Buenos días:
Os dejo este relato, titulado Cosas pequeñas.
Agradecería mucho que quienes lo leáis respondáis en este hilo con:
SÍ → si os ha removido, emocionado o hecho reflexionar.
NO → si no os ha llegado o no os ha removido.
Muchas gracias por dedicarme vuestro tiempo.
He pensado que hay cosas pequeñas que me hacen sentirme bien: un café con leche, unas fresas, una infusión con miel, una habitación en penumbra con una lampara, la noche con la ventana abierta y el aire fresco entrando por ella.
Muchas veces no necesitamos nada especial, solo cosas sencillas para sentirnos bien. Esta tarde he ido al gimnasio, y en la cinta de correr, escuchando música al lado de otras personas no me he sentido sola, sino acompañada. Todos estábamos tranquilos, relajados haciendo ejercicio. Mirando por la cristalera como se hacía de noche. Me he sentido bien en paz, sin prisa, sin agobio.
Quizás este es el secreto de la vida, estas pequeñas cosas que nos hacen sentir bien, que nos dan un momento de paz.
Cuando era pequeña no pude ayudar a mi madre, no pude hacer que se sintiera mejor. Ojalá que algo de lo que escribo pudiese ayudar a alguien a que se sienta menos solo, a que se sienta comprendido, acompañado.
Lloro no puedo evitarlo, pero no de pena, sino de emoción.
Hay una idea que me ronda la cabeza, quizás he buscado en mi marido a un padre que no tuve.
Quizás he buscado a alguien que me protegiera que me cuidara, por encima de todo.
Y al esperar esto me he sentido tantas veces decepcionada.
Ahora sé que no puedo pedirle eso, ni a él ni a nadie.
Cuando mi madre estaba mal, mi padre se iba al bar.
Quizá sigo esperando a que mi padre vuelva antes del bar y se ocupe de mi madre y de nosotras.
Entender que mi padre no va a convertirse en el padre que necesité ha sido una liberación.
Ahora entiendo que nadie puede ocupar su lugar, solo yo lo puedo ocupar.
Me he pasado la vida buscando que los demás me reconozcan, buscando la mirada que no tuve de niña.
Deseaba tanto esa mirada que muchas veces me puse en último lugar y aguanté cosas que me hacían daño.
Y cuando he sentido la libertad al elegir las cosas pequeñas, y disfrutar de ellas, he dejado de aguantar y he empezado a ver lo que me hace bien.
Y realmente he encontrado la paz y la felicidad, cuando me he mirado a mi misma. Cuando he dejado de necesitar que la mirada de los demás sustituya lo que no tuve de niña.
Ahora sé que ha habido personas en mi vida que me han mirado y reconocido por lo que soy mis abuelos, mi vecino. No veían mi utilidad me veían a mí. Me sentía a gusto con ellos porque no tenía que fingir.
Con ellos no me sentía en alerta. Mi cuerpo sabía que con ellos nada malo iba a pasar.
Cuando conocí a mi vecino, y su forma de tratarme mi cuerpo lo recordó, por eso me pareció que lo conocía desde hacía tiempo.
Cuando mi padre tuvo el accidente se quedó en mi casa. Quizá más tiempo del que habría sido razonable. No lo sé. Lo que sí sé es que cuando quisieron trasladarlo a otro hospital, me pidió que no lo abandonara y no fui capaz de hacerlo.
Mi salud acabó resintiéndose. Fui yo la que cayó. Hubo momentos en los que sentí que no podía con todo aquello.
Mi marido tampoco sabía cómo estar conmigo. Mientras yo cuidaba de mi padre, él seguía yendo al pueblo con su madre y con nuestros hijos. Se iba fines de semana enteros y yo me quedaba sola con la responsabilidad.
Recuerdo especialmente la Semana Santa. El mismo día que dieron el alta a mi padre, mi marido se fue al pueblo con los niños y yo me quedé con él. Curiosamente, fue una de las primeras veces en mucho tiempo que pude descansar. No porque la situación fuera fácil, sino porque no tenía que ir al pueblo a cumplir un papel, a comportarme como si todo estuviera bien.
Este verano no he vuelto. Por eso me sorprendió que una prima de su madre llamara para preguntar por mi padre. Me hizo pensar en algo que llevaba tiempo sintiendo: durante todos aquellos meses muy pocas personas se interesaron por cómo estaba yo.
Y entonces me hice una pregunta sencilla: ¿por qué tendría que volver a un lugar en el que siento que no pertenezco?
Ahora entiendo al darme cuenta de todo esto, que mi valor deja de depender de que mi padre me vea, de mi marido me entienda, de que mi familia política pregunte mas o menos por mi padre, o de que lo que escribo tenga más o menos descargas.
Todo esto no elimina el dolor de lo que ocurrió, pero me ha dado algo más valioso: La libertad.
A veces pensamos que necesitamos admiración, cuando en realidad necesitamos aceptación.
Significa aceptar que seguir esperando esa mirada puede mantenerte atrapada en una espera interminable.
Y cuando dejas de esperar, aparece espacio para otras cosas.
Para escribir.
Para caminar en la cinta del gimnasio.
Para escuchar música.
Para sentir el aire fresco entrando por una ventana.
Para elegir dónde quieres estar.
Y dónde no.
