Novela corta ( La Luz que perdí)

Buenas tardes

Os pongo la primera parte de esta novela que se titula (La Luz que perdí), está disponible en Amazon como Olivia Brunete. Si os gusta puedo compartir aqui en ebrolis, el resto de la novela.

Muchas gracias por leerme


PARTE I — La luz que perdí

  1. La mudanza
    Llegué a casa de mi padre temprano. Me estaba esperando con el café recién hecho. Aquel olor me recordó al hogar, a los días de colegio en los que desayunábamos juntos antes de que yo saliera corriendo hacia la puerta.
    Mi padre tenía la cara cansada. Intuí que no había pasado buena noche; los años le habían caído encima como una losa, y más aún desde que mamá murió.
    —¿Qué tal has dormido? —pregunté.
    Él me miró con los ojos tristes, apagados.
    —Me he desvelado un poco —admitió—. No he descansado muy bien.
    Quedaban pocos días para dejar aquella casa. Los nuevos dueños se mudarían en breve y mi padre se iría a un piso más pequeño. La casa se había vuelto demasiado grande para él: demasiados metros, demasiados silencios, demasiados recuerdos. Por eso había decidido marcharse, buscar un lugar más manejable, más acorde a esta etapa de su vida.
    Pero quedaba lo más difícil: decidir qué conservar y qué dejar ir.
    —¿Por dónde quieres que empecemos a meter las cosas en cajas? —le pregunté.
    —Si te parece, empieza tú con las cosas de mamá —respondió—. Yo iré guardando lo del salón y el despacho.
    Sabía que me pediría ocuparme de sus cosas. Durante todos estos años ninguno de los dos había tenido el valor de tocarlas.
    Para mí, este momento siempre había sido inimaginable. Revisar sus objetos, abrir sus armarios, sostener lo que había sido suyo. Era como abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada. Me dolía pensar en sus últimos años, en su fragilidad, en todo lo que se apagó en ella.
    Y aun así, allí estaba yo, de pie en medio del salón, sabiendo que había llegado el momento.
    Abrí la puerta del armario donde guardaba su ropa. El olor de su colonia seguía allí, suspendido en el aire como si el tiempo no hubiera pasado. Ese aroma me devolvió imágenes que creía perdidas: su risa, sus manos, la manera en que se recogía el pelo cuando cocinaba. Pero también me trajo el recuerdo más duro: ya no recordaba la última vez que la había visto sonreír.
    En sus últimos años se movía por la casa como un fantasma, como si poco a poco se fuera volviendo transparente. Era doloroso verla difuminarse así, y más doloroso aún recordarlo ahora, con sus cosas entre mis manos. Creo que, en algún momento, además de volverse transparente ella, también nosotros nos volvimos transparentes para ella. Era como si se estuviera yendo de la vida por la puerta de atrás.
    La ropa en el armario estaba tal y como ella la había colocado la última vez, ordenada por colores y texturas.
    Empecé a recoger sus jerséis de angora, esos que tanto le gustaba ponerse, suaves y cálidos como ella había sido en otros tiempos. También saqué su vestido de flores de primavera, el que siempre decía que le hacía sentir joven. Aunque teníamos una talla parecida, yo nunca podría usar su ropa.
    Recordé la última vez que se puso aquel vestido. Había una verbena en el barrio y mis padres habían ido con unos amigos. Yo estaba con mi pandilla cuando sonó una canción que ella tarareaba a veces cuando yo era pequeña. De repente, los vi levantarse y empezar a bailar. Creo que fue la única vez que vi bailar a mis padres juntos. En mi madre había una luz especial, una chispa de juventud que ya nunca más volví a ver.
    Ver a una persona apagarse con los años deja una marca profunda en quienes la acompañan. Por eso entendía que mi padre hubiese tomado la decisión de mudarse. Esta casa, que un día fue hogar, se había convertido en un recordatorio constante de lo que ya no estaba.
    Respiré hondo, sosteniendo el vestido entre las manos. Sabía que este era solo el principio. Que detrás de cada cajón, de cada caja, de cada objeto, había una historia que aún no había querido mirar.
    Mi madre nunca había sido muy comunicativa conmigo. Se movía con un aire taciturno por la casa, como sin energía. Yo no entendía lo que le pasaba y, a veces, me sentía culpable, como si yo hubiese hecho algo malo.
    Recuerdo que algunas tardes, durante el año, se metía en su cama y yo pasaba sola toda la tarde intentando no hacer ruido para no molestarla.
    Un día le pregunté:
    —Mamá, ¿tú me quieres?
    Ella me miró sorprendida, me abrazó y me dijo:
    —Sí, Lucía, yo te quiero con todo mi corazón… pero me siento cansada, como sin energía. Solo eso.
    La miré y sentí que decía la verdad, pero su voz era tan bajita, tan tenue, que casi no la sentí. Era como si me lo hubiera dicho un ser etéreo, un fantasma.
    Seguí recogiendo sus cosas y acordándome de aquel día que me había dejado tan triste.
    Y sin saberlo, estaba a punto de encontrar algo que cambiaría todo.

  2. La caja
    Fui doblando la ropa de mi madre con cuidado. La iba colocando en distintas cajas para llevarlas más tarde a la parroquia y donarlas. Cada prenda que dejaba dentro era una despedida pequeña, silenciosa, una parte de ella que sabía que no volvería.
    Entre los vestidos y los jerséis, al fondo del armario, apareció algo que no recordaba haber visto nunca: una caja pequeña con flores dibujadas en la tapa. No encajaba con nada de lo que mi madre solía guardar allí. Por un momento pensé que alguien la habría colocado por error.
    La tomé entre las manos. Era ligera, casi frágil. Cuando la abrí, encontré un colgante de amatista, una pulsera y una especie de agenda de tapas marrones, gastadas por el tiempo. La abrí con cuidado.
    Al hacerlo, varios papeles doblados cayeron al suelo. Notas escritas con la letra de mi madre.
    Me agaché para recogerlos y, al leer la primera frase, se me aflojó el cuerpo. La caja resbaló de mis manos y cayó al suelo con un golpe seco.
    —¿Estás bien? —preguntó mi padre desde la otra habitación—. ¿Qué se ha caído?
    —Nada, papá. Solo… se me ha resbalado —respondí, intentando que la voz no me temblara.
    Mientras recogía los objetos, algo llamó mi atención: una fotografía que debía de haberse deslizado desde el interior de la agenda. En ella aparecía mi madre de joven, sonriendo con una luz que no recordaba. Llevaba el mismo colgante y la misma pulsera que acababa de encontrar en la caja.
    Le di la vuelta a la foto. Detrás, escrito a mano, había un mensaje:
    “Ojalá pudiéramos regresar a aquel verano — Manuel” 9 de agosto de 1970. – San Esteban
    Sentí un vuelco en el pecho. Guardé los objetos y los papeles dentro y cerré la tapa. Tenía el corazón acelerado. No sabía exactamente qué había encontrado, pero sí sabía que no era algo que mi madre quisiera que se perdiera entre su ropa.
    Y, sobre todo, sabía que lo que acababa de leer —apenas unas palabras— había abierto una grieta que no iba a poder ignorar.
    Seguí guardando la ropa en las cajas que eran para donar, y guardé la caja de flores en las cajas de las cosas que mi padre se iba a quedar. En una caja que ponía “Cosas de Carmen para quedarse”.
    En esta caja se iba a guardar un pedacito de ella, cosas que mi padre quería conservar para recordarla.

  3. La Luz en la foto
    Me pasé todo el día pensando en la foto y en la caja. Mi madre era la que aparecía en aquella imagen, sí, pero no era la mujer que yo recordaba. En la foto tenía una energía distinta, una luz que parecía salirle de dentro. Era como si fuese otra persona.
    No podía dejar de mirar la firma al dorso: Manuel. Y la fecha: 9 de agosto de 1970.
    Me preguntaba si mi padre sabría algo. Si conocía a quien había escrito aquello. Si sabía que mi madre había guardado esa foto, ese colgante, esa pulsera. Si sabía que alguien le había prometido no olvidarla.
    Durante la cena, mi padre me miró con atención.
    —¿Te pasa algo? —preguntó mientras partía el pan—. Te noto rara.
    —Es el cansancio —respondí—. La mudanza… y recoger las cosas de mamá. Se me está haciendo duro.
    Él asintió despacio, como si entendiera más de lo que decía.
    Me armé de valor.
    —Papá… ¿tú recuerdas si antes de salir contigo mamá tuvo algún pretendiente? Alguien importante para ella.
    Mi padre dejó el cubierto sobre el plato. No me miró enseguida. Respiró hondo.
    —No lo sé —dijo al fin—. Nunca hablamos de eso. Ya sabes que tu madre era muy reservada.
    —¿Y tú nunca le preguntaste? —insistí.
    —No hacía falta. Cada uno tenía su vida antes de casarnos —respondió, sin mirarme.
    —¿Y tú crees que fue feliz? —pregunté.
    Mi padre tardó un segundo en contestar.
    —Hice lo que pude.
    Y entonces, sin quererlo, empezaron a volver a mí recuerdos que llevaba años sin mirar.
    Recuerdo a mi padre hablando con su madre cada noche, durante casi una hora. Le contaba todo: quién se había casado, quién había discutido, qué había dicho el panadero. Nunca vi a mis padres hablar así. Con su madre y con su hermana, mi padre tenía una relación especial. Con mi madre… no.
    Ella solo tenía que guardar las apariencias. Y no molestar.
    Recuerdo una tarde en casa de mi abuela paterna. Mi madre estaba sentada en una silla, con las manos en el regazo. Nadie le hablaba. Ni siquiera mi padre. Ella sonreía por educación, pero tenía la mirada perdida en el mantel de cuadros.
    Recuerdo los veranos en el pueblo. Mi madre asistía a todos los eventos sin rechistar. Mi padre la regañaba:
    —Eres una rara. —No te relacionas con nadie. —Siempre das un paso atrás.
    Yo veía cómo ella se iba apagando un poco más cada año.
    La hermana de mi padre apenas le dirigía la palabra a mi madre, y cuando lo hacía era con un aire de superioridad que dolía incluso a mí.
    Recuerdo una tarde en la que mi madre me dijo que no podía volver más tarde de la una y media. Yo tendría doce o trece años.
    —Eres demasiado pequeña —me dijo, con esa mezcla de firmeza y miedo que ahora entiendo.
    Mi tía, que estaba escuchando, intervino enseguida:
    —Ay, Carmen, no seas exagerada. Estamos en un pueblo. —Lucía, tú puedes volver a la una y media. No vas a ser la única que llegue antes.
    Vi la cara de mi madre. Ese gesto de quedarse quieta, como si algo dentro de ella se encogiera.
    Yo, adolescente, no entendía nada. Solo veía que aquello me daba libertad. Ahora sé que aquello estaba mal. Muy mal.
    Recuerdo el verano en que mi abuelo tuvo un accidente y estuvo en nuestra casa recuperándose. Cuando volvió a la suya, mi madre estaba agotada. Mi padre le dijo que ese verano le tocaba a ella pasar todo el tiempo con su madre y su hermana, “porque él había estado con mi abuelo cuatro meses”.
    No se planteó que mi madre estaba exhausta. Que no podía más. Que necesitaba descansar. Que no podía seguir manteniendo las apariencias que él exigía.
    Recuerdo una noche, después de haber ido al río con unos primos de mi padre. Los oí discutir. Mi padre le decía a mi madre que ella le estaba amargando el verano.
    Esa noche él se fue a la cena del pueblo. La dejó sola en casa.
    Al día siguiente, mi madre se fue. Me lo había dicho la noche anterior: “No puedo más”. Y se fue.
    Mi padre no fue a buscarla. Se quedó en el pueblo, como si nada. Y cuando terminaron las vacaciones, volvimos a casa como si nada hubiera pasado.
    Todo se guardó, como siempre, debajo de la alfombra.
    Y ahora, mirando aquella foto, entendía algo que nunca había entendido:
    Esa luz que vi en la imagen… esa luz que yo nunca le vi a mi madre… esa luz que se apagó poco a poco…
    Tenía que ver con aquel verano. Con aquel Manuel. Con aquella vida que ella tuvo antes de que la nuestra la apagara.

  4. El nombre del pueblo
    En la foto, además de la fecha y las iniciales, había algo más escrito en una esquina, casi escondido: San Esteban.
    Me quedé mirándolo un buen rato. Ese nombre no me sonaba de nada.
    ¿Qué podía estar haciendo mi madre un verano en un pueblo llamado San Esteban? ¿Y por qué nunca lo había mencionado? No era el pueblo de mis abuelos, ni tampoco el de mi padre. Era como si perteneciera a otra vida, a otra historia.
    La curiosidad pudo más que el cansancio. Encendí el ordenador y escribí “San Esteban” en el buscador.
    Apareció enseguida.
    Un pueblecito diminuto, casi una aldea en Galicia, perdido entre montes verdes. Casas de piedra, calles estrechas, un lago cercano que parecía sacado de una postal antigua. El tipo de lugar donde el tiempo no corre.
    No tenía nada turístico, nada que llamara la atención. No había fiestas famosas, ni rutas señaladas, ni monumentos importantes. Era un sitio tranquilo, silencioso, casi detenido.
    Y aun así… mi madre había estado allí un verano. Un verano que alguien había querido recordar con un “Nunca te olvidaré”.
    Sentí un escalofrío. Ese pueblo, ese nombre, esa fecha… todo apuntaba a una parte de su vida que yo no conocía.
    Y supe que tenía que averiguar qué había pasado allí.