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Quiero de ser posible dejar mis creaciones acá y contar con críticas constructivas que ayuden a pulir mi estilo y lograr mi meta, soy nuevo en esto y no se como funciona bien. Alguien que desee leer solo hágamelo saber y público acá, gracias por su tiempo :pray::+1:

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Gracias a ti por tu generosidad al querer compartir.
Un abrazo y bienvenid@.

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Gracias por la bienvenida. Soy totalmente nuevo en el mundo de la prosa pero ando viendo que pasa. Acá dejaré un cuento ( nada de lo que escribo tiene título), algo que hice apurado y es un borrador aún. Me gustaría saber que piensan. ( según yo he creado todo un género litario nuevo y mio :grin:)


El auto plateado se deslizaba por la carretera rural, reflejando los últimos destellos del sol en su carrocería pulida. Aún con la capa de polvo que el camino le iba pegando, el auto no perdía su aire de sofisticación. Era un contraste extraño verlo avanzar por esos parajes, tan ajeno a la velocidad y el ruido de la ciudad.

Redujo la marcha al divisar la curva familiar. La misma de siempre. Los eucaliptos altos se mecían con el viento, su silueta inclinada como testigos eternos del paso del tiempo.

Y allí estaba.

La casa.

Aún conservaba su grandeza, aunque el tiempo le había arrebatado parte de su brillo. Las columnas del porche, con pintura desgastada, mantenían su estructura firme. Las ventanas altas, con marcos de madera oscura, reflejaban en sus vidrios el atardecer. El farol de la entrada, aunque inclinado, aún tenía ese aire imponente.

Apagó el motor y bajó del auto con calma. Se quedó un instante allí, mirando la fachada. La última vez que estuvo en ese lugar…

No.

Subió los escalones del porche y tocó la puerta.

No tardaron en abrirle.

—¡Por todos los cielos! —su madre exhaló un grito de sorpresa, llevándose las manos a la boca. Luego, sin más, se lanzó a abrazarlo—. ¡Hijo!

Él cerró los ojos un segundo, dejándose envolver por el perfume de su madre. Ese aroma a vainilla y especias que le traía recuerdos de invierno y tardes de lluvia.

—No dijiste que venías.

—Quería darles una sorpresa.

Desde adentro, se escuchó una risa grave.

—¿Y qué clase de sorpresa es esa? ¿Un ataque al corazón? - se escuchó entre risas.

El padre apareció en el pasillo, con una sonrisa amplia, sin la dureza que el tiempo había querido imponerle. Vestía su clásico suéter de lana y tenía un vaso de whisky en la mano.

—¡Mira nada más! —exclamó, abriendo los brazos—. ¡Mi hijo el magnate ha vuelto a su humilde hogar!

—No exageres, papá.

—¿Exagerar? ¿Con ese auto estacionado en mi jardín ? Si llegas así, los vecinos van a pensar que viniste a comprar toda la colina.

Él rió con suavidad.

—Tendrás que hacerme una buena oferta, entonces.

El padre le dió un fuerte apretón en el hombro y le guiñó un ojo.

—Vamos, entra. Mamá ya debe estar pensando en llenarte de comida.

La sala lo recibió con ese aire cálido de siempre. El suelo de madera pulida reflejaba la luz tenue de las lámparas antiguas. Los muebles, aunque algo gastados, aún conservaban su elegancia. A lo largo de la pared, una hilera de retratos familiares le devolvía miradas de otros tiempos.

Y entonces, lo vió.

Las marcas de garras junto a la chimenea. Las de su viejo perro, Rocco, que solía rascar la madera cuando quería salir.

El desgaste de la alfombra, justo donde solía jugar de niño con sus coches de metal.

Y allí, en el marco de la ventana, su nombre garabateado con un clavo cuando tenía apenas ocho años.

Una parte de él sintió un nudo en la garganta.

—Sigue igual —murmuró.

Su madre, que ya traía una bandeja con café y galletas, le sonrió.

—Sigue siendo tu casa.

Esa noche durmió en su cuarto, el que nunca había cambiado para que el cuando decidiera volver se sintiera igual que como no pensaba en irse.

Los días siguientes fueron en rutina, él bajaba al comedor, desayunaba, y salía al jardín con su café, daba una vuelta por los sembrados de maíz, regresaba, y pasaba el tiempo en el sillón del portal mirando hacia las colinas qué daban al lago más atrás. Fueron tres días.

—Hijo, ven conmigo al pueblo. Me vendría bien un par de manos extra —dijo su madre mientras recogía las llaves del aparador. Ella sospechaba.

Él levantó la vista de su taza de café, dudando. No quería salir, no quería recorrer las calles donde cada esquina le recordaría que el pueblo no aceptaba traidores.

—No sé, mamá. ¿Por qué no le pides a papá?

—Porque tu padre es un caso perdido cuando se trata de elegir frutas. Además, hace días que no sales. Un poco de aire fresco no te hará daño.

El tono dulce, pero firme, le dejó claro que no había escapatoria. Suspiró, dejó la taza sobre la pequeña mesa y se levantó.

—Está bien. Vamos.

El camino al pueblo era el mismo de siempre, pero se sentía más estrecho de lo que recordaba. Los árboles parecían haber crecido, los postes de luz más viejos, el asfalto más gastado.

Su madre iba conduciendo despacio, saludando con la mano a cada persona que pasaba. Todos la conocían, y aunque nadie le dirigía la palabra a él directamente, sentía las miradas curiosas posarse en su rostro.

Cuando llegaron al pequeño centro del pueblo, estacionaron cerca de la plaza. Los puestos de frutas, el olor a pan recién horneado, el sonido de las campanas de la iglesia en la lejanía, las girasoles y jasmines seguían … Todo estaba impregnado de un ritmo distinto al de la ciudad.

—Bien, vamos por lo necesario y volvemos rápido —dijo él, mirando a su alrededor.

Pero justo cuando estaban por entrar a la tienda, sintió una mano fuerte en su espalda.

—¡No puede ser! ¿Eres tú o estoy viendo un fantasma?

Se giró y, antes de poder reaccionar, vió a cuatro hombres que lo miraban con sonrisas amplias. Los reconoció de inmediato.

—¡Míralo nada más! ¿El gran hombre de la ciudad nos ha honrado con su presencia? —bromeó uno de ellos, dándole un empujón amistoso.

—No jodan —rió él, sin poder evitar sonreír. Era extraño cómo, en un solo instante, años de distancia parecían reducirse a nada.

Su madre observaba la escena con una sonrisa suave.

—Ya lo atraparon, me parece —dijo ella.

—Señora, ¿cómo ha estado? Lo teníamos perdido —dijo otro de los hombres.

—Bien, bien. Pero creo que ustedes lo necesitan más que yo en este momento.

—¿Y bien? —preguntó uno, cruzándose de brazos—. ¿Qué dices? ¿Te unes a nosotros esta noche?

Hubo un momento de duda en su rostro, pero su madre lo miró con la misma dulzura persuasiva de la mañana.

—Te hará bien, hijo.

—Sí, vamos, no seas un viejo amargado.

Exhaló con una sonrisa ladeada. Por alguna razón, no pudo negarse.

La noche llegó antes de lo previsto, él ya listo para su reencuentro entró por la puerta de vidrio negro del bar. Divisó a los cuatro amigos en una mesa, su asiento lo esperaba de espalda a la barra.

El bar tenía un aire denso de tabacos y nostalgia. Las luces tenues apenas iluminaban las sonrisas de sus amigos, que se mostraban tan amplias como el tiempo que había pasado sin verse. Sentados en la mesa redonda del fondo, con vasos en mano, parecían aferrarse a una juventud que ya se había ido, aunque ninguno quería admitirlo.

—¿Un Vieux Carré? —preguntó Marco con una ceja levantada, agitando su vaso de whisky.

—¿Desde cuándo bebes cosas que ni siquiera podemos pronunciar? —se burló Leo, dando un trago a su cerveza.

El joven sonrió con desgano, girando el vaso entre sus dedos antes de dar el primer sorbo. El cóctel ardió en su garganta, con la mezcla compleja de whisky, coñac y amargos. Un trago elegante, estructurado, nada que sus amigos esperarían de él.

—¿Qué pasó con el ron con cola? —insistió Esteban, golpeando la mesa con la base de su vaso vacío.

Se rieron, con esa risa fuerte que se siente como un eco del pasado. Era fácil imaginarse en otro tiempo, en la misma mesa, pero con uniformes de béisbol, con cervezas robadas y sueños más grandes de lo que podían abarcar.

—Hablando de locuras —dijo Esteban, inclinándose hacia adelante—, ¿te acuerdas cuando casi dejamos fuera del torneo al equipo de la capital? Dios, fue el mejor partido de nuestra vida.

—Porque tú pegaste ese jonrón de milagro —intervino Leo—, si no, todavía estaríamos escuchando al coach gritandonos.

Las risas se mezclaron con el sonido de los vasos chocando. Arturo, el único del grupo que había formado una familia, sacó su teléfono para mostrar una foto de su hijo, un niño de cinco años con un bate de plástico en las manos.

—Ya está practicando, ¿eh? —dijo con orgullo—. Quién sabe, quizá salga mejor que nosotros.

—Sería fácil —murmuró Marco—, con lo malos que éramos.

El joven sonrió, pero su mente estaba en otro lado.

—Y tú, ¿en qué trabajas ahora? —preguntó Leo, apuntándole con la boca del vaso.

El joven se reclinó en su asiento.

—Soy gerente de una compañía de diseño digital. Diseñamos para grandes compañías. Hacemos todo tipo de basuras para ellos y nos pagan bien. - dijo mientras dejo escapar una sonrisa de medio labio.

Un silbido bajo se escapó de Arturo.

—Eso suena serio.

—Lo es —respondió el joven, llevándose el vaso a los labios.

El tema se desvió de inmediato hacia trabajos, rutinas y oficinas, mientras la segunda ronda llegaba a la mesa. Horas pasaron en conversaciones, anécdotas, cigarros consumiéndose en los ceniceros de vidrio.

Cuando su vaso quedó vacío de nuevo, el joven decidió ir por otro trago. Se levantó, estirando los hombros con un suspiro leve y caminó hacia la barra sin prisa.

Colocó su vaso vacío sobre el mostrador sin levantar la vista mientras revisaba su teléfono celular . No hacía falta; solo esperaba escuchar la voz del bartender y pedir lo mismo de antes.

Pero antes de que pudiera hablar, una voz familiar lo interrumpió.

—Vieux Carré, un hielo y poco revuelto. ¿no?

El joven sintió un escalofrío en la nuca. Levantó la mirada con un leve parpadeo de incredulidad y lo vio.

El bartender estaba frente a él, sosteniendo el vaso con destreza, con una sonrisa apenas dibujada, disimulada, como si fueran en su propia burbuja de tiempo compartido.

—No sabía que estabas en la ciudad —susurró.

El joven asintió sin palabras, sintiendo el calor del licor en su garganta antes de siquiera probarlo.

El bartender deslizó el vaso hacia él con suavidad.

—Este va por la casa.

El joven lo tomó, pero no bebió de inmediato. Se quedó mirándolo, como si buscara en él las palabras que su mente no podía organizar todavía.

Él volvió a la mesa con su vaso en mano, sus amigos seguían sumidos en risas y conversaciones, las voces elevadas por el alcohol y la nostalgia. Se sentó en su lugar, dio un trago largo y se dejó arrastrar por el ambiente.

Las horas se diluyeron entre chistes, anécdotas y cervezas vacías. En algún momento, Arturo comenzó a cabecear y Leo intentó levantarlo sin éxito.

—Ya es tarde —murmuró Marco, mirando su reloj—. ¿Las dos de la mañana? ¿Cuándo nos volvimos tan viejos?

—Cuando nos dieron cuentas que pagar —se burló Esteban, poniéndose de pie.

Entre palmadas en la espalda y abrazos efusivos, el grupo salió a la calle. El aire de la madrugada era fresco, cargado del eco de su propia risa.

—Nos vemos, hermano —dijo Leo, dándole un apretón de manos al joven—. Pásate antes de volver a la gran ciudad.

—Sí, no desaparezcas otra vez —añadió Marco.

El joven sonrió, asintiendo con la cabeza. Observó cómo se alejaban juntos, caminando con paso torpe, bromeando entre ellos hasta que se perdieron en la oscuridad de las calles.

Sin moverse, giró la llave en la puerta de su auto y se metió dentro. No arrancó el motor. Se quedó ahí, con la mirada fija en la carretera, velando a sus amigos hasta que desaparecieron por completo. Solo entonces, con un suspiro corto, abrió la puerta y salió.

Caminó con prisa hacia la entrada del bar, pero justo cuando iba a empujar la puerta, una voz lo detuvo.

—¿Te quedaste para pedirme que te acompañe a casa, como antes?

Se detuvo en seco. Giró la cabeza y vio al bartender, de pie en la acera, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un cigarro que apenas humeaba.

El joven tragó saliva y, sin necesidad de pensarlo demasiado, respondió:

—Sí.

El bartender sonrió con sutileza y asintió. Sin más, comenzaron a caminar.

Los primeros pasos fueron silenciosos, con solo el sonido de la grava bajo sus zapatos y la brisa nocturna revolviendo las hojas secas en el asfalto.

—Sigues con el mismo auto —comentó el bartender, rompiendo el silencio.

—Y tú sigues con el mismo trabajo —respondió el joven, dándole una mirada de reojo.

—Alguien tiene que mantener este pueblo en pie.

Rieron burlonamente. El bartender le dio una calada a su cigarro antes de soltar:

—Me sorprendió verte ahí.

—Yo también me sorprendí —dijo el joven—. No esperaba que todavía sirvieras tragos a estas horas.

El bartender resopló.

—Siempre fui nocturno.

Hubo un breve silencio, luego el joven negó con la cabeza y sonrió.

—No. Siempre fuiste terco.

—¿Y tú no? —le lanzó una mirada desafiante.

—Tal vez.

El bartender rodó los ojos y desvió la vista al cielo.

—Dios, es como si no hubieras cambiado nada.

—Tú tampoco —respondió el joven, con una risa corta.

Se miraron por un segundo y, sin decir más, soltaron una carcajada sincera. Se sintió como antes, como cuando caminaban juntos por esas mismas calles, en una época donde la vida parecía más sencilla.

Siguieron andando, hablando sin prisas, perdiéndose en la carretera oscura mientras el pueblo dormía detrás de ellos.
Cuando llegaron a la casa de los padres del joven, el ambiente entre ellos seguía siendo ligero, casi cómplice. Se detuvieron en la puerta, bajo la tenue luz del porche.

—¿Quieres… ? —intentó decir el joven, con un tono que rodeaba lo casual.

El bartender esbozó una leve sonrisa y negó con la cabeza.

—Ya pedí un taxi —respondió, con esa calma suya que siempre parecía esconder algo.

El joven asintió, sin insistir. Se quedaron ahí unos segundos más, sin hablar, hasta que las luces de un auto iluminaron la calle.

—Nos vemos luego —dijo el bartender antes de girarse y caminar hacia el taxi.

Él se quedó en la puerta, viendo cómo se alejaba.

Esa noche, acostado en su habitación de la infancia, los recuerdos lo envolvieron.

Se vio a sí mismo y a sus cuatro amigos en su época dorada del instituto, siendo los reyes del pueblo. Eran los populares, los invencibles, los que arrasaban en el campo de béisbol y en las fiestas. Recordó las miradas de las chicas, los besos robados detrás de la escuela, la certeza de que el mundo estaba a sus pies.

Pero luego vinieron otros recuerdos, más ocultos, más silenciosos.

Las noches de escapadas con el bartender, cuando no era bartender, sino solo otro chico con el que compartía secretos. Recordó cómo iban al lago y pasaban horas mirando el agua negra reflejar las estrellas. Recordó la pesca a escondidas, los campos de maíz donde se tumbaban a ver las nubes y hablar de sus sueños, las caminatas por las montañas como si fueran los únicos dos en el mundo. Su amistad secreta.

A la mañana siguiente, su teléfono vibró con un mensaje.

" ¿ Todavía sigues siendo un búho?"

No pudo evitar sonreír.

Así pasaron tres días. Sus padres lo notaban diferente. Reía más, se distraía con el teléfono, se tomaba el café en el jardín o se sentaba en el portal viendo la tarde caer con una sonrisa en los labios.

Al cuarto día, todo parecía seguir igual… hasta que a las 2:40 de la tarde, de repente, decidió salir.

Ágil se despidió de sus padres, diciéndoles que volvería luego. Subió a su auto y condujo hasta el bar.

El bartender ya lo esperaba en la barra.

—Vieux Carré, con un hielo y poco revuelto —anunció con una sonrisa ladeada, sirviéndole el trago.

Esta vez, el joven se rió con ganas.

Se pasaron la tarde entre miradas cómplices, jugando con las servilletas nuevas, con los hielos de los tragos, dejando que las horas pasaran sin prisas.

Cuando dieron las dos de la mañana, cerraron el bar juntos y comenzaron a caminar hacia la casa del joven. Entre bromas y empujones ligeros, el ambiente era diferente al de la primera noche. Más relajado.

Fué el bartender, rompió la armonía con una pregunta.

—¿Por qué volviste realmente?

El joven sintió un nudo en la garganta.

—Volví. Eso es lo que importa.

El bartender lo miró en silencio. No insistió, pero tampoco pareció satisfecho con la respuesta.

Y entonces, en un impulso de valentía o quizá de cansancio, el joven habló con tono que dejaba escapar el olor a derrota interior.

Le contó sobre su éxito, sobre lo bien que le iba, sobre cómo todo parecía estar en su lugar… hasta que no lo estuvo. – La ciudad es un lobo salvaje, te engaña y te devora — Le habló sobre la chica que conoció en una aplicación de citas, sobre la noche en su apartamento de lujo, sobre cómo todo cambió en un instante cuando ella lo drogó y dejó entrar a sus cómplices.

Sobre la brutalidad con la que lo golpearon. Las costillas rotas, el rostro desfigurado; los cuatro meses de recuperación.

—Nadie lo sabe —murmuró—. Ni mis padres.

El bartender se quedó en silencio. Solo extendió la mano y, sin decir nada, entrelazó sus dedos con los del joven.

Era una mano cálida.

El joven la miró y luego, en voz baja, preguntó:

—¿Y tú? ¿Qué has hecho aquí?

El bartender exhaló, como si hubiera estado conteniendo el aire.

—Estuve comprometido —confesó—. Con una chica increíble, hermosa. Pero ella descubrió la verdad, nunca la amé. Me dejó una noche y nunca más supe de ella.

Hubo una pausa. Luego otra.

Se miraron. Y, en algún punto, sonrieron tímidamente, reconociendo que ambos cargaban con algo más grande de lo que podían admitir.

Cuando llegaron a la casa del joven, esta vez él tuvo la audacia de invitarlo a pasar.

El bartender lo miró unos segundos, sonrió apenas; ese brillo en los ojos regresó. La luna se reflejaba sobre su cabello azabache.

Y esta vez, dijo que sí.