Buenos días
Os dejo la segunda parte de la luz que perdí, en otro hilo esta publicada la primera parte, y el final. Tb la podeís encontrar en Amazon KDP, escrita por Olivia Brunete, que es mi pseudonimo.
Espero que os guste.
PARTE II — La mujer que fue mi madre
Carmen llega a la aldea.
Mis padres me habían pedido que pasara el verano con la tía Purificación. Estaba ya mayor y necesitaba compañía, decían. A mí no me apetecía demasiado, pero la quería mucho y, en el fondo, sabía que con ella siempre me sentía en paz.
La aldea se llamaba San Esteban, en Galicia. Mi tía se había ido a vivir allí cuando se jubiló; decía que estaba cansada del ruido de la ciudad y que aquel valle era lo único que le calmaba el alma.
—No te olvides de llevar chaquetas —me había advertido—. Aquí el verano es suave, pero las noches refrescan.
También me contó que había un lago cerca, donde la gente joven bajaba a bañarse cuando apretaba el calor. Yo no conocía a nadie, pero metí el bañador en la maleta “por si acaso”.
El viaje se hizo largo. Las carreteras eran estrechas y llenas de curvas, y aunque mi padre conducía bien, terminé mareada. Aun así, cuando por fin llegamos, el cansancio se me olvidó de golpe.
El valle se abrió ante mí como un cuadro: montes verdes, el lago brillando al fondo y un silencio que parecía envolverlo todo. Sentí algo extraño, una mezcla de alivio y de libertad, como si el aire allí fuera distinto.
La casa de la tía Purificación era de piedra, con un tejado oscuro y un pequeño porche desde el que se veía todo el lago. Ella estaba esperándonos en la puerta, apoyada en su bastón, y al vernos sonrió como si el verano entero dependiera de nuestra llegada.
—Ay, mi niña… —dijo mientras me abrazaba—. Qué alegría verte.
Mi padre decidió quedarse a dormir aquella noche y volver al día siguiente. La tía estaba bien, dentro de lo que cabe, pero los años se le notaban en los ojos cansados.
Dentro de la casa olía a madera vieja y a hierbas secas. Sobre la mesa del comedor había un mantel bordado que recordaba vagamente a uno que mi madre usaba en Navidad. Ese detalle me hizo sentir que, de algún modo, no estaba tan lejos de casa.
Yo había traído varios libros, convencida de que en aquella aldea no habría mucho que hacer además de descansar. No sabía entonces que ese verano iba a cambiarme la vida.
El encuentro
En la aldea de San Esteban había otras muchachas de la edad de mi madre. La mayoría venían, como ella, a pasar el verano con sus abuelos o con algún familiar. La tía Purificación, siempre tan sociable, la presentó a dos vecinas: Maruxa y Elvira, dos chicas risueñas que conocían cada rincón del valle.
Por las tardes, cuando el sol empezaba a caer detrás de las montañas, salían a pasear por los caminos de tierra. A veces bajaban al único bar del pueblo, un local pequeño con mesas de madera y botellas alineadas detrás del mostrador, donde los vecinos se reunían a tomar un refresco y comentar las novedades del día.
Una de esas tardes, mientras caminaban entre los castaños, Carmen les habló del libro que estaba leyendo: Anduriña, la historia de una golondrina que cada verano venía y era amiga de un muchacho de la aldea. Les contó cómo la golondrina le hablaba de mares lejanos y cielos inmensos, y cómo él le confesaba sus sueños y sus miedos. Pero cuando llegaba el otoño, Anduriña debía emigrar. El muchacho quería retenerla, pero ella sabía que, si dejaba de volar, moriría. La despedida era dulce y dolorosa, y ambos prometían reencontrarse en primavera.
—Es precioso —decía mi madre—. Me da pena que tenga que irse, pero también entiendo que no puede quedarse.
Sus amigas sonrieron, aunque con ese gesto de quien escucha algo demasiado romántico para su gusto.
Al doblar un recodo del camino, se cruzaron con un grupo de jornaleros que trabajaban en las viñas. Llevaban la ropa manchada de tierra y sudor, y hablaban entre ellos mientras cargaban herramientas.
Uno de ellos, un muchacho de ojos oscuros y expresión tranquila se detuvo al oír la conversación. Se acercó con timidez.
—Perdonad… —dijo, mirando a mi madre—. ¿Ese libro que comentabais… cuando lo acabéis, me lo podríais prestar?
Carmen se quedó sorprendida. No esperaba que un jornalero de su edad se interesara por un cuento tan delicado. Tenía una voz suave, inesperadamente tranquila para alguien que venía del campo.
—Claro —respondió ella—. Cuando lo termine, te lo dejo.
Elvira y Maruxa se miraron entre ellas, incómodas. Cuando el muchacho volvió con el grupo, ellas se acercaron a mi madre y le hablaron en voz baja:
—Ten cuidado, Carmen. —Los jornaleros que vienen en verano no son de fiar. —Mejor no te mezcles con ellos.
Mi madre no dijo nada, pero algo en su interior se movió. Quizá porque aquel muchacho había sido el único que había escuchado de verdad lo que decía. O quizá porque, sin saberlo, acababa de entrar en su vida como una golondrina que llega sin avisar.
El libro compartido
El jornalero joven trabajaba para Tomás y vivía dos calles más allá de la casa de la tía Purificación. Un día, mi madre decidió acercarse a su casa para dejarle el libro, porque él le había dicho que le hacía ilusión leerlo.
Cuando llegó, Manuel no estaba. La que abrió la puerta fue Genera, la mujer de Tomás, con el delantal puesto y las manos húmedas, como si hubiera estado fregando.
—Rapaciña, ¿qué se te ofrece? —preguntó, mirándola de arriba abajo.
Mi madre le preguntó por Manuel.
—Está en las viñas con Tomás —respondió Genera—. Volverán tarde.
Mi madre levantó el libro.
—Quería dejarle esto. Me lo pidió el otro día para leerlo.
Genera frunció el ceño, desconfiada.
—Anda con cuidado, rapaciña. Estos rapaces que vienen en verano… a veces no es un libro lo que quieren.
Mi madre se quedó un segundo en silencio, sin saber qué contestar. Dejó el libro en sus manos y se marchó con un nudo en el estómago.
Pasaron unos días. Mientras mi madre estaba en el lago con sus amigas, Manuel fue a casa de la tía Purificación para devolverle el libro. Como ella no estaba, se lo dejó a la tía.
Cuando mi madre regresó, la tía Purificación la llamó desde la cocina:
—Ha venido un muchacho a devolverte el libro de Anduriña. Me ha dicho que le ha gustado mucho y que te da las gracias por dejárselo.
Mi madre se llevó el libro a su cuarto. Al abrirlo, vio que dentro había una nota doblada. La letra era firme, sencilla.
“Gracias por prestarme el libro. No sabía que una historia tan pequeña pudiera decir tantas cosas. Me ha gustado mucho. Si alguna vez quieres hablar de él, estaré trabajando en las viñas de Tomás. —Manuel”
A mi madre le pareció precioso y sintió un calor inesperado en el pecho. Estaba de acuerdo con lo que él decía, y le apetecía hablar del libro con él. Había algo en ese muchacho que le transmitía una sensibilidad especial.
Como no sabía cómo quedar con él, se le ocurrió devolverle el libro con una nota suya indicando un lugar y una hora.
Volvió a casa de Tomás y dejó el libro para Manuel con este mensaje:
“De nada. Si puedes, nos vemos en el juego de los bolos a las 21:00, después de cenar, y hablamos del libro. —Carmen”
Los paseos
Durante los paseos de las tardes de verano, mi madre y sus amigas se cruzaban muchas veces con los jornaleros que trabajaban en las viñas. Manuel siempre las saludaba con una sonrisa. Para mi madre, ese momento era como una pequeña descarga eléctrica; sentía un cosquilleo justo antes de cruzarse con él. A veces sentía que el aire cambiaba cuando él estaba cerca.
Mi madre se pasaba el día pensando en ese instante en el que lo vería. No sabía qué tenía Manuel, pero cada vez que él la miraba, ella se sentía especial, como si algo dentro de ella se encendiera sin permiso.
Con el tiempo, empezó a notar que él también la observaba desde la distancia. No era algo descarado, sino más bien una atención tranquila, constante, como si supiera dónde estaba ella en cada momento. Aquello la hacía sentirse vista y, de alguna manera, importante.
Hasta ese momento, mi madre nunca había sentido la mirada de nadie sobre ella. Siempre se había considerado una persona invisible, alguien que pasaba desapercibida. Pero por primera vez en su vida sentía que otro ser humano la reconocía, como si le dijera sin palabras: te veo.
En San Esteban sentía una libertad distinta: podía hablar con cualquiera y saludar a quien quisiera. No era como en la ciudad, donde todo eran cuchicheos y enseguida los rumores llegaban a oídos de sus padres. Allí, entre los castaños y los caminos de tierra, podía ser ella misma sin miedo a ser juzgada.
Cuando llegó a casa después de uno de esos paseos, encontró a la tía Purificación haciendo la cena. Se acercó a ella y le dio un beso.
—Hola, tía. ¿Qué tal la tarde?
—Muy bien, Carmen. ¿Y tú? ¿Cómo ha ido el paseo? —preguntó la tía, sin dejar de remover la olla.
—Muy bien, tía. Me gustaría contarte una cosa —dijo mi madre, algo nerviosa.
—¿Es sobre el chico del libro? —preguntó la tía, guiñándole un ojo.
—Sí. Estoy preocupada. Solo somos amigos, y la mujer de Tomás me ha dicho que tenga cuidado con los jornaleros.
La tía Purificación soltó un suspiro divertido.
—No le hagas caso. La mujer de Tomás es una cotilla, y este chico parece buen muchacho. Disfruta del verano, Carmen, y no hagas caso a la gente.
Qué diferente era mi tía Purificación de mis abuelos. Si hubiesen sido ellos, le habrían prohibido hablar con él sin pensarlo dos veces.
La tía le dio un beso en la frente y siguió cocinando, como si acabara de darle el permiso que mi madre llevaba toda la vida esperando.
La cita en los bolos
Esa tarde, después de cenar, Manuel y mi madre quedaron en el juego de los bolos para comentar el libro. El aire estaba tibio y el cielo empezaba a oscurecerse, con ese azul profundo que anuncia la noche en el valle. El olor a hierba húmeda subía desde los prados, y alguna luciérnaga empezaba a encenderse entre los matorrales.
Al principio hablaron de Anduriña, pero pronto descubrieron que tenían más cosas en común que aquel cuento.
—Estoy estudiando Literatura en la universidad —le dijo él, un poco avergonzado, como si fuera un secreto—. La matrícula es cara y mis padres no pueden ayudarme mucho, así que en verano trabajo en el campo para pagarme el curso.
Mi madre lo miró con admiración. Nunca había conocido a nadie que hablara de sus sueños con tanta claridad.
—Es muy valiente lo que haces, Manuel.
Él sonrió, encogiéndose de hombros.
—No sé si valiente… pero es lo que quiero.
Mi madre bajó la mirada un instante.
—A mí también me gustaría estudiar —confesó—. Pero creo que mis padres tienen otros planes. Ya sabes… encontrarme un buen marido que me mantenga.
La cara se le nubló un segundo, como si hubiera dicho más de lo que quería. Pero enseguida se recompuso.
—Ahora entiendo por qué tienes esa sensibilidad tan especial —añadió, intentando cambiar de tema.
Manuel se rió suavemente.
—Los libros siempre me han encantado. Te llevan a otros sitios, ¿no? A veces pienso que son la única forma de viajar sin moverse del sitio.
—Pienso lo mismo —dijo mi madre—. A mí me ayudan a olvidarme un poco de la ciudad… de las apariencias… de todo eso. —Miró alrededor, respirando hondo—. Ojalá pudiera quedarme a vivir aquí. En San Esteban se respira paz.
Manuel la observó un momento, como si intentara descifrar algo en su rostro.
—Siento lo que quieren tus padres para ti, Carmen. Ojalá encuentres a alguien que te haga feliz… de verdad.
Mi madre sintió un nudo en la garganta. Nunca nadie le había hablado así, con esa mezcla de respeto y ternura.
—No lo sé, Manuel. Mis padres son muy estrictos. Quien se case conmigo tendrá que cumplir sus exigencias.
Él no respondió. Pero en su silencio había una comprensión profunda, una forma de escuchar que a ella le resultaba nueva, casi desconcertante.
Pasaron el resto de la tarde hablando de libros, de sueños, de cosas pequeñas. Mi madre sentía que era como si se conocieran de toda la vida. La energía de él le resultaba familiar, cálida, como si ya lo hubiera visto antes, como si se reconocieran.
A partir de ese día empezaron a quedar más veces. Primero para comentar Anduriña, luego para hablar de otros libros y, después… simplemente para estar juntos.
Para acordar las citas usaban el propio libro: cuando Tomás lo tenía, Manuel lo llevaba a casa de la tía Purificación con una nota dentro indicando el sitio y la hora; cuando lo tenía mi madre, ella lo dejaba en casa de Tomás.
Así fue pasando todo el mes de agosto, entre paseos, conversaciones y páginas compartidas. Para mi madre, aquel verano fue el más feliz de su vida.
La promesa
Llegó el mes de septiembre: mi madre tenía que volver a casa. Había pasado un verano maravilloso en San Esteban, pero ya era el momento de regresar. Para Manuel también se acababa el trabajo; él debía volver a la universidad.
El libro de Anduriña lo tenía Manuel y, como siempre, le puso una nota dentro para quedar y despedirse.
Era el último día de los dos en la aldea. Al día siguiente, cada uno volvería a su vida anterior, como si aquel verano hubiera sido un paréntesis luminoso.
Quedaron en el juego de los bolos, con el libro que había sido testigo de todos sus encuentros. El sol se estaba poniendo detrás de los montes, tiñendo el valle de un naranja suave. El aire tenía ese olor a final de verano, mezcla de tierra caliente y hojas que empiezan a secarse.
Mi madre llegó con el corazón encogido. Manuel ya la esperaba.
—Este ha sido el mejor verano de mi vida —le dijo ella, intentando que la voz no le temblara—. Me he sentido feliz contigo… con nuestros paseos, nuestras conversaciones. —Hizo una pausa—. Nunca te olvidaré, Manuel. Ojalá podamos volver a vernos… como Anduriña y Xoán.
Manuel sonrió, con esa sonrisa tranquila que a ella tanto le gustaba.
—Para mí también ha sido el mejor verano —respondió—. El año que viene volveré a trabajar con Tomás. Nos volveremos a encontrar. —Dudó un instante, como si le diera vergüenza proponerlo—. Si quieres… podemos escribirnos. Así seguimos hablando de nuestros libros… y de lo que nos pase.
Mi madre asintió enseguida, pero luego bajó la mirada.
—Sí, me encantaría. Pero… si no te importa, no pongas “Manuel” en el remite. —Le costó decirlo—. Mis padres me preguntarían quién es ese chico que me escribe tanto.
Manuel entendió al instante.
—No te preocupes, Carmen. Lo tendré en cuenta.
Se quedaron un momento en silencio, como si quisieran memorizarse. El valle estaba quieto, como si también él contuviera la respiración.
Luego se abrazaron. Un abrazo tierno, largo, de esos que dicen más que las palabras. Mi madre sintió que ese abrazo guardaba algo que ninguno de los dos se atrevía a decir. Y también sintió un miedo suave, casi imperceptible: el miedo a que la vida, al separarlos, no cumpliera la promesa que ellos sí querían cumplir.
Y así se despidieron. Cada uno volvió a su casa con la promesa —y la ilusión— de reencontrarse el verano siguiente.
PARTE III — La hija que busca
El viaje a la aldea
Después de leer la nota de mi madre y encontrar la foto, sentí que tenía que ir a San Esteban. Necesitaba saber quién había sido la persona que le escribió aquello y por qué ella guardó esa foto toda su vida.
San Esteban era una aldea pequeña de Galicia donde no había alojamientos, así que tuve que buscar un sitio para dormir en un pueblo cercano. Tampoco sabía si encontraría a alguien que recordara a mi madre después de tantos años.
Cuando llegué a la aldea, tuve la sensación de que el tiempo allí se había detenido. El paisaje del valle me impresionó: el lago en el centro, rodeado de montañas y vegetación. A medida que subía hacia la aldea, el lago quedaba abajo y tenía la sensación de estar entrando en otra época.
La carretera estaba bordeada de vegetación muy verde y bien cuidada. No me crucé con nadie hasta llegar al pueblo.
Las casas eran de piedra gallega y los tejados de pizarra. A la entrada había una fuente con lavaderos. Por un momento pude imaginar a las mujeres lavando sábanas con jabones hechos a mano, y a los niños jugando y bebiendo del caño. La fuente, perfectamente conservada, parecía estar esperando a que esas mujeres volvieran a aparecer.
Bajé por la calle principal y me encontré con la iglesia y el cementerio. No se veía a nadie.
Pude imaginar a mi madre joven caminando por esos mismos caminos, igual que en la foto. Esa imagen me removió por dentro. Años después, cuando yo misma llegué a San Esteban, entendí lo que ella sintió.
No sabía muy bien por dónde empezar ni a quién preguntar. Solo llevaba conmigo la foto que había encontrado en la caja de flores. Todo lo demás lo había dejado atrás.
A mi padre le dije que necesitaba hacer un viaje sola para asimilar lo que había removido la mudanza y empaquetar todas las cosas de mi madre. Era verdad, pero también sabía que había algo más. Sentía que lo que había encontrado en esa caja tenía relación con esta aldea. Que aquí había una parte de su vida que yo no conocía.
Seguí bajando la calle principal y vi un letrero que ponía “bar”. Pensé que quizá lo mejor era tomar un café y ver si encontraba a alguien del lugar.
Cuando entré, me encontré con un bar detenido en el tiempo. El mostrador era de madera. La mujer que estaba detrás de la barra me dijo:
—Hola, rapaza. ¿Y tú de quién eres? No te había visto nunca por aquí.
—Hola, me llamo Lucía. Soy hija de una mujer que estuvo hace cincuenta años pasando un verano aquí, pero no sé mucho más. Mi madre se llamaba Carmen. He venido a intentar averiguar por qué pasó el verano aquí.
La mujer, que se llamaba Ramona, me dijo:
—Mira, rapaza, esas mujeres podrían tener la edad de tu madre y son del pueblo de toda la vida. Puede que alguna de ellas la llegara a conocer. Voy a preguntar.
Ramona llamó al grupo de mujeres:
—Oíches, ¿alguna de vós coñecería a unha rapaza que estivo aquí hai uns cincuenta anos? Esta rapaza é súa filla.
Luego me preguntó:
—¿Cómo se llamaba tu madre?
—Se llamaba Carmen —respondí.
Ramona volvió a dirigirse al grupo:
—Chamábase Carmen.
Una de las mujeres se levantó y se acercó.
—Hola, rapaza. Me llamo Maruxa, y yo conocí a una Carmen hace cincuenta años. Era una chica morena, muy risueña y alegre.
—Qué casualidad —le dije—. Tengo aquí una foto de mi madre de aquella época, a ver si la reconoce.
Saqué la foto de la dedicatoria y se la enseñé.
—Sí, es ella —dijo Maruxa—. Qué alegría saber de ella y conocer a su hija. ¿Y cómo está?
—Murió hace unos años. Yo soy su hija.
—Canto o sinto —me dijo Maruxa.
—Muchas gracias —respondí.
—¿Sabes por qué estuvo aquí tu madre aquel verano? —le pregunté.
—Sí —respondió—. Tu madre vino a pasar el verano con su tía Purificación.
Aquello me sorprendió muchísimo.
—Qué sorpresa —dije—. Mi madre nunca nos contó que tuviera familia en Galicia.
Me quedé helada.
No sabía que mi madre tenía una tía llamada Purificación, y mucho menos que viviera en una aldea de Galicia. No entendía nada. Tenía que hablar con mi padre, porque todo aquello me parecía muy extraño.
¿Por qué nunca me había contado esta parte de su vida?
La historia que le cuenta Maruxa
Maruxa y yo nos sentamos en una mesa del bar. Pedí dos cafés con leche y ella empezó a contarme por qué mi madre había pasado aquel verano en San Esteban.
—Tu madre vino a pasar el verano con su tía Purificación —me explicó—. Era una mujer mayor que, ya jubilada, se compró una casita y se vino a vivir aquí. Decía que estaba cansada de la ciudad y que necesitaba un sitio más tranquilo.
—¿Sabes si era familia de mi abuela o de mi abuelo? —le pregunté.
—No, la verdad es que no. Ella era muy reservada con sus asuntos personales y nunca nos dio muchas explicaciones sobre su familia. Cuando murió, vinieron muy pocas personas a su entierro.
Maruxa dio un sorbo al café y continuó:
—La tía Purificación era vecina nuestra y nos presentó a tu madre. Nos pareció una chica muy simpática, alegre y divertida, a la que le gustaba mucho leer. Salíamos a pasear por el juego de los bolos y, cuando hacía calor, bajábamos al lago a bañarnos.
—¿Y no conoció a nadie más ese verano? ¿Algún chico? —pregunté, intentando sonar natural.
Maruxa sonrió con un gesto que mezclaba picardía y nostalgia.
—Ahora que lo dices, sí. Ese verano conoció a un jornalero que se llamaba Manuel, del que se hizo muy amiga. Nosotras le dijimos que tuviera cuidado, porque era un forastero y nunca se sabe.
En ese momento intervino Genera, que estaba escuchando desde la barra:
—En el pueblo se rumoreaba que él la pretendía. No creo que eso le hubiese hecho gracia a tu abuelo ni a tu familia.
En cuanto la oí, supe que ese chico tenía que ser el de la foto.
Maruxa continuó:
—Por lo que sabíamos, eran amigos y hablaban mucho de libros. Fue una pena que la tía Purificación muriera ese otoño. Ella era feliz aquí. Y desde entonces, hasta hoy, no volví a saber nada de tu madre. Tampoco Manuel volvió al verano siguiente. Después de aquel verano, nadie volvió a saber de ellos.
Hizo una pausa, como si buscara en su memoria algún detalle más.
—La casa que Purificación había comprado quedó tal cual estaba. Nadie volvió nunca. Con los años se fue estropeando… ahora está prácticamente en ruinas.
Sentí un escalofrío. Todo aquello me parecía demasiado extraño.
¿Por qué nadie me había hablado nunca de esa tía? ¿De quién de mis abuelos era hermana? ¿Y por qué nadie volvió nunca a ocuparse de la casa, que era suya?
Había demasiados silencios. Demasiadas piezas sueltas.
Tenía que investigar todo aquello. Me parecía demasiado raro.
Me despedí de Maruxa y le di las gracias por la historia que me había contado. Había sido sorprendente y, sobre todo, me había permitido avanzar mucho en mi búsqueda.
Purificación
Maruxa me había contado la tarde anterior cuál era la casa donde había vivido Purificación. Al día siguiente decidí ir al ayuntamiento para informarme sobre quién había sido exactamente y qué había pasado con su casa y su herencia.
—Buenos días —dije al entrar. —Buenos días —respondió la persona del ayuntamiento. —Quería información sobre una casa en San Esteban que tiene la herencia sin resolver. —¿Es usted familiar de la persona fallecida? —No directamente. Soy hija de una sobrina de la fallecida. Se llamaba Purificación. —Lo siento, pero no puedo facilitarle información si usted no es heredera. —Por favor —insistí—. Solo necesito saber su nombre completo. Mi madre pasó un verano con ella y quiero saber si esa casa podría corresponderme por herencia. —Bueno… en ese caso, le puedo dar los datos básicos —respondió finalmente.
Me dieron los apellidos de Purificación y, para mi sorpresa, no coincidían con ninguno de mis abuelos. Entonces no podía ser tía de mi madre.
No entendía nada. ¿Qué explicación tenía aquello?
Volví a San Esteban y busqué a Maruxa para contárselo. Ella se quedó pensativa y me dijo que siempre había creído que Purificación era tía de mi madre. Se acordó de que quizá otra vecina tenía más información y me llevó a su casa.
Genera llamó a la puerta.
—Hola, Marisa —dijo—. Veño con esta rapaza, que a súa nai estivo aquí fai tempo coa señora Purificación. Hoxe foi ao concello e dixéronlle que os apelidos non eran nin os do seu avó nin os da súa avoa.
—Claro, Maruxa —respondió Marisa—. A señora Purificación era prima do seu avó.
Genera me miró, preocupada por si lo había entendido.
—Ay, perdona, Lucía. ¿Lo has entendido?
—Sí —respondí—. Que no era tía, sino prima de mi abuelo.
Marisa asintió y continuó explicando:
—Purificación no era hermana de tus abuelos, sino prima de tu abuelo materno. Siempre tuvieron mucha relación y le tenía mucho cariño a tu madre, por eso la trataban de “tía”. Cuando Purificación murió, tus abuelos fueron al entierro, pero la casa quedó sin herederos directos. Había más primos lejanos que localizar para repartir la herencia y, como pasa muchas veces, aquello se complicó y nadie lo resolvió. La casa quedó abandonada.
Hizo una pausa y añadió:
—Tengo las llaves de la casa. Si quieres, podemos entrar a verla. No está en muy buenas condiciones, pero puede que encuentres algo.
—Perfecto, muchísimas gracias —respondí—. Os lo agradezco de verdad.
Me pareció una oportunidad increíble. Poder entrar en la casa donde mi madre había vivido uno de los veranos más felices de su vida significaba mucho para mí.
La visita a la casa de Purificación
La casa estaba algo deteriorada, pero aún mantenía buen aspecto a pesar del tiempo que había pasado desde que Purificación falleció. Al entrar, tuve la sensación de que habíamos vuelto cincuenta años atrás. Era como entrar en un túnel del tiempo.
Casi podía ver a mi madre allí, a la chica de la foto. Me la imaginaba despreocupada, feliz, ilusionada con Manuel.
Marisa nos fue enseñando las habitaciones una a una. En la cocina había una bilbaína, y todavía se percibía el olor a leña quemada. También se notaba la humedad de tantos años cerrada.
—Creo que esta era la habitación donde dormía tu madre —me dijo Marisa.
—Mira qué casualidad —añadió Maruxa—. Encima del escritorio está el libro que tu madre le prestó a Manuel.
El libro se titulaba Anduriña.
Me acerqué. Tenía una capa de polvo. Lo soplé y lo abrí por la primera página.
Allí estaba escrito:
“El verano que viene nos volveremos a encontrar como Anduriña y Xoán.” Firmado por Carmen y Manuel.
El corazón me dio un vuelco.
De repente sentí que había encontrado la clave, la respuesta que venía buscando a San Esteban.
—Marisa, ¿te importa si me llevo este libro? Era de mi madre —le pregunté.
—Sin problema, Lucía. Por lo menos algo nesta casa que sexa aproveitable… perdona, que me sale en gallego —respondió sonriendo.
—Muchas gracias, Marisa —le dije, dándole un beso y un abrazo.
Ese libro significaba muchísimo para mí. Sabía que en él estaban las respuestas a muchas de las preguntas que llevaba tiempo haciéndome.
La lectura de Anduriña
Cogí el libro y me subí al coche. Conduje casi sin pensar hasta el hotel donde me alojaba.
Necesitaba leerlo. Necesitaba entender por qué aquel verano había sido el más feliz para mi madre.
Anduriña cuenta la historia de una pequeña golondrina que llega cada primavera a una aldea gallega. Allí se hace amiga de Xoán, un muchacho tímido que pasa los días trabajando en el campo y soñando con ver mundo.
Durante todo el verano, la golondrina y el muchacho comparten confidencias: él le habla de sus miedos y de sus sueños, y ella le cuenta historias del cielo, de los mares y de los lugares que ha visto desde lo alto.
Pero cuando llega el otoño, Anduriña debe emigrar.
Xoán intenta convencerla de que se quede, pero ella sabe que si renuncia a volar, morirá.
La despedida es dulce y tranquila.
Anduriña promete volver la primavera siguiente. Xoán promete esperarla.
Mientras leía, entendí algo que hasta ese momento no había visto con claridad:
mi madre y Manuel habían sido amigos como Anduriña y Xoán.
Dos jóvenes que se encontraron en el momento justo, que se vieron de verdad, que se sintieron ligeros juntos.
Compartían historias, gustos, libros. Se acompañaban sin pedir nada. La vida, que funciona por ciclos, les permitió coincidir ese verano.
Mi madre estaba libre, sin responsabilidades, sin expectativas. La tía Purificación le había regalado un espacio donde nadie la juzgaba, donde podía ser ella misma, donde podía elegir a sus amigos sin que nadie opinara.
En el libro encontré pequeñas notas entre las páginas: mensajes que se habían dejado para acordar citas, para hablar de sus cosas, para seguir compartiendo lo que les importaba.
Ese libro había sido su mensajero.
Se respiraba en él la ilusión de la juventud, la emoción de sentirse vista, la alegría de que alguien la aceptara tal como era.
Y también la esperanza sencilla de volver a encontrarse al año siguiente.
Pero la vida, a veces, es caprichosa. No siempre permite que los planes se cumplan.
Cerré el libro despacio.
Por primera vez entendí que mi madre no había guardado un amor frustrado. Había guardado un recuerdo luminoso.
Un verano en el que fue feliz. Un verano en el que voló.
Despedida de la aldea
Después de haber encontrado el libro, ya podía volver a casa. Por fin sabía lo que realmente había pasado. Aun así, sentí la necesidad de regresar a la aldea de San Esteban para despedirme de Maruxa y de su vecina, que habían sido tan amables conmigo y me habían permitido entrar en aquella casa detenida en el tiempo: la casa de la tía Purificación.
Antes de llegar, detuve el coche en el mirador improvisado desde el que se veía todo el valle. Allí estaba el lago romano, en el centro, rodeado de viñedos que empezaban a teñirse de otoño. Los colores se mezclaban en una paleta perfecta: rojos, verdes, amarillos, ocres. El paisaje parecía pintado a mano.
No había ruido. Solo algún pájaro lejano y un viento suave que movía las hojas. Aquella visión tenía algo sagrado, como si la naturaleza quisiera recordarme que, pese a todo, la vida seguía su curso. Sentí una paz profunda, una tranquilidad que me atravesó entera. Por un momento, los sufrimientos y las penas parecieron disolverse, como si solo existiera ese instante suspendido.
No sé cuánto tiempo estuve allí. Cuando reaccioné, decidí acercarme al pueblo para despedirme de Maruxa.
La encontré en su casa, sentada a la mesa, tomándose un café con la calma de quien conoce bien el ritmo de los días. Me invitó a uno, y acepté.
—Muchas gracias, Maruxa. Has sido muy amable conmigo. Y muchas gracias por contarme la historia de mi madre —le dije.
—No hay de qué —me contestó—. Lo pasamos muy bien ese verano con tu madre.
Hizo una pausa, como si buscara las palabras.
—Me alegro de haberte conocido —añadió—. Y de haber podido hablarte de Carmen. Desde que murió la tía Purificación no supe nada más de ella.
Sus palabras me conmovieron. Había algo en su voz que unía pasado y presente, como si mi madre volviera a estar un poco más cerca.
Me deseó buen viaje y me dijo que, cuando quisiera volver, su casa siempre estaría abierta para mí. Agradecí el gesto. Era una despedida sencilla, pero llena de verdad.