Buenos días
Este relato es duro, espero que si decidí leerlo os guste.
Prologo
Al final he intentado durante muchos años algo imposible que mi marido me viera, pero no lo hace.
No hemos sabido construir una relación adulta porque él depende emocionalmente de su madre y de su hermana.
Esto lo entiendo ahora que estoy aquí con mi padre en el hospital.
La verdad es que tampoco me apetece irme al pueblo a convertirme en alguien transparente como un fantasma, que al final es en lo que me convierto como que no existo.
Como que no existo como que no estoy como que no soy yo.
Verano 1 – El primer verano
Me acabo de casar. El año pasado murió mi madre. Es el primer verano de casada que paso en Saeta, un pueblo de Soria, con mi suegra Cayetana y mi cuñada Leonor.
Estamos en la casa que fue de sus abuelos y que ahora pertenece a los tres hermanos, aunque es mi suegra quien la gestiona: la mantiene limpia y en orden, controla las llaves, los accesos y decide quién entra y quién no. Los otros hermanos viven fuera; ella vive cerca, en un pueblo llamado Ríos de Pava.
La casa es antigua, pero está cuidada dentro de lo posible. El pueblo tiene pocos habitantes y en verano se llena de lugareños y veraneantes, gente que emigró a las ciudades buscando un futuro mejor y que vuelve en agosto para recordar tiempos pasados.
Ahí estoy yo, Clara, recién casada con Plácido, el hijo complaciente y amoroso que atiende sin cuestionarlo las órdenes de Cayetana y Leonor. Pero este verano yo solo quiero descansar. Mi madre murió el año pasado y, además, me casé. Ha sido demasiado. Y es la primera vez que convivo en una casa con una madre sana que controla y gestiona todo.
A lo largo del día aparecen muchos familiares de mi suegra. Son gente curiosa que habla conmigo mientras mi marido, como un empleado, se dedica a hacer todas las chapuzas que a su madre se le ocurren. Basta con que ella diga “Plácido, se me ha ocurrido…” para que él se levante como si tuviera un resorte bajo los pies, dejando lo que estuviera haciendo.
De repente, para mí es como volver a cierta forma de niñez: no tengo coche, no puedo salir del pueblo y me dedico a leer. Es un verano de descanso para mí.
Verano 2 – El verano de la repetición
Otro verano volvemos a Saeta. Es un pueblo tranquilo, árido como la tierra que lo rodea. Mi marido, Plácido, está haciendo las chapuzas que le ha encargado su madre, Cayetana.
Me despierto y miro la cama de al lado: no hay nadie. Me levanto a desayunar. En la cocina está mi suegra preparando la comida. Me dice “Buenos días” y me anuncia lo que hay para desayunar.
Me pongo el café y las tostadas, que hago en una tostadora porque no tienen tostador. Se levanta mi cuñada, nos saluda y se dirige directamente a su madre. Al rato están cotilleando sobre cosas del pueblo. El resto del tiempo ella mira el móvil sin dirigirme la palabra.
Cuando termino de desayunar me ducho y me pongo a leer un rato, mientras Plácido sigue con sus chapuzas. A veces voy a verlo.
A media mañana aparece Marina, que siempre viene de visita. Es muy graciosa y cuenta muchas historias. Hablo un rato con ella.
Como Plácido está ocupado con otro encargo de su madre, me voy a dar una vuelta en bici hasta la ermita de San Cebrián.
Los veranos aquí son tranquilos. Leo, paseo, observo. Son veranos secos, como la tierra de esta zona. A veces vamos al vermut los domingos, pero como Plácido tiene tantas cosas que hacer en la casa, casi nunca vamos.
La casa es tan antigua que necesita muchos arreglos. La ilusión de Plácido es poder dejarla perfecta para que su madre esté feliz.
Lo más curioso es que cuando sus abuelos vivían, su madre no pasaba los veranos en esta casa, sino en la suya, en Ríos de Pava. Su hermana tampoco venía. Solo venía él. Y cuando llegaba la hija de Barcelona, su abuela le decía a Plácido que cambiara las sábanas porque esa noche él tenía que irse a Ríos de Pava: venía su tía con sus hijos y su marido, y él debía dejarles su cama.
Aquello no le sentó bien. Se pasó días o semanas sin hablar a su abuela. Esa ley del silencio aprendida que luego me aplicaba a mí.
Verano 3 – El verano de la boda
Volvimos el tercer verano. Este año mi cuñada Leonor se va a casar y mi marido, Plácido, junto con mi suegra, están arreglando la casa. Así que este verano él está hasta arriba.
Por lo menos, antes de venir, nos hemos ido a la playa y he podido descansar. Ahora me dedicaré a leer y a hablar con las primas de mi suegra cuando vienen a ver cómo avanzan las obras.
Este verano ha venido mi padre a ayudar a Plácido a hacer una barbacoa que le apetecía tener y también a arreglar una pared desconchada. Están intentando que la casa quede lo más digna posible para la boda de Leonor.
Es curioso que quiera casarse en un pueblo y en una casa donde nunca fueron realmente bienvenidos. Eran, como en mi caso, la parte no digna de la familia.
Supongo que para ellos todo esto es una forma de intentar ocupar un espacio que su familia nunca les dio, y ahora lo toman por iniciativa propia.
Han limpiado y restaurado la casa, y mi suegra Cayetana ha decidido qué habitaciones puede ocupar ella y cuáles los que vienen, especialmente la hija preferida de la abuela de Plácido.
Compartir la casa con los tíos de Plácido es peculiar. Comemos a dos tiempos, como si fuera un hotel. Apenas se hablan; mantienen una relación cordial y poco más. Solo hay un baño, y el tío —el marido de la hija favorita— pasa horas dentro. Los demás tenemos que buscar el hueco para ducharnos.
Todo me resulta muy curioso. Hasta ahora no había visto a una familia que comiera separada, pero la vida a veces sorprende.
Las conversaciones de todos los veranos entre Plácido y su madre giran siempre en torno a lo mismo: si han venido o no los de Barcelona, la hija favorita de la bisabuela. Esa hija favorita es maestra y se casó con otro maestro. Mi suegra, en cambio, se casó a los 19 con un palista que pasó por el pueblo; fue su forma de escapar. Se divorció años después por malos tratos, que entonces no se denunciaban porque era “normal” darle un cachetito a tu mujer. Volvió al pueblo con sus padres y, desde entonces, se convirtió en una no digna.
Años después, la vida —que es muy cuca— quiso que un primo de mi padre, vecino del padre de Plácido, le contara que su mujer, es decir, mi suegra, le había destrozado la vida a su marido. Es verdad que él acabó viviendo como un Diógenes y murió en un centro psiquiátrico.
Nunca sabré cuál de las dos versiones es real, pero siempre he sentido un miedo atroz en mi cuerpo: el miedo a que la familia de mi marido me quitase a mis hijos.
Este es el verano en que se casa mi cuñada Leonor. La casa está preparada. Plácido ha trabajado todo el año para dejarla de punta en blanco, dentro de lo posible.
Iba a ser la boda del año para ellos. Estaban emocionados. Invitaron también a mi hermana y a mi padre. Me compré un vestido precioso, con toda la espalda al aire. Iba guapísima, con tipazo. Mi marido ni me miró. Era la boda de su hermana y él era el padrino.
En la boda hubo un revuelo porque mi hermana se emborrachó y se perdió. A mí me dejó en el coche durmiendo la mona y luego vino a recogerme.
El resto del verano siguió como siempre: nosotros en el pueblo, pasando las vacaciones. Yo leyendo y montando en bicicleta; él haciéndole más chapuzas a su madre.
Verano 4 – El verano del embarazo ajeno
Este verano el marido de mi cuñada también venía a pasar unos días al pueblo. Por lo menos había alguien que me hablaba y todo se difuminaba un poco; no me sentía tan sola.
Nosotros no podíamos tener hijos porque mi marido, Plácido, tenía un problema que requirió operación. A mí, aparentemente, no me pasaba nada, pero el embarazo no llegaba.
Mi cuñado pasaba unos días y luego, como tenía que trabajar, se iba de la casa de mi suegra. Mi dinámica en el pueblo seguía siendo la misma: leer libros, dormir la siesta e ir en bici hasta San Cebrián, siempre sola, porque Plácido tenía que hacer chapuzas.
Este verano mi cuñada Leonor ya estaba embarazada. Iba a tener un niño en enero y todos estaban emocionados con el nacimiento del primer nieto. Reconozco que a mí también me hacía ilusión, pero nosotros no podíamos tener hijos.
Verano 5 - El verano de la humillación
En el verano de 2008 ya había nacido Celedonio y todos estaban emocionados con el niño.
Como nosotros íbamos a pasar una semana en Cádiz y el apartamento era grande, se me ocurrió decirle a mi marido, Plácido, que invitara a su hermana, a su cuñado y al niño. Lo que parecía una buena idea se convirtió en unas vacaciones de pesadilla para mí.
Plácido y yo fuimos en coche hasta Cádiz. Mi cuñada y su familia vinieron en avión. Fuimos a buscarlos al aeropuerto porque llegamos un día antes.
Ellos hacían planes de playa tranquilos con el niño y, en cuanto bajábamos a la arena, mi marido se olvidaba de mí y se iba con ellos. Yo me sentía fatal; quizá eran mis heridas de infancia, pero el abandono era real.
Como no querían ir mucho a la playa, decidieron hacer turismo por los pueblos de alrededor. Les dejé mi coche, el que yo tenía antes de casarnos.
Se fueron de excursión mientras nosotros estábamos en la playa y, cuando volvimos, habían roto la ventanilla. Se habían dejado las llaves dentro y, en vez de llamarnos —teníamos otra copia—, no se les ocurrió otra cosa que romper el cristal.
Me enfadé. Me pareció fatal. Yo les había dejado el coche y ellos me lo rompen. Se pusieron todos en contra de mí. Me fui de la casa y llamé a mi padre. Aquel día tendría que haberme ido y no haber vuelto nunca más. Pero me quedé.
Mi marido me dijo que había sido una exagerada, que me había pasado con su hermana, y al día siguiente me obligó a pedirles perdón.
Tuve que ir a un pueblo cercano a arreglar la ventanilla. Plácido me acompañó. Y aun así, la sensación era que yo hacía las cosas mal, que era una exagerada, una histérica. Ese coche me había costado tanto comprar…
Me sentí fatal. Sentí que mi marido me había dejado sola, que había defendido a su hermana por encima de mí. Como si lo que ella dijera fuera la verdad absoluta. Y, además, nosotros no podíamos tener hijos y él estaba emocionado con su sobrino. Yo no podía superar aquello de ninguna forma.
Cuando fuimos a Saeta, era como si nada hubiese pasado. Mi cuñada estaba tranquila: su marido y el mío la habían defendido. Se sentía conforme con lo que habían hecho.
Yo me sentí fatal por lo que había pasado y por no haberme ido. Por no haber terminado con ese matrimonio en el que yo siempre era la última.
Verano 6 – El verano de las mujeres que se iban
Volvimos a Cádiz el año siguiente donde ya no vino nadie con nosotros, solo los dos estuvimos tranquilos y recorrimos la zona. Todos los días mi marido mandaba fotos e iba llamando a su madre para darle explicaciones con pelos y señales de lo que hacía.
A la vuelta cuando veníamos de camino me llamo mi hermana que se había muerto mi tía Marina, se había ahogado en el mar menor, y la enterraban en Madrid, así que paramos para ir al entierro, y acompañar a mi prima Nuria. Mi tía se había muerto a los 61 años era muy joven, como mi madre.
En el entierro estaba mi tía Lupe que tenía cancer y que fallecería a los pocos meses, como conté en la soledad de Tere, habían muerto todas las mujeres de la generación de mi madre.
Nos fuimos después de este verano a Saeta a seguir con la misma dinámica de todos los veranos mi marido Placido haciendo tareas, y yo leyendo libros y saliendo con la bici.
Verano 7 - El verano del salón lleno y la madre sola
Este verano estoy embarazada. Voy a tener un niño que se va a llamar David. Nos vamos a quedar en Madrid porque salgo de cuentas en agosto. El embarazo está siendo duro y me siento sola muchas veces. Mi marido, Plácido, no me ha acompañado a las clases de preparación al parto porque tiene mucho trabajo.
Su madre ha venido a pasar una semana con nosotros y, no sé por qué, un día me bajé a la piscina con mi gran barriga y él se quedó con ella. Ni siquiera me preguntó si me acompañaba. Tampoco suele preguntarme cómo estoy. Cuando está su madre, yo desaparezco por completo. No existo en absoluto.
Este verano no vamos a poder ir a Saeta porque salgo de cuentas en agosto, así que nos quedaremos en Madrid.
El nacimiento de David se retrasó y nació varios días después de lo previsto, el 28 de agosto.
De esos días solo recuerdo que mi suegra vino a mi casa para “estar con nosotros” y que, sin importar cómo estaba yo, llamaron a todos sus familiares para que vinieran a conocer a David. Yo estaba agotada, y se me daba fatal darle de mamar, pero nadie me preguntó cómo estaba. Les daba igual.
Recuerdo la soledad de uno de esos días: todos ellos estaban en el salón de mi casa —un piso de unos 70 metros cuadrados— y yo me fui a la habitación a darle de mamar a David. Aun así, parecía que estaba haciendo algo mal por querer estar sola con mi hijo.
Recuerdo lo cansada que estaba y lo sola que me sentí, tanto en el tratamiento como en el embarazo. Era como si quejarme o decir algo no fuera bienvenido por mi marido. Como si yo molestara.
Recuerdo esa sensación de soledad, el agobio con mi hijo, la falta total de apoyo en un momento tan nuevo para mí.
Recuerdo también que, más adelante, mi marido llegó a hacerme responsable de que no me quedara embarazada, como si yo pudiera hacer algo. Cuando David solo fue posible después de varias fecundaciones.
Verano 8 - El verano del ahogo
Este verano nos fuimos con David a Santander a pasar unos días. Eran nuestras primeras vacaciones con él. Elegimos Comillas. No hacía mucho calor, pero para estar con un bebé era lo mejor: no se agobiaba.
Recuerdo que, estando allí, Plácido habló por teléfono con su madre, Cayetana, y le dijeron que venían a visitarnos. Yo no me lo podía creer. Habíamos venido a pasar cuatro días los tres y, de repente, al día siguiente aparecieron mi cuñada Leonor, su marido, su hijo Celedonio y mi suegra, a pasar el día con nosotros. Y eso que después de Santander íbamos a ir igualmente a Saeta.
Me sentí fatal. Era como si no pudiéramos respirar, como si no pudiéramos estar con nuestra familia sin tener que informar continuamente a la suya. Como si estuviéramos monitorizados y controlados. Era horrible.
Esa sensación de ahogo me acompañó durante muchos años. Cada vez que tenía que decidir algo sobre mis vacaciones o sobre mi vida, sabía que ellas iban a estar ahí, acechando y controlando todo.
Cuando mi padre estuvo ingresado por su accidente de autobús, mi cuñada Leonor vino al mercadillo famoso que hay al lado de mi casa. Subió a verme y lo único que comentó fue que yo tenía tres planchas. Me sorprendió, porque las tengo guardadas en la despensa y ni siquiera se ven.
Después de las vacaciones en Santander volvimos a Saeta, a pasar otro verano igual que los anteriores, solo que ahora yo tenía a David.
Cuando volvimos de la playa teníamos mucha ropa que lavar, pero mi suegra es quien pone la lavadora. Yo no me atrevía a pedirle que la pusiera. La pone cuando ella decide. Nunca lo había pensado así, pero me sentía atrapada en esa casa: sin poder salir, sin poder ir a ningún lado, sin poder poner una lavadora. Esperando a que Cayetana decidiera cuándo se podía.
Verano 9- El verano de Lucía
Estoy embarazada de Lucía, que va a nacer en septiembre, y este verano no voy a ir a Saeta. No porque Plácido no quiera, sino porque me niego a que pase algo y tener que dar a luz en el pueblo.
Nos quedamos en Madrid, esperando a que nazca Lucía. Será uno de los primeros veranos en los que no tenemos que ir. Aun así, su familia vino a vernos un día: mi cuñada Leonor trajo el regalo de cumpleaños de David.
Verano 10 – El verano de la casa vigilada
Este verano no vamos a poder irnos de vacaciones lejos porque nos acabamos de cambiar de casa y no tenemos mucho dinero.
Así que pasaremos unos días en Asturias y luego iremos a Saeta.
Durante la mudanza, que fue en julio, mi suegra Cayetana estuvo con nosotros. Según me contó mi cuñado, las vecinas del pueblo ya tienen todo el reportaje de fotos de cómo es mi casa. Me sorprendió que él, que nunca dice nada, hiciera ese comentario. No me lo esperaba.
Después de Asturias fuimos a pasar el verano a Saeta. Ahora vamos con dos bebés, David y Lucía. Y volvemos al tema de la lavadora: mi suegra es quien la controla. Así que, a la vuelta de la playa, me dedico a lavar a mano la ropa de mis hijos para tenerla limpia cuanto antes. Parece que soy una histérica de la limpieza, pero si no lo hago así, dependo de que mi suegra decida cuándo se pone y cuándo no. Me parece increíble tener que estar así, sin poder lavar la ropa de mis propios hijos.
Ella también decide lo que tenemos que comer, las cantidades y la comida. Los niños tienen que comerse lo que ella diga. Mi sobrina Elena es un bebé, y la coge tumbada y le mete la comida como si fuera un pato al que están cebando. No importan las quejas de la niña ni las toses. La niña tiene que comer lo que su abuela disponga. En esta casa las reglas las marca Cayetana y nadie más.
Como ya tenemos niños, tenemos que participar en los eventos del pueblo. Mi cuñada Leonor nos elige la agenda y decide a dónde tenemos que ir con los bebés. Además, se estila que los niños, aunque sean bebés, se queden con otros niños hasta las doce de la noche, que es lo que se hace en el pueblo. Los niños juegan en el parque sin calor mientras las madres y padres se ponen al día de las novedades del pueblo.
Verano 11 – El verano de la casa ocupada
Es el primer verano que vivimos en nuestra casa nueva. Como David ya va al colegio y Lucía a la guardería, en julio ya no tienen horario escolar, así que mi suegra viene a pasar varias semanas con nosotros para “ayudarnos”.
Ella se encarga de cuidar a los niños y de hacernos la comida, y luego viene con nosotros a la piscina. Su presencia en mi casa me asfixia. Es como si me faltara el aire. Me siento controlada. Plácido vuelve a ser su hijo pequeño y yo desaparezco de mi propia casa. Ahora deciden ellos.
Además, Plácido organiza planes para que su madre no se aburra: hay que visitar familiares, y también los invitan a mi casa a tomar café o a cenar.
Después de estar en mi casa, cuando ella se va, a los pocos días nos vamos a Saeta. Ahora no solo es pasar el verano allí, sino que además mi suegra viene a pasar entre dos y tres semanas con nosotros. Según me dijo Mary, la chica que viene a limpiar, se pasa todas las mañanas llamando a gente por teléfono, imagino que dando explicaciones de nuestra vida. Este verano me sorprendió que su hermana viniera a mi casa a visitarla mientras nosotros trabajábamos, y nos mandaron una foto de las dos con mis hijos.
Cuando llegamos a Saeta, Plácido enseguida se pone a atender las necesidades de su madre. Se pasa el día haciéndole chapuzas. Muchos veranos se ha ido de Saeta con contracturas, agotado.
Por las tardes hay que ir a los eventos de la semana cultural. Ahora ya nos vamos de vacaciones después de Saeta, y casi mejor, porque si no, Plácido se pasaría todas las vacaciones llamando a su madre y dándole explicaciones, como si realmente no quisiera estar con nosotros, sino solo con ella.
Esa ha sido siempre mi sensación: que no quiere estar con nosotros, sino con su madre y su hermana. Muchas veces no entiendo para qué se casó conmigo. Cuando empezábamos a salir, recuerdo que iban a ser las fiestas de Saeta y me dijo que había invitado a todos sus amigos, pero que a mí no, porque le daba vergüenza que supieran en el pueblo que tenía novia. Corté con él. Me pareció indignante. ¿Cómo se le ocurre?
Aquel domingo, cuando iba a coger el tren, vino a la estación a pedirme perdón por su torpeza. Le perdoné. Quizá fue el mayor error de mi vida. Ahora lo llaman una red flag, una pedazo de red flag. Pero yo era muy joven, estaba sola, mi madre estaba enferma, y me pareció bien que me pidiera perdón. Le di otra oportunidad. Y seguimos. Recuerdo que una amiga me dijo que si ahora hacía esto, luego sería peor. No la quise escuchar. Era la primera vez que alguien quería estar conmigo.
Este verano hemos bautizado a Lucía en Valladolid y, por haberla bautizado allí, Plácido me dijo que tenía que pasar más días en Saeta, que “se lo debía”. He tenido que volver. Para mí ya es una pesadilla. Mis veranos son un suplicio. Prefiero trabajar que estar de vacaciones, porque siempre tengo que ir a Saeta.
Verano 12 – El verano de las lentejas
Este verano fuimos primero a Saeta porque ahora, con cuatro nietos, parecía que lo mejor era que estuvieran juntos desde el principio. Además, este año cumplo 40, así que como regalo de cumpleaños nos iremos de viaje a Mallorca después de pasar por Saeta y Valladolid.
La dinámica es la misma de todos los veranos: vamos a Saeta y mi suegra, Cayetana, y mi cuñada Leonor deciden lo que se hace. Pasamos el verano cumpliendo con sus expectativas, siguiendo su agenda, adaptándonos a su ritmo.
Mi cuñado se las ha apañado para decir que trabaja en verano, así que establecen el campamento base en Saeta y dejan a sus hijos al cuidado de mi suegra. Recuerdo que este verano mi sobrina Elena se ha puesto como un cebón; ha engordado muchísimo. Un día no quería lentejas —no le gustan— y mi suegra la tumbó en su regazo, le sujetó las manos y le metió las lentejas como si la niña tuviera un embudo en la boca. Se me pusieron los pelos de punta. Nadie hizo nada. Mi cuñada estaba allí y parecía verlo normal.
Esto sí se lo dije a Plácido: que no estaba de acuerdo con obligar a los niños a comer así. Él, por una vez, estuvo de acuerdo conmigo.
Después de estar en Saeta, Plácido se cayó y se rompió un dedo. Tenían que operarle, y teníamos el viaje a Mallorca. Mi padre vino para quedarse con los niños el día de la operación. Mi suegra ni se presentó: según ellos, tenía que cuidar a los hijos de mi cuñada.
Al final pudimos ir a Mallorca. Plácido recién operado, con el brazo en cabestrillo. Fueron unas vacaciones un poco caóticas, pero conseguimos descansar.
Verano 13 – El verano del desprecio
Este verano, como siempre, ha venido mi suegra a “ayudarnos” con los niños. Yo cuento los años que faltan para que deje de venir. Cuento los días para no tener que seguir haciendo planes familiares con su familia de aquí. Un día laborable organizaron una cena en mi casa con unas primas lejanas. Pretendían quedarse hasta las tantas y yo tenía que madrugar. Mi suegra, encantada. Plácido, también. Lo que yo piense no importa: según él, soy una borde.
Además, según él, los embarazos me han dejado fatal el pecho, que estoy hecha un asco, básicamente. No sé… a mi vecino no le debo de parecer tan mal, porque cada vez que me ve me dice: “Gracias por ser tan guapa”. ¿Quién miente, mi marido o mi vecino?
Después de haber ido a Almería, nos fuimos a Saeta a pasar el verano.
A hacer los planes de la semana cultural.
A tomar el vermut.
A poner guapos a los niños.
A volver a casa a leer.
A dormir la siesta.
A convertirme en un mueble más de la misma casa de siempre.
Verano 14 – El verano del cansancio
Este verano hemos estado en Asturias porque, después del viaje con Lucía vomitando, no me siento con fuerzas de repetirlo esperando a que mi hija se deshidrate. No hace muy buen tiempo, pero al menos podemos descansar. Y está lo suficientemente lejos como para que mi cuñada Leonor no aparezca a pasar un día con nosotros.
Como todos los veranos, volvemos a Saeta: a esperar a que mi suegra ponga la lavadora cuando quiera, a que mi cuñada organice nuestros planes —planes que parecen los más espectaculares del mundo, como si jamás se nos hubieran podido ocurrir—.
Y a volver en septiembre con las pilas descargadas, deseando regresar al trabajo y a la rutina, porque es donde mejor estoy. Aunque mi marido siga llamando todas las noches a su madre, Cayetana, para explicarle absolutamente todo de nuestra vida.
Verano 15 – El verano de la libertad vigilada
Este verano nos hemos ido a Disney con los niños. Por supuesto, el reportaje de fotos lo reciben las primeras Cayetana y Leonor. Faltaría más: tienen que estar informadas de cada segundo de nuestra vida.
Como mi cuñada Leonor ya ha ido, nos lo cuenta como si fuera lo más de lo más. Creo que hasta le ha hecho unas instrucciones a su hermano con lo que “tenemos que hacer”.
Después de Disney nos vamos a París. Los niños se lo pasan fenomenal recorriendo la ciudad y montándose en el Batobus por el Sena. Por fin un viaje que disfrutamos los cuatro, lejos de la mirada constante de su familia.
Verano 16 – El verano del abrazo que no llegó
Este año mi hermana casi se muere. Tuvo una neumonía en Navidad y fue horrible, como revivir la muerte de mi madre. Plácido me acompañó a Valencia, donde vive ella, y luego se volvió porque era el día de Reyes, igual que cuando murió mi madre.
Cuando llegué a casa nadie me recibió con los brazos abiertos. Nadie me preguntó cómo estaba. Le pedí a mi marido que me diera un abrazo y fue como abrazar una pared.
Ni mi suegra, Cayetana, ni mi cuñada Leonor me han preguntado por mi hermana. Sus primas y el resto de la familia del pueblo sí, pero ellas no.
Este verano, como siempre, ha venido mi suegra. Cada vez aguanto menos tenerla en casa. Aunque se quede con mis hijos, son tres semanas sintiéndome observada, juzgada, invisible. Tres semanas sin sentir que mi casa es mi casa.
Y cuando termina esa fase, empieza la otra: ir a Saeta a pasar el verano. Leer. Pasear en bicicleta. Esperar a que pase el tiempo. Convertirme, otra vez, en una sombra.
Verano 17 – El verano del Covid
Este año ha habido Covid y casi no hemos podido ver a mi suegra ni a mi cuñada por las restricciones de movilidad. Para mí ha sido un descanso, una tranquilidad.
Nos hemos ido al Algarve y, cuando por fin estábamos descansando en la hamaca, mi marido dijo riéndose, mirando al mar: “Mira, esto es igual que estar en Saeta”. Se me fastidió el descanso. Qué torpeza, qué incapacidad para distinguir los momentos y las bromas.
Después volvimos a Saeta a pasar unos días, como siempre. Menos mal que antes pasé por mi casa y pude llevar toda la ropa limpia, así no dependo de que mi suegra ponga o no la lavadora.
Este verano mi cuñado se ha comprado un Z3 y, cuando fueron a recogerlo, el motor estalló. Parece que está cumpliendo deseos al acercarse a los cincuenta. La escena fue graciosa y rara a la vez.
Sigue Relato (22 Veranos - Parte II) …
Muchas gracias