Relato de terror sobre espacios liminales

Tengo 22 años y soy escritor novel. Estoy explorando géneros nuevos de escritura. Este fragmento es de un libro en el que ando trabajando, basado en una pesadilla que tuve de niño y los Backrooms. ( No se si a alguien le interesará, pero estoy ampliando la historia. Por el momento estoy subiendo capítulos en Wattpad)

Hugo se retorció en el suelo con el dolor de cabeza. Abrió los ojos para examinar sus alrededores. Tanteó el suelo en búsqueda de su botella, más no era capaz de encontrarla. Incapaz de reconocer la habitación se intentó incorporar del suelo sujetándose la cabeza. El papel de amarillo de las paredes se encontraba como nuevo, como si estuviera recién puesto. Los muebles poseían una ligera capa de polvo y las luces parpadeaban, emitían un sonido molesto. Los armarios tenían pequeñas marcas de garras alrededor de las cerraduras. La pequeña mesilla delante de la tele estaba decorada con manchas color carmesí. La luz no era capaz de entrar por las ventanas, puesto que estas estaban tapiadas.

Se tambaleó hasta sentarse en un sofá que no era capaz de reconocer.

— ¿Hay alguien? – Dijo elevando la voz a pesar del dolor de cabeza. –

Sin ningún miramiento comenzó a rebuscar entre los muebles, en búsqueda de algo que llevarse a la boca. Tras diez minutos de búsqueda y de intentar fallidamente de encender la tele, se palmeó los bolsillos, notando únicamente una navaja.

— Volví a perder la cartera. – Inconscientemente rumiaba la espesa saliva debido a la falta de alcohol. – ¿Dónde coño acabé esta vez?

Se acercó a una de las ventanas tapiadas. A pesar de ejercer toda su fuerza no logró arrancar las tablas. Sin más alternativa se sumió en la tenue luz del pasillo. El eco de sus pasos rebotaba en las paredes. Lentamente el papel de las paredes se marchitaba. Un olor agrio emanaba de las paredes, obligándolo a fruncir la nariz.

Su corazón comenzó a palpitar con fuerza al no ser capaz de visualizar el final del pasillo. Se auto pellizcó en el brazo, incrédulo de no encontrar un final. Rápidamente el dolor recorrió sus neuronas hasta llegar al cerebro. Palmeó con nervios las paredes, en búsqueda de un manillar escondido.

— ¡Suficiente con la broma! – Golpeó la pared con sus nudillos. –

El golpe seco retumbo en las paredes como el rugido de una bestia. Su ritmo se aceleró a medida que el dolor de cabeza disminuía por la adrenalina. Siguió caminando hasta que por fin encontró algo distinto. Las luces fallaron de golpe haciendo que Hugo soltará un grito. Miró a su espalda, pero un lejano ruido de rasguños lo incitó a seguir hacia delante. Al acercarse a la intersección notó una puerta a la izquierda. Cinco grandes marcas de garras habían destrozado la puerta. El agrio olor se intensificó al punto que tuvo que una horrible tos. Entre lágrimas empujó la puerta. Inmediatamente vomitó todo el contenido de su estómago. El cadáver de una mujer descansaba en una mesa victoriana. Su piel verde por la putrefacción soltaba lentamente los gases acumulados en su interior. En una pila de excrementos se localizaba la cabeza cercenada de la mujer.

— Corre carnita. – Una voz aguda y rasposa reverberó de uno de los pasillos de la encrucijada. – Es más divertido cuando corréis.

Con el estómago comprometido y los ojos llorosos, Hugo saco la navaja del bolsillo, apoyándose en la pared y conteniendo otro vomito.

— Te vas a enterar. – Hugo sacudió la navaja delante suyo. – Sal cobarde.

Una rasposa risa salió de la oscuridad. Una de las luces de la intersección logró encenderse permitiendo a Hugo visualizar que se acercaba. Dos manos cubiertas con pelaje azul cielo y garras prominentes se agarraron de las paredes. Una cabeza alargada como un balón de rugby se fue dibujando en la oscuridad. Una hilera de dientes afilados y blanquecinos brillaron con el reflejo de la luz. El rostro humano de aquella criatura siendo lo único sin pelo. Su estirado tronco realzaba sus costillas. Una cola huesuda se sacudía a su alrededor. Por culpa de su altura se encorvaba para poder moverse.

Todo el cuerpo de Hugo temblaba como la gelatina. A pesar de ello mantuvo la daga en alto. Sus ojos se movían erráticamente de la criatura a uno de los pasillos. Una risa gutural emergió de aquella criatura.

— Vamos corre. – La criatura inserto sus garras en las paredes. – Intenta huir del gatito azul.

— No… No te acerques a mi monstruo.

— He dicho que corras.

La criatura se abalanzó a sorprendente velocidad hacia él, rasgando las paredes. Hugo gritó, interponiendo la navaja entre ambos, logrando insertarla en las costillas de la criatura. Sin ningún tipo de reacción, la criatura lo tomo del cuello y del brazo. Su propia sangre recorrió su piel por culpa de aquellas afiladas garras. Antes de que pudiera reaccionar salió volando, golpeándose con una de las esquinas de la encrucijada.

— ¡Te he dicho que corras!

Hugo se arrastró por el suelo hasta que logró ponerse en pie. Corrió por aquellos pasillos apenas iluminados por luces defectuosas. Desagradables olores se entremezclaban, generando una amalgama que le retorcía el estómago. Cada vez que giraba la cabeza, aquella criatura azul lo seguía de cerca con su espeluznante sonrisa.

Cuanto más se adentraba, la distribución del lugar era más extraña. Puertas colocadas en medio de los pasillos, verjas que protegían habitaciones vacías, recovecos por donde ni las ratas podrían pasar.

— ¿Dónde estás pequeña ratita?

La voz de la criatura sonó demasiado cerca de Hugo. Sin más opciones abrió una de las puertas. Una intensa ráfaga de vapor emergió, teniendo que morderse el labio para no gritar. Salto al interior y cerró la puerta. Al girarse para examinarla, solo vio un gran agujero del que salía el vapor. Hugo daba bocanadas del aire, intentando vencer la humedad para conseguir llenarse de oxígeno. Al acercarse al agujero vio cientos de tuberías que reptaban alrededor de unas escaleras. Se acercó a las escaleras, cuando la madera de la puerta crujió por un golpe. Hugo comenzó a bajar las escaleras todo lo rápido que podía.

Por encima de su cabeza, la puerta voló por encima del agujero. La cabeza de la criatura se asomó por el agujero.

— Ninguna ratita puede esconderse de mí.

La criatura lo persiguió por el agujero agarrándose a las tuberías ardientes como si nada. El intento de escape de Hugo fue frustrado cuando la criatura le clavó las garras en la cabeza. Hugo golpeó el brazo de la criatura.

— ¡Suéltame! – Sus piernas se suspendieron en el aire, elevado por la criatura. –

— Ha sido divertido la persecución, pero ahora me ha entrado el hambre. – La criatura estampó la cabeza de Hugo contra una de las tuberías. Sus gritos retumbaban en las tuberías. – Pero antes hay que cocinar la comida.

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