Relato (El Dibujo) - Emocional - estilo Annie Ernaux

Buenos días,

Estoy trabajando en una serie de relatos breves y emocionales.
Comparto aquí un relato para quien disfrute de la literatura íntima.


El dibujo

Prólogo

Cuántas cosas normalizamos cuando somos pequeños. Situaciones que no cuestionamos y que vivimos como si fueran lo que toca. Se quedan dentro de nosotros, quietas, silenciosas. Y aunque las normalicemos, el cuerpo siempre sabe cuándo algo no está bien.

Nacemos donde nos toca. No podemos elegir. Tampoco podemos elegir cómo reaccionan los demás. Y cuando somos niños, muchas veces nos hacen daño sin querer, porque a ellos también se lo hicieron. Para ellos, eso era lo normal.

Creo que la única forma de terminar con estos daños es escucharnos. Escuchar el cuerpo, las sensaciones, esa intuición que susurra cuando algo no está bien. No solo por nosotros, sino por quienes vienen detrás. Para dejar de transmitir, sin darnos cuenta, un dolor que pasa de generación en generación.

Mi primer Colegio

Cuando tenía 4 años, iba al colegio que estaba justo enfrente de mi casa. Solo tenía que cruzar la calle de delante de mi casa, cruzar de acera a acera, y ya estaba en el colegio. A mi madre le pareció cómodo, que estuviera ahí, y también le pareció seguro que yo cruzara sola.

Ella no bajaba conmigo a la calle, la recuerdo asomada a la ventana. Me decía cruza, y yo cruzaba, en una de estas ocasiones se equivocó y casi me pilla un coche.

A mí me daba una sensación extraña que lo hiciera así, pero la verdad es que tampoco lo cuestionaba, y tampoco podía. Tampoco tenía otra opción, ella era la que estaba conmigo, porque mi padre estaba trabajando y no estaba en casa.

Era una sensación de soledad, de cómo si yo fuera sola por el mundo, de que me tenía que empezar a apañar sola por el mundo, porque nadie iba a estar conmigo, allí, me iban a mirar desde lejos.

Era un colegio pequeño, íbamos pocos niños, no recuerdo a ninguno especialmente, no recuerdo a ningún niño o niña como amigo, solo recuerdo a niños en general que iban a mi clase que salían al patio conmigo.

No me acuerdo de la cara de la profesora, ni de nada de ella, pero sé que una profesora que puso en una pandereta de Navidad mi nombre me llamó Raquelín, yo creo que me acuerdo de esto porque me trató con cariño porque me veía, porque se daba cuenta que yo era una niña de cuatro años.

Tengo en mi casa, una foto de aquella época del colegio, una niña, en un cochecito de aquella época, tengo el pelo algo ondulado, tengo una media sonrisa. Me sorprendía que, en el colegio, me trataran bien, que me hablaran bien de que me tuvieran en cuenta.

Yo llegaba al colegio, cruzaba la puerta de entrada que era una reja que daba al patio, el patio compartía pared con la iglesia que estaba también enfrente de mi casa. Las clases daban directamente al patio. Mi clase era la primera que te encontrabas en el patio, no recuerdo como eran las mesas, ni tampoco como era la clase. Solamente recuerdo que se me daba mal dibujar. Recuerdo una tarde que me dejaron un recreo sin salir para acabar un dibujo de educación vial, mientras mis compañeros de clase estaban jugando en el patio, yo seguía dibujando. Se me daba fatal dibujar los coches, y las personas. Aquella tarea me parecía tediosa y aburrida.

El dibujo me estaba quedando horrible, los coches me quedaban todos cuadrados, y las personas tenían unos brazos y piernas muy descompensados, si mirabas el dibujo en su conjunto, quedaba todo fatal. Era como si estuvieran todos aplastados contra el folio.

Para mí, quedarme dibujando, acabando este dibujo aplastado, era como un castigo, yo no sabía dibujar, y parecía que estaba castigada. Si se me daba mal dibujar tampoco podía hacer otra cosa, hacía lo que podía. ¿Por qué me tenía que quedar dibujando esto que tampoco servía para nada?

Me acuerdo además de que ese día vino mi abuelo, estaba en mi casa, y me saludaron mi madre y él desde la ventana del salón de mi casa, creo que me dejaron salir a saludarle. Esto era como una especie de condena por dibujar mal. En esta época en el colegio, no me sentía especialmente bien, además de dibujar regular.

Además de dibujar, tenía que empezar a leer y tampoco se me daba demasiado bien. Recuerdo estar con mi madre, estar en la mesa camilla de mi casa, sentada con la faldilla tapándome las piernas. Mi madre se enfadaba conmigo y de vez en cuando me soltaba algún cachete, y yo me bloqueaba todavía más y todavía lo hacía peor, se me nublaba la vista, y ya no era capaz de ver el libro, ni era capaz de ver lo que decía. Creo que pensé que nunca iba a ser capaz de leer, porque la verdad es que no entendía nada de lo que ponía en esta cartilla, con sus dibujos de cosas, y las letras grandes.

Mi padre dice que mi madre hizo mucho por nosotras en los estudios, puede ser, pero el método en aquella época no favorecía que yo comprendiese más las cosas. Cuando ella me ha preguntado, me he sentido encima peor porque no me sabía las cosas, y me miraba con cara de circunstancia como si yo estuviera haciendo algo mal, como si hubiera algo en mi incorrecto. Me costó mucho aprender a leer, y lo recuerdo como algo horrible.

En el colegio de enfrente de mi casa, recuerdo que pasó algo con una niña que me regaló unos cuentos o algo parecido. Luego, hubo un revuelo porque ella dijo que yo se los había quitado que ella no me los quería dar, yo no lo recuerdo igual. Al final mi madre tuvo que comprarle otros cuentos parecidos a ella. No entiendo que para que esta niña hizo esto, no entiendo porque ella dijo esto, éramos pequeñas.

No recuerdo tener amigos o amigas de aquella época, en este colegio, no me acuerdo de ningún niño en especial. Me acuerdo de los recreos y también me acuerdo de jugar al pañuelo por detrás.

Al pañuelo por detrás, si lo ves ni lo verás, mirad para arriba y caen judías, mirad para abajo y caen garbanzos.

Me acuerdo de jugar este juego con otros niños, lo recuerdo como uno de los buenos momentos en el colegio, era divertido y emocionante que te dejaran el pañuelo detrás para poder cogerlo y correr detrás del que te lo había dejado.

De lo que me acuerdo con más cariño de este colegio, es que en Navidades nos llevaban a ver los juguetes que luego nos compraban, para mí el día que iba a ver los juguetes era uno de los mejores del año.

Estaban todos colocados en una sala al final de unas escaleras, recuerdo que allí me estaba el tiernecito, aquel muñeco que era como un bebé grande que movía la cabeza. Me lo pedí ese año, deseaba que llegara el día de reyes para que me lo dieran, quedaban muchos días, pero sentía una emoción, esperaba que este año me lo trajeran.

Me acuerdo de que a mi hermana le trajeron una muñeca, que llamaba Nelly y decía Nelly, Nelly, ja ja ja… Creo que solo le duró ese día, porque se le rompió el carro con la muñeca el primer día.

El día de reyes era el único día que podíamos jugar con los juguetes porque enseguida teníamos que volver al colegio, me encantaba jugar con los juguetes este día, eran todos nuevos. Llevaba esperando tanto tiempo, esperando a que me los dieran.

Mi madre tenía depresiones o algo le pasaba, se metía en la cama muchas tardes, y se pasaba toda la tarde metida ahí. Con mi padre había a veces discusiones muy duras, me acuerdo de que mi hermana y yo nos podíamos a llorar, porque no entendíamos nada porque ellos discutían.

Nos asustábamos porque no entendíamos porque de las discusiones entre ellos. Mi madre se pasaba toda la semana con nosotras, no recuerdo casi ver a mi padre en casa por la noche cuando éramos pequeñas, mi padre estaba trabajando. Y los fines de semana cuando estaba se iba al bar o discutía con mi madre, era una situación estresante para nosotras.

A mi padre lo veía como una persona distante, que casi no tenía mucho contacto físico con nosotras. Era algo raro, era como si molestáramos, porque éramos unas mocosas según él, o si llorásemos éramos unas mimosas.

Hoy en día, a mi hija le hace gracia porque cuando empieza a abrazarlo, mi padre empieza de decir, quita, quita, como si el contacto físico le molestara.

Así fue mi vida en esta época, era pequeña, mi madre estaba enferma, pero por otra parte, aunque a veces me llamaba cielo, era dura conmigo. Quizá era una carga demasiado para ella, el estar con dos niñas pequeñas en esta ciudad, mientras mi padre trabajaba. Mi padre no venía a comer, comíamos las tres juntas.

Mi hermana era pequeña y hablaba mal y entonces yo en las comidas, le pedía que me dijeran cosas, porque me hace mucha gracia. Una vez al reírme escupí la sopa porque no podía parar de reírme.

Los fines de semana por la mañana eran como tensos, yo prefería que mi padre no estuviera, supongo que prefería sentirme sola, que hubiese discusiones en casa, que hubiera tensión. Recuerdo a mi padre levantarse los sábados por la mañana, hablando en voz alta, sin importarle que nosotras estuviéramos durmiendo. Esto lo ha seguido haciendo toda la vida, incluso ahora cuando me voy a dormir, viene y me despierta, no le importa si tengo que irme a dormir.

Mis padres no tuvieron herramientas emocionales, para estar con nosotras, siempre me ha resultado raro que me traten con dulzura, no lo he esperado. Lo que espero es que me traten de forma ruda, que no me vean, que no me escuchen cuando hablo, y que me ignoren completamente.

Cuando era pequeña, no lo entendía, no sabía distinguir que era lo normal, y que no lo era. Ahora sé que esta forma de tratar no es normal, creo que yo no lo sabía, no podía distinguir.

Ahora no puedo evitar acompañar a mis hijos, aunque sean adolescentes, no puedo evitar recoger a mis hijos del colegio, aunque ya casi no lo necesiten. Necesito hacerlo porque si no me siento mal.

Segundo Colegio

Después de ir a este colegio, empecé a ir uno más lejos de mi casa. Recuerdo ir sola con siete años al colegio sola, me acuerdo de ir viendo los escaparates de las tiendas todas cerradas. Me acuerdo de pararme delante de una juguetería a ver un blandi glue, era de color verde, como unos mocos. Me encantaba.

A cambio de fregar los platos un día, mi madre me dio las 200 pesetas que costaba. Me acuerdo hoy de su olor, cuando lo recuerdo es como si estuviera abriendo el bote, viendo su color verdoso. El bote era como un cubo de basura, y es que, si lo pensabas bien, el color verde no era muy agradable. Recuerdo meter los dedos dentro, y tocarlo, estaba frío, pegajoso, era una sensación muy agradable.

Me duró poco, porque se me cayó una parte en el parque y se llenó de arena, y ya no había forma de recuperarlo. Con el trocito que me quedó fui recorriendo todo el salón de mi casa, las sillas, las faldillas, y se fue llenando de cosas, que se le pegaban, hasta que ya fue imposible seguir jugando con él.

El nuevo colegio era solo de niñas, y me encantaba porque teníamos una imagen de la virgen milagrosa en clase. Me acuerdo de que nos dieron a cada una virgen pequeñita que lucía por la noche, me encantaba ver como brillaba por las noches en mi habitación.

Entrabamos por el patio, y luego nos íbamos cada una a nuestra clase, llevábamos un babi, de cuadros verdes. No me gustaba demasiado, pero íbamos todas iguales. En los recreos había un quiosquito que vendía chuches a las niñas, me acuerdo de los filipinos de chocolate. Había niñas que compraban cosas, yo no tenía dinero para comprar nada.

De esta época tampoco me acuerdo de ninguna niña en particular que fuera mi amiga, si me acuerdo de amigas en la calle donde vivía que venían a mi colegio. Creo que ellas luego iban a otras clases, no me acuerdo de que estuvieran conmigo.

Otra vez en este colegio tuve problemas con dibujo, porque se me daba fatal, otra vez me tocaba hacer dibujos de educación vial, así que nunca pude llegar a hacer el dibujo de las figuras con cuadraditos. Veía a otras niñas de mi clase haciéndolo, y yo sabía que se iba a acabar el curso y no iba a llegar.

Recuerdo estar en clase viendo como copiaban en la hoja de cuadraditos, los dibujos, y como yo las miraba.

Me acuerdo de que nos dijeron que podíamos ir a clase de natación fuera del colegio, mientras lo contaban yo me imaginaba en la piscina. Sabía que no iba a poder ir a esas clases, no creo que me apuntasen, creo que no lo llegué ni a decir en mi casa, sabía que esto no iba a poder ser.

Del colegio lo que más me gustaba es que teníamos clases de gimnasia rítmica como obligatoria, me tuvieron que comprar un maillot de color negro y unas medias a juego. Hasta entonces no había llevado nada parecido, me encantó la sensación de ponerme las medias y el maillot. Me sentía muy a gusto con esta ropa.

Además del maillot, me compraron una cinta, de color azul para gimnasia rítmica. Me acuerdo de cómo podía hacer bucles con ella en el salón de mi casa, en como con el lazo azul podía hacer círculos, era muy bonito, muy relajante.

Tercer Colegio

Estuve dos años yendo a este colegio, porque cuando llegué a tercero de EGB, me tuve que ir a vivir a otra ciudad.

Recuerdo cuando mis padres me lo dijeron, me acuerdo aquella noche en la cama, pensando en que tenía que dejar a mis amigas, que tenía que dejar mi casa. Esta casa era de alquiler, pero yo hasta entonces yo nunca me había planteado, que me podía ir de mi casa, dejar a mis amigos, dejar mi colegio. Hasta ahora para mi era natural que todo siguiese siendo parte de mi vida, hasta ese día.

Empecé en el nuevo colegio cuando ya llevábamos un mes de clase. En el nuevo colegio había niños, hasta ahora mi colegio era solo de niñas, era raro estar en clase, con chicos. En una de las primeras clases, alguno de mis compañeros respondió a una pregunta de la profesora, y dijo una barbaridad, solo me acuerdo, que yo dije “Ala”, y la profesora me contestó “Pata”. Lo dije sin mas intención me salió como natural, pero creo que a la profesora no le gustó mucho.

Yo me sentí mal, fue como sintiera un golpe, como si me hubiera dado un cachete. De hecho, me sorprendió que en la clase esta profesora daba cachetes a los niños, algo que me sorprendió porque yo no estaba acostumbrada a esto.

Puede que esta dureza en su forma de contestarme es lo que siento cuando mi suegra habla así de forma tan dura, me parece que lo siguiente que va a hacer es darme un cachete.

Mi suegra trata a sus hijos de cincuenta años, como mi profesora del colegio, si hacen algo que a ella no le parece, les amenaza en broma como si estuviéramos en el colegio, como si estuviéramos en mi clase de ocho años. Como si fuera esa profesora que me corrigió, por haber dicho ala, en voz alta.

Cuando lo recuerdo, recuerdo también la sensación de como mi cuerpo se tensaba intentando adivinar que es lo que tenía que hacer, para que mi profesora no se enfadara para que no nos diera un cachete. Una cosa parecida, en casa de mi suegra, para que no gritara para que no se enfadara mi suegra me generaba la misma sensación.

Es la sensación de que te van a castigar por algo que tienes que adivinar, que está mal, como el castigo en el recreo por dibujar mal. El Pata de la profesora, por decir Ala, el no saber como actuar para que no te riñan, el no saber qué haces mal.

Y, por otra parte, ¿esto es tan grave para que te den un cachete? ¿Para tener miedo?, ¿Por qué no saber dibujar un coche una persona es tan grave?

Estoy cansada de que me alcen la voz para hacerme sentir pequeña, para activar este miedo, ya no soporto que me hablen con voz alta con voz dura, nadie me tiene que gritar, nadie tiene que gritar ni alzar la voz para que yo me tenga que activar para que tenga que hacer lo que ellos esperan de mí. No soporto los gritos, ni las voces altas ha llegado el momento de descansar.

Durante muchos años he tenido la sensación de que estoy en el mundo pero que realmente no existo, que nadie me ve, y en cierta forma ha sido así. Ahora lo entiendo, pero nada de esto tenía que ver conmigo, tenía que ver con ellos.

Cuarto Colegio

Cuando tenía doce años, me tuve que volver a cambiar de colegio, porque despidieron a mi padre. Otra vez a empezar, y además tenía que volver a vivir en la aldea donde empezó todo, una aldea de Galicia.

Otra vez a conocer a gente nueva, a vivir en un pueblo pequeño, a ver a mi madre todavía peor, a ver el verdadero origen de todo.

En este colegio no conocía a nadie otra vez, en esta época sí pude conocer a gente, y sí que tuve amigos, podía hablar con gente que me escuchaba y me entendía. Gente parecida a mí.

De repente pasé de vivir en una ciudad a vivir en una aldea, con una madre enferma y una casa, oscura, fría. La casa donde sufrió mi bisabuela, y mi madre heredó y absorbió su dolor, su sufrimiento. En la casa donde no hubo reparación del dolor de mi abuela, que se siguió transmitiendo de generación en generación.

Esto me ha costado muchos años entenderlo. Me ha costado muchos años volver a esta casa. Volver allí fue como mirar de nuevo aquel dibujo aplastado: todo seguía igual, solo que ahora entendía por qué. "


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Muchas gracias