El regreso a la vida vino acompañado de la certeza de que alguien había estado jugando fútbol con su cráneo. Un dolor sordo y expansivo, como si el cerebro le hubiera crecido tres tallas durante la noche y ahora protestara, a martillazos, contra los confines del hueso. Abrió los ojos. Error. La luz del salón —demasiado blanca, demasiado alegre para la miseria que habitaba su cuerpo— le clavó una aguja fina directamente en la retina.
¿Dónde coño…?
Y entonces, el peso tibio.
Una presencia suave y ajena sobre su pecho. Una melena castaña, desparramada como un mapa de un territorio que no recordaba haber conquistado. La olió —vainilla barata y vodka sudado— y algo en el fondo de su memoria, borroso y distante, dio un vuelco. La recordaba. Vagamente. Un destello de risa con dientes blancos, una mano en su muslo, el brillo azul de la piscina en el ático de Bordari la noche anterior.
Bordari.
El nombre encendió otro flashback, esta vez auditivo: la voz de Mateu, persuasiva y burlona, al teléfono. «Solo una pequeña reunión, sin líos, una cosa tranquila». Y luego, como un contrapunto irritante, el eco de Kostya días atrás, metódico y tenso: «A las once y media les muestro el código de Zakaz». No le había pedido que fuera. Sabía que Sasha evitaba esas reuniones como la peste, como evitaba los compromisos, los planes a largo plazo y cualquier cosa que oliera a «nosotros».
Zakaz no había nacido para conquistar Europa, sino para resolver los embotellamientos logísticos del negocio de su padre. Sasha lo había codificado en la soledad de su habitación, cinco años atrás, buscando una solución elegante a un problema sórdido. Pero donde Sasha vio una herramienta eficaz, Kostya vislumbró el trampolín que permitiría el gran salto. Él era el visionario. Zakaz se había convertido en una pieza crítica de la logística de distribución europea.
Pero hoy presentaban a su bebé en sociedad. Kostya había conseguido un acuerdo con Han Xin. Unos chinos estirados que hacían lo mismo que Stikhiya, solo que en Asia. Quería ver la reacción de los hombres de Han Xin —fríos, calculadores— ante su creación más perfecta. Y, sobre todo, la de esos gabachos de Cheminsûr, que en teoría eran lo mejor de Europa en ciberseguridad. Quería ver si había algo detrás de la fachada, o si solo eran humo caro.
Se incorporó lentamente, deslizándose debajo del peso tibio —¿Nadia? ¿Lena?— que murmuró una protesta gutural y se enrolló sobre sí misma en el sofá.
El salón era un campo de batalla posmoderno. Vasos como torres derrumbadas, una corbata —que no era suya— colgando de una lámpara, ropa interior femenina —tampoco suya— decorando el respaldo de un Eames. Buscó sus pantalones con la mirada. Los encontró debajo de un cojín, la fina lana italiana arrugada en un pliegue que delataba un colapso brusco, de costado.
Fue entonces cuando lo vio.
Bordari emergió de la cocina, en calzoncillos de seda estampados con… ¿eran flamencos?, llevando un vaso de agua como una ofrenda matutina. Tenía la cara de un hombre que había perdido una guerra contra su propio hígado —una imagen que negaba por completo su reputación como uno de los mejores médicos que Sasha conocía.
Sasha se acercó, le quitó el vaso de las manos sin mediar palabra y bebió de un trago. El agua le supo a culpa y a cloro.
—¡Joder, Sasha! —roncó Bordari, abriendo los brazos para exhibir su deplorable estado—. ¿Ahora cómo supero el trauma de verte desnudo?
Sasha le devolvió el vaso vacío.
—Vete a la mierda —dijo Sasha, poniéndose los pantalones, sin los calzoncillos que no consiguió—. Dame algo. La cabeza me va a reventar.
Bordari señaló con el mentón hacia la cocina.
—Cajón de los cubiertos. No me preguntes por qué.
Sasha encontró el bote de plástico blanco, sin etiqueta, entre tenedores y cuchillos de sushi. «Una», pensó. Luego, «mejor dos». Las pastillas eran pequeñas y anónimas. Se las tragó sin agua, con la fe del converso.
Terminó de vestirse a trompicones. Camisa arrugada (olía a humo y a perfume ajeno), pantalones, un zapato bajo el sofá, el otro junto a la puerta. No se molestó en buscar tampoco los calcetines.
Al salir, Bordari ya se había derrumbado en un sillón, los ojos cerrados.
—No faltes a tu cita, campeón —murmuró el médico, sin abrir los ojos—. Saluda al estirado de Kostya de mi parte.
Sasha cerró la puerta sin responder. El silencio del pasillo fue un alivio repentino, casi violento.
No asistiría a la reunión, por supuesto. Solo iba a observarla. Desde el otro lado del cristal. Como siempre.
El Bentley arrancó con un rugido sordo. La ciudad dominguera se deslizaba fuera, quieta y ajena. Las pastillas empezaban a dibujar un muro de algodón entre su cerebro y el dolor.
Mientras esperaba en un semáforo en rojo, le vino la imagen: su padre, Sergey, con veintipocos años, en un puerto gélido del Báltico, cargando cajas de samogón en un camión destartalado. El imperio se caía a pedazos y él encontraba su hueco en las ruinas. ¿Habría imaginado, entre el frío y el riesgo, que sus hijos acabarían aquí? Kostya, con su obsesión por limpiar un apellido que él mismo había manchado con balas y sobornos —una obsesión que solo había crecido desde el día en que Nerea, la hija de un bodeguero con ínfulas, lo dejó porque «no cumplía con sus expectativas sociales». Una forma elegante de decir que no quería liarse con el hijo de un traficante.
Y él, Sasha, diseñando algoritmos que valían millones, para terminar espiando a los que querían comprarlos, con resaca y el sabor de una mujer anónima en la boca.
El semáforo cambió a verde. Pisó el acelerador. La imagen se desvaneció, dejando solo el zumbido plano de las pastillas.
Ya lleva cinco minutos tras el cristal polarizado de un despacho espartano; el dolor de cabeza casi había desaparecido y tiene una visión plena de la Sala de Juntas de Stikhiya. Es un espacio decorado con acero, cristal y cuero, en un equilibrio calculadamente minimalista. Desde su observatorio, no puede oler, pero intuye que el aroma del café Geisha de Panamá inunda el ambiente. Mataría por una taza. Su hermano, Kostya, sabe impresionar como nadie que haya conocido. Maneja ese punto justo entre la ostentación y la elegancia que se ve en la realeza. Con su porte principesco, desgrana las virtudes de «Zakaz» y, por supuesto, la solidez y vanguardia de nuestra organización. El Sr. Li y sus acompañantes lo escuchan con cortés atención.
La puerta de la sala de juntas se abrió. Y entró una mujer.
Debía de ser Aimée Rocasalgado, de Cheminsûr. Llevaba un vaquero negro y una sencilla camisa blanca, una simplicidad que en ella parecía una declaración de guerra contra la ostentación de la sala. Su cabello, una cascada de rizos castaños con reflejos cobrizos, caía libre sobre sus hombros, un marco salvaje y vivo para un rostro cuya belleza no era solo armonía de rasgos, sino una perturbadora cualidad de presencia. Era pequeña, de una apariencia casi frágil que contradecía por completo la autoridad silenciosa —una certeza de mando en la quietud— que emanaba de sus ojos, de un castaño rojizo tan claro que parecían oro viejo al fuego de la tarde. No parecía de este mundo y, sin embargo, su poder era terrenalmente real.
El efecto fue instantáneo. Como si un imán hubiera pasado sobre un campo de limaduras, todas las cabezas en la mesa, incluido el sereno Sr. Li, giraron hacia ella. La admiración era palpable, un cambio en la presión del aire que Sasha podía sentir incluso a través del cristal.
—Como les decía, el núcleo de Zakaz es su algoritmo de predicción —dijo, y desplegó la secuencia del código de Sasha en la inmensa pantalla táctil.
Fue entonces cuando Sasha lo vio. La miró a ella.
Aimée no parecía consciente de los hombres ni de la lujosa sala. Su atención estaba concentrada en las líneas que fluían por la pantalla. Se inclinó ligeramente hacia adelante, embelesada. La luz de la pantalla se reflejaba en sus pupilas, haciéndolas brillar con una intensidad sobrenatural. Sus labios, carnosos y rosados, se entreabrieron en un gesto de admiración.
¿Qué estaba viendo ella? ¿Qué hacía que pudiera brillar así? Parecía iluminada desde dentro. No era el código, era lo que ella está viendo detrás de ese código.
Y entonces, lo dijo. Una frase que salió de sus labios como un susurro reverente, cargado de la misma emoción silenciosa con que se contempla una aurora boreal:
—Es hermoso…
En la penumbra de su oficina, el corazón de Sasha olvidó su compás y galopó desbocado contra su caja torácica. Una descarga eléctrica, primitiva y absoluta, le recorrió todo el cuerpo.
La había visto como una mujer hermosa antes, sí. Pero aquello era distinto. Aquello no era la admiración superficial por una forma, por una fachada. La estaba viendo brillar, reflejaba una emoción profunda, sensual, de admiración trascendente ante algo que la mayoría solo podía percibir como frío y, en el mejor de los casos, práctico.
En ese instante, crudo y revelador, un pensamiento surgió con la fuerza de un mandato ancestral: Él quería que ella lo mirara a él así. Quería verla en su casa, en su cama, con esa expresión, con esa emoción, con esa sensualidad, con ese brillo.
El deseo lo golpeó como un gancho al bajo vientre. Algo atávico y brutal se revolvió en sus entrañas, una bestia que llevaba años dormida y que ahora se estiraba rompiéndole los huesos por dentro. Le cortó la respiración. Cada músculo, cada tendón, se tensó en una alerta que no era de peligro, sino de rendición. La sangre le rugía en los oídos, ahogando cualquier pensamiento que no fuera un puto: «¿Qué coño me pasa?».
La puerta de la sala de juntas se abrió de nuevo, cortando el hechizo como una guillotina.
Entró un hombre alto, usando un traje de tres piezas obviamente hecho a medida, de cabello negro que le caía sobre la frente con un desaliño estudiado y unos ojos azules de una claridad tan gélida que parecían capaces de apagar el fuego que Aimée acababa de encender. Sebastian Renard, el otro socio de Cheminsûr. Caminaba con la tranquilidad de quien está acostumbrado a imponerse solo con la palabra, un rey en su palacio, como si la sala de juntas le perteneciera. Saludó con una leve inclinación de cabeza y, con una naturalidad que a Sasha le pareció la provocación más descarada de la historia, se acercó a Aimée y posó una mano en su hombro. Un gesto casual, íntimo y, para Sasha, de una posesividad insultante.
Y entonces, Aimée se volvió hacia él.
No fue un gesto rápido, sino un giro lento y natural, como quien se dirige a un lugar conocido y seguro. Y le dedicó una sonrisa cálida y genuinamente divertida. La luz con la que había brillado contemplando su código se había apagado por completo y ahora esa misma energía, transformada en una alegría tranquila, fluía hacia Sebastian. Se la regalaba sin reservas, como si su sola presencia fuera el motivo más que suficiente para la felicidad. Estaba claro que eran algo más que simples socios. Era un universo del que Sasha no formaba parte ni lo haría jamás. Un club con solo dos miembros.
Algo estalló en el interior de Sasha con un chasquido seco. El sonido de su propio control. Su lógica quebrándose. Un golpe sordo de sangre en la nuca, una tensión que endureció todos sus músculos a la vez, preparando su cuerpo para una guerra ancestral que su mente no comprendía.
Una emoción violenta, verde y ácida, le brotó en el pecho y le subió a la garganta, ahogándolo. Rabia. Pura, irracional y feroz. Era el mismo código de posesión demoledora que había despreciado en su familia, ejecutándose ahora en su propio ser como un virus letal. Un impulso animal de cruzar el cristal, agarrar a ese hombre de la impecable solapa y borrar de su rostro la tranquilidad arrogante de quien tiene lo que él quiere.