Opiniones sobre el primer capítulo de mi novela "Último Festival"

¡Tremendo lío! Esa patrulla nos iba a detener, seguro estaba. Habíamos fumado mucha yerba, y eso se nota a mil leguas. ¡Coño! ¿Que no podíamos haber cogido por otra parte…? Pero ya estábamos ahí. Ahora, a joderse.

—Loco, ¿viste qué buena está la mota? —dijo Musashi con su maldita falta de discreción.

—¡Cállate, por lo que más quieras! ¿No ves que viene la patrulla?

—¿Esos milicos? Chico, ¿qué van a hacer? Arriba no nos queda nada. ¡Nada!

—Sí, pero los ojos, el aliento…

—Compadre, de verdad que este snoopy te pone paranoico.

La patrulla pasó lentamente en dirección opuesta. Iba tan despacio que el nervio me revolvió el estómago. Llevaba el emblema del Cacique, dueño de toda la parte de Ciudad Horizonte entre Bulevar Solano, Maralto y Santa Lucía del Norte.

Ese tipo tenía tolerancia cero con la droga. A diferencia de otros caciques territoriales —sí, se había apropiado del título a modo de nombre propio—, que solo buscaban control, él se creía un moralista. No traficaba con drogas; su negocio era otro: prostitución, que consideraba “loable”, y tecnología barata importada por transnacionales con intereses en la península.

Se jactaba de seguir un código moral propio, una mezcla retorcida entre mafioso italiano, bushido y revolucionario de la vieja escuela. Exmilitar y guerrillero, había levantado la milicia más temida de la ciudad. Quizás del país entero.

La patrulla siguió su camino. No les interesábamos. A fin de cuentas, ¿qué éramos? Dos comemierdas vagando de madrugada por las callejuelas de Maralto.

—¿Viste que eres un pussy, Marquito?

—Está bien, chico —respondí—. Tú sabes que yo soy así… Pero, por favor, no hables más de la mota con ese vozarrón que se oye hasta Vieja Alameda.

¡Qué alivio! Todos tenemos temores. Los míos eran la cuadriplejia, la esquizofrenia y la prisión. Ah, y la claustrofobia, que para el caso daba lo mismo. En esos días, si los milicos del Cacique te cogían con droga, te metían preso el tiempo que les diera la gana. Sin juicio. A lo bestia.

La caminata hasta la Casona de Santa Lucía del Norte, donde estaba por comenzar Último Festival, era larga y peligrosa. Nunca se sabía qué podía salir al paso: un loco, una pandilla o, peor aún, milicos borrachos. Pero con la yerba, el trayecto se hizo más ameno. Hablamos de literatura, inteligencia artificial, chicas y hasta de maricones, travestis y transexuales (estos últimos, muy del gusto de Musashi).

Santa Lucía del Norte, más urbanizada que Maralto, seguía mostrando décadas de pobreza y abandono. Aun así, había mansiones con androides de seguridad y drones patrullando. Algunas albergaban oficiales del Cacique, empresarios o “negociantes”. O tal vez, sus queridas.

Al llegar a la Casona, todo estaba en silencio, como debía ser. Último Festival era una peña clandestina. La mansión, abandonada en medio de un bosquecito de pinos y uvas caletas, parecía de día un rincón paradisíaco, pero de noche se asemejaba a un cuento de Stephen King. Nadie pasaba por allí, salvo perros robot y drones con forma de insecto de la milicia. Habíamos instalado inhibidores de RF, interferencia sónica y señuelos electrónicos. Eso debía marear a los bicharracos. O eso queríamos creer.

Pasamos junto al viejo Bajaj RE de Adolfo, estacionado justo frente a la entrada en ruinas; cruzamos el amplio zaguán, repleto de bicicletas y moticos eléctricas, y llegamos al gran patio interior. Se escuchaba bajito una balada de rock de los primeros años del siglo y el murmullo de las conversaciones. Había más gente de lo que esperaba. El aire olía a ruina, cigarro, yerba, alcohol y mar. ¡Divino!

Frente a la fuente, seca y llena de manchas, se alzaban un par de estatuas semi desnudas, con flores marchitas entre los dedos y grafitis pintados por la mano de alguien. A un costado de una de ellas, estaba la mesita de las bebidas. Un micrófono y una silla solitaria esperaban sobre una plataforma de madera gastada. La gente estaba esparcida en sillas viejas, usadas, todas diferentes, sacadas de cualquier rincón.

Al vernos, los demás miembros de Resistencia armaron el lío de siempre, lo que atrajo las miradas de todos.

—¡Aquí están los pajarracos que tuvieron la idea del evento! —voceó Yandex, con un par de tragos encima—. ¡Marco y Emilio, alias Musashi! ¡Fundadores de Resistencia! —miró con descaro a Gitana y al viejo Adolfo—. Y los que decidieron que Resistencia debía hacer una peña llamada, ¡cómo que no!, Último Festival!

Aplausos. No muy animados, pero ¿qué más se podía pedir? Se estaban arriesgando bastante para asistir a un evento clandestino en territorio del Cacique.

Me acerqué a Yandex.

—¿Te aseguraste de que toda tu magia funciona bien?

—¿Viste algún bicharraco sintético por el trillo?

—No.

—Entonces ahí tienes tu respuesta.

La yerba me ponía paranoico, pero también me relajaba lo suficiente para escribir, ligar y liberar el estrés de vivir en una península tan jodida como la nuestra.

Fui a la mesa de las bebidas y localicé una botella de Jack Daniel’s, cogí un vasito plástico ya usado por alguien más y lo llené hasta la mitad. ¡Qué carajo! Había puesto más dinero para la ponina que nadie. También era el que más ganaba, pero esa es otra historia. Había otras botellas baratas: Ron Santiago, Chivas Regal, y algo de vodka Smirnoff. Los vasitos plásticos, sacados de la basura o recogidos de otras fiestas, se acumulaban por todos lados, listos para la acción.

Entonces caí en cuenta: ¿dónde estaba Musashi? Lo busqué entre la gente, pero no lo encontré. La voz de Gitana, amplificada por un micrófono, me hizo olvidar la búsqueda.

—Queridos asistentes —dijo con su voz suave, como la caricia más sensual—, les doy la más ardiente bienvenida al primer encuentro de “Último Festival”. Esta peña nació del grito indomable de quienes nos negamos a ver cómo el arte, esa chispa divina que solo el ser humano puede crear, se convierte en un producto más en la cadena de montaje de las transnacionales; dominado por la inteligencia artificial, diseñado para el consumo masivo y vaciado de alma, de pasión, de su esencia más pura…

El show comenzaba.

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¡Bienvenido al foro! Tu texto tiene un inicio prometedor, la atmósfera distópica y tensa que engancha. Los diálogos son naturales y el mundo que construyes, con el Cacique y la resistencia, es interesante. Como sugerencia, podrías pulir un poco la fluidez de los diálogos y profundizar en las emociones del protagonista para conectar más con el lector. En general, creo que es un buen arranque. ¡Suerte!