarse adónde están, quiénes eran. Qué fuerza —qué conjuro silencioso— pudo arrancar a un pueblo de su propia orilla y disolverlo en la neblina de la historia. No fue una tragedia súbita ni un cataclismo natural. Lo ocurrido en estas costas fue más lento y más preciso: una desaparición administrada, ejecu­tada con la parsimonia de la burocracia y la frialdad de una catequesis que confundió la salvación con el despojo.

Este libro se aproxima a esa desventura: la de los canoeros fueguinos, atrapados entre dos mundos que nunca llegaron a tocarse del todo. No pretende restituir una totalidad perdida ni hablar en nombre de quienes ya no pueden hacerlo. Aspira, en cambio, a rescatar del silencio las huellas dispersas de los yaganes: fragmentos, documentos, gestos mínimos que el borramiento no logró cubrir. Esos restos —como la choza, como la anán, como la lata oxidada— no explican por sí solos lo ocurrido, pero resisten. Persisten.

En torno a esos indicios se organiza la investigación que recorre estas páginas. No como una crónica cerrada ni como un relato ejemplar, sino como una lectura atenta de aquello que quedó fuera del archivo ofi­cial, aquello que fue anotado al costado de una página y que se intentó ocultar deliberadamente. El misterio de Wulaia, el destino de Jemmy Button y el eco de los últimos habitantes de los canales fueguinos se entrelazan en una trama donde confluyen fuerzas que exceden largamente la escala humana: la usurpación de Malvinas, el control de los espacios marítimos del sur, la lógica de un imperio naval que, para entonces, gobernaba un tercio del planeta, y la expansión de las misiones anglicanas.

En ese escenario vasto y asimétrico, los yaganes —acorralados por la peste, el hambre y la intromisión constante— lucharon por algo elemental: conservar su lengua, sostener una forma de habitar el agua y preservar una memoria milenaria que los invasores se empeñaron en sustituir. Su tragedia no se consumó en un solo acto, sino que fue erosionada día tras día, hasta que incluso el relato de su desaparición quedó en manos ajenas.

Al final, queda la canoa como evidencia material de una ausencia. Abandonada en la playa, ya no sirve para navegar ni huir. Es apenas un casco vencido por la intemperie, detenido entre la tierra y el agua. Pero en esa inmovilidad persiste una pre­gunta que el tiempo no ha logrado disolver: en qué momento una violencia prolongada comenzó a ser leída como paisaje, y quién decidió que ese aban­dono podía confundirse con el orden natural de las cosas.

Este libro comienza ahí. No frente a un resto inerte del pasado, sino ante una herida que todavía no ha cerrado.

Luis Moreno. Ushuaia, enero de 2026

C A P Í T U L O I

El legado

La buhardilla

Eulogio Benavente murió el 17 de noviembre de 1859.

Lo hallaron reclinado en su poltrona, con un libro abierto sobre el regazo y la cabeza inclinada, como quien abandona una lectura demasiado extensa. Esther, su fiel servidora, tardó en comprenderlo; primero creyó que dormía, luego le habló desde el umbral y, solo cuando el aire de la sala se volvió inerte, entendió que la vida ya no lo habitaba.

Al día siguiente, una hilera callada lo acompañó hasta el cemente­rio, despidiendo a ese hombre singular que había sido asambleísta en el año 13, ensayista y alborotador en partes iguales, y en cuyos escritos —ordenados con obsesiva precisión— pugnaba por preservar intactas las esce­nas del de­rrumbe de los caudillos, el desgarro del interior y la soberbia altiva de Buenos Aires.

Me correspondió heredar lo suyo: una casona fatigada por los años, una biblioteca enmarañada y un altillo polvoriento repleto de legajos. Cuando atravesé la puerta, el silencio era tan espeso que escuché el viaje de una gota, resbalando sobre la teja hasta perderse en el aljibe. Esa ínfima vibración me reveló que aquella casa ocultaba algo más que un simple traspaso de propie­dad.

Bastó ese primer contacto con sus objetos para que el tiempo se quebrara y me arrastrara al momento en que nos conocimos. Eulogio irrumpió en mi vida cuando yo era apenas un muchacho enlutado. La peste del vómito me había arrebatado a mi padre y fue entonces cuando ocupó el lugar de tu­tor, figura que acepté en silencio.

Con los años fui afirmando mi convicción de que no solo me había ofrecido un amparo, sino una forma de mirar el mundo. Me inició en el difí­cil camino de buscar la verdad entre las sombras de los sucesos y la letra marginal de los documentos. Y Aprendí lo esencial: que el conoci­miento no libera; apenas ilumina, por un instante, el contorno de nuestra propia ignorancia.

La casa que me legó se alzaba en la calle Moreno, a media cuadra de la Imprenta de los Expósitos, con su base de piedra oscura y un balcón antiguo. En el interior, tres habita­cio­nes rodeaban la sala principal, presidida por una chimenea con una escalera estrecha que ascendía al altillo…

Avancé por la buhardilla como quien camina por el interior de un reloj parado. El aire, espeso y cargado de polvo de papel, olía a tinta seca y madera vieja. Mis dedos rozaron el lomo de un libro en el estante. El cuero parecía conservar, todavía el calor de la mano de Eulogio.

Las paredes sostenían estantes improvisados repletos de volúmenes; los legajos se amontonaban en el suelo, formando archi­piélagos de memoria; y en una ménsula, al alcance de la mano, descansaban los cuadernos de tapas negras donde solía garabatear sus pensamientos. En el centro del recinto, un escritorio de nogal sostenía un atril con un libro abierto, como si aguardara que alguien continuara la lectura. Allí estaba su mundo: el lugar donde dormía, escribía y meditaba, rodeado por el mur­mullo de sus notas.

En medio de aquel desorden, la única prolijidad visible era la cama, impecablemente tendida, con dos almohadas en simetría per­fecta. Tuve la im­presión, tan viva como absurda, de que cada objeto contenía no solo memoria, sino una pregunta. Era como si al heredar sus bienes, me hubiera legado también sus enigmas.

Fue a la mañana siguiente, mientras intentaba ordenar una pila de volúmenes, que un diario cayó abierto a mis pies. Impactó con un golpe seco que resonó en el silencio como un portazo lejano. No fue un accidente; fue una entrega.

Estaba fechado apenas dos días antes de su muerte. En la página cen­tral, subrayada con trazo firme, el titular sentenciaba: «Matanza en Wulaia». En el margen izquierdo, su letra menuda había dejado una frase breve, escrita casi como una consigna póstuma: «para quien quiera contar la verdadera histo­ria

El artículo, con frialdad militar, relataba que el 6 de noviembre de 1859, en las islas de Tierra del Fuego, una misión anglicana acampada en la caleta de Wulaia había sido aniquilada por un grupo de indios yaganes. Ocho ingleses —entre ellos el jefe de la expedición— murieron a garro­tazos y lan­zazos.

El relato no admitía matices: la pluma del redactor señalaba a los “salvajes” como autores de la barbarie, y a un nativo de nombre singular como ins­tigador: Jemmy Button. Lacarra, el periodista que firmaba la nota, con­cluía sin rodeos que el hecho probaba “la necesidad de extirpar la barbarie de to­dos los confines de la patria”.

Sin embargo, lo que realmente me estremeció no fue la frialdad del autor, sino la anotación que Eulogio había dejado al margen: «Lo de Wulaia no fue un arrebato irracional, sino el desenlace inevitable de años oscuros

La verdadera raíz de la violencia —escribía— no debía buscarse en la fu­ria de los canoeros, sino en los despachos asépticos de Londres, donde el destino de aquellos pueblos había sido sellado mucho antes de que las lanzas se alzaran.

Una tensión se produjo en mi interior. Al leer esas líneas supe que el mensaje tenía un destinatario. Eulogio no me legaba solo una casa y una bi­blioteca, sino una investigación inconclusa, una verdad que aún respiraba bajo las cenizas. Y lo más inquietante era presentir que me estaba señalando un camino del que ya no podría volver.

Mis cavilaciones se extendieron hasta el ocaso. Cuando la buhardilla quedó en penumbras, me acerqué a la ventana y vi las farolas de cebo descen­der hacia el Bajo en una hilera de luces vacilantes. El cam­panario de San Ignacio se recortaba contra el cielo, vigilando los silencios de la ciudad. Observé ese cuadro con la convicción de que también la historia, como Buenos Aires al ponerse el sol, estaba hecha de resplando­res que encubrían más de lo que iluminaban.

Una ráfaga de aire frío agitó las páginas del libro sobre el atril. Sentí, mi­tad presentimiento, mitad mandato, que ese libro aguardaba por mí.

La caja de los secretos

La mañana se deslizaba lenta sobre los tejados cuando un golpe seco en la aldaba quebró el silencio de la casona. El eco metálico recorrió la esca­lera como un hilo que buscaba mi oído entre los sueños. Me incor­poré, aún preso del sopor, y abrí el ventanal. En el umbral aguardaba un muchacho desgar­bado, con una alforja al hombro y un sobre en la mano; con la otra sujetaba las riendas de su caballo, que resoplaba bajo la neblina.

—¿Es usted don Eulogio Benavente? —preguntó, sin atreverse a alzar del todo la vista.

—No. Soy su ahijado. Don Eulogio murió hace dos días.

El silencio cayó entre nosotros. El joven palideció, se quitó el cham­bergo y se persignó con torpeza.

—Lo lamento, señor. Traigo un recado de la Biblioteca Pública. La señora encargada me pidió que lo entregara en mano.

Me tendió un sobre cerrado con un sello de cera azul. Sentí que el pa­pel transmitía algo más que un mensaje: un pulso persistente, como si una volun­tad se negara a morir. Lo sostuve entre los dedos mientras el muchacho se alejaba.

Detrás de mí, unos pasos devolvieron algo de vida a la casa. Era Esther, el ama de llaves que había acompañado a Eulogio hasta su último aliento. Llevaba una talega de lienzo que colocó sobre la mesa con la parsi­monia de un rito. Por un instante, su mirada buscó inconsciente­mente el rincón donde estaba la poltrona vacía, y al hallarla, un espasmo casi imper­ceptible le cerró la garganta.

—Si no tiene objeción, quisiera hacerle un pucherito con estas ver­du­ras recién cortadas. A usted siempre le gustó.

—Por supuesto, Esther —respondí con una sonrisa fatigada—. Pero si no llego a tiempo, no me espere.

Ella asintió, sin preguntar nada más. En ese gesto se resumía la ter­nura si­lenciosa de quienes saben que el dolor no se nombra.

El trayecto a la Biblioteca Pública fue un borrón de calles y soni­dos. Mi mente aún estaba en la buhardilla, con el diario abierto en el suelo. Solo al cruzar el portón batiente y respirar el aire quieto y solemne del recinto, volví a mi cuerpo. Una solemnidad envolvía la nave central bajo la luz tamizada de los vitrales. Del techo pendía una lámpara de hie­rro fundido cuyas cariátides parecían vigilar desde las alturas.

Fue entonces cuando la vi. María no caminaba entre los anaqueles; emergía de ellos, como si fuera una emanación de la propia biblioteca, un espíritu custodio hecho de papel y sombra. Llevaba un vestido de brocado negro austero y varios libros apreta­dos contra el pecho. La luz del vitral recortó su figura con la precisión de un lienzo renacentista.

Al verme, se detuvo, y en su gesto reconocí algo más que sorpresa.

—Aurelio… —murmuró, acercándose con lentitud—. La carta fue des­pachada antes de saber de su muerte. Lo siento de veras.

Sus ojos se humedecieron.

—Usted sabe cuánto lo admirábamos.

No atiné a responder. Guardé silencio mientras ella se recomponía, imponiendo el deber sobre el dolor.

—Eulogio estaba trabajando en algo importante —continuó, y su tono cambió, volviéndose más íntimo y grave—. No era una crónica. Decía que era una manera de entender las fuerzas que deciden el porvenir de estas tierras.

Su voz se volvió un susurro que apenas vencía el crujir de la ma­dera.

—Estudiaba el avance militar hacia el sur, la expulsión de los pue­blos originarios. Luego se obsesionó con Malvinas y con la presencia inglesa en la Patagonia. Pasaba noches enteras aquí. Juraba que en el Atlántico Sur se es­taba gestando una conspiración.

Hizo una pausa y me observó con una intensidad que traspasaba la pe­numbra.

—Por eso me pidió información sobre la Iglesia Anglicana, especial­mente sobre la Sociedad Misionera Sudamericana. “Allí está la otra cara de la conquista, María —me dijo—. Menos visible, pero más profunda.”

Se llevó una mano al pecho, como si guardara la frase ahí. Luego, con voz aún más baja, casi inaudible, completó: —La cruz puede ser más efec­tiva que la espada. Convence a los vencidos de que su derrota es salvación*.*

Se alejó unos pasos hacia un rincón en penumbra. Cuando regresó, traía entre las manos una caja de madera oscurecida por el tiempo, cerrada con un broche de hierro. En la esquina, las iniciales E. B. estaban talladas discreta­mente. La colocó sobre la mesa con la cautela de quien deposita un tesoro incunable.

—Esto es lo que logré reunir para él —dijo, y su voz recuperó una se­re­nidad ceremonial—. Incluye sus apuntes, sus notas. “Guárdemelos, María —me pidió—. Y cuando llegue el momento, déselos a Aurelio. Él sabrá qué hacer.”

Me tendió la caja. No era grande, pero su peso sí lo era. Sus manos tem­blaron levemente; no supe si por el esfuerzo o por la conciencia de lo que me entregaba.

—Ahora le corresponde a usted —me dijo.

María me miró con un cansancio que no era del cuerpo, sino del alma. En sus ojos, vi el reflejo del tiempo que había custodiado aquella verdad in­cómoda, esperando a que alguien como Eulogio —o yo— apa­reciera para reclamarla.

El silencio que siguió no fue ausencia de sonido. Fue el sonido mismo del legado haciéndose peso en mis manos.

Apoyé la mano sobre la tapa. La madera, fría y lisa, pareció latir levemente bajo mi palma. No fue una premonición; fue un conocimiento ins­tantáneo y glacial. Aquel objeto modesto no contenía papeles.

Contenía un abismo.

Y yo, sin haberlo abierto todavía, ya estaba cayendo en él.

C A P Í T U L O II

Los cuadernos de Eulogio

El cuaderno de Eulogio

Lo primero que extraje de la caja fue un cuaderno de tapas ajadas. La letra de Eulogio —firme, ligeramente inclinada— presentaba un título dis­creto: “Nave­gantes del Canal”.

Lo sostuve un momento, midiendo en la palma la densa materiali­dad de su obsesión. Abrirlo no era leer; era penetrar la intimidad póstuma de su pen­samiento, desenterrar el mecanismo de una conciencia que había deci­dido cavar en la oscuridad hasta dar con la raíz fermentada de la historia. Y, sin em­bargo, no podía detenerme. La caja me había convo­cado. El cuaderno, ahora, me exigía.

Bastó hojearlo para comprender que en él había depositado sus pen­sa­mientos más apremiantes. Eulogio desplegaba su convicción: escribía que el alimento de los pueblos costeros había comenzado a esca­sear desde el instante en que los primeros barcos occidentales aprendieron a descifrar el mapa de esas mareas y, de paso, a reescribir el destino de sus orillas.

Decía que las loberías más accesibles, espacios de abundancia se­cular, fueron devastadas con brutal rapidez. Los mamíferos costeros, convertidos en presa fácil para cuadrillas endurecidas por la faena, eran abatidos a garro­ta­zos y cuereados en cubierta. Sus vísceras y su sangre eran arrojadas al mar en un desorden que las olas terminaban por arrastrar, como si el océano entero hubiera sido condenado a limpiar lo que los depredadores dejaban tras de sí.

En la página siguiente, con trazo sobrio, recogía el testimonio de foqueros anónimos que aseguraban haber sido seguidos mar adentro por ca­chalotes atraídos por el olor de la matanza. Ese detalle, inscrito con la modes­tia de lo inevitable, condensaba sin esfuerzo la lógica entera del desas­tre: no solo los habitantes humanos del extremo austral, sino tam­bién las cria­turas del océano se veían forzadas a reorganizar su existencia alrede­dor de la violen­cia ejercida por los recién llegados.

Como quien busca el origen remoto de un daño aún no pronun­ciado, Eulogio transcribía a continuación un pasaje del libro de James Cook, A Voyage Towards the South Pole, and Round the World , en el que el navegante des­cribía a los habitantes australes como “una pequeña, fea y hambrienta raza imberbe”.

Leí esa frase mentalmente. Luego en voz baja, dejando que cada pala­bra desgarrara el aire de la biblioteca. No era descripción; era despre­cio. En el mismo tono de superioridad que enturbiaba cada una de sus observacio­nes, celebraba luego la abundancia de ballenas y focas y asignaba nombres de desolación a los promontorios que divisaba, como si el paisaje, antes de su lle­gada, hubiera sido un lienzo virgen esperando la rúbrica de su creador.

Después el cuaderno daba un giro hacia el horror. Añadía una refe­rencia tomada de la bitácora del Capitán de Cubierta del HMS Discovery , James Burney, quien relataba con la naturalidad de un trámite naval el “necesario disciplinamiento” de indígenas en la costa norte de la Isla Grande.

La frase, escrita como si se tratara de un procedimiento reglamen­tario, irradiaba una frialdad que solo podía provenir de una crueldad ejer­cida tantas veces que ya no necesitaba justificarse. En el margen izquierdo, con la letra más apretada y oscura, Eulogio había añadido una anotación que parecía con­tener la respiración entera de su indignación: “La violencia siempre se nombra a sí misma como orden.”

Había leído ya varias páginas cuando levanté la mirada, no tanto para descansar la vista como para recuperar la noción del cuarto en el que me en­contraba. La luz de la tarde entraba por la ventana con un sesgo amari­llento, y por un momento me pareció que ese resplandor turbado era el mismo que habría acompañado a Eulogio en sus noches de escri­tura, ilumi­nando no una investigación, sino una autopsia de la conquista

Sentí enton­ces el peso singular de aquellas voces antiguas que hablaban no solo del extremo austral, sino de la maquinaria lingüística y moral con la que un impe­rio pretendía fijar en papel lo que no comprendía, para después poseerlo.

Mientras el aire quieto del despacho se impregnaba de esa intui­ción, tuve la sensación de que cada trazo del cuaderno reclamaba algo más que lec­tura; exigía, en silencio, una restitución imposible.

Respiré hondo y volví la página con la cautela de quien sabe que, en adelante, cualquier frase podría alterar para siempre lo que yo creía saber so­bre esa tierra y sus habitantes.

Al pasar la hoja, el nombre de James Weddell retornaba desde 1823 como una marea persistente. Allí estaba nuevamente, al mando del Jane , de Bennett & Co., describiendo las costas australes con la sobriedad calculada de los na­vegantes ingleses, esa elegancia que es la máscara final de la depre­dación.

Eulogio había copiado un fragmento en el que Weddell consignaba, con frialdad imperturbable, que los loberos del Cabo de Hornos “actúan con violen­cia contra los indios costeros, molestos por su presencia”, describiendo con naturalidad que despojaban a los indíge­nas de cuanto poseían, que no era raro que secuestraran a sus mujeres para forzarlas a bordo, y que dispara­ban “ante la menor sospecha o sin motivo aparente”.

La síntesis final —reproducida con una letra más apretada, como si in­cluso la tinta cargara con la vergüenza— caía sobre la página como un vere­dicto que nadie podía contradecir: “Si estos nativos muestran hosti­lidad, es por experiencia amarga antes que por inclinación.”

El siguiente documento resultaba aún más gélido. No era un relato ni una observación de viaje, sino una nota mínima, casi contable, encabe­zada apenas por dos iniciales —“Alm. R.”— como si la firma misma quisie­ra ocul­tarse detrás de un velo de autoridad impersonal. El documento decía:

“Considerar si una raza tan primitiva, incapaz de competencia y sin no­ción de propiedad, puede ser administrada para mantener puntos de apoyo en un litoral rico en grasa, pieles y rutas hacia el Pacífico.”

Nada más. Ni una justificación, ni una fecha, ni un adverbio que suavi­zara el filo de la proposición. Esa frase, despojada incluso del esfue­rzo por dis­frazar su intención, era quizá la más cruel de todas. Su violen­cia residía no tanto en lo que afirmaba como en su gramática: la vida humana reducida a un problema de tenencia, un cuerpo colectivo evaluado como si fuera apenas un instrumento logístico.

En las últimas páginas, Eulogio intentaba hilar aquellos fragmentos en una reflexión que, más que conclusión, parecía una advertencia diri­gida al porvenir. Su letra se volvía más lenta, como si cada trazo buscara afirmarse contra un horizonte que ya intuía desolado:

“Cook no llegó con el garrote, sino con el sextante. Midió, anotó, cartografió. Y en ese gesto aparentemente neutro, despojó a las islas de su misterio. Fue el más civi­lizado de los conquistadores, y por eso, el más eficaz. Abrió la puerta y detrás suyo entraron, sonrientes y sedientos, todos los depredadores del mundo.”

Cerré el cuaderno con lentitud. No alcan­zaba todavía a comprender la magnitud de los intereses que se ocultaban detrás de esos nombres dispersos —presbíteros, comandantes, armado­res, almiran­tes— pero una sensación inmediata se abría paso. Una indignación que avanzaba como una marea negra iluminada desde el fondo, colmada de fragmentos brillantes, que reve­laban con clari­dad in­quietante que aquella crueldad no era un accidente desafortu­nado, sino un hábito pulido durante siglos por la convicción de que nadie pediría cuentas.

Mientras el viento golpeaba los postigos, me vi atravesado por la certeza de que lo que Eulogio dejaba en esas páginas no era solo un registro: era una brújula moral extraviada en mitad de un océano que otros intentaban con­quistar. Y, sin embargo, allí estaban sus apuntes, ardiendo en silencio entre mis manos, in­tentando señalar algo parecido a un norte en una noche sin estrellas.

La puesta en escena

Al retirar los últimos legajos de la caja, algo se resistió en el fondo. Aso­ma­ba un lomo distinto, aplastado por el peso del tiempo, como un cuerpo enterrado que intenta salir a la luz. Lo extraje con cautela.

Era una carpeta morada, de tono profundo. En la tapa, las letras doradas aún refulgían: The Missionary Register . En el centro, la Cruz de San Jorge ence­rrada en un círculo blanco imponía su geometría rígida. Abajo, la fecha: 1835. Y en caracteres más pequeños, un epígrafe que parecía un con­juro: «Testimonios de fe en los confines del mundo.»

Recorrí el relieve de las letras con la cautela de quien toca un objeto sa­grado. Al abrirla, el cuero crujió y un olor a humedad invadió la penumbra.

El primer fascículo mostraba un título insólito: «King William and Queen Adelaide received the Fuegian Indians.» — El rey Guillermo y la reina Adelaida reciben a los indios de Tierra del Fuego—.

El texto, tomado de The Colonial Church Chronicle y fechado en 1831, for­maba parte de una serie bajo el lema: «Testimonios del vasto alcance de la Providencia y del potencial evangelizador entre los pueblos remotos.»

En la primera hoja, un calotipo desvaído mostraba la sala de recep­ción del palacio de St. James: retratos de monarcas muertos colgaban de los muros, vitrinas repletas de cetros y coronas destilaban solemnidad y poder. En el cen­tro, frente al rey Guillermo y a la reina Adelaida, tres indígenas inclinaban la cabeza. Una niña sostenía un ramo con desgano; el joven, rígido en su cha­quetín, ensayaba obediencia. A los costados, dos lacayos negros custodia­ban la puerta como estatuas vivientes. En el mar­gen inferior, una breve inscrip­ción: Fuegian Indians .

Me quedé contemplando la escena un largo rato. Era perfecta —dema­siado pulcra, como un cadáver bien embalsamado. El encuadre, la luz, la compostura de los cuerpos. Aquel montaje no mostraba un acto piadoso: lo escenificaba. Y en esa perfección impostada se adivinaba la grieta: los fuegui­nos estaban descalzos, y su mirada no se posaba en los monarcas, sino en un punto remoto, como si la isla desde donde fueron traídos aún respirara en ellos.

El cronista exaltaba la ocasión con la pluma untada de almíbar colo­nial:

«Ataviados con trajes confeccionados para la ceremonia, los fue­guinos fueron presentados a Sus Majestades… El joven conocido como Jemmy Button muestra una sorprendente familiaridad con las maneras ci­vilizadas… La reina Adelaida dedicó palabras cordiales a una jovencita que evidenciaba aptitud esperanzadora para el aprendizaje.»

Pero a medida que avanzaba la lectura, la cortesía del cronista se resque­brajaba, y detrás del oropel asomaba el sermón doctrinario: «La creciente convicción de que incluso los más primitivos son suscepti­bles de ser redimi­dos de su barbarie a través de los esfuerzos de la Ilus­tración y la Fe… El noble experimento del Capitán Fitz Roy, al traer a estos savages para instruirlos y de­volverlos luego como misioneros de la luz, es una empresa digna de la más alta alabanza…»

La crónica impostada no era más que un manifiesto de domina­ción, un prospecto de manipulación espiritual donde el producto era el alma de un pueblo. Los jóvenes traídos a presencia de los reyes no eran embajadores cul­turales, sino pruebas vivientes de que en ningún confín, por más remoto que fuera, podía escapar al designio de la Providencia imperial.

No pude evitar que en mi mente se representara la Inglaterra que palpi­taba detrás de esa imagen. Un imperio que se jactaba de que en sus dominios el sol nunca se ocultaba, aunque tras esa luz perpetua se pro­yectaran sombras infinitas.

Por cada amanecer británico —pensé— había un ocaso en otro rincón del planeta: en los feudos de la India, en las sabanas de África, en los cañave­rales del Caribe, o en los canales del sur, donde el viento sil­baba sobre los ca­noeros.

Recordé las palabras de Eulogio en una de nuestras últimas conver­sa­cio­nes: “Desde hace siglos comprendieron que desde una isla no podían edifi­car una nación; por eso se decidieron a levantar un imperio. Y ese desig­nio los volvió crueles y calculado­res” —me dijo—

Tomé conciencia entonces de que a esos fueguinos arrancados no era solo el cuerpo lo que les había sido desgarrado, sino la geografía de sus almas. Sus playas batidas por el viento, sus canales bordeados de árboles milenarios, los dioses que habitaban su entorno. Todo ello había quedado suspendido en un exilio sin regreso.

Mucho más cruel aún que el desarraigo físico fue despojarlos de sus nombres, condenarlos al mandato del olvido de sí mismos y, a cambio, imponerles plegarias ajenas que intentaban explicarles sobre un dios lejano que no los miraba, ni siquiera de soslayo.

La figura de Jemmy Button, inmóvil junto al rey, me devolvía esas pala­bras. Su cuerpo parecía obedecer, pero en sus ojos —en esa mancha oscura y lejana del grabado— ardía la chispa insumisa: el último rescoldo de su isla le­jana, un fuego que ni los reyes de Londres ni los sermones de Fitz Roy podrían apagar.

A su lado, Fuegia Basket —apenas una niña, un pájaro con las alas ya cortadas— sostenía la canasta de flores que ofrecía a la reina. Llevaba enca­jes, pero en su rostro no había gratitud: solo la gravedad muda de quien sabe que ha sido arrebatada, y que su sonrisa, si llegara a florecer, sería la primera trai­ción a todo lo que había sido.

El papel tembló entre mis manos. Sentí la obscenidad de aquella escena que mostraba el dolor de un pueblo, representado por tres niños, intentando sobrevivir del otro lado del mundo.

Me levanté y caminé hacia el ventanal. Afuera, la ciudad seguía su curso impasible, ajeno al descubrimiento que me devoraba. Los vitrales fil­traban una luz oblicua sobre la carpeta morada, como si también ella, después de tanto tiempo, reclamara ser escuchada. Entendí entonces que lo que tenía ante mí también era un espejo. Y que Eulogio me había dejado una verdad que no podía quedarse en la penumbra.

Me quedé largo rato entre ambas orillas, sopesando el peso invisi­ble de la decisión. Por un instante, pensé en cerrar la carpeta y dejarla allí, negando la evidencia y volver a mi apacible vida de observador. Pero supe, al mismo tiempo, que ese gesto cómodo sería una forma de traición.

Aceptar el legado de Eulogio significaba abrir una puerta que no se ce­rraría jamás: interrogar el poder, desandar los relatos oficiales y enfrentar la indiferencia de los que prefieren el mito antes que la verdad. Rehusarlo, en cambio, era convalidar el olvido y aceptar que las injusticias se archiven bajo el polvo de la indolencia.

Fue entonces cuando, sin saber de dónde, emergió la voz de mi padre. La reconocí en la penumbra, con la nitidez de un eco: “Hay momentos en que el silencio también se vuelve culpa” —me dijo—. Podía volver la mirada y seguir mi camino —me recriminé—, o rendirme a la evidencia de que ciertas historias no se eligen: ellas nos eligen a nosotros.

El aire de la biblioteca se cargó de solemnidad. Las cariátides que sos­tenían la lámpara dejaron de ser ornamentos; sus rostros de metal se volvie­ron hacia mí como testigos mudos, exigiendo que al menos uno de los secretos que custodiaban saliera a la luz.

Y lo supe entonces, con la certeza quieta que precede a lo inevitable: a partir de ese instante, no escribiría para recordar. Escribiría para que el olvido no terminara su obra.