Buenos días
He reescrito, revisado el “relato”, de El Dibujo. Os agradecería a los que los leyeraís me dejaseís vuestros comentarios.
Muchas gracias
El dibujo
El dibujo © 2026 Olivia Brunete Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin permiso de la autora. Primera edición, 2026
Prólogo
Cuántas cosas normalizamos cuando somos pequeños. Situaciones que no cuestionamos y que se quedan dentro de nosotros, silenciosas. El cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar. Nacemos donde nos toca. No podemos elegir cómo reaccionan los demás. Y cuando somos niños, muchas veces nos hacen daño sin querer, porque a ellos también se lo hicieron. Así se heredan las heridas.
La calle
Cuando tenía 4 años iba al colegio que estaba justo enfrente de mi casa. Solo tenía que cruzar la calle y ya estaba en el colegio. A mi madre le pareció cómodo y seguro que yo cruzara sola. Ella no bajaba conmigo; la recuerdo asomada a la ventana. Me decía cruza, y yo cruzaba. En una de esas ocasiones se equivocó y casi me atropella un coche. Desde ese día supe que estaría sola ante el peligro; siempre me mirarían desde lejos. Para mí era extraño que lo hiciera así, pero no lo cuestionaba; no podía. No tenía otra opción: ella era la que estaba conmigo, porque mi padre trabajaba y no estaba en casa. Me sentía sola, como si viviera en el mundo sin nadie.
Sentía que me tenía que empezar a apañar sola, porque allí nadie iba a estar conmigo.
El colegio al que iba era pequeño; íbamos pocos niños. No recuerdo a ninguno especialmente, ni como amigo. Solo recuerdo a los que estaban en mi clase, los que salían al patio conmigo. No me acuerdo de la cara de la profesora, pero sé que en Navidad escribió mi nombre en una pandereta y me llamó Raquelín. Creo que lo recuerdo porque me trató con cariño, porque me veía, porque sabía que yo era una niña de cuatro años. En mi casa tengo una foto de aquella época del colegio. Se ve a una niña en un cochecito, de los que usaban para las fotos escolares. Tengo el pelo algo ondulado y una media sonrisa, como si no tuviera claro si ponerme seria o sonreír. Miro a la cámara con una mezcla de timidez y curiosidad, sin saber qué esperar. Recuerdo que me sorprendía que en el colegio me trataran bien, que me hablaran con cariño, que me tuvieran en cuenta.
El Dibujo
Cuando llegaba al colegio, cruzaba la puerta de entrada: una reja que daba directamente al patio. No recuerdo cómo eran las mesas ni cómo era la clase. Solo recuerdo que se me daba mal dibujar.
Recuerdo un día en que tocaba hacer un dibujo de educación vial. De todos los dibujos, aquel era el que peor se me daba.
Cuando nos dieron la hoja con las calles dibujadas, sentí como si me cayera una losa encima. Me quedé mirando la hoja sin saber cómo empezar. El resto de los niños empezó enseguida a dibujar y a colorear; yo seguía sin saber cómo hacerlo. Me dejaron un recreo sin salir para acabarlo. Mientras mis compañeros jugaban en el patio, yo seguía dibujando. Se me daba fatal dibujar los coches y las personas.
Los coches me salían cuadrados y las personas tenían brazos y piernas descompensados. Si mirabas el dibujo en conjunto, quedaba fatal, como si todo estuviera aplastado contra el folio. Para mí, quedarme dibujando aquel dibujo aplastado era un castigo.
No sabía dibujar, pero tenía que quedarme allí intentando terminar algo que no tenía sentido. A veces la infancia te enseña a quedarte donde no entiendes nada.
¿Por qué tenía que quedarme dibujando algo que tampoco servía para nada?
La Lectura
Además de dibujar, tenía que empezar a leer y tampoco se me daba demasiado bien. Recuerdo estar con mi madre en la mesa camilla de casa, sentada con la faldilla tapándome las piernas. Ella se enfadaba conmigo y, de vez en cuando, me soltaba algún cachete; yo me bloqueaba todavía más y lo hacía peor.
Recuerdo que se me nublaba la vista. Ya no era capaz de ver el libro ni de entender lo que decía. Mientras estaba allí sentada con mi madre, pensaba que nunca iba a ser capaz de leer. No entendía nada de lo que ponía en aquella cartilla, con sus dibujos de cosas y sus letras grandes.
Mi padre dice que mi madre hizo mucho por nosotras en los estudios. Puede ser, pero el método que usaba en aquella época no favorecía que yo comprendiera mejor las cosas. Cuando me preguntaba la lección, en vez de ayudarme me hacía sentir peor por no sabérmela. Me miraba con cara de circunstancia, como si yo estuviera haciendo algo mal, como si hubiera algo en mí incorrecto.
En el colegio de enfrente de mi casa recuerdo que pasó algo con una niña que me regaló unos cuentos, o algo parecido. Luego hubo un revuelo porque ella dijo que yo se los había quitado, que no me los quería dar. Yo no lo recuerdo igual. Al final mi madre tuvo que comprarle otros cuentos parecidos. No entiendo para qué hizo eso, ni por qué dijo aquello. Éramos pequeñas.
Los recreos
Me acuerdo de los recreos y de jugar al pañuelo por detrás.
—Al pañuelo por detrás, si lo ves ni lo verás, mirad para arriba y caen judías, mirad para abajo y caen garbanzos.
Recuerdo jugar a este juego con otros niños; era uno de los buenos momentos del colegio. Me parecía divertido y emocionante que te dejaran el pañuelo detrás para poder cogerlo y correr detrás del que te lo había dejado.
Navidades
De lo que me acuerdo con más cariño de este colegio es que, en Navidades, nos llevaban a ver los juguetes que luego nos compraban. Para mí, el día de ir a ver los juguetes era uno de los mejores del año. Estaban colocados en una sala al final de unas escaleras. Allí estaba el tiernecito, aquel muñeco que era como un bebé grande que movía la cabeza. Me lo pedí ese año. Deseaba que llegara el día de Reyes para que me lo dieran. Faltaban muchos días, pero sentía una emoción enorme; esperaba que ese año me lo trajeran.
A mi hermana le trajeron una muñeca que se llamaba Nelly y decía “Nelly, Nelly, ja ja ja”. Creo que solo le duró ese día, porque se le rompió el carro con la muñeca el primer día.
El día de Reyes era el único día en que podíamos jugar con los juguetes, porque enseguida teníamos que volver al colegio. Me encantaba jugar con todos ese día; eran nuevos, recién llegados. Llevaba esperando tanto tiempo a que me los dieran.
La casa
Mi madre tenía depresiones o algo le pasaba; se metía en la cama muchas tardes y se pasaba allí toda la tarde. Con mi padre había a veces discusiones muy duras. Mi hermana y yo nos poníamos a llorar porque no entendíamos por qué ellos discutían. Nos asustábamos.
A mi padre lo veía como una persona distante, que casi no tenía contacto físico con nosotras.
Era algo raro; parecía como si molestáramos, porque éramos unas mocosas según él, y si llorábamos éramos unas mimosas.
Hoy en día, a mi hija le hace gracia porque, cuando intenta abrazarlo, mi padre empieza a decir “quita, quita”, como si el contacto físico le molestara.
Así fue mi vida en esa época. Era pequeña y mi madre estaba enferma.
Otras veces me llamaba cielo. Quizá nosotras éramos una carga demasiado grande para ella mientras mi padre trabajaba. Los fines de semana por la mañana en mi casa eran tensos; yo prefería que mi padre no estuviera. Prefería sentirme sola con mi madre antes que escuchar discusiones y sentir la tensión.
Siempre me ha resultado raro que alguien me trate con dulzura; no lo he esperado, pensaba que no lo merecía. Lo que espero es que me traten de forma ruda, que no me vean, que no me escuchen cuando hablo y que me ignoren completamente
Cuando era pequeña no sabía distinguir qué era lo normal y qué no lo era. Ahora sé que esa forma de tratar no está bien.
El nuevo colegio
Cuando terminé preescolar dejé de ir al colegio que estaba enfrente de mi casa y empecé a ir a uno más lejos. Recuerdo, con siete años, ir al colegio sola; ya no me miraban ni de lejos.
Me acuerdo de ir viendo los escaparates de las tiendas y de pararme delante de una juguetería a mirar un blandi glue. El blandi glue era como unos mocos de color verde que se escurrían entre las manos. Me acuerdo todavía de su olor; cada vez que pienso en él siento como si estuviera abriendo el bote y viendo su color verdoso. Recuerdo meter los dedos dentro y tocarlo: estaba frío, pegajoso.
Me duró poco, porque se me cayó una parte en el parque; se llenó de arena y ya no había forma de recuperarlo.
El nuevo colegio era solo de niñas, y me encantaba porque teníamos una imagen de la Virgen Milagrosa en cada aula. Me acuerdo de que nos dieron a cada una una virgen pequeñita que se iluminaba por la noche. Me encantaba verla brillar en mi habitación.
En este colegio también se entraba por el patio; desde allí llegábamos a unos halls desde los que íbamos a las clases. Cada alumna llevaba un babi de cuadros verdes. No me gustaba demasiado, íbamos todas iguales.
En los recreos había un quiosquito que vendía chuches a las niñas y los filipinos de chocolate. Algunas niñas compraban cosas; yo no tenía dinero para comprar nada.
Otra vez, en este colegio, tuve problemas con el dibujo porque se me daba fatal. Cuando me volvió a tocar hacer los dibujos de educación vial, sentí lo mismo al mirar la hoja con las calles. Sabía que aquel dibujo me iba a costar otra vez. Me quedé atrás y nunca pude llegar a hacer el dibujo de las figuras con cuadraditos. Veía a otras niñas de mi clase haciéndolo, y yo sabía que se iba a acabar el curso y no iba a llegar. Recuerdo estar en clase viendo cómo copiaban en la hoja de cuadraditos, cómo avanzaban, y cómo yo las miraba mientras seguía con mi dibujo de educación vial, con los coches cuadrados y las personas deformes.
Del colegio, lo que más me gustaba eran las clases obligatorias de gimnasia rítmica. Me tuvieron que comprar un maillot negro y unas medias a juego. Hasta entonces no había llevado nada parecido, y me encantó la sensación de ponerme las medias y el maillot: eran suaves, delicados. Me sentía muy a gusto con esa ropa. Además del maillot, me compraron una cinta azul para gimnasia rítmica. Me acuerdo de cómo podía hacer bucles con ella en el salón de mi casa, cómo con el lazo azul podía dibujar círculos en el aire. Era muy bonito, muy relajante.
Ala y Pata
Estuve dos años yendo a este colegio, porque cuando llegué a tercero de EGB tuve que irme a vivir a otra ciudad. Recuerdo cuando mis padres me dijeron que nos mudábamos. Aquella noche, en la cama, pensé que tenía que dejar a mis amigas, que tenía que dejar mi casa, y me sentí totalmente desolada. Esta casa era de alquiler, pero hasta entonces nunca me había planteado que pudiera irme, dejar a mis amigos, dejar mi colegio. Para mí esta era mi casa y ellas eran mis amigas, y pensaba que siempre serían parte de mi vida, hasta ese día. Empecé en el nuevo colegio cuando el curso ya llevaba un mes. En una de las primeras clases, uno de mis compañeros respondió a una pregunta de la profesora y dijo una barbaridad. Solo recuerdo que yo dije “Ala”, y la profesora me contestó “Pata”. Lo dije sin más intención, me salió natural, pero creo que a ella no le gustó. Me sentí mal, como si hubiera recibido un golpe, como si me hubiera dado un cachete. De hecho, me sorprendió que en aquella clase esta profesora daba cachetes a los niños, algo a lo que yo no estaba acostumbrada.
Puede que esta dureza en su forma de contestarme sea lo que siento cuando mi suegra habla así, tan dura. Me parece que lo siguiente que va a hacer es darme un cachete. Mi suegra trata a sus hijos de cincuenta años como mi profesora del colegio: si hacen algo que a ella no le parece, los amenaza en broma, como si estuviéramos en el colegio, como si estuviéramos en mi clase de ocho años. Como si fuera aquella profesora que me corrigió por haber dicho “Ala” en voz alta. Cuando recuerdo las clases con esa profesora, me acuerdo de cómo mi cuerpo se tensaba intentando adivinar qué tenía que hacer para que no se enfadara, para que no nos diera un cachete. Algo parecido me pasa en casa de mi suegra: cuando grita o se enfada, me genera la misma sensación. Es la sensación de que te van a castigar por algo que no sabes qué es, algo que para ellos está mal. Como el castigo en el recreo por dibujar mal. El “Pata” de la profesora por decir “Ala”. El no saber cómo actuar para que no te riñan, el no saber qué haces mal. Y me pregunto: ¿esto es tan grave como para que te den un cachete?, ¿para tener miedo? ¿Por qué no saber dibujar un coche o una persona es tan grave?
Estoy cansada de que me alcen la voz para hacerme sentir pequeña, para activar este miedo. Ya no soporto que me hablen con voz alta, con voz dura. Nadie tiene que gritarme ni alzar la voz para que haga lo que quieran. No soporto los gritos ni las voces altas; ha llegado el momento de descansar.
Durante muchos años he tenido la sensación de que estoy en el mundo pero que realmente no existo, que nadie me ve. Y, en cierta forma, ha sido así. Ahora lo entiendo: nada de esto tenía que ver conmigo, tenía que ver con ellos, con su inseguridad, con su manera de controlar.
La aldea
Cuando tenía doce años tuve que volver a cambiar de colegio, porque despidieron a mi padre del trabajo. Otra vez a empezar. Y además tenía que volver a vivir en la aldea donde empezó todo, una aldea de Galicia. Otra vez a conocer gente nueva, a vivir en un pueblo pequeño, a ver a mi madre todavía peor, a ver el verdadero origen de todo. En este colegio no conocía a nadie, otra vez.
De repente pasé de vivir en una ciudad a vivir en una aldea, con una madre enferma y una casa oscura y fría. La casa donde sufrió mi bisabuela, donde mi madre heredó y absorbió su dolor. La casa donde no hubo reparación del dolor de mi abuela, un dolor que se siguió transmitiendo de generación en generación. Todo esto me ha costado muchos años entenderlo.
El dibujo final
Me ha costado muchos años volver a esta casa. Volver allí fue como mirar de nuevo aquel dibujo aplastado: todo seguía igual, solo que ahora entendía por qué. Entender que no podemos normalizar lo que nos hizo daño. Que no estuvo bien. Todos hicieron lo que pudieron, pero nos hicieron daño. Intentaron moldearme para que yo fuera como los coches que dibujaba: cuadrados. Como las personas: deformes. Ellos fueron los dibujantes de mi vida, según sus heridas, sus recursos.
Pero al igual que los coches no son cuadrados, yo no era así, como ellos decían.