Relato (22 veranos - Parte II) - Emocional - Estilo Annie Ernaux - Es duro

Buenos días

Sigue así

Verano 18 – El verano en que no podía más

Este año mi cuñada se ha divorciado, así que todo el verano gira en torno a ella. Plácido tardó dos días en decírmelo desde que lo supo, y está muy afectado.

En Saeta nadie habla de lo que está pasando. Es la primera vez que mi suegra me dice que mi cuñada está inaguantable. Y yo pienso: normal. Si me estuviera divorciando, yo también estaría inaguantable.

Este año ha sido muy complicado para mí. Empecé a ir a terapia porque la ansiedad que tengo no es normal. Pensé que me estaba dando un ictus. Fui al médico de cabecera y me dijo que era ansiedad, que tenía que ir al psicólogo. No me esperaba algo así.

El ataque de ansiedad surgió después de que Plácido me dijera que quería que su madre, Cayetana, su cuñada Leonor y sus hijos, Celedonio y Elena, vinieran a nuestra casa a pasar el fin de semana. Estoy agotada, y para mí que estén todos es insoportable. Me convierto en invisible en mi propia casa. Ellas deciden, y todos los planes se organizan en torno a ellas. Plácido se desvive por hacer cosas para que ellas se diviertan.

Nosotros, como pareja, no hacemos absolutamente nada juntos. Hace muchos años que quiero ir a la Aperitoche y nunca hemos ido.

Este verano hemos empezado a hacer planes con los primos lejanos de mi suegra, la familia de Amalia la Dulce. Los planes, comparados con otros veranos, se han multiplicado. Entre ellos, ir al río a tirarnos con hinchables y dejarnos llevar por la corriente. Llevamos un picoteo para comer al lado del agua.

Por la tarde se han acercado unas familias gitanas a bañarse. Me ha sorprendido ver que las mujeres se meten vestidas, con ropa y todo, y se sientan en sillas de camping dentro del agua, mientras nosotros pasamos a su lado en los hinchables.

Esta noche tenemos chorizada en el pueblo.

Verano 19 – El verano de la comparación

Este verano hemos estado en Saeta. Como la hermana de Placido se ha divorciado, ahora hacemos planes con unos primos lejanos suyos. Entre ellos está Amalia, una prima lejana de Plácido: más joven que yo, guapa, dulce. Plácido habla mucho con ella. Nunca pensé nada.

Hasta que un día me dijo:
—Ojalá fueses tan dulce como Amalia.

Me quedé helada. Toda la vida me han dicho que soy desagradable. Pensé que quizá tenía razón. Ella era joven, guapa, amable. Y yo no.

Cuando volví en septiembre se lo conté a mi psicóloga. Me dijo que ese comentario era una falta de respeto. Yo no lo había visto así. Pensaba que Plácido tenía razón, que era normal que le hiciera ilusión hablar con otra persona, que él se merecía a alguien como ella y no a alguien como yo, que soy lo peor.

Este verano también nos hemos ido a Londres. Plácido no sabe hablar inglés y aun así siempre se ha burlado de mí. Pero este verano hice click. Porque ¿cómo puede burlarse de mí si luego viajamos a un país extranjero y no es capaz de apañarse?

Además, teníamos que dar negativo en Covid para volver a España. Tuve que buscar una clínica, organizar las PCR, gestionar todo. Y de repente pensé:
¿con qué derecho mi marido se burla de mí?

Esto también se lo conté a la psicóloga. Era algo que nunca había pensado hasta ahora.

Verano 20 – El verano de la soledad

Este verano volvemos a Saeta como siempre a pasar unas semanas en agosto, como mi cuñada Leonor está divorciada tenemos que ir en cuanto nos dan las vacaciones, y ya para ir organizando los planes que nos esperan.

Ya están hablando de cuando ir al rio, así que este va ser el primer plan del veranos en cuanto llegamos. Volvemos al mismo sitio del año pasado, donde por la tarde volverán los gitanos con sus sillas de camping y sus musicas.

Por la noche toca chorizada, y antes de la chorizada la actuación de mi hija Lucía que han estado preparando un baile y están emocionadas con él, mi sobrina y ella.

Empieza el baile, la verdad es que son todas tan monas, y lo hacen tan bien. De repente Lucía hace una pirueta y me quedo alucinada, se me saltan las lágrimas de la emoción, y Placido me mira y se empieza a reir y a burlar de mí, me siento fatal.

Pasando este momento, tan incomodo y doloroso para mi, nos ponemos a la cola para recoger los chorizos o la panceta, y cuando volvemos Placido se sienta en un corro que hay en el suelo al lado de Amalia la dulce, y se pone a hablar con ella. No me lo puedo creer se me empieza a formar un nudo en la garganta, que hago, esto no me parece normal me siento fatal. Me siento como cuando era pequeña y mis padres se pusieron a bailar y nos dejaron a mi hermana y a mi, pero ahora soy adulta. No soporto el dolor. Me acerco a Placido y lo llamo a un lado, le digo que para mi es una humillación que me ha dejado sola y se ha sentado al lado de Amalia la dulce , y que me voy a ir, no puedo soportar el dolor y la humillación me tengo que ir.

Asi que me voy a casa, y llamo a mi hermana no sé a quien llamar, y se lo cuento.

No puedo soportar este dolor es horrible, los veranos en Saeta para mi cada vez son peores, para que vengo, ¿merece la pena estar aquí? ¿Tengo que hacerlo por mis hijos?

No sé como, pero consigo aguantar y nos vamos a Valladolid, y mientras estamos allí se muere Jesusín un primo de mi suegra Cayetana. Yo no voy a ir al entierro me voy a quedar con mi padre y mis hijos. Además hubo un episodio que no me gustó nada, cuando estaba arreglando la herencia de mi madre, me fui a Galicia con Placido y mis hijos, ni siquiera sabía todavía cual de las dos casas en ruinas me tocaba. Solo recuerdo que fuimos a la vuelta de este viaje a casa de Jesusín y solo recuerdo que me dijo que no me gastara dinero en la reforma de esa casa, que yo todavía ni siquiera tenía, yo no tenía ni planes, eran conversaciones ítimas con Placido de diferentes posibilidades. Se lo había contado todo a su madre con pelos y señales y ella a su vez se lo había contado a su primo Jesusín.

Cuando fuimos a mi aldea, le prohibí a mi marido hacer fotos y enviárselas a su madre, era la aldea de mis padres, de mis abuelos y mis bisabuelos de mis antepasados, a nadie le importaba, y no quería que nadie se dedicar a criticar, era mi vida , mi familia y quería que fuese respetada.

Solo recuerdo la vez que Placido, subió al desván de la casa que me tocó que estaba llena de trastos y solo dijo. – Que asco- . No se subió a ayudarme a tirar cosas, si me ayudó luego a llevar la basura.

Verano 21 – El verano de la amenaza vacía

Antes del verano, Plácido me dijo que se quería divorciar de mí. Que estaba harto. Que él solo quería ser feliz con su familia. Yo estaba agotada.

Como se acercaba su cumpleaños, cuando la discusión se calmó, se me ocurrió decirle que para sus 50 podríamos irnos de viaje a Nueva York. Y entonces, de repente, se le acabó el divorcio.

Llegó a Saeta y se dedicó a contarle a todo el mundo que se iba a Nueva York en septiembre. No sé si la gente se alegraba o flipaba, porque la verdad es que quedaba chocante. A mí me hacía gracia. Qué fácil desmontar un divorcio.

Aprovechando que nos íbamos de viaje, dije que no podía cogerme las mismas semanas de vacaciones, así que iría más tarde a Saeta. Así paso menos tiempo allí y me libro de algunos planes del pueblo y de las ocurrencias de mi cuñada Leonor.

Lo más gracioso es cómo hablan del pueblo y de los alrededores como si fueran la octava maravilla del mundo. Mi suegra, que es una autoridad, cuenta historias pasadas y familiares como si estuviera hablando de historia universal, como si su familia fuera la familia real o una de las ilustres de España.

Ya me lo dijo Plácido un día en la cocina, cuando yo estaba en plena resolución de la herencia con mi hermana, con un lío de tierras y minifundios que no veas. Me soltó:
—Si me hubiera casado con una terrateniente…

Yo aluciné. Porque Plácido es hijo de una mujer divorciada que era conserje de un colegio y antes había limpiado casas. Él fue muy mal estudiante, y su primer trabajo serio se lo encontré yo cuando me vine a trabajar a Madrid, después de haber terminado la carrera a curso por año. Si cuando nos casamos yo no pongo la entrada del piso, nunca hubiéramos tenido casa, porque él ganaba poco y además daba dinero en casa para que su madre pudiera comprarse una vivienda de protección oficial.

En fin. Y aun así, a día de hoy, él es lo que es gracias a todo lo que ha hecho su madre por él.

Verano 22– El verano en me fuí

Este mes de abril mi padre tuvo un accidente en el que casi se muere: se rompió nueve costillas, el omóplato y tuvo un hemotórax. Estuvo ingresado un mes en el hospital. Yo tuve que estar con él, pedir teletrabajo, reorganizar mi vida. Fue durísimo. Pero todavía me quedaba algo más duro por descubrir.

Cuando le dieron el alta, y después de hablarlo con Plácido, me lo traje a mi casa. Fue complicadísimo: tuve que llevarlo a urgencias unas seis veces porque no podía respirar y tenía dolores insoportables.

Según Plácido, gestioné fatal todo. Me dijo que mi padre era “mi problema”, que lo hacía todo mal. La semana antes del cumpleaños de su madre, mi padre volvió a ingresar. Le pedí a Plácido que no se fuera con los niños, que no me dejara sola. Me dijo que lo estaba manipulando, que le hacía la vida imposible, y que se iba igualmente al cumpleaños de su madre. Así que se fue. Yo me quedé con mi padre ese fin de semana.

Dos semanas después volvió a irse a Saeta “a descansar”, según él, con los niños otra vez. Allí estaba relajado con su madre y su hermana. Allí no decía nada.

Cuando mi padre empezó a mejorar, le propuse a Plácido irnos un fin de semana a la playa. Nos fuimos, descansamos, lo pasamos bien. Pero fue la calma antes de la tempestad. Un respiro mínimo antes del desenlace final, donde todo iba a quedar al descubierto.

En una de nuestras discusiones de esa época, con mi padre recuperándose en mi casa, Plácido me dijo que yo le debía “todo el mes de agosto en Saeta”. Que mi padre llevaba cuatro meses en nuestra casa y que él quería que los niños estuvieran con su madre. Yo no tenía opción.

Un día no pude más y me fui a urgencias de psiquiatría. Les conté la situación con mi padre y con mi marido. Les dije que me sentía como si cada uno me agarrara de un brazo y tirara de mí. Era insoportable. Me dieron medicación. Me volví a sentir sola, como cuando era pequeña y no había nadie que me ayudara. Un día me encerré en el baño y me puse a gritar. No podía más.

Cuando llegó agosto, acompañé a mi padre a su casa, le busqué a una persona que lo ayudara, y me fui a Saeta. Estaba agotada. No tenía fuerzas para hacer planes.

El primer vermut, Plácido me dijo que fuéramos a sentarnos al lado de Amalia la Dulce. Yo no podía soportarlo. No tenía ánimo para el bar ni para el vermut. Decidimos dar un paseo. Durante ese paseo me gritó que le estaba amargando las vacaciones, que no veía a nadie en el pueblo haciendo lo que hacíamos nosotros: discutir por las esquinas.

Ese fin de semana, en el bar, hablaron de la fiesta de los quintos del 16 de agosto. Plácido anunció que íbamos a ir, sin consultarme. El día 15 era la cena en la aldea de Mones. Yo no podía ir. Él no me iba a acompañar.

El lunes siguiente me llamó mi médico de cabecera para subirme la medicación. Plácido me acompañó a comprarla y, al volver en el coche, volvió a gritarme. Me dijo que me fuera, que le estaba amargando el verano. Yo lloraba. Le dije que no quería irme, que estaban mis hijos. Todo era horrible.

Ese jueves, el plan organizado por mi cuñada Leonor era ir al río con la familia de los primos, donde estaba Amalia la Dulce. Yo no tenía ganas, pero no tenía alternativa. Fui. Estaba agotada. Cuando Plácido se sentó al lado de Amalia y se pusieron a hablar, ya no pude soportarlo. Lo llamé aparte. Me dijo que no venía. Se pasó el resto del día ignorándome. Yo no podía más. Me fui sola a llorar al río. Nadie me preguntó.

Esa noche hablé con mis hijos. Les dije que no podía más, que me quería ir, y que si ellos estaban bien. Me dijeron que sí.

Había chorizada en el bar. Yo no quería ir. En la habitación donde dormíamos, Plácido se puso a gritarme que le amargaba la vida, que le estaba fastidiando el verano. Le dije que me iba a ir. Él me dijo que no lo hiciera “por los niños”. Desde fuera, mi cuñada Leonor lo llamaba para ir a la chorizada. Nos estaba oyendo discutir. Le dio igual. Plácido se arregló y se fue con su hermana.

Me quedé sola en casa. Sin cena. Todos se habían ido. Esa noche decidí que al día siguiente me iría. Mis hijos iban a estar bien. Yo ya había hablado con ellos.

A las 7:30 de la mañana me levanté, le dije que me iba, hice la maleta delante de sus narices. No dijo nada. Salió a la calle a acompañarme. Le dije que se fuera.

Me monté en el coche y me fui. Lo sentí por mis hijos, pero sabía que iban a estar bien. Sentí una liberación como nunca en mi vida. Me quité un peso de encima. Llamé a mi padre y le pregunté si podía irme a su casa. Me dijo que por supuesto.

El verano que vendrá

A día de hoy tengo claro que no voy a volver a ir a Saeta. No pienso seguir desapareciendo ni yendo a un lugar donde nadie quiere que vaya.

Epilogo

No sé qué he estado haciendo durante estos 22 años. No entiendo por qué aguanté tanto. Supongo que porque yo sí quería a Plácido, y esa fue la razón fundamental. Y también porque quería estar con mis hijos en verano. He pagado un precio demasiado caro.
No puedo arreglar la relación que él tiene con su madre y con su hermana. Hace un par de años me dijo que se sentía conforme con lo que era. Creo que esto solo me duele a mí, y a nadie más.
He estado esperando tanto tiempo a que él me viera, que casi dejo de verme yo.


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Muchas gracias por leerlo