Buenos días
Estoy escribiendo o empezando a escribir una novela, y me gustaría que me dieseís vuestra opinión. Si os gusta, si os llama a querer leer mas o simplemente es un tema plano.
Muchisimas gracias a todos
Prologo
Cuando era pequeña me encantaba dormir con mis abuelos, o al menos quedarme con ellos un rato antes de acostarme, porque mi abuelo siempre nos contaba cuentos e historias.
Recuerdo especialmente cuando hablaba de la Santa Compaña. Decía que un vecino nuestro volvía una noche de otro pueblo cuando vio unas luces que se acercaban por el camino. Asustado, se escondió detrás de un montón de paja para que no lo vieran. Si lo encontraban, se lo llevarían con ellos.
Sentía una mezcla de emoción y miedo cada vez que contaba aquella historia.
Además de cuentos, también nos enseñaba canciones. Recuerdo especialmente A saia da Carolina, aquella canción del lagarto pintado.
Todavía la escucho en mi cabeza.
Y, cuando la recuerdo, también escucho la voz de mi abuelo cantándola.
Mi bisabuelo, el padre de mi abuela, también contaba historias. Se reunía con los vecinos en una cocina alrededor del fuego y compartían cuentos, recuerdos y anécdotas. Allí, niños y mayores escuchaban las historias.
Cómo me habría gustado poder escuchar también las historias de mi bisabuelo. Muchas veces me lo imagino, me imagino la cocina. Y puedo verlo en mi cabeza, contando historias en las noches de Galicia húmedas, alrededor de un fuego. Con madera de castaño o cepas.
Ahora estoy aquí, en esta casa que compré a los padres de Clara, acordándome de todo aquello.
Esta no es la casa de mis abuelos, pero sé que de alguna forma aquí también se contaron historias. Historias como las me contaban a mí.
Sé que en esta casa seguro hubo una niña o un niño como yo, sentado junto al fuego, escuchando cuentos antes de dormir.
Y me gusta pensar que, igual que yo sigo escuchando la voz de mi abuelo cuando recuerdo aquellas canciones, quizá alguna parte de aquellas historias todavía siga viviendo entre estas paredes.
Creo que, aunque las personas se van, las historias quedan. Y alguien tiene que recordarlas.
Creo que esa es la razón por la que empecé a escribir: para no olvidarme de ellos.
Para que sus voces no desaparezcan del todo.
Para que, de alguna forma, sigan sentándose junto al fuego, cantando canciones, contando historias y viviendo en las páginas que escribo.
Porque mientras alguien recuerde una historia, quizá la persona que la vivió nunca termina de marcharse.
Tal vez por eso escribo.
Para que sigan viviendo un poco más.
Quizá por eso vine a pasar temporadas a esta aldea.
Entre estas casas hay historias. Personas que estuvieron aquí antes que nosotros y cuyos nombres acabarán olvidándose.
Quizá lo que intento hacer es rescatar algunas de esas historias.
Para que quienes las vivieron puedan seguir existiendo un poco más.
En mis relatos.
En mis novelas.
En la memoria de quienes las lean.
Volver a escribir
La promoción de La Escritora ha sido muy cansada. Ya tenía ganas de volver a esta casa para poder descansar.
Estamos en octubre y algunos días ya empieza a refrescar, así que vuelvo a encender la chimenea.
Me gusta el olor de la madera quemada. Me gusta ver el fuego arder. Me quedo mirando las ascuas rojas y cómo los troncos se van consumiendo poco a poco.
Sé que debería volver a escribir.
Pero ahora mismo no quiero escribir.
No quiero resolver nada.
No quiero buscar ninguna historia.
Solo quiero sentarme frente al fuego y descansar.
He vivido demasiados años en alerta.
Durante mucho tiempo pensé que la paz llegaría cuando terminara algo: una obra, un libro, una responsabilidad, un problema.
Ahora empiezo a sospechar que la paz no llega cuando todo está resuelto.
La paz llega cuando dejas de vigilar.
Mientras observo las brasas, miro por la ventana.
El valle sigue ahí.
Las montañas siguen ahí.
Y, por primera vez en mucho tiempo, siento que no tengo que hacer nada.
Solo estar.
Tengo que volver a escribir porque me he comprometido con Clara que tengo que preparar otra novela para el año que viene. Pero ahora mismo no tengo tema ni sé por dónde empezar.
Además, reconozco que después del éxito de la escritora tengo que buscar una buena historia, y esto no es fácil. Ahora no estoy bloqueada como cuando llegué a esta casa, estoy seca de ideas más bien.
Creo que lo mejor que puedo hacer es intentar descansar unos días a ver si con el descanso de me ocurre algo que contar.
Mientras estoy pensando en esto, que tengo que descansar. Suena el teléfono, y veo que es Clara
- Hola Clara, ¿Qué tal? – Le digo
- Bien Olivia, ¿tu cómo estás? – me dice
- Bien, cansada de toda la promoción, sin muchas ganas de escribir la verdad, para que te voy a engañar.
Oigo que Clara hace una pausa.
- Pues te quería decir, algo que no sé si te va a gusta mucho – me dice Clara
- Dime – le contesto algo preocupada
- La editorial dice que como has captado muy bien el ambiente gallego en la novela de la escritora, quieren presentar la siguiente novela al Torrente Ballester. Creen que esto daría prestigio a la editorial – me dice Clara.
- Buff¡! - digo – Ya sabes Clara que la historia de La Escritora es real. ¿De dónde voy a sacar otra parecida?
- Ya, ya. Ya lo sé – me dice Clara – Pero a los dueños de la editorial no hay quien los baje del burro. Que he intentado convencerlos.
La primera novela había llegado sola. No la había buscado. Había aparecido en aquella casa, en aquel horno, en las cartas de Guadalupe y Teresa. Pero ¿cómo se encuentra una segunda historia? ¿Y qué pasa si la primera fue un milagro irrepetible?
- No lo veo muy claro –le digo – ¿Qué pasa si no acepto?
- Pues sino aceptas, tendríamos un problema serio. – me dice Clara. – No creo que les hiciera mucha gracia.
- Pues genial – le digo. - Las dos sabemos que la historia me llego de casualidad, y luego se mezcló con la historia de tu padre. Ellos no saben que es una historia real.
- Ya, ya. Que me vas a contar. - me dice Clara – Bueno, yo ya te lo he contado. Descansa, que algo se nos ocurrirá.
- Vale Clara, ya veremos. Que descanses.
Me quedo muy preocupada, no solo no tengo ganas de escribir, sino que además tengo que escribir una historia gallega, parecida a la escritora. Como continuación o algo así. O por lo menos ambientada en Galicia.
Me quedo mirando el fuego.
Quizá Clara tenga razón.
Quizá algo se nos ocurrirá.
O quizá no.
Lo único que sé es que esta casa ya me ha contado una historia.
Y las casas que cuentan una historia rara vez guardan una sola.
Me voy a dormir preocupada, porque la historia que había escrito había sido un golpe de suerte. Bueno para Clara no mucho porque había descubierto la historia “negra” de su familia. Creo que a ella no le hizo demasiada gracia, conocer lo que había hecho su abuelo.
Me meto en la cama, y no puedo dormir, porque no dejo de dar vueltas a esto. Fuera de la casa solo se oye el viento soplar, nada más.
Y no sé por qué me acuerdo de la Santa Compaña. ¿Estarán ahora recorriendo los montes cerca de la casa?
Sigo pensando en ella y me duermo y me empiezo a soñar con la santa compaña. Sueño que es de noche, estoy en pijama, el que me puse para dormir. Salgo de casa y los veo, primero veo de lejos unas luces, que se van acercando hacia mí.
Según se van acercando veo a todos vestidos como con unos hábitos largos, con una capucha que les tapa la cabeza, que no dejaba ver la cara. Todos llevan un candil son las luces que yo veía de lejos.
Se van acercando cada vez más y más hacia donde estoy. Siento miedo. Puede que me estén buscando. Parece que no, porque los veo girar hacía la iglesia. Antes de que lleguen al atrio, cruzo la plaza corriendo y me escondo en la pared de detrás del cementerio. Desde ahí puedo ver las escaleras y parte del atrio y ver a donde van. Los veo cruzar a todos en fila por el atrio, y van directos al cementerio.
¿Para que entran en el cementerio? Siento miedo, pero a la vez tengo curiosidad, ¿que estarán haciendo?
Si me asomo mucho me van a ver, así que espero a que entren todos, y bajo las escaleras, del lateral despacio. Me acerco a la puerta del cementerio lentamente, y me agachó, y ya los puedo ver.
Están todos en circulo delante de un nicho y entonan un cantico en latín. Empiezo a ver como sale una luz con niebla de uno de los nichos. Y esta luz y niebla, se va convirtiendo en uno de ellos, en un ánima más. Estoy viendo algo increíble. De repente noto que hay alguien detrás de mí. Me doy la vuelta, y veo una forma vestida con capucha, con un candil. Me han descubierto y me despierto de golpe.
Estoy sobresaltada, me late el corazón a cien. Parece que se me iba a salir del pecho. Puedo oír los latidos en el silencio de la casa.
Ha sido tan real, que más que un sueño ha sido como estar en una realidad paralela. Como si lo que hubiese visto fuera verdad, como si este fuese el proceso de como las almas pasaban a formar parte de la santa compaña. Como solo pasa en las películas.
Llevo el mismo pijama que en el sueño.
Me levanto de la cama para desayunar, todavía con el susto en el cuerpo. Esta mañana solo me apetece tomar un café con leche nada más.
Tengo que vestirme y acercarme al cementerio e ir a dar un paseo, todavía me acuerdo de la tumba de la que salió el ánima tengo que ver de quien es.
Entre la llamada de Clara de ayer, y el sueño que había tenido estaba un poco nerviosa.
Me ducho, me hago una coleta, me pongo unos vaqueros cómodos, una camiseta blanca de manga corta, y un chubasquero. Me miro en el espejo, y pienso que quizá necesito ya pasar por la peluquería. Reconozco que últimamente no me miro mucho en el espejo, pero a pesar del pelo que necesita un arreglo, me veo bien, feliz.
Me pongo las botas de agua, porque el día está algo gris y en esta época enseguida se pone a llover. Me encanta ponerme las botas de agua. Me recuerda a cuando era niña y entraba en los charcos, con ellas puestas. Ahora lo sigo haciendo. Creo que, para mí, esto es una de las mejores cosas de la vida, poder meterte en los charcos con botas de agua y no mojarse. Me siento protegida con ellas.
Salgo de casa, bajo la cuesta y veo el cementerio.
El corazón me da un vuelco y por un momento siento una presencia detrás. Me doy la vuelta esperando a encontrar a alguien y menos mal, no hay nadie.
Bajo por las escaleras, como la noche anterior, y empiezo a notar algo de nervios en el estómago. Esta mañana no me podía comer nada, y sigo teniendo la misma sensación.
Entro en el cementerio despacio, como esperando encontrarme con la Santa Compaña en cualquier momento. Veo la tumba de la noche anterior y voy hasta ella. Es un nicho forrado con granito negro y con las letras de los difuntos en plata. Me acerco y leo el nombre de la lápida Teresa Estébanez.
Es la tumba de Teresa, la hermana de Guadalupe. Siento un escalofrío. Qué raro todo. ¿Por qué he soñado con Teresa, la hermana de Guadalupe?