Novela Corta (Lo que nunca me dijeron) - Emocional - Eponine

Buenos días

Vi, los miserables el musical y. me inspiro escribir esto. Esta novela corta está publicada en Amazon como “Lo que nunca me dijeron”, os comparto el primer capitulo. Muchas gracias por leerme


Lo que nunca me dijeron

Lo que nunca me dijeron © 2026 Olivia Brunete Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin permiso de la autora. Primera edición, 2026

Índice

Prologo 4

  1. El impacto del musical 5
  2. Éponine como espejo 23
  3. La escena de origen: la fiesta 36
  4. La revelación: “He sido Éponine toda mi vida” 50
  5. El cierre: la mirada que faltó 57

Prologo
Me ha costado muchos años entender mi historia. Muchos años de ir recogiendo piezas sueltas, de encajar fragmentos que no parecían tener relación, de mirar hacia atrás con una mezcla de miedo y necesidad. Durante mucho tiempo no entendí por qué me había sentido tan mal, ni por qué hubo un momento en que la ansiedad tuvo que venir a visitarme para obligarme a parar.

Hoy creo que, por fin, puedo ver la historia completa. La mía y la de quienes vinieron antes que yo. Puedo entender de dónde viene mi herida, cómo se formó, cómo se transmitió, y por qué necesitaba ser contada.
Ojalá este relato —y los otros que he ido escribiendo— sirvan para sanar no solo mi dolor, sino también el de todos los que estuvieron aquí antes que yo.

Porque si hoy puedo comprenderme, es también gracias a ellos: a lo que vivieron, a lo que callaron, a lo que no supieron hacer mejor, y a lo que, sin querer, me dejaron como legado.

Este libro es mi forma de mirarlos, de mirarme, y de cerrar por fin aquello que nunca me dijeron.

  1. El impacto del musical
    Hemos ido a ver el musical de Los Miserables, porque es el primer musical que vio mi marido en Frances cuando estaba en el instituto, y le hacía mucha ilusión volver a verlo, hace tiempo que lo lleva diciendo, que quiere volver, incluso que lo ha hablado con su hermana para verlo con ella si nosotros no queremos ir.

Nunca he tenido especial interés en ir a ver este musical, la verdad, no era un plan que me apeteciese mucho, pero bueno es un plan para hacer, porque al final como mi padre está en casa desde que se rompió el brazo, pues, yo no me he ido de vacaciones a ningún sitio me he quedado con él, en semana santa, y hace mucho que no hacemos algo los cuatro juntos.

Como pensábamos que era en francés, y nosotros no sabemos hablar francés, nos ha contado toda la historia al salir de casa, ya hizo lo mismo con el lago de los cisnes porque dice que sino no nos enteramos de nada. Cuando hemos salido de casa, aunque esta vez estábamos preparados con tiempo, porque me he encargado de ir diciéndole a los niños que se fueran preparando para no tener que oírle gritar a última hora.

Hemos salido, al portal la verdad que hace un día espectacular de estos que parece que nada lo puede estropear. Pero en cierta forma se que no me puedo confiar porque en cualquier momento todo puede torcerse.

Mi marido sale del portal animado, y vamos bajando la rampa que nos lleva a la calle. La verdad es que el día esta precioso, soleado, y los árboles y resto de vegetación está verde primavera, y los rosales están a rebosar de flores. Huele a primavera, a frescor, me recuerda a los veranos en Galicia, cuando salías temprano por la mañana de casa de mis abuelos.

Cuando mi marido está de camino de bajada, justo cuando está delante de un árbol muy grande que tenemos en la urbanización, baja muy animado.

Mi marido, se para delante del árbol, y saca su móvil del bolsillo, y les dice a los niños

  • Venga, ahora que estamos todos tan guapos, vamos a hacer una foto

David pone cara de fastidio. Para mi marido, sin foto no hay plan, no hay familia, no hay recuerdo. Los niños ya se van haciendo mayores, y tantas fotos ya le resultan un fastidio.

Mi hija también protesta, y dice

  • Jo, una foto, ¿ahora?

Mis dos hijos siguen bajando, con cara de molestia y fastidio, y con una expresión de ya está este pesado otra vez y siguen bajando y se separan de su padre. Mi marido se queda delante del árbol insistiendo

  • Venga vamos a hacer una foto, poneros los dos aquí.

Mis hijos siguen protestando y siguen andando, resoplando y quejándose.

Para intentar quitar el peso sobre David, yo digo

  • ¿Para esto nos tenemos que arreglar con tanta prisa?

De repente, veo la cara que pone mi marido, si las miradas matasen, ya me habría fulminado.

Mi marido se enfada, y se pone a andar con mucha energía, hacía a mí, y antes de adelantarme me dice, con cara de pocos amigos:

  • Siempre tienes que fastidiarlo todo, y meterte donde no te llama nadie.

Sigue andando, enfado, y yo digo

  • Ya se ha enfadado

Va andando rápido delante de nosotros sin mirar atrás sin esperarnos, salimos de la urbanización y nos montamos en el coche sin decir nada, cada uno en el sitio donde nos solemos sentar normalmente.

Para nosotros ya se ha nublado el día, aunque sigue habiendo un sol radiante y una temperatura espectacular, ya tenemos que estar pendientes de su estado de ánimo, de su humor. Se siente la tensión en el ambiente, es como si un aire denso nos envolviese a todos.

Este episodio me recuerda a uno que vivimos estas navidades en Valladolid, yo me había ido con Lucía a mirar ropa y otras cosas que ella quería, y él se había ido con David a mirar unos libros y comics.

Habíamos quedado en que cuando termináramos, nos llamaríamos para ya quedar los cuatro y tomarnos algo, y pasar la tarde de paseo por Valladolid, que estaba toda iluminada, y en la plaza mayor habían puesto un mercadillo navideño.

Cuando Lucía y yo, salíamos de Zara, donde ella se había comprado un pantalón, llamé a mi marido por teléfono.

  • Hola, ¿Qué tal? ¿Por dónde andáis? Nosotras ya hemos terminado - le dije

  • Estamos en la plaza mayor, nosotros también. – me contestó

  • Si te parece quedamos en la plaza de Fuente Dorada, que nos pilla a mitad de camino

  • Vale – me dijo

Estábamos todos muy contentos, Lucía se había comprado los pantalones que quería y David sus libros y sus comics. David me enseñó las compras que había hecho muy ilusionado, y Lucía sus pantalones a su padre. Mientras decidíamos a donde íbamos, mi marido, se puso a hacerle una gracia un poco pesada a David, como muchas veces hace y David de malas formas le insultó no recuerdo lo que le dijo. En ese momento, vi como la cara de mi marido cambiaba, y casi se pone a llorar, así que sin pensarlo dos veces se dio la vuelta bruscamente y se fue hacia la plaza mayor.

Nos quedamos los tres mirando como se iba, reconozco que no reaccioné, que no pensé en ir detrás, ya estaba cansada de estas situaciones, así que me quedé esperando, viendo cómo se iba y solo dije a mis hijos

  • Pues se ha ido - dije yo.

La verdad es que la situación era dantesca, mi marido un adulto de cincuenta años se había sentido ofendido y se había ido como un niño pequeño, más bien se había escapado del conflicto. Yo me había quedado ahí con mis hijos, con la salida chafada, en plenas navidades, así que tranquilamente les dije:

  • Bueno, vámonos a casa, ya se fastidió la tarde.

A David, que se quedó con una cara muy preocupado, le dije:

  • No te sientas mal, no es algo tuyo, es algo de él. Quizás tu insulto no fue lo más adecuado, lo que puedes hacer es pedirle disculpas y nada más.

Así que nos fuimos los tres tranquilos a casa, estábamos en la plaza de Fuente dorada, donde nos habíamos encontrado los cuatro.

Así que les pregunté:

  • ¿Os parece que nos vayamos a casa por San Pablo?, así vamos viendo la decoración navideña.

Así que nos fuimos, hacia allí, yendo por la bajada de libertad, hasta encontrarnos con el Teatro calderón y luego subiendo hasta la iglesia de San Pablo. Era navidades, y la verdad es que Valladolid estaba precioso, todo lleno de luces, todo adornado, el paseo con mis hijos fue un paseo muy relajado y tranquilo. Valladolid además de iluminado, estaba lleno de gente comprando regalos, merendando en las cafeterías y paseando tranquilamente.

Cuando llegábamos ya al puente mayor, empecé a pensar si habría venido a casa de mi padre o si se habría quedado dando una vuelta todavía por Valladolid, esperando a que se le bajara el enfado.

Cuando nos acercábamos a casa le pregunté a mis hijos

  • ¿Qué os apetece cenar un Kebab?, tu David, ¿Podemos pedirte unos Nuggets?

Lucía me dijo

  • Vale yo si que quiero un Kebab

David dijo

  • Vale yo Nuggets

Para intentar quitar hierro al enfado, se me ocurrió llamarle por teléfono y decirle que íbamos a coger un Kebab para cenar y que, si le apetecía uno, a lo que me contestó que vale. Así que antes de subir a casa, tranquilamente compramos la cena en el restaurante de debajo de la casa de mi padre.

Es un restaurante donde siempre hay mucha gente comprando, soy muy meticulosos y cuidadosos, mientras espero me fijo en como envuelven los kebabs, los Durum y las patatas fritas, siempre lo hacen igual con una precisión milimétrica, supongo que tantos y tantos vendidos al final acaban por industrializar el proceso, casi parecen autómatas.

Cuando llegamos a casa, antes de ponernos a cenar, recuerdo que me dijo

  • No habéis venido a buscarme

Me sorprendió muchísimo su comentario, a lo que le respondí

  • Tu eres el que te has ido, ¿por qué teníamos que ir detrás de ti?

Él se quedó callado y no dijo nada más, creo que tampoco tenía mucho más que decir ni tampoco que reprochar. Parecía que ahora estaba más tranquilo, que se había salido del modo niño. Mi hijo se acercó y le pidió disculpas por el insulto, mi marido nunca le dijo nada por haberse ido de esta forma tan infantil. Creo que no he visto a actuar a mis hijos de esa forma nunca, por lo menos sé que ellos nunca actuarán así, y que serán capaces de gestionar la frustración.

Ahora otra vez, mis hijos y yo vamos detrás de él andando hasta el coche, conociendo ya de sobra como es su rictus de cuando esta enfadado, el buen humor del día se ha enturbiado. Los tres vamos andando resignados, esperando a ver cómo se desarrolla el resto del día. Así que ya de camino al musical, en el coche, hemos ido los cuatro callados, los niños no hablaban van mirando por las ventanillas, serios y pensativos, y yo he preferido no decir nada, aunque el día era muy soleado, en el coche el día era gris, nadie teníamos nada que decir, solo esperar a que su enfado fuera cambiando.

La faena es que teníamos todos el plan de ir al musical juntos, y no nos íbamos a ir, después de lo caras que eran las entradas, pero la verdad es que ganas nos daban a todos, de volvernos a casa.

Al cabo de un rato nos ha empezado a hablar, porque parece que ya se le ha debido pasar el enfado.

  • Que te parece – me dice – mira que buen día hace.

Me hace gracia porque hay muchas veces que de repente, no me habla, se dirige directamente a mis hijos a Lucía o a David, y les pregunta que, si quieren hacer esto o lo otro, pero esta vez parece que me ha hablado a mí, y le digo.

  • ¿Me estás hablando a mí? - le pregunto

Supongo que será porque como está enfadado con ellos por no querer hacerse la foto, pues ahora ellos son la parte hostil y yo no.

  • No estaba hablando en general

La verdad es que no sé si reírme o ponerme a llorar, porque me parece una respuesta de lo más absurda.

Me hace gracia ahora que veo claramente cómo se comporta, ver ahora tan claramente el patrón. Realmente sé que voy de comparsa, creo que le hubiese dado cosa, haberme dejado en casa, porque encima está mi padre, y hubiese sido muy descarado, pero creo que, si me hubiese quedado con mi padre, que no ha querido venir, para él hubiese sido mejor.

Qué casualidad, cuando llegamos al parking que está cerca del teatro donde vamos a ver Los miserables, este está en frente de otro teatro, donde ponen una obra de Teatro, a la que a mi me gustaría venir, se titula Victoria y sale una actriz que me encanta.

Así que les digo

  • ¿Podíamos ver también esta obra de teatro que me encanta una de las actrices que es muy graciosa?
    Mi marido, con poco entusiasmo, dice
  • Vale

Y mis hijos siguen andando y tampoco contestan. La verdad es que me apetece mucho verla, vine sola a este teatro a ver otra obra yo sola y me encantó, así que seguimos andando y me voy con la idea en la cabeza.

Seguimos andando y ya nos encontramos, con el teatro donde vamos a ver más tarde Los Miserables, hay una gran pancarta en la puerta anunciando la obra, y aquí ya mis hijos acceden a hacer las fotos, para documentar el día, así que mi marido ya tiene parte del material gráfico que necesita para luego contar el día.

Antes de ir a ver Los Miserable, nos hemos ido a comer a un restaurante, argentino que no estaba mal, lo ha escogido él estaba cerca del teatro, hemos comido en una mesa los cuatro, tranquilamente. Esta vez tampoco yo no iba a decir nada, aunque fuese el peor restaurante del mundo, porque sinceramente, ya me he cansado hasta de quejarme, porque después de como empezamos el día, es capaz de enfadarse y dejarnos solos allí. Esto ya nos lo hizo cuando mis hijos tenían 8 y 6 años, estábamos buscando un restaurante para la comunión de David, y fuimos a Boadilla del Monte.

Estábamos dando un paseo y mi marido nos dice

  • ¿Podíamos ir a ver este restaurante? que me ha dicho Javier que está muy bien.
  • Pues la verdad es que estamos cansados, y no nos apetece ir, los niños ya han andado mucho- comenté yo
  • Siempre, tenemos que hacer lo que vosotros queréis – dijo enfadado

De repente, se dio la vuelta y se fue y nos dejó a los niños y a mi en una calle de Boadilla, y no sabíamos donde se había ido. Paso un rato y no aparecía, reconozco que me puse nerviosa y me empecé a preocupar poque yo estaba con los niños en Boadilla, y era ya la hora de comer.

Al cabo de un rato apareció, mis hijos estaban ya casi empezando a llorar porque estaban preocupados, la verdad es que no sé como puede hacer estas cosas, como pudo jugar con nosotros de esa forma.

Aunque al principio, el restaurante, no parecía que fuese a estar muy bien, la comida estaba rica. Al final ha sido una comida, parece que el ambiente se ha relajado, mi hijo se ha hecho unos selfies, con unas camisetas de Maradona y de Cristiano que tenían en el restaurante. Hace tiempo que no teníamos, una comida tranquila y relajada, los cuatro solos, así que en cierta forma he aprovechado para disfrutar estando con mis hijos antes de ir a ver el musical, al que realmente no sé si ellos quieren ir.

Cuando llegamos, entramos en un teatro precioso, según entras en el teatro parece que vuelves a otra época. En la entrada del teatro hay, dos escaleras que suben a los anfiteatros, con la majestuosidad de otra época, conservando esa magia de tiempos pasado. Enseguida mi marido se dedica a recorrer el teatro, y hacer fotos por todos lados, tiene que documentar el teatro, y el musical para mandarle todas las fotos a mi suegra y a mi cuñada, ya mas tarde la llamará para explicarle con pelos y señales todo.

Estamos sentados en platea, en la parte del final y según mi hijo teníamos que haber cogido las entradas en el primer anfiteatro, porque se vería mejor la obra, tiene razón, pero tampoco lo vamos a comentar, porque sino otra vez se va a enfadar.
No lo sé tampoco conocíamos el teatro, yo creo que desde ahí se verá bien. De todas formas, me subo al primer anfiteatro para ver si me da vértigo, porque otras veces, siento un vértigo, que parece que voy a caer encima del escenario. Subo las escaleras, y entro en el primer anfiteatro, y es verdad que esta vez lo hubiéramos visto bien, pero ya tenemos las entradas abajo, así que nos sentamos en nuestros sitios, y yo tampoco digo nada, porque sino parece que siempre tengo que criticar, y lo único que voy a conseguir es que se enfade conmigo y me diga que soy muy negativa.

Le digo a mi marido,

  • Siéntate tu en la butaca doce, porque así lo verás mejor, a nosotros no nos importa verlo menos centrado. Así recuerdas la primera vez que la viste, en el instituto.

El accede y se siente en la mejor butaca, a continuación, mi hija, y luego me siento yo y a continuación mi hijo, las butacas son cómodas y confortables, son de terciopelo rojo, supongo que habrán visto muchas representaciones y muchas personas en diferentes épocas.

Las paredes del teatro están forradas de madera, lo que, de un aspecto de majestuosidad al mismo, la distancia al escenario es buena, creo que desde este sitio lo veremos bien, espero que no se siente gente demasiado alta delante de nosotros. Y entonces mi marido se cambia de sitio, porque se ha sentado un hombre muy alto, delante de la mejor butaca, y dice que no ve. Así que al final me cambio yo otra vez, y me siento donde estaba él, que es el mejor sitio de las cuatro butacas, aunque a mí no me parece que se vea mal, por el señor alto que se ha colocado delante. Desde este sitio, veo a la orquesta que está debajo del escenario, y en el escenario en el telón se proyecta el nombre de Los Miserables. Ya va viniendo la gente que faltaba, y se sientan delante de mí, son un grupo de señoras, no demasiado altas, y que vienen con palomitas, la verdad es que me resulta raro que coman palomitas en el teatro, pero, aunque el teatro parezca salido de otra época los tiempos han cambiado.

He venido a ver este musical, porque mi marido me ha dicho que quería verlo con su hermana, y quizás que me lo haya propuesto a mis hijos a mí me ha hecho ilusión, me conformo con poco. Ahora me encuentro en una época en la que, aunque lo sé tampoco me apetece mucho pensarlo, la verdad. Mis hijos tienen 13 y 15 años y dentro de poco ya no van a querer ir con nosotros a ningún sitio, así que lo voy a aprovechar. Mi marido ya lo había dicho hace tiempo que quería ver este musical, y bueno pues hemos venido y es una forma de salir de casa.

Es impresionante cuando la orquesta empieza a tocar, y los actores empiezan a cantar, el inicio es algo lúgubre, oscuro. De repente veo que el musical es en castellano, así que no estaba en francés, pues mi marido nos ha contado toda la historia y le ha quitado completamente la gracia, mejor no digo nada, porque lo único que voy a conseguir es que se ofenda y encima va a cargar contra mí.

El otro día fue a hacer la compra, y le dije sin mayor intención que ya había un kilo de arroz, y se enfadó conmigo, porque según él le estaba diciendo que no hacía nada bien. Como no estaba muy segura de esto, por la tarde mientras estaba en sus cosas con su ordenador me acerqué y le pregunté

  • ¿Qué has entendido cuando te he dicho que había ya un kilo de arroz?

A lo que me ha respondido, con cara de pocos amigos

  • Pues que tu siempre estas sacando pegas a lo que yo hago, y me hablas con esa prepotencia

Me sorprendió su contestación, ¿qué prepotencia puede haber al decir que ya había un kilo de arroz? Me quedé callada y siguió

  • Siempre me estás atacando, cualquier cosa que me dices solo es para atacarme. Me maltratas, llevo muchos años diciéndote estas cosas, y no me escuchas haces lo que te da la gana

La verdad es que no me podía creer todo lo que me estaba diciendo, solo recuerdo que le dije

  • Creo que tendría que revisar esto que me estas diciendo, creo que no está muy bien

Y me di la vuelta y me fui, porque quedarme solo sirve para enredarme en una discusión que no sirve para nada, solo para que siga haciendo daño gratuitamente. Lo más sorprendente del tema es que cuando vino a cenar estaba mucho más relajado, es como si hubiese aprovechado la ocasión para descargar la tensión conmigo.

Las voces de los actores parecen completamente irreales, la historia es triste en sí, porque todos viven muchas penurias, es cierto que hay que reconocerlo. Según empieza, tampoco me parece un musical que me vaya a impresionar demasiado, porque la época me parece muy deprimente, y realmente mi marido ya nos ha contado toda la historia así que la posible sorpresa que podíamos tener pues se ha estropeado, así que.

Me parece una historia oscura y triste, a pesar de las desgracias que viven, y de lo impresionante de la representación de los actores, y de la pobre vida de Fantine, no me he sentido identificada con ella, ni tampoco con Cossete a pesar de la pobre vida de lleva desde muy pequeña, que está con unos posaderos que la hacen limpiar, aun siendo muy pequeña hasta que la recoge Valjean.

La puesta en escena es maravillosa, la revolución francesa, como cantan todos los actores, creo que es la parte que más me gusta, porque me parece que cantan espectacular, tienen unas voces como de barítono. Solo pienso que tiene que ser muy complicado, estar cantando de esta forma tanto tiempo, también pienso que, teniendo estas voces tan impresionantes, que pena que no se hagan todos famosos, ya que vivir de hacer musicales no tiene que ser muy fácil.

Entre los jóvenes de la revolución francesa aparece una chica que se llama Eponine, y que es la hija de los posaderos que cuidaban a Cossette, me ha sorprendido que cuando era pequeña iba muy mona, y muy mimada por sus padres, y ahora de mayor parece algo harapienta, y mal vestida. Siempre pensé que de mayor lo seguiría siendo, pero no.

Eponine aparece con los jóvenes de la revolución francesa, junto a un chico que se llama Marius, se nota mucho que está enamorada de Marius, de repente en la escena aparece Cossette, que es lo contrario a Eponine, muy refinada, y muy guapa. En cuanto aparece Marius se queda ojiplático e inmediatamente cae prendado de ella, solamente con verla una única vez, ya sabe que es la mujer de su vida. Hasta aquí, puede parecer la típica historia de amor no correspondida, pero hay algo en Eponine que me llama la atención, y es que Marius, le pide que encuentre a esta chica y ella accede, al igual que accede a llevarle una carta a Cossette, me sorprende que le pida semejante cosa a Eponine ¿Por qué no la busca él?

Esto me resulta muy familiar, ¿por qué? Pues porque al final Eponine es útil para Marius, él no la quiera y nunca la querrá, pero la necesita, para encontrar a Cossette y ella accede a ayudarle, porque para Eponine es la única forma que ella tiene de estar cerca de él, aunque él no la vea.

De repente entiendo el patrón, y pienso que, porque ella no se va, porque no deja de ayudar a Marius, ¿no se da cuenta de que a él le da exactamente igual? Incluso cuando ella muere, y él está con ella, ella es feliz porque él está ahí pero no la quiere, así no lo entiendo, ella ha muerto porque estar cerca de él, porque si no hubiese muerto, porque ella no participaba en la revolución.

Esto me recuerda mucho a mi vida en general, porque realmente los demás solo me les sirvo cuando he hecho algo por ellos, mientras tanto no me ven. Esto ha sido ha sido toda mi vida, cuando me decían lo responsable que era, lo estudiosa que era, y lo bien que me portaba. Solamente porque yo no causaba problemas era útil y cuando me sentía mal o lloraba me decían que eso eran tonterías y que yo era una caprichosa. Recuerdo la sensación de tragarme las lágrimas de sentirme mal conmigo, como que hacía las cosas, y pensar en cuando fuese mayor y cuando consiguiese esta cosa o la otra.

Me hice mayor y tuve hijos recuerdo cuando mis hijos eran todavía bastante pequeños, me acuerdo una noche en la cocina que desesperada dije

  • No puedo más estoy agotada, entre el trabajo, comprar y ocuparme de la casa ya no puedo más, estoy al limite

Me puse a llorar y dije que necesitaba ayuda yo no podía más con la carga de trabajo que tenía, mas tener que venir corriendo del trabajo y llegar a recoger a mis hijos del colegio.

Mi marido me miró extrañado y me dijo:

  • Mi hermana y yo nos llevamos año y medio, y mi madre estaba sola en Madrid, y nos crio perfectamente, sin estrés ni nada-
    No me lo podía creer, y le dije:
  • Me levanto todos los días a las 6:20 de la mañana para ir a trabajar tu madre no tenía que hacer eso.

Recuerdo que se calló y siguió a lo suyo, como si lo que yo dijera no tenía importancia. Me sentí sola angustiada, cansada e incomprendida, sabía que nadie me iba a venir a ayudar, según el yo era una exagerada y aun así tenía que seguir adelante, porque no había opción de parar, alguien tenía que cuidar y criar a mis hijos.

Si hubiese visto Los Miserables hace unos años, sé que cuando Eponine muriese sé que hubiera llorado, sé que hubiese sentido un nudo en la garganta, por lo injusto de la situación, por morirse y encima no ser correspondida por Marius, ahora lo podía entender, no tenía ganas de llorar. Ahora yo era capaz de pensar que por que Eponine seguía ahí y no se iba. ¿No se daba cuenta de que solo estaba siendo utilizada? ¿No se daba cuenta que no tenía que conformarse con las migajas en la relación con Marius? ¿Por qué lo ayuda? ¿Por qué lo idealiza?

Esta manera de actuar de Eponine, me resulta familiar porque es la manera de actuar que tengo yo, es el patrón de mi vida, es estar cerca de la gente siendo útil, pero ni siquiera me ven solo por la utilidad que tengo para ellos, solo porque soy útil, y tampoco me voy, sigo ahí a pesar de cómo me traten porque yo los quiero y los veo, aunque ellos no vean a mí.

Realmente yo llevo haciendo todo el día de Eponine, mientras ella le lleva la carta a Cossette, yo he venido a ver Los miserables, aunque a mí me daba igual, pero solamente por ser elegida un día por mi marido, en vez de elegir a su hermana, he venido, además he templado su mal humor, no enfadándome más y sosteniendo a mis hijos y a él, para que el día no se acabase de torcer son sus malos humores, los que suele tener cuando no salen las cosas como él quiere.

Ahora soy capaz de ver el patrón, aunque en cierta forma siga estando dentro de él, y no haya conseguido todavía liberarme de él. Porque si no sigo dentro del patrón mi marido ni siquiera estaría conmigo, y yo moriría sola.

Quizás por eso, al salir del teatro, no sentí tristeza. Sentí claridad. Y aunque aún no sé cómo se deja de ser Éponine, al menos hoy he podido ver el patrón claramente.

No esperaba que Los miserables me gustara porque es cierto que la historia no era muy alegre, pero tengo que reconocer que no esperaba encontrar un personaje, con el encajara, pensaba que más me iba a impactar a la desgracia de Valjean, o de Fantine, pero no, el patrón con el que me identificado es otro.