Relato Corto ( La ropa)

Buenos días
Os dejo un relato corto, por si os apecete. Me encantaría que me dieraís vuestra opinión (SI), si os ha resonado. Y no si no has resonado (NO).

Muchas gracias por leerme

La ropa

La ropa © 2026 Olivia Brunete Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin permiso de la autora. Primera edición, 2026

Siempre me ha gustado ver las sábanas tendidas al sol.
Ver la ropa blanca al sol me da paz.
Supongo que me gusta porque veo luz, limpieza.
El sol es capaz de quitar todas las manchas, hacer que desaparezcan.
Reconozco que me gusta lavar la ropa, que no tenga manchas, que quede limpia, que huela bien.
Durante años, la limpieza fue la única forma de poner luz donde no la había.
No sé si mi madre limpiaba la casa o no. Sí me acuerdo de ver los platos sin lavar después de comer, durante toda la tarde.
Puede ser que por eso mi hermana y yo empezamos a fregarlos.
Nos repartimos, un día ella y otro día yo. Pensamos que fregar los platos era una forma de arreglar el mundo en el que vivíamos.
Quizá por esto también empezamos a limpiar la casa, porque lavar los platos no arregló nada. Y empezamos a limpiar el baño, quitar el polvo, barrer la casa. Tampoco funcionó.
Los domingos por la mañana mi padre se arreglaba y se iba a misa. Antes de irse, nos preguntaba si no íbamos a ir, y nos decía que éramos unas herejes.
La culpa era nuestra, por eso Dios nos castigaba. Quizás ese era el problema.
Después de ir a misa, mi padre se quedaba tomando el vermut hasta la hora de comer y aparecía justo a la hora de comer o más tarde de la hora de comer.
Para él, esto era un domingo normal, ya estaba conforme con haber ido a misa, ya había cumplido.
Ahora ya mayor, lo sigue haciendo y aparece en casa, cuando ya estamos todos sentados a la mesa, cuando a él le parece.
La diferencia ahora es que mi marido está allí y se enfada cuando mi padre llega tarde, y se le nota. Le cambia el gesto, se pone serio. La tensión se toca, se percibe. Casi no habla.
Al principio mi marido me decía que mi padre nos chuleaba, pero ahora ya no dice nada, ha visto que no sirve de nada decirlo.
Hemos decidido que, si no llega a tiempo, vamos comiendo nosotros, con nuestros hijos, y mi padre que se apunte cuando llegue.
Así que muchos días, cuando llega, ya estamos comiendo.
Y si tiene hambre, tarda poco en sentarse. Pero si ha comido en el vermut, empieza a dar vueltas a nuestro alrededor, haciendo tiempo hasta que, termina sentándose a la mesa, cuando nosotros ya casi hemos terminado.
Esta forma de actuar también enfadaba a mi abuelo, al padre de mi madre. En algunas de las comidas en familia, con la de mi madre, mi padre siempre llegaba tarde cuando estábamos todos sentados a la mesa. Y yo sabía que la discusión estaba casi asegurada.
Reconozco que me avergonzaba de mi padre. ¿Por qué no podía llegar a tiempo, y encima lo hacía con esta actitud chulesca?
Mi padre decía “a mí no me pisa nadie”, cuando se lo decíamos.
En el fondo se sentía humillado por mi abuelo, y esa era su respuesta a la humillación. Llegar tarde, no sentarse a la mesa, como si de alguna forma actuar así le diese algún poder.
A mí no me gustaban las discusiones de mi padre, y mi abuelo.
Recuerdo que hubo una vez que la discusión, en una comida familiar. Mi padre y mi abuelo, discutiendo y mi hermana y yo llorando, asustadas.
Estábamos en la habitación de mi madre, tengo el papel de la pared fijado en mi recuerdo, mezclado con la discusión. El papel blanco de la pared, con esas flores azules. No sé por qué discutían, solo sé que yo lloraba.
Solo me acuerdo de llorar y de mirar al papel de la pared.
Mi padre se acabó yendo de la casa de mis abuelos, y mi hermana muy pequeña se fue detrás de él.
Me dolían estas discusiones, porque yo quería a los dos. Luego mi padre, me hablaba mal de mi abuelo y mi abuelo, insinuaba cosas sobre mi padre.
Ahora creo que, no es uno es que uno sea mejor y otro peor. Sino que cada uno tenía sus luces y sus sombras, y a mi madre a mi hermana y a mi nos pusieron en medio.
Mi padre y mi abuelo tenían diferentes formas de afrontar la vida.
Mi abuelo era de los que dictaban como tenemos que actuar, como debería ser todo y lo que queda bien. Y mi padre se deja llevar, por la vida.
Ahora mi marido y mi padre repiten el mandato de mi abuelo y mi padre, y yo estoy en medio.
Cuando mi padre tuvo el accidente, se rompió el mandato porque me quedé sola. Y entonces me di cuenta de que, aunque yo me adaptara, me anulara, y evitara el conflicto. Nadie se iba a quedar conmigo y que a mis hijos no les iba a pasar nada, aunque yo no estuviese, que ellos estaban bien.
Así que prefiero que mi marido no esté con mi padre. Estoy cansada de aguantar su tensión, porque no es algo mío, es algo entre ellos.
Al final en mi historia, como en todas hay muchas aristas.
Porque no solo fue la enfermedad de mi madre, consecuencia del mandato. Sino como todos los que estaban alrededor no supieron gestionarlo.
Todos miraban para otro lado, nadie se hizo responsable.
Mi madre era el síntoma, no la enfermedad, pero ellos no lo pudieron entender.
Mientras tanto mi hermana y yo pensamos que, si limpiábamos, si ordenábamos la casa, todo se arreglaba. Si íbamos con ropa limpia, vestidas, como el resto de las niñas a las que yo envidiaba, porque se las veía ligeras sin preocupaciones.
Yo pensaba que eran así por la ropa que llevaban, pero no era eso. Era otra cosa. Pero entonces, yo no lo podía entender, no sabía qué pasaba.
Porque en mi casa no se hablaba, solo se notaba la tensión.
Ahora sé que nosotros no éramos culpables de las discusiones de mi padre y mi abuelo. Nosotras solo estábamos en medio, e indirectamente los dos nos hacían elegir.
A mi madre, la hicieron elegir, y acabó rompiéndose ella.
Ella no tenía que haber elegido, ni a unos ni a otros, tenía que haber dejado que ellos resolvieran sus problemas y haberse elegido a ella misma.
Ahora sé que esto es lo que tengo que hacer yo. Elegirme.
Querer a los dos y entender que su conflicto no es mío, que viene de sus historias.
Y que yo no tengo ni que mediar ni resolver, solo tengo que dejar de absorber su malestar. Dejar que ellos se hagan responsables y que lo resuelvan si quieren.
Yo solo tengo que elegirme y dejarlos ir.