Buenas, aquí otro aficionado a la ciencia-ficción (tanto como lector/espectador como autor), en especial a la vertiente “hard” o dura, esto es, la que parte del conocimiento científico real aunque sea como mera base especulativa para el relato.
No confundamos esto con el “tecnothriller” que de forma tan brillante cultivaba el añorado Michael Crichton, que usaba la tecnología realmente existente y contemporánea como complemento del relato, sino que estoy hablando del sendero seguido por autores como Andy Weir (“El marciano”, “Proyecto Hail Mary”), Kim Stanley Robinson (la trilogía sobre la colonización de Marte) o el casi legendario Arthur C. Clarke en la que el respeto más o menos riguroso al conocimiento científico o sus extrapolaciones son parte fundamental de la trama.
Por supuesto, puedo disfrutar de novelas, series o películas que se decantan más por la “space opera”, como la estupenda “The Expande” o “Galáctica”, parte de la trama de “Fundación”, o spin-offs como “The Mandalorian” o la estupenda “Andor”, pero lo que más me tira es la variante “dura”, y es la que siempre (o casi siempre) procuro usar como base de mis novelas.
Centrando el asunto, hay que tener siempre en cuenta que la ciencia-ficción literaria es un género minoritario que ni siquiera puede competir en impacto mediático y popular con subgéneros más “fáciles” como la fantasía mágica o el género “romantasy”. Es también el de la ciencia-ficción un género muy “masculino” porque suele atraer a lectores varones con interés o formación técnico científica, aunque esto está empezando a cambiar, por fortuna, y cada vez hay más mujeres interesadas en este género, tanto como lectoras como autoras. Y eso es bueno, porque enriquecerá un género que, con razón, ha sido acusado de mostrar personajes demasiado planos y mecánicos y falto de caracteres con la debida profundidad psicológica y emocional. A bote pronto, los aficionados podemos citar a Úrsula K. Le Guin, Margaret Atwood (“El cuento de la criada”) o Elia Barceló (“El secreto del orfebre”).
Por todo esto, el aspirante a autor de ciencia-ficción, sobre todo fuera del mundo anglosajón, ha de partir de la convicción de que su “target” de lectores va a ser relativamente limitado. Personalmente, y dada la velocidad a la que se mueve la ciencia y la tecnología en nuestros días y la saturación que hay de “relatos espaciales”, quizás sería aconsejable explorar más el terreno del tecnothriller. En mi caso, sin embargo, y dada mi gran afición a la historia, me he centrado bastante en los relatos de viajes en el tiempo/univeros paralelos que se basan en hipótesis extremas de la física de vanguardia (o van más allá de ella).
Saludos