Novela Corta (La Luz que perdí) - Final

Buenos días

Os dejo, el final de la luz que perdí. Espero que os guste. Está publicada en Amazon KDP, como Olivia Brunete.

Muchas gracias por leerme

PARTE IV — La luz que queda

El verano de Carmen

Aquel había sido el mejor verano de la vida de mi madre. Pero al año siguiente no pudo volver a San Esteban.

La tía Purificación había fallecido en otoño, y su casa —que en realidad no era de una tía directa, sino de una prima lejana de mi abuelo— quedó atrapada en una herencia complicada. Nadie sabía muy bien a quién pertenecía, y durante meses no se pudo entrar ni usar. Mi madre no tenía dónde alojarse, ni a quién acudir allí.

Por su parte, Manuel también había tenido que cambiar de planes. Ese verano encontró un trabajo mejor pagado en otra localidad, lejos del valle. Tomás le había hablado bien de él, pero no podía ofrecerle lo mismo. Manuel aceptó sin saber que esa decisión lo alejaría para siempre de San Esteban.

Mi madre, queriendo cumplir su promesa, escribió una carta. Se la envió a Tomás, explicándole lo ocurrido con Purificación y diciéndole que no podría volver ese verano. Le pidió que se la entregara a Manuel, a la dirección que él le había dado el año anterior.

Pero Manuel nunca recibió esa carta. Ese verano empezó a alojarse en el colegio donde trabajaba, y la correspondencia enviada a su antigua dirección no llegó a sus manos.

Pasaron las semanas. Mi madre esperaba una respuesta que no llegaba. Manuel esperaba una carta que nunca recibió.

Y así, en ese silencio que ninguno de los dos había elegido, cada uno pensó que el otro había seguido con su vida.

Manuel creyó que había sido una amistad de verano, bonita pero pasajera. Mi madre creyó que él había dejado de escribir porque ya no le importaba.

La vida siguió. Y ninguno de los dos supo nunca que el otro también quiso volver.

La hija que comprende

Mi madre no había vivido un amor de verano, sino algo más profundo y silencioso: una amistad. Una amistad que la veía de verdad, que le permitía ser ella misma sin máscaras ni exigencias.

La aldea era distinta a la ciudad donde vivía. Allí se respiraba sencillez, calma, una forma de estar en el mundo que parecía detenida en el tiempo. Era un lugar donde las apariencias no importaban, donde la vida se medía en gestos pequeños y auténticos.

En San Esteban, mi madre pudo disfrutar de cosas sencillas: paseos con amigas, charlas sobre libros, baños en el lago durante los días calurosos. Cosas que quizá en su vida cotidiana no encontraba, o que no sabía permitirse.

Mientras recorría los mismos caminos que ella había recorrido, entendí algo que me atravesó como una revelación: son estas cosas sencillas —las que no cuestan dinero, las que no buscan impresionar a nadie— las que nos hacen sentir bien. Las que nos devuelven a nosotros mismos. Las que nos recuerdan quiénes somos cuando nadie nos mira.

Y comprendí que, en aquel verano, mi madre había encontrado una luz que luego no supo conservar. Una luz que yo también había perdido sin darme cuenta.

Lo que perdemos al crecer

Creo que esto es precisamente lo que le pasó a mi madre, y por qué acabó triste y deprimida.

Cuando crecemos, perdemos algo que de jóvenes damos por hecho: la inocencia, las ganas de conectar con los demás sin miedo, la capacidad de disfrutar de lo sencillo. Nos dejamos arrastrar por las apariencias, por el ego, por lo que se supone que debemos ser. Y, sin darnos cuenta, dejamos de escucharnos.

Cuando mi madre volvió a su casa, creo que dejó en San Esteban esa ilusión que había encontrado allí. Su familia era muy de guardar las formas, de aparentar, de cumplir. Y ella se sintió arrastrada por ese mundo donde lo importante no era ser, sino parecer.

No pudo decidir cómo vivir su vida; se dejó gobernar por las expectativas de los demás. Y eso fue apagándola poco a poco, como una vela que se consume sin que nadie lo note. Fue perdiendo la ilusión por vivir porque no podía vivir como ella hubiera querido, sino como los demás —y la sociedad— le decían que tenía que vivir.

Y ahora lo veo con claridad: mi madre no se apagó de golpe. Se fue volviendo transparente porque dejó de tener espacio para ser ella misma.

La luz de Carmen

Cuando volví a mi casa, llamé a mi padre. Le propuse que comiéramos juntos al día siguiente y le contaría cómo había ido el viaje. Me dijo que sí, que reservaba en “el de siempre”, ese restaurante al que íbamos cuando había algo importante que decirnos, aunque nunca lo dijéramos en voz alta.

Al verme llegar, me miró con una mezcla de sorpresa y ternura, como si intentara reconocer algo en mí.

—Te veo muy bien —dijo—. Tienes… no sé… otra luz.

Me quedé quieta un segundo. Quizá era eso. Quizá me había traído conmigo la luz de mi madre, la que ella se había dejado en San Esteban. Y que ahora, de algún modo, volvía a encenderse en mí.

Nos sentamos. El camarero nos trajo el agua, el pan, el vino. Mi padre se acomodó en la silla como hacía siempre, con ese gesto suyo de quien intenta parecer tranquilo, aunque por dentro esté inquieto. Yo respiré hondo. Había tanto que contarle, y al mismo tiempo, tanto que sabía que él no podría escuchar del todo.

Durante la comida le conté lo que había descubierto: que mi madre había pasado un verano con una mujer llamada Purificación —prima lejana de mi abuelo—, que había vivido en una aldea gallega, que allí había sido feliz, que allí había conocido a un muchacho con el que compartía libros y paseos.

Mi padre escuchaba en silencio, sorprendido. No sabía nada de aquello. Lo veía en sus ojos: una mezcla de desconcierto y de una tristeza antigua, esa que nunca se atrevió a nombrar.

Supongo que, tan de ciudad como era, mi madre prefirió no contarle que había pasado un verano en una aldea, ni que se había hecho amiga de un jornalero. Quizá temió no parecer “suficientemente digna”. Quizá pensó que él no lo entendería.

Y tal vez tenía razón.

Mi padre nunca comprendió del todo por qué mi madre se fue apagando, por qué esa melancolía la fue envolviendo poco a poco. Su relación siempre fue tranquila, correcta, silenciosa. Nunca compartieron demasiadas aficiones ni conversaciones profundas. Mi madre había cumplido con lo que se esperaba de ella: casarse con un buen hombre, formar una familia, ser una esposa fiel. Pero en ese camino había perdido algo esencial: su libertad, su alegría, su luz.

Creo que mi padre no podía conectar con ella, no porque no quisiera, sino porque no sabía cómo hacerlo. En la casa de mi padre no se hablaba de los problemas: se guardaban debajo de la alfombra.

Recuerdo cuando su hermana la dejó su marido por otra. Aquel verano fue como si nada hubiese pasado. No se mencionaba el tema, nadie le preguntaba cómo estaba. Era algo que había que ignorar, como si la vida siguiera igual, aunque por dentro todo se hubiera roto.

Mi padre actuó de la misma forma con mi madre. Nunca tuvo las herramientas necesarias para acercarse a ella. Ella se fue aislando cada vez más, desdibujándose, cumpliendo con lo que se esperaba de ella, pero sin poder hablar de su sufrimiento, ni de sus ilusiones, ni de su dolor. Porque todo aquello, como en la casa de mi padre, se guardaba debajo de la alfombra. Lo importante era cuidar la imagen, cumplir con lo que esperaban los demás, no levantar la voz, no incomodar. Una vida vivida sin ilusión, sin emoción.

Yo entendía todo eso ahora. Pero no me sentía capaz de decírselo a mi padre. Quizá tampoco era necesario. Quizá cada uno carga con sus silencios como puede.

Lo que sí sabía era que yo estaba repitiendo el mismo patrón. Me estaba dejando llevar por lo que se esperaba de mí, por lo que “tocaba”, por lo que otros consideraban correcto. Y en ese proceso, igual que ella, yo también estaba perdiendo mi luz.

Pero ahora tenía la oportunidad de recuperarla. Y esa oportunidad me la había regalado mi madre. La luz de Carmen.

Antes de despedirnos, le pedí a mi padre si podía quedarme con la caja de flores. Me dijo que sí, que me la llevara. Y en su mirada vi algo que no supe descifrar del todo: quizá alivio, quizá nostalgia, quizá el deseo silencioso de que yo no repitiera la historia de mi madre

La carta que no se envío

Volví a casa de mi padre para recoger la caja. La llevé conmigo como quien lleva algo frágil, algo que no quiere que vuelva a perderse.

Ya tenía dos cosas de mi madre: el libro de Anduriña y aquella caja de flores.

Al abrirla de nuevo, fui sacando la agenda, el colgante, la pulsera… Y entonces lo vi: el fondo de la caja estaba ligeramente despegado. Metí los dedos con cuidado y levanté la base.

Debajo había un sobre. Antiguo, amarillento, con mi nombre escrito a mano.

Una carta. Una carta que mi madre había escrito para mí y que nunca me había dado.

La abrí despacio, como si pudiera romperse con el aire.

Dentro decía:

“Querida hija, no sé si alguna vez podrás leer esta carta o si se perderá para siempre. Solo quiero decirte que escuches tus emociones, que escuches tu corazón, y que no te dejes guiar por lo que digan los demás. Dentro de ti están las respuestas a todas las dudas que te vayan surgiendo en la vida. Te quiero mucho. Mamá.”

Me quedé un rato con la carta entre las manos. Sentí que algo dentro de mí se recolocaba, como si una pieza que llevaba años suelta por fin encontrara su sitio.

Me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo ignorando lo que sentía, viviendo según lo que otros esperaban de mí. Y que, igual que ella, yo también estaba perdiendo mi luz.

Pero ya no. Había llegado el momento de recuperarla.

Guardé la carta dentro del libro de Anduriña. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo dentro de mí volvía a encenderse.